jueves, 27 de diciembre de 2018

EL 2018 SE DESPIDE Y SE VA

Hace pocos días una señora indignada ha tocado a su puerta y le ha recriminado que ha sido un año terrible, que ha perdido el trabajo, que ha enfermado, que no ha tenido tregua. El año 2018 la ha escuchado atento y preocupado le ha contestado: “¡Cuánto lo siento!, mi intención no ha sido hacerte sufrir, creo que de todo esto debes fortalecerte y no debilitarte, si mal no recuerdo has pasado por años peores y los has superado, eres una mujer resilente nadie va a poder contigo y menos yo, un año que te he te ha puesto piedras en el camino. Si no me falla la memoria has tenido años de dicha en tu vida trata de volver a ellos para recobrar la energía que hoy te hace falta y sigue el camino lo mejor está por venir”. La mujer con los ojos llenos de lágrimas lo abrazó y lo besó, le dio las gracias y lo dejó marchar sin rencor en su corazón.

Cuenta el 2018 que ha sido invitado a nacimientos, recibimientos, festejos de todo tipo: cumpleaños, parejas que se forman, amigos que se encuentran. Pero también ha transitado por momentos difíciles, partidas de seres queridos, rupturas de parejas y familias, perdidas de trabajo, enfermedades, guerras, desastres geográficos y tantas dolencias. No todo ha sido color de rosa, porque como la vida misma el año ha tenido que caminar por baldosas blancas y negras, y desde los grises ha logrado luego llegar a encontrar la armonía necesaria para continuar.

Se despide y se va, con la intención más allá de los posibles balances de que lo dejemos ir en paz, sin resentimientos, sin represiones, o lágrimas que ahoguen el pecho. La mejor forma de despedirlo quizás sea vestirnos de gratitud porque seguramente a pesar de las cosas malas que nos hayan pasado pasaron muchas buenas, que quizás el dolor o el sufrimiento hoy no nos esté dejando ver.

Andrea Calvete

viernes, 21 de diciembre de 2018

SOLSTICIO DE VERANO II

La noche más corta se aproxima, el sol llega a su máximo apogeo. Es tiempo de renacimiento, de fulgor y alegría, de cosecha,  todo reverdece y crece, del mismo modo la esperanza se asoma con cada rayo que llega a nosotros.

Stonehenge, es la construcción megalítica más fascinante de la historia, ubicada a cien kilómetros al oeste de Londres, en la llanura de Salisbury, orientada de forma que en el solsticio  un rayo de luz logra colarse entre dos monolitos e ilumina con una "espiga de luz" una piedra ubicada a 15 metros de distancia. Con sus colosales rocas, cuyos pesos varían de dos a más de cuarenta toneladas, su construcción se remonta a la noche de los tiempos, a civilizaciones que no dejaron a su paso escritos que nos permitieran conocer con seguridad su origen. Hoy se reúnen aquí miles de personas a observar ese momento mágico, que también se vive en todo el Planeta, dependiendo el hemisferio viviremos el solsticio de verano o invierno.

Con su energía y luz el sol nos alumbra e ilumina, aquí en la latitud sur, donde el verano llega y se aproximan tiempos de cambios, de renovar los ánimos y las energías, de abrir las ventanas, perdonar, olvidar, para poder avanzar y crecer.

El aire lleva colgado jazmines y damas de la noche, una tibia humedad tiende de sus cabellos mientras los aromas se enciendan a la luz de las velas.  La brisa con olor a mar todo lo inunda, sin embargo algunas decepciones se asoman a la ventana, algunos miedos miran de reojo, mientras los obstáculos se paran para hacernos frente, y con ellos el más grande e imponente que podemos encontrar de vez en cuando,  nosotros mismos.

Las luces y las sombras son parte de nuestra existencia, pero hoy el sol llega para iluminar más que nunca, para que cuando miremos al cielo nuestros deseos más profundos lleguen a su destino, y nuestro camino se ilumine cargado de fe y esperanza.

Brillemos a través de la sonrisa, del abrazo, del cariño sincero y de la mano que se ofrece fraterna para solidarizarse y acompañarnos en el camino. El sol está en su esplendor, aprovechemos entonces de su cercanía para inundarnos de lo mejor que hay en nosotros.

Andrea Calvete

martes, 18 de diciembre de 2018

ALGUNA GENTE SIENTE LA LLUVIA, OTRA SÓLO SE MOJA

Sentir la lluvia, es abrir nuestros poros a las emociones, a las posibilidades, a los aromas de la vida, a la sonrisa blancas de las nubes, y la espuma luminosa de los días.

La lluvia cae y riega con sus gotas de diferentes maneras, para algunos es una bendición y para otros un día lleno de obstáculos. Sin embargo, al igual que la vida no pide permiso ni razones para dejarse deslizar, para fluir de diferentes maneras y tocar distintas superficies, de modo que cada cual la sienta a su modo.

Algunos se inundan de energía y vigor cuando los alcanza, intentan dejar atrás los obstáculos y nacen de ese contacto renovados con el entusiasmo a flor de piel. No es fácil renacer cuando se ha caído, o tocado fondo, o simplemente el desencanto ha entrado en la vereda de los días. Por eso, se hace casi imposible penetrar en alguien cuyos poros están tan cerrados. Sin embargo, logra renacer quien está dispuesto a seguir adelante a pesar de todo, porque entiende que más allá de lo sucedido hay muchos motivos que lo alientan y lo incentivan. Es así que las gotas comienzan a pasar a través de la piel, y lentamente ésta se abre como los pétalos de una flor.

Pero también están aquellos para quienes un día de lluvia significa un problema, porque el tránsito se enlentece, porque no pueden hacer la reunión afuera, o porque la ropa quedó colgada en la terraza, o simplemente porque no tenían ganas de que lloviera. En sintonía con este lineamiento, están los que de todo hacen un pequeño y gran problema, a todo le encuentran un cuestionamiento, y luego de un rato de hablar con ellos pareciera que ya no quedaran puertas de salidas, uno se siento como atrapado en un recinto. Es así que la lluvia no podrá avivar una cosecha que ya está agónica, del mismo modo cuando la negatividad es el estado que aflora en el día a día, será casi imposible revertirlo si no hay una pequeña postura de cambio.

El dejarse sorprender e ilusionar es parte de estar vivos, abiertos a la vida, al cambio al devenir, mientras que si nos cerramos a las oportunidades, a los cambios, a no dejar que el agua nos bañe, seduzca y acaricie, posiblemente nuestros días se tiñan de amargura, de ese sabor agrio con que se enarbola el desánimo, el pesimismo, la negatividad y la misma sequía.

Quien toma una actitud de sobreponerse a lo que le pasa, permitiendo que el buen humor, la calma y el positivismo lo acompañe, es porque ha decido dejar pasar a la esperanza, a ese halo de bienestar, de sentir que es posible un cambio, una salida. No es sentarse a soñar, a delirar sino dar margen a las posibilidades de salir de lo que nos disgusta, incomoda o molesta.

Cuando damos cabida a la esperanza, alejamos al desaliento, al pesimismo, a la dolorosa tristeza, para dar paso a la perseverancia, virtud que nos permitirá llevar a cabo todo lo que anhelamos o deseamos poner en práctica. De este modo, liberaremos todas las fuerzas que poseemos en pro de hacer lo que creemos justo y necesario.

Sin embargo, para dar paso a la esperanza, quien parece llegar y cargar rápidamente en forma casi mágica nuestros días, debemos permitir el pasaje de la armonía, una palabra tan buscada y anhelada por el hombre, pero que sin embargo es bastante difícil de alcanzar. La dificultad radica en esa búsqueda personal tan importante y necesaria, a la que tantas veces el hombre se niega, por correr tras fines materiales que en definitiva no son la verdadera solución a sus problemas.

Aunque es difícil en este mundo cargado y plagado de posibilidades materiales, no confundir esa búsqueda, el espectro de alternativas es cada vez mayor y tentadora, entonces el caer en esos lugares de búsqueda equivocados para satisfacer ese yo interno es pan de todos los días, por eso es muy importante vislumbrar ¿qué es lo que verdaderamente buscamos?

En ese anhelo cargado de esperanza, muchas veces lo que deseamos no es algo individual, sino que forma parte del colectivo humano, entonces es cuando nos hermanamos con otros semejantes en esa búsqueda por concretar una acción a favor de la Humanidad, que por momentos parece hallarse desnuda, desolada, olvidada o peor, bombardeada por el propio hombre.

La esperanza algunas veces se desdibuja y palidece. Existen situaciones que nos sobrepasan, nos dejan sin aliento, sin respuestas, casi sin aire. Es entonces, cuando precisamos que ella haga su aparición, con su mano tibia, con su mirada cálida, de modo de avizorar una salida, un camino, lo hay, sólo que algunas veces es muy arduo encontrarlo. Entonces pedimos o invocamos una señal que nos guíe, y tarde o temprano aparece.

Señales surgen a diario, aunque insertos en nuestros problemas la visión se dificulta, y es bien cierto el dicho que dice que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Por tal motivo, es importante estar dispuestos a buscar, a encontrar y aceptar lo que nos sucede , de modo de sentir la lluvia.

Dejar que el rocío humedezca nuestra piel, que la lluvia hidrate nuestra vida, que le de esa frescura a los minutos, sólo es viable cuando uno está dispuesto a dejar pasar a los sentidos, a la creatividad, a las posibilidades y también a la utopía, todos ensamblados bajo los influjos de vitalidad porque nuestro corazón late y vibra.

Sentir la lluvia, es abrir nuestros poros a las emociones, a las posibilidades, a los aromas de la vida, a la sonrisa blancas de las nubes, y la espuma luminosa de los días. Es de alguna manera dejarse seducir por la vida cada instante, para que de cada encuentro saquemos nuestro mejor tiempo y espacio a pesar de lo difícil del día. Está en nosotros sentir la lluvia o simplemente mojarnos.

Andrea Calvete

sábado, 8 de diciembre de 2018

CRÓNICA DE UN DICIEMBRE QUE SE VA

Los últimos días del año parecen encontrarse en el medio de una batahola, el tránsito a prisa y agresivo se desliza por la cuidad, la impaciencia habita las veredas en medio de largas colas porque un paro sorpresivo del servicio de combustible ha dejado las calles congestionadas, a esto se le suman los desvíos y los pozos señalizados por arreglos. Transitar por Montevideo se pone complicado y hace que los minutos y la paciencia tengan que triplicarse.

Se acerca fin de año, las fiestas, y aparecen los pendientes con su luz roja, los compromisos saltan de la galera, y las frustraciones sonríen para provocar su último impacto. El clima confabula inestable con días fríos para esta época del año, con madrugadas y noches con temperaturas muy bajas, parecería que la primavera no quiere irse y el verano próximo se rehúsa a llegar. Estos cambios tienen a mucha gente enferma.

Es lógico también que llegan estas épocas y quien tiene un negocio quiere hacerse un pesito, pero son millones lo que recaudan los grandes centros comerciales que se ven atestados ante la baja del IVA o el famoso “Black Friday”. Es entendible, nadie quiere pagar más si tiene la oportunidad de llevar lo mismo casi a un veinte por ciento menos, y en algunos casos con mayor descuento. Aunque, si bien son muy interesantes estas propuestas conllevan aglomeramientos, estrés y mucha gente corriendo desesperada por que la atiendan y por conseguir un lugar, empleados agotados por extensas jornadas de trabajo que, si bien se les puede pagar doble, no llega a compensar el esfuerzo y amansadora que tienen que pasar.

Así va transcurriendo diciembre perfumado por los jazmines que han florecido a todo marcha desde fines de noviembre, deslumbrado por los canteros desbordantes de flores, y las lavandas que intentan dentro de tanta locura bajar los decibeles con su aroma y color sedante. Pero el pobre diciembre poco puede hacer sí no desaceleramos la marcha, si no nos tomamos un respiro, si no hacemos una parada para inspirar profundo e intentar sonreír a pesar de que el año quizás no termine como esperábamos.

Sí, las expectativas juegan un rol importante en todo esto: ¿Cuánto esperamos, cuánto anhelamos, cuánta ilusión pusimos, pero qué fue lo que realmente pudimos lograr? Es así que se paran las expectativas frente a los logros y se produce ese primer cortocircuito al intentar tomar cierta perspectiva.

Porque es un momento de cierre de ciclo, de culminación de actividades, e inevitablemente los balances llegan para asomarse vestidos con su característico traje contable para pasar página y revertir resultados, y la mayoría de nosotros quisiéramos por momentos escapar de sus números y seguir de largo como si fuera otra etapa más del año. Pero en el fondo sabemos que no es así y que debemos asumir que otro año más ha transcurrido.

Atrincherados con bayonetas los olvidos aparecen como ráfagas, y presionan con insistencia para que “no dejemos para mañana lo que pudimos hacer hoy”, pero en realidad es lo que pudimos hacer ayer y no fue posible, entonces nos falta el aire, se acaban los minutos, y el tiempo parece acelerar el paso en este diciembre que se va.

Quizás si revirtiéramos la forma de encarar lo poco que resta del año lo terminaríamos más productivamente. Podríamos empezar por focalizarnos en las cosas buenas que nos han sucedido, las personas nuevas que hemos conocido, los gestos amables que nos han sucedido, o esa caricia o ese abrazo inesperado que hemos recibido. Es un buen momento para instalar la gratitud en nuestro corazón e intentar sonreír al año que termina para recibir al que se aproxima con la mejor actitud.

Andrea Calvete


viernes, 7 de diciembre de 2018

VOLVER A PASAR POR EL CORAZÓN

Pasar por el tamiz de nuestro corazón significa recordar, de manera de teñir esos recuerdos con los colores de los sentimientos, con la luz de los latidos, con la intensidad de los sonidos, con los aromas de las emociones, y las texturas de las pasiones, de allí que no sean tan fiables y puedan vestirse a tu antojo y “piacere”.

La palabra "recordar" viene del latín "recordari ", formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar significa mucho más que tener a alguien presente en la memoria, está íntimamente relacionado con "volver a pasar por el corazón", es decir con permitirse la satisfacción de revivir lo experimentado pero desde una dimensión diferente, quizás teñida por condimentos y sensaciones que no nos habíamos animado a descubrir.

Los recuerdos se deslizan a través de un barquito de papel con letras con olor a humedad y algo borrosas hasta que navegan en la dirección que se proponen. Algunos surgen alocados, otros tímidamente, pero se ven en la medida que les damos paso, los dejamos ser, les permitimos manifestarse en forma auténtica, sin prescripciones o limitaciones que los opriman.

Quien viaja a través de sus recuerdos, logra también revivir lo sucedido, traer al presente un trocito de su pasado, y materializarlo en este aquí y ahora, para entonces conducirse por lo que vendrá con entusiasmo y alegría, con una perspectiva de lo que ha sido y también con una mirada trasparente y serena hacia el hoy y el mañana. Porque dar la espalda al pasado es negar lo que hemos vivido, lo que hemos experimentado de alguna manera.

Algunos recuerdos de pronto aparecen como destellos, y nos trasladan a otras épocas, a lugares que parecen haber quedado perdidos en el tiempo, a esas personas que aún laten en nuestro corazón, a espacios que permanecen nítidos y tangibles a través de nuestros sentidos.

Los recuerdos se diferencian de las frases porque no tienen punto final y es así que surgen tenues o insignificantes, poco nítidos, y se desdibujan entre explicaciones y motivos, y su fiabilidad por momentos puede llegar a cuestionarse frente al temblor que los agita.

La bruma envuelve a los recuerdos, bañados de la humedad de la mañana, del hastío de los días grises, del calor sofocante de las horas de encierro, de los momentos amargos o de las noches de desvelos. Así disfrazados con ropas prestadas caminan en busca de mirarse al espejo más próximo. Parados en una inmensa sala repleta de espejos sus imágenes se distorsionan, y se pierden abrumados por la infinidad de opciones.

Recordar implica traer al presente sabores, aromas , imágenes, contextos , texturas, tiempos que parecen haber quedado oxidados, en una suerte de rescatarlos como mejor podamos, posiblemente obviando contenidos y aderezando otros. Allí nos paramos la mayoría de las veces que rompemos una relación luego de pasado el tiempo, intentamos revivir situaciones que lejos están de ser revividas porque nuestros recuerdos son poco fiables, y luego de repetirse varias veces como mejor se les ocurren los validamos como si fueran absolutamente ciertos.

Andrea Calvete

sábado, 1 de diciembre de 2018

LIMITLESS

El ramillete de posibilidades que nos ofrece cada día nos hace difícil enfrentar nuestros límites, algunas veces olvidados, otras ignorados, pero a la larga o a la corta hacerles caso omiso nos trae aparejado ciertas consecuencias. Así sin darnos cuenta vivimos sin límites o lo que se conoce también como limitless.

Si bien vivir bordeando los límites, suele ser atractivo para muchas personas, es un arma de doble filo, pues con facilidad podemos trastabillar y caer hacia el lado que no pretendíamos o esperábamos. Pero como todo en la vida, poner límites en nuestro diario vivir es cuestión de ejercitarnos, y para ello es muy importante haber adquirido esos hábitos desde pequeños. Seguramente a quienes no les han puesto límites desde pequeños, ya siendo adultos le resulte una tarea mucho más costosa.
De regreso a las consecuencias que traen aparejadas nuestras acciones, es importante hacernos responsables por nuestras decisiones y actos, que algunas veces son desacertados por no haber puesto los límites correspondientes, es decir por traspasar esas barreras que sabíamos que nos traerían aparejadas duras consecuencias.

¿Por qué trasgredimos los límites o no los respetamos?

Trasgredir es una sensación placentera que linda con lo prohibido, con lo que no está permitido, y eso en cierta medida es tentador, provocador, da la sensación de sentirse con una cierta chispa de vitalidad y energía, el problema es que esa chispa pronto pasa a transformarse en un tremendo incendio, algunas veces devastador.

Por otra parte, podemos controlar los límites que estemos dispuestos a no quebrantar, pero qué hay de aquellos que se quebrantan a nuestro alrededor y a su vez juegan en nosotros ese efecto de búmeran, es decir nos arrastran junto con ellos. Porque no todo depende absolutamente de nosotros, si bien nuestras decisiones se disparan en forma individual algunas veces son producto de ciertas circunstancias en las cuales no nos gustaría estar involucrados.

Pero de regreso, a las situaciones en las que sí hemos decido involucrarnos, algunas de ellas nos sorprenden sin que las pensemos demasiado o analicemos, y es así que traspasamos esos límites que son esenciales para no equivocarnos o errar el rumbo. Evidentemente, las pasiones humanas tienen muchísimo que ver con este quiebre de límites, en donde muchas veces los sentimientos se anteponen a la razón.

Si bien en la matemática las ecuaciones cierran en forma perfecta, en la vida basta un pequeño error para que la ecuación se desbarajuste y se produzca un caos. Cuando entramos en esos caos existenciales, al mirar para atrás ya vemos tan lejano el punto de partida de la primera equivocación que quisiéramos poner un detonador para olvidar todo lo sucedido. Sin embargo, siempre se está a tiempo de poner límites, de cambiar el rumbo o destino.

Vivir sin límites tiene correlación directa de vivir al límite. La vorágine del diario vivir nos lleva a andar a las corridas, a cumplir con mil y un desafíos, a tener todo pronto para ayer y cargarnos de más obligaciones, sin ni siquiera detenernos unos instantes a ver si realmente estamos satisfechos con lo que nos sucede aquí y ahora. Vivimos rehenes del tiempo, de la tecnología y también del consumo.

Ser rehén nos deja atados de alguna manera de pies y de manos, o al menos maniatados en cierta medida. Es como si un pequeño chaleco de fuerza nos impidiera movernos con absoluta comodidad. Algunas veces, logramos escapar de estos frenos que nos detienen el paso, y es entonces que respiramos profundo y nos oxigenamos.

Limitados en nuestros tiempos, en nuestras tareas y compromisos emprendemos los días, aún aquellos que están menos ocupados se ven igualmente limitados por las pautas que impone la sociedad actual, que nos induce a ser seguidores de sus propuestas para no quedarnos afuera del entorno y la realidad que nos circunda. Porque de alguna manera, todos queremos seguir subidos al mundo, por más que por momentos decimos como Mafalda: “Paren el mundo que me quiero bajar” Y no nos bajamos, porque no queremos quedar excluidos o al margen de lo que sucede, pero no por falta de ganas.

Ese estar al borde del precipicio tiene que ver también con saber decir sí y no a tiempo, cosa que se torna bastante complicada, cuando no tenemos ni muy claro el camino por donde nos conducimos, del mismo modo las alternativas se vuelven complejas y confusas.

Vivir al límite, sin poder ser verdaderos dueños de nuestras decisiones y de nuestro futuro, por momentos nos lleva a sentirnos frustrados, contrariados y de muy mal humor, lo que repercute en forma inmediata con quienes nos rodean y en definitiva con nosotros mismos.

Es maravilloso vivir al límite cuando se despierta la creatividad y la fantasía, es decir la posibilidad de soñar y de no bajar los brazos, pero no todos ante una realidad que presiona y ajusta cuentas en forma continua pueden reaccionar positivamente, o con una actitud resiliente.

Todos los seres humanos somos diferentes, reaccionamos de acuerdo a nuestra forma de ser, así como también según la etapa o circunstancias de la vida que nos toque enfrentar. La resiliencia es la capacidad de afrontar la adversidad saliendo fortalecidos, de modo de poder seguir el camino. Se ha comprobado científicamente que los resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés y soportan mejor la presión.

Al límite, estresados por alcanzar lo que algunas veces es casi una utopía continuamos, a la espera de que esa brecha se acorte de alguna manera. Sin embargo, hay brechas que se agrandan cada vez más, mientras las expectativas se agrietan envejecidas casi entumecidas ante la falta de perspectiva.

No siempre es una decisión premeditada vivir al límite, es algo que gradualmente sin darnos cuenta vamos incorporando a nuestros días, hasta que nuestro organismo dice basta y entonces enferma. Quizás ante este aviso paremos y podamos dar el verdadero significado a nuestro tiempo y a nuestros días, porque la vida es lo que nos pasa mientras hacemos otros planes para ella.

Andrea Calvete

SURFEANDO POR LA MENTE

“Hay muchas cosas asombrosas en el mundo, pero nada más asombroso que el hombre”, manifiesta el poeta griego Antígona. A pesar de los miles de años de existencia el hombre sigue despertando curiosidad, asombro, horas de estudio y reflexión. A simple vista parece no haber nada nuevo bajo el sol, porque en diferentes épocas y contextos las motivaciones o disparadores a la hora de reaccionar el ser humano no han sido muy diferentes. "Sex & Drugs & Rock & Roll"  el lema del movimiento hippie de los años 60, de alguna manera no ha quedado tan lejos, y se ha instaurado en nuestros días en las diferentes manifestaciones culturales.

Las sustancias químicas han motivado a los seres humanos desde la noche de los tiempos, así como el sexo ha sido parte esencial en la vida de los hombres, del mismo modo la música lo ha trasladado por diferentes ámbitos, para así despertar cada una de sus emociones, porque todas y cada una de ellas componen los sentimientos que los habitan. Ojo que no estoy haciendo una apología a este lema, simplemente reflexiono acerca de una realidad humana que algunas veces queremos negar o desconocer, y tiene que ver cómo respondemos ante ciertos estímulos para crear y trascender la gris rutina, la forma de despertarlos esto otro tema en el que no me detendré ahora.

Hoy por hoy para que una película, serie o libro sea exitosa debe condimentarse de sexo, droga, suspenso, misterio, morbo, sangre, porque son parte lo que se consume y se vende, pero el fondo responde a la esencia del ser humano.

¿Por qué es importante que una obra cultural despierte cada uno de nuestros rincones? Porque como seres imperfectos tenemos nuestro lado oscuro y nuestro lado claro, nuestras zonas medias, y todas de alguna manera al verse representadas cuando consumimos cultura despiertan en nosotros ese sensación de identificarnos en algún punto del trayecto. Cuando nos sentimos identificados con lo que estamos consumiendo se produce una simbiosis casi mágica en la que nos fusionamos con lo que consumimos, nos compenetramos y experimentamos que somos parte de esa obra que estamos leyendo, o visualizando. De alguna forma, se produce una cierta complicidad entre el autor y el público, que sólo se percibe en ese momento en el que el lector o espectador siente esa identificación, o protagonismo.

Si bien detrás de cada campaña publicitaria o de marketing hay creativos que estudian ¿cómo vender o llegar a determinado sector?, lo que quisiera rescatar es que lo que vende o llega es realmente porque en definitiva las personas es lo que queremos consumir, tiene un porqué una explicación, pero más allá de ella lo importante es conocernos, y comprender que a pesar de lo que nos quieran hacer consumir, tenemos libre albedrío y podemos elegir o decir no cuando algo nos desagrada o no es lo que pretendemos o estamos buscando consumir. Desde, luego que para decir no, primero debemos informarnos, conocer, y tener verdaderas herramientas críticas como para decidir qué deseamos consumir o qué no.

Sexo drogas y rock and roll, no tienen porque significar literalmente lo que implican estas tres palabras, pueden ser distensión, placer, creatividad, a través de lo que cada uno de nosotros lo haga sentir mejor con su día a día, sin necesariamente tener que caer en excesos. Quizás pueda tener que ver con poder surfear en nuestra mente, en poder hallar sensaciones nuevas, colores sorprendentes, aromas distintos, sonidos placenteros, texturas desconocidas y no bajo el efecto de ningún alucinógeno, simplemente dejándonos ser sin restricciones, a través de nuestras posibilidades.

Probablemente, no a todos nos motiven las mismas cosas, pero evidentemente, lo que suele ser impactante, removedor o llama la atención nos motiva por disgusto, o por gusto a disparar ciertas ideas.

Parafraseando a Antígona “hay muchas cosas asombrosas en el mundo, pero nada más asombroso que el hombre”, que seguirá despertando en cada uno de nosotros preguntas, incertidumbres, tras las que continuaremos surfeando en nuestra mente para poder conocer algo más de este mundo, en el que cada persona es parte de un universo intangible e infinito de posibilidades.

Andrea Calvete