jueves, 29 de noviembre de 2018

VESTIDA DE TRISTEZA

Con el frío gris de la mañana se cubre los hombros, peina su mirada y perfuma su sonrisa. No hay un lugar en el cuerpo que no le duela, respira opresión, le falta el aire. Su mirada apática y descreída camina sin rumbo ni sentido. Vestida de tristeza rumbea sus días.

Pálida, apagada parece desvanecerse entre los diferentes tonos de grises que componen el cielo. Así se para el día frente a un mar que sopla fuertemente, y a nubes encapotadas que la enciman. 

Con su ánimo de pocos amigos, enfrenta la jornada que la invita a quedarse adentro a calor de una estufa de leña, o un rico chocolate que caliente la tristeza que la acompaña.

“¿Vale la pena engalanarse con esta energía”?, se pregunta, mientras de sus ojos se escapan lágrimas amargas que se disimulan en el resfrío que se ha instalado en su cuerpo. Sin embargo, por más que intente contestarse, no lo consigue.

Vestida de tristeza carga un aura oscuro, un trinar agónico y los ojos de la desesperanza la envuelven con su manto coartador de posibilidades. Aunque en el fondo sabe que pierde más de lo que gana al vestirse de tristeza, no logra ponerse ninguna prenda que de una luz a su día, o un rayo de energía.

Sumergida en su baúl de los desengaños transita por las calles de sus días, ha dejado abierta la tapa y están todos allí sentados haciéndole compañía. El más cruel y punzante le dice: “Si no nos cierras con candado, seguiremos a tu lado, e intentaremos destruirte lenta y gradualmente, hasta que te conviertas en cenizas”. Ella con los ojos hinchados de llorar lo mira atónita, y con las pocas fuerzas que le quedan cierra la tapa del baúl y le pasa llave. De inmediato, su rostro se ilumina, y un pequeño brillo resurge en sus apagadas pupilas.

Un atisbo de sol, parece resplandecer en la lejanía, se cuela discreto como para alentar los ánimos del día, y dejar su sello de energía vital y armonía.

Andrea Calvete

miércoles, 28 de noviembre de 2018

VOY A ESPERAR A QUE ME LLAME

Ajenas a todo quienes las rodeaban dos mujeres conversaban muy amenas, yo no alcanzaba a escuchar exactamente lo que decían, pero una frase quedó en mis oídos: “Voy a esperar que me llame, hasta que no me conteste no voy a dar señales de vida”

Desde, luego no sabía a qué se referían, pero me pregunté: ¿Por qué tantas veces esperamos a que nos contesten, den señales de vida? Luego de unos minutos de pensarlo, me di cuenta que la gran mayoría de las veces esperamos respuestas, desde lo que pensamos y sentimos, olvidando que los demás no piensan o sienten como nosotros. No es fácil ponernos en el lugar del otro, y mucho menos pensar con la cabeza del otro. Por otra parte, hay días que casi no nos entendemos nosotros mismos, cómo pretender comprender lo que piensa otra persona.

Desde luego, que en ese esperar a que nos llamen, den una respuesta, hay mucho de orgullo, de no querer bajar la cabeza, de no ser los primeros en dar un paso que denote debilidad o vulnerabilidad, o simplemente problemas de autoestima. Lamentablemente, la gran mayoría de las veces actuamos en función del qué dirán, qué pensarán, qué cuestionarán, cuando en realidad poco debería eso importar. En realidad cuando sentimos, pensamos y actuamos de acuerdo a nuestras convicciones poco importa lo que se diga sobre nuestro proceder.

De regreso, a la autoestima cuando es adecuada nos permite enfrentar la vida con optimismo, en sano equilibrio emocional, de modo que será posible utilizar todas las herramientas que disponemos para abrirnos paso en la vida. En sí, lo primero que implica es respeto por nosotros mismos, por lo que somos. Si partimos de esta base ya tenemos gran parte del camino allanado.

Asimismo, deberemos tener confianza en lo que somos, aunque muchas personas suelen decir “la tengo, pero en la vida las cosas no me salen como pretendo” y viceversa. Lo que ocurre, es que son cosas distintas, los logros obtenidos y la confianza, no precisamente van de la mano, pues mucha veces aspiramos metas inalcanzables, o tomamos caminos inadecuados, o por el contrario llegamos a esos destinos pero no confiamos en nuestra persona o no estamos satisfechos en cómo somos.

Generalmente, la autoestima se conforma en los primeros años de la niñez, entonces en ella influirán el hogar, la escuela y la familia. Mas cuando ella ha sido perjudicada por situaciones tales como la violencia de algún tipo, la misma puede aparecer muy por debajo del nivel normal.

En casos en los que no nos es posible enfrentar lo que nos toca pues no contamos con las herramientas suficientes, es importante consultar un especialista, que nos permitirá superar esas inseguridades o al menos nos presentará opciones para encontrar una salida.

La vida en sí, diariamente agrede este rico patrimonio, y con el transcurso de los años no sólo se debilita el físico sino también la mente, que son asaltados por el cansancio, el estrés, los problemas del diario vivir, y la gran agresividad vigente en este siglo XXI que con gran facilidad hace aflorar nuestro enojo en un abrir y cerrar de ojos.

Asimismo, cabe señalar que la autoestima puede verse saboteada por nuestro inconsciente, que nos permite aflorar el miedo emocional, y nos lleva a disminuir los niveles de autoestima.

Mas en el camino de la vida, la sociedad nos enseña a “etiquetar” lo que está bien y lo que no, algunas veces prescindiendo de los verdaderos valores humanos, simplemente movidos por la necesidad de alcanzar metas que van en contra del propio individuo, de su autoestima, pues se persiguen metas inalcanzables, que están más allá de nuestras posibilidades. Se nos vende un mundo perfecto, donde no hay lugar para los defectos ni las equivocaciones, donde las situaciones nos cierran en forma automática. Y es así que los medios de comunicación nos inculcan familias ideales, personas perfectas, donde no hay lugar para todos, sino para aquellos que tienen una imagen “ideal”, también establecida por patrones que no tienen ni pie ni cabeza.

Y es así que nos enfrentamos a una sociedad, que muchas veces contribuye a bajar nuestra autoestima sin que nos demos cuenta, sin que seamos capaces de comprender que el hecho de no poseer ese imagen que marcan a fuego en nuestro inconsciente no es relevante, pero a la larga influirá para que cuando nos miremos al espejo o analicemos cómo somos, estemos desconformes, pues no nos ajustamos al prototipo que venden los medios.

Por estos motivos, es necesario hacer una pausa y cuestionarnos ¿dónde se encuentra nuestra autoestima? Pues de ella dependerá el equilibrio físico y mental necesario en nuestro organismo para vivir en paz con nosotros mismos. La autoconfianza y la valía nos permiten a los individuos sentirnos útiles con nosotros mismos y con los demás.

Y la confianza en uno mismo, también se proyecta a través de la autorrealización. Las personas con autoestima positiva ven su sistema inmunológico fuerte, pues esta confianza en sí mismo genera resistencia en su organismo. Sin embargo, cuando la autoestima es baja, nuestra capacidad de enfrentar las adversidades de la vida disminuyen, y nuestras defensas también.

Es importante tener en cuenta que no se trata de ir mirando por encima a los demás sino a nuestra misma altura, sino ya no hablamos de una correcta autoestima.

Como arquitectos de nuestra propia vida, somos lo que pensamos. De este modo, si estamos convencidos que no somos capaces de realizar determinadas tareas, posiblemente nunca lo seamos. Debe existir una relación armónica entre lo que pensamos, deseamos y hacemos. Quizás esta sea la clave para que una persona se encuentre satisfecha consigo misma.

Y de regreso con la pregunta que ocasionó esta vivencia ¿por qué esperar a que nos contesten o den señales de vida?, por múltiples motivos podemos esperar una respuesta, pero no escudados en no mostrar lo que pensamos, sentimos o creemos, no por debilidad o no tener una correcta autoestima. Esperemos una respuesta por respeto, por consideración o por darle el tiempo a la persona que nos otorgará la respuesta.

Andrea Calvete

jueves, 22 de noviembre de 2018

REPIQUETEAN LAS CAMPANAS

El aire de la mañana frío y celeste se moviliza, mientras las campanas de la Catedral suenan para anunciar el paso de los minutos que transcurren a su ritmo.

Lentamente, se levantan las persianas, los negocios abren sus puertas y los transeúntes comienzan a dirigirse rumbo a sus trabajos, todo se encausa lenta y cotidianamente, no para mí que no estoy en mi ámbito todo por descubrir, por conocer, por mirar con esos ojos que todo lo quieren saber, y que buscan más allá de las posibles explicaciones. Siglos de historia se esconden detrás de cada edificación.

El sol se esmera por salir y se apoya en la ventana de la guardilla que da frente a mi ventana, encandila mi mirada, me invita a soñar, a mirar esa ciudad que me toma de la mano como huésped.

En el diario vivir, nuestra cotidianidad nos lleva a dejar de ver todo lo sorprendente que hay a nuestro alcance, nos acostumbramos a ver edificios históricos, fachadas maravillosas o escenarios totalmente naturales como parte de lo que nos rodea, porque nos zambullimos en esa jornada que nos espera en la que las horas del día parecen no alcanzarnos. Así salimos corriendo para llegar al trabajo, al supermercado, a ese compromiso que tiene una hora infalible, y en ese vertiginoso caminar olvidamos disfrutar de lo que vamos percibiendo, anestesiando lentamente los sentidos.

La anestesia del diario vivir, se da producto de la automatización, del acostumbrarnos a ver lo sublime que nos rodea, a su vez los problemas que nos circundan nos envuelven en una cáscara dura que actúa como si fuera una cámara de aislación, de esta forma nos vamos alejando de “esas pequeñas cosas” como diría Serrat pero maravillosas que están allí pero no las vemos

Repiquetean las campanas, todo se engrana su ritmo, me dispongo a caminar y a descubrir cada rincón, cada lugar que me seduce con su encanto y su apariencia. Lo nuevo siempre llama la atención ante nuestra mirada, que cuando está distendida y despreocupada se agudiza y entonces es posible percibir mejor lo que nos rodea.

Camino feliz, pero me indigno al ver gente tirada en las calles durmiendo, y no importa lo suntuosa o añeja que pueda ser la cuidad o el vértigo de sus transeúntes, indignamente se los ve allí tirados, algunos incorporados ya al día pero en condiciones que lejos están con lo que tiene que ver con llevar una vida digna. Me pregunto: ¿Por qué tanta gente por el mundo duerme en las calles, vive en las calles, por qué han llegado a vivir así, qué les pasó, tuvieron alguna vez un hogar?, un nudo muy fuerte anuda mi garganta.

Repiquetean las campanas las conversaciones de los transeúntes es un murmullo que envuelve las calles, se los oye hablar en diferentes idiomas, distentendidos, otros no tanto, caminan y colman las calles de un espíritu festivo. Es que la vida misma es una fiesta que nos invita cada día a descubrirla, a admirarla, a soñarla, sólo que algunas veces no nos unimos a esta celebración ya que decidimos dejar que los minutos se estanquen en nuestros problemas y preocupaciones.

Sin embargo, estas campanas nos invitan a dejarnos llevar por sus sonidos, a buscar respuestas con cada repiquetear. Es así que cuando cercanas las oímos podemos apreciar ese sonido mágico y envolvente, para entonces dejarnos llevar a ese lugar en el que el viento, el sonido y los aromas se unen para elevarnos hacia donde estemos dispuestos a llegar.

Repiquetean las campanas, suena una voz que nos llama a ese nuevo día que nos espera, que nos abre los brazos dispuesto a recibirnos de la mejor manera, estará en nosotros atrevernos a vivirlo, a dejarnos sorprender por el horizonte de oportunidades y encontrarlas.

Andrea Calvete

domingo, 11 de noviembre de 2018

LA CABEZA DONDE LOS PIES PIENSAN

Poner las ideas en su debido lugar no es tarea fácil, sobre todo si las queremos hacer tomar contacto con la práctica, es decir donde se desarrolla la vida, en el lugar donde luchan las esperanzas, sufren las desilusiones, se alegran los triunfos y se desplazan los sueños.

La teoría sin práctica pierde razón de ser, sentido, es como sembrar para luego no ser cosechado. El mundo de las ideas suele volar a las tierras de la utopía, también a la de los intereses alejados de la realidad imperante o de las verdaderas necesidades.

Donde se dejan las huellas, donde se pisa es el preciso lugar en el que hay que poner el foco, porque es el aquí y ahora que nos toca vivir, con nuestras circunstancias propias de nuestros días, de esa realidad que por momentos nos disgusta, nos amarga, nos preocupa porque sentimos que se nos escapa de las manos y poco podemos hacer para cambiarla. Quizás el primer paso para no alejarnos de esa realidad, sea pensar con la cabeza donde piensan los pies.

Para pensar con los pies sobre la tierra, el sentido autocrítico es fundamental, no sirve ponernos de jueces de los demás, si no nos ponemos a analizar nuestras fallas y defectos. Admitir errores, también es estar abiertos a las críticas.

Donde los pies pisan es donde transcurren las situaciones del diario vivir, donde vemos los problemas que se dan a nivel social, de alguna manera es tomar protagonismo en esa película que algunas veces miramos de afuera, criticamos, analizamos pero no nos remangamos para ponernos a trabajar como actores. Encontrar defectos, fallas es bastante común, lo complicado es hallar soluciones efectivas a los problemas, o al menos luces que permitan continuar avanzando.

Algunas veces las suelas de los zapatos se encuentran mal trechas, desgastadas, casi agujeradas con pocas ganas de seguir, otras casi sin uso resbalosas y escurridizas, sin embargo, más allá del uso que puedan tener son los que nos hacen tomar contacto con esa realidad que nos mantiene en pie. Por su puesto, que quien vive en una burbuja aislado protegido para no contaminarse de problemas, poco contacto tome con lo que piensan los pies. Para tomar contacto, entonces es preciso salir de esas burbujas de aislamiento, que lo único que hacen es agudizar más el individualismo y competitividad imperantes de este siglo XXI

Pero no todos los pies piensan iguales, por suerte, en la diversidad surge la riqueza, la pluralidad, el intercambio tan preciso y necesario para podernos relacionar y entender entre las personas. Detenernos a escucharnos, algo que parece estar en desuso. Les habrá pasado más de una vez que antes de terminar una frase alguien les habla por arriba y termina contestando algo que no tiene nada que ver con lo que estábamos diciendo, en esos momentos a uno le invade una gran decepción y se da cuenta que poco importaba lo que estábamos diciendo. Sin embargo, no sé si tiene relación con que poco importa más bien creo que hay una necesidad imperante de ser escuchado, de ser atendido producto de esta inmediatez reinante y avasalladora.

Poner las ideas en su debido lugar no es tarea fácil, pero tampoco es una tarea utópica, es poner la teoría en práctica, es hacer carne el verbo, es simplemente poner pienso y voluntad, esmero y compromiso, tiempo y energía en pro de tomar contacto con esa realidad que nos circunda y a la que muchas veces por distintos motivos damos la espalda, quizás cansados, abatidos, o simplemente anestesiados, pero es momento de despertarnos y no desatenderla.

Andrea Calvete

“NO ES RICO QUIEN TIENE MUCHO, SINO QUIEN DA MUCHO”

Quien recibe en un acto casi reflejo da, es como un mecanismo mágico que se produce sin pensar, una iniciativa que surge desde la gratitud y el agradecimiento. Dar trae consigo la sensación de sentirte útil y productivo.

Cuando damos se enciende en nosotros un motor en el que la energía se multiplica, y de la misma manera comienza a crearse un engranaje a partir del cual lo que va vuelve, en un efecto casi de búmeran.

Asimismo, dar está intrínsecamente relacionado con la solidaridad, a través de la cual podemos tender puentes, acortar distancias, vencer obstáculos, ubicados en un plano de igualdad que nos permite sentirnos cómodos a quienes estamos en cualquiera de sus extremos, que poco a poco se irán conectando, construyendo los eslabones de una gran cadena, por medio de la cual podrá fluir lo mejor de cada uno de nosotros, y esa energía circulará libremente.

La solidaridad social y política son las bases de la democracia. Por eso nunca más acertadas las palabras de Mahatma Gandhi quien sostiene que “las personas que no están dispuestas a pequeñas reformas, no estarán nunca en las filas de los hombres que apuestan a cambios trascendentales”, porque desde el pequeño aporte o cambio se logran los grandes, en la existencia del compromiso hacia los demás.

Creo que todas las personas valemos, servimos, más allá de dónde provengamos, de lo que seamos, simplemente por el hecho de ser semejantes, y de formar parte de este inmenso Universo, por eso es fundamental, mirar a quien tenemos adelante para dar tender una mano pero en un acto horizontal, en el que se sienta ese apretón cálido y frontal. Cuando nos podemos ubicar en un mismo plano, el diálogo fluye, las distancias desaparecen, las brechas se acortan, y comprendemos que es el propio hombre que ha creado, con su forma de vivir y actuar, esas diferencias que en definitiva son las bases de la discriminación en cualquier orden de la vida.

Ubicarnos en un mismo plano, tiene que ver con ponernos en el lugar del otro, en establecer correctas relaciones de alteridad. Por ejemplo un jefe en un trabajo tiene una función específica para el que ha sido contratado, pero el trabajo se hará más grato y sencillo, si cuando va a pedir una tarea a quienes están a su servicio, se sienta con ellos, entiende los motivos por los que no pueden cumplir con el trabajo, los escucha, ¡qué palabra!, para un mundo casi carente de oídos y los comprende. Entonces posiblemente el trabajo fluya de la mejor forma, ya que habrá entendimiento, y en cierta forma un gesto de solidaridad hacia quienes trabajan a su lado. De esta manera, se impartirá el respeto y la comunión entre las distintas personas que integran un ámbito laboral determinado. Y en el día a día sucede algo similar, si no escuchamos, si no tratamos de ponernos en el lugar de quien tenemos al lado, no surgirá nunca el diálogo, y entonces no habrá ayuda, compromiso o intercambio posible.

Dar y recibir, son parte de lo que somos. Y por más que es muy placentero recibir de quienes nos rodean su afecto, su amistad, su cariño… su ayuda, no es posible sentirse feliz plenamente sin dar. Porque dar es algo maravilloso, pero siempre en esa cadena inexorable en que das y recibís en un acto de amor y de solidaridad que son inherentes a todo ser humano, tan sólo que algunas veces cortamos la cadena por egoísmo, por falta de tiempo… por mil y una causa, que en el fondo forman parte de justificaciones, paradójicamente sin relevancia, ni justificación, más que excusarnos con nosotros mismos por haber fallado. Desde luego, que seguiremos equivocándonos, pero daremos el primer paso si lo reconocemos y aceptamos, con el afán de aportar nuestro pequeño y a su vez gran grano de arena, en pro de comprometernos con quienes nos rodean a través de una mirada solidaria y fraterna.

Nuestra condición humana nos lleva nos lleva a buscar en los demás, a esperar a que nos den, y así también cuando damos esperamos algo a cambio, pero aquí el hecho de dar parece convertirse en un trueque de vida, que no necesariamente siempre fluye por la mejor vía. En algunas ocasiones, damos y la cadena se corta pues existen agujeros negros, o por decirlo de otra forma personas que en determinadas ocasiones cortan ese fluir de dar y recibir en forma natural.

Así como recibimos, tenemos el privilegio, la dicha de dar. Cuando damos desde la autenticidad, desde el compromiso, desde lo más genuino que existe en nuestro ser, entonces surge una sensación de plenitud, y no esperamos nada a cambio. Parafraseando a Erich Fromm: “No es rico quien tiene mucho, sino quien da mucho”

Andrea Calvete

sábado, 10 de noviembre de 2018

LA RELIGIÓN DE CONSUMO

El fetiche de la mercancía data desde tres mil años atrás, no deja de ser cierto que no hay nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, las distintas marcas de alguna manera transforman el mundo, mientras nosotros como compradores consumimos lo que es moda, y lo que se instala de última generación para acompasar el tiempo que nos toca vivir, olvidando o postergando lo que realmente podría ser parte esencial en nuestras vidas.

¿A qué me refiero con parte esencial en nuestras vidas? Corremos detrás de los mejores celulares, computadoras, electrodomésticos… para mejorar nuestra calidad de vida, nuestro confort, ¿a qué precio?, de pronto trabajando más horas, descuidando nuestros afectos, nuestras relaciones personales.

Por otra parte, el hecho de estar tantas horas hiperconectados nos desconecta de estar con nosotros mismos, con lo que realmente nos sucede, así como con los seres queridos que tenemos alrededor. Pero supongamos que no descuidamos nuestras relaciones personales, igualmente una vez que obtenemos esos objetos vemos en realidad que la sensación de entusiasmo dura unos días, luego desparece tras la búsqueda de nuevos objetos, es como el cuento de nunca acabar siempre estamos corriendo detrás de más y más, olvidando que la vida se nos escapa de las manos, el momento de vivirla es hoy.

Sin darnos cuenta, estos productos estas marcas intentan “dar sentido a nuestros días” y pronto el enunciado de Descartes se convierte en “consumo luego existo”. Es descabellado pero de alguna forma caemos en esta vorágine sin ser demasiado conscientes.

La religión del consumo no es altruista, no promueve la solidaridad, por el contrario estimula la competitividad, hace de la vida una posesión y no un don. Del mismo modo, la globalización ha reducido al mundo a un gran mercado, donde todo se transforma pronto en mercancía, tanto ideas, proyectos relaciones personales, y así el valor de cambio de los productos adquiere más importancia que el valor de uso. De esta forma la marca convierte un objeto en fetiche a tal punto de que otorga a quien lo usa un valor superior al que tiene por su naturaleza humana.

Lamentablemente, de la religión de consumo no se escapa nadie, es una fuente inevitable que “alivia angustias, garantiza prosperidad y alegría” Lo entrecomillo porque realmente en el diario vivir vemos que si bien es una fuente prácticamente imposible de esquivar no tiene efectos tan maravillosos, por algo los consultorios médicos están llenos de personas estresadas, que no pueden dormir, con mil dolencias producto de una vida carente de sentido, o al menos de gente que se siente desdichada.

Todo esto nos lleva a exista un fuerte predominio del tener sobre el ser, ya que es una de las principales actitudes inherentes al consumismo que nos lleva a querer satisfacer todas nuestras necesidades y aún peor a generarnos nuevas e inagotables posibilidades. Así surgen importantes preguntas: ¿Tengo conocimiento o conozco?, ¿tengo fe o soy en el camino de la fe?, ¿tengo amor o estoy en el amor?... ¿Cuál es la diferencia entre tener y ser?

Cuando nos cuestionamos si tenemos conocimientos o conocemos, al adquirirlos tomamos y conservamos información, mientras que conocer implica sumergirnos en un pensamiento productivo, crítico que nos permite acercarnos a la verdad, para ser más libres a la hora de decidir ¿cómo vivir?, para no dejarnos engañar por falsas promesas o información que lejos de nutrirnos nos confunde y nos conduce por un rumbo equivocado.

Algunas veces nos apegamos a las relaciones, a los trabajos, a los hogares, a las pertenencias materiales… y perdemos de vista que somos un diminuto punto en el Universo. De pronto, sentimos que estamos desperdiciando el camino, las oportunidades, y que el exceso de equipaje se cobra ya en cualquier aeropuerto del mundo ¿Pero, por qué?

Sencillamente, los recursos naturales son finitos y escasean, cada vez somos más personas en el planeta, donde unas pocas viven en la opulencia mientras otros millones mueren de hambre y miseria. Probablemente cada vez que demos vuelta la cara al problema existente hagamos que la subsistencia del Planeta sea menos probable y efectiva.

Quizás al exceso de equipaje, sea necesario agregar las mochilas emocionales que nos acompañaron a lo largo de la vida, y desechar todo lo que realmente no nos haga falta. Caminar livianos de equipaje hace el recorrido más libre y fructífero. Posiblemente deberíamos hacer como Sócrates que recorría las calles de Atenas mirando lo que había en las tiendas, y cuando un vendedor se acercaba a preguntarle qué quería el filósofo respondía: “Nada, solamente miro las muchas cosas que no necesito para ser feliz”.

Andrea Calvete

lunes, 5 de noviembre de 2018

EL BRILLO DE LAS ALIANZAS

Las alianzas de cualquier tipo tienen un alto valor simbólico, pero el espíritu que las distingue es el del compromiso, el de unirse bajo una misma causa para ponerla en práctica abocados en esa unión por lograr los mejores frutos.

Alianza es un término que procede del verbo aliar y que, por lo tanto, hace mención a la acción que llevan a cabo dos o más personas, organizaciones o naciones al firmar un pacto, un acuerdo o una convención, según el caso.

Las hay de oro, de plata, platino, de cristal… del material que te quieras imaginar, pero creo que las más importantes son las que trascienden el papel, la tinta o los metales, esas que se cumplen porque están en el corazón y nacen desde lo genuino y auténtico sin necesidad de un símbolo que las recuerde o haga presentes. Y no estoy con esto desacreditando los símbolos que son muy importantes, sólo que me parece que lo que se hace intangible, invisible y sólo se percibe a través del palpitar se hace más intenso o profundo.

Es así que diariamente, se establecen alianzas políticas, laborales, estatales, gubernamentales, de todo tipo. Sin embargo, algunas veces estas alianzas se rompen, fallan y entonces comienza un gran desencanto ante la ruptura. Las razones porque se rompen pueden ser múltiples, cambio de intereses, de rumbo, o simplemente darnos cuenta que ese compromiso ya no tiene el mismo peso en nuestras vidas.

Si bien, somos coherentes con nuestras ideas y valores y tienen una correlación con estas alianzas con las que convivimos día a día, sucede que algunas veces decidimos hacer un giro en nuestro camino, renovar el aire, tomar nuevos rumbos, desandar lo andado. Aunque romper una alianza por momentos nos hace sentir que traicionamos un pacto un acuerdo, sin embargo si nos disponemos a hablar de frente con quien hemos establecido esa alianza y argumentamos el por qué de nuestro cambio de rumbo creo que la traición no tiene cabida. Traicionar sería faltar a nuestra palabra, pero en este caso ponemos fin a esa palabra por diferentes motivos que deberemos explicar a la otra parte concerniente en la alianza.

¿Por qué cambiamos en lo que pensamos, sentimos o decimos? Por múltiples motivos, por situaciones que nos suceden y de alguna manera nos llevan a cambiar el rumbo, porque nos cansamos de aguantar ciertas cosas, porque el termostato se hace más sensible en la medida que pasan los años, porque tomamos perspectiva y ya no vemos de igual manera los acontecimientos, porque deseamos invertir nuestro tiempo y espacio de otra forma… y las contestaciones van a variar según nuestro estado anímico, emocional, y la etapa de la vida que estemos transitando.

Sin embargo, no es de asombrarse cambiar, porque la vida en sí es puro devenir, cambio continuo y constante. Del mismo modo, las personas si bien intentamos ser fieles a lo pensamos, decimos y hacemos, en algún momento en nuestras vidas este tríptico hace cortocircuito, y allí comienzan algunos problemas, sobre todo por parte de quienes nos observan que pretenden que seamos un ejemplo intachable, olvidando que ellos también son seres humanos factibles de errores. Lo importante a la hora de cambiar es que el pensar, hacer y decir continúen teniendo armonía y correlación.

Esta correlación entre lo que digo, hago y pienso es una de las más difíciles de sostener en la vida. Puedo pensar maravillosamente y también decir en forma ejemplar, el problema se suscita a la hora de llevar a la práctica de hacer verbo lo que pienso. El poner en práctica lo que pienso y digo es una tarea que requiere tener mucha conducta, ética y moral, solidez y también madurez. Sin embargo, a pesar de que no siempre este tríptico funciona a las mil maravillas es una de las tareas que nos preocupan y ocupan a las personas día a día.

De regreso con las alianzas, algunas veces sin darnos cuentas nos aliamos con nuestro peor enemigo, y no nos damos cuenta hasta que la oveja se saca su disfraz y nos muestra sus dientes de lobo, y allí nos paramos frente a una gran sorpresa y a su vez decepción. Otras veces, estas alianzas no funcionan no porque haya mala fe, sino porque sencillamente no eran las justas y perfectas para el momento que estábamos transitando.

Sin embargo, más allá de las alianzas fallidas, no faltarán alianzas en nuestro camino que permitan dar brillo y luz en nuestra senda, que se colmen de compromiso y entrega, de buena fe y trabajo en pro de solidificar un proyecto con fe y esperanza, con el entusiasmo vivo y el brillo de la mirada intacto.

Andrea Calvete

sábado, 3 de noviembre de 2018

A MEDIA MÁQUINA

Al comenzar el día se prenden los motores, se calienta y se pone en funcionamiento la máquina, pero el cuerpo algunos días pesa toneladas y no quiere arrancar. ¿Por qué le cuesta tanto arrancar?, ¿Acaso el paso de los años pesa?, ¿los problemas o preocupaciones se cuelgan?, ¿o no hemos calentado lo suficiente? Interrogantes válidas a la hora de dar comienzo a una jornada.

¡Cuántos días quisiéramos vivir en sintonía con lo que nos circunda!, pero el engranaje se vuelve torpe y parece desfasarse de lo que ocurre a nuestro alrededor, y es como si camináramos a destiempo.

¿Por qué algunos días no podemos acompañar a la realidad que nos rodea? Porque nos levantamos con un mal día, porque nos duele mucho la cabeza, porque no dejamos de pensar en ese problema que no podemos solucionar, o porque sabemos que nos espera una semana en la que quizás no podamos cumplir ni con la mitad de lo que tenemos pensado… mil y una razones pueden contestar esta pregunta que se para al comienzo de ese día en el que vamos a media máquina. 

Aunque, si arrancamos con pocas ganas o de mal humor, a mal puerto vamos por agua, allí difícilmente salgan bien las cosas, me animaría a decir que una cadena ininterrumpida de dificultades se nos avecina. 

También es cierto que el tiempo incide en nuestro estado anímico, los días de mucha humedad, tormentosos, o el que el viento proviene del norte, o los días muy grises y oscuros, las situaciones se tornan complejas, y no son cábalas es que nuestro cuerpo requiere sentirse confortable para poder enfrentar decorosamente el día.

Nuestras emociones son las grandes responsables de lo que luego pasa en nuestro cuerpo, la ciencia ha probado que ellas repercuten en el funcionamiento de nuestro organismo, el que termina somatizando todo eso que nos disgusta o preocupa.

A todo esto debemos sumar la postura en la que trabajamos lo que nos trae aparejado dolores de cabeza o de espalda. Generalmente hacemos un uso excesivo de la computadora en mala posición, a eso debemos agregar contracturas por mal dormir, o poco dormir.

Y justamente, cuando dormimos mal, al otro día nuestro cuerpo se siente agotado sin energías para empezar, por eso es aconsejable antes de acostarse, no utilizar computadoras, celulares, realizar sí actividades que nos distiendan

Pero, retomando el comienzo del día para entrar a funcionar correctamente, lo primero es tomar un buen desayuno, el tema del baño es otra posibilidad, aunque algunas personas suelen tomarlo antes de acostarse para descansar mejor. El desayuno, aunque no lo creamos es la principal comida y a la que muchas veces le damos poca importancia producto de nuestra cultura y costumbres.

Supongamos que ya hemos desayunado correctamente, pero igual continuamos con el motor a media marcha, nos pesan las ganas, y nos da mucha pereza arrancar, la almohada se nos ha quedado pegada en la cara conjuntamente con un sinfín de problemas que tenemos que resolver en el día.

Aquí, una pequeña y profunda inspiración puede ser una gran ayuda para relajarnos, acompañados de alguna música tranquila que nos permita poner en marcha esta máquina que no quiere arrancar, que parece que se ha quedado sin batería, por eso es importante llamar al auxilio, cada cual sabrá ¿cuál es el más apropiado?

Algunas veces, ese auxilio llega del lugar menos esperado, es esa palabra que viene de una persona querida, que dice las palabras justas y perfectas, en el momento indicado, y allí hacemos el click y nos cambia el día, el motor comienza a calentar despacito, y todo parece encaminarse.

Otras veces, la lectura de un artículo o un libro suele ser ese cable a tierra que nos permite retomar la marcha. También hay quienes una caminata es un primordial para oxigenarse y sentirse con las pilas cargadas… posibilidades no faltan, sólo es cuestión de encontrar aquella que nos permita salir de ese estancamiento y dar marcha a ese día que nos queda por delante.

Y les habrá pasado infinidad de veces, que al terminar el día decimos : “¡qué día interminable!”, y gran parte del problema pasa por no haber arrancado bien el día y en lugar de tomar las medidas del caso, continuamos a media máquina deseando que finalice esa jornada a la que solemos definir como “horrorosa”

Pero, cada día que desperdiciamos a media máquina son horas que le restamos a la vida, de disfrutarla, de vivirla plenamente, descubriendo sus cosas buenas, sin permitir que las cosas malas nos opaquen el día.

Desde luego, que hay momentos duros en los que por problemas de salud, familiares, laborales, caemos en grandes pozos, pero lo peor que podemos hacer es dejar ese motor a media marcha, por el contrario es cuando más necesitamos de nuestra vitalidad para enfrentar con entereza y valentía lo que nos ocurre.

Hay un viejo dicho que dice: “siempre que llovió paró”, y es cierto, los refranes son recogidos del saber popular, por eso es necesario tenerlos en cuenta en esos momentos que parece que el agua nos llega al cuello.

También debemos ser cuidadosos con el uso de nuestras palabras, que se van convirtiendo en pequeños decretos que quedan registrados en nuestro cerebro, y cuando le damos el mandato ya el pobre se ha convencido de que no puede con un montón de situaciones, que con nuestro sólo decir ha alcanzado para ponerlas en acción.

Ese cansancio, que puede venir por múltiples factores es el causante de ese no poder arrancar el día, pero en esa lista que es bastante extensa solemos agregar decretos e imposiciones negativas que lo único que hacen es quitarnos la poca energía vital que nos queda.

Para cargarnos de energía es importante leer, escuchar música, hacer ejercicio, motivar los sentidos de todas las formas posibles, porque estamos vivos, porque el día pasa volando al igual que la vida. Por lo tanto, no hay tiempo que perder, es necesario acompasar el vertiginoso correr de los minutos y no quedarnos detenidos en el pasado, porque no es allí el mejor lugar para resolver nada.


Motor a media marcha- Acróstico

Motores que arrancan

O semi dormidos

Todo pasa lento

O inadvertido

Ritmos que comienzan

A tomar caminos

Mientras los sentidos

Esperan el ritmo

De quien los maneja

Inquietos, tranquilos

Ambiguos sentidos

Mandan desde arriba

A tiempo que esperan

Ruidos de latidos

Completos y plenos

Himnos y sonidos

A tiempo que arrancan.

Andrea Calvete


YA NO ME ACUERDO

Ya no me acuerdo por qué dejamos de vernos, tomamos distancia o dijimos adiós. Pero, lo cierto es que pusimos punto final a esos encuentros. Ahora nos separa un océano, un cielo, una inmensidad que se acrecienta con el tiempo. ¿Existe punto final en los recuerdos?

Quizás los porqué ahora resulten tenues o insignificantes, o simplemente pierdan nitidez. Hoy se desdibujen las explicaciones, los motivos y surgen los recuerdos, que de alguna manera no son del todo fiables, pero están allí borrosos y temerosos de salir a la luz.

La bruma envuelve a los recuerdos, bañados de la humedad de la mañana, del hastío de los días grises, del calor sofocante de las horas de encierro, de los momentos amargos o de las noches de desvelos. Así disfrazados con ropas prestadas caminan en busca de mirarse al espejo más próximo. Parados en una inmensa sala repleta de espejos sus imágenes se distorsionan, y se pierden abrumados por la infinidad de opciones.

Ya no me acuerdo, de qué reíamos, o por qué las horas se detenían en el tiempo, pero si hago foco veo tu mirada callada en un espejo, tu sonrisa sincera y tu estar placentero. Así pasaban los minutos eternos, llenos de magia y de misterio, en donde las explicaciones no tenían cabida. Los sentimientos tienen ese don maravilloso de expresarse sin pedir permiso, ni autorización, de manifestarse libremente en el momento justo y perfecto.

Recordar implica traer al presente sabores, aromas , imágenes, contextos , texturas, tiempos que parecen haber quedado oxidados, en una suerte de rescatarlos como mejor podamos, posiblemente obviando contenidos y aderezando otros. Allí nos paramos la mayoría de las veces que rompemos una relación luego de pasado el tiempo, intentamos revivir situaciones que lejos están de ser revividas porque nuestros recuerdos son poco fiables, y luego de repetirse varias veces como mejor se les ocurren los validamos como si fueran absolutamente ciertos.

Buscar los porqués ayuda en el fondo a encontrar respuestas a los motivos por los que algo no pudo ser, se frustró, o finalizó. Pero, ¿de qué sirven los motivos, cuando ya no hay marcha atrás, cuando no es posible revertir la situación? Quizás, como una forma de sentirnos mejor con nosotros mismos, con esos deseos que de alguna forma se vieron cortadas sus alas.

Seguramente, todos recordemos más de lo que nos animamos a contar o a expresar, y esté relacionado con lo que nos negamos a dejar salir a flote porque aceptar un fracaso o una relación que no pudo ser sea algo que nos duele y marca. El hecho de vencer la frustración tiene mucho que ver con estos recuerdos que se disfrazan detrás de lo que “no recordamos” o sí recordamos pero a piacere nuestro.

Ya no me acuerdo si tus ojos eran marrones o negros, pero con gran esfuerzo veo tu mirada cerrando ese capítulo que ya no tenía razón por la cual continuar, era necesario poner un punto final. Pasado el tiempo, comprendo que los puntos son para la gramática, en la vida la puntuación juega excepciones de acuerdo a lo que nuestra mente sea capaz de fabricar en ese mundo plagado de recuerdos.

Así vivimos, plagados de recuerdos que aparecen como flashes por momentos inconexos, confusos, difusos, en otros claros y nítidos, pero están allí, aunque ya no me acuerdo por qué dejamos de vernos.
Andrea Calvete

viernes, 2 de noviembre de 2018

UN MUNDO REPLETO DE PLACERES PERO LEJOS DE LA ALEGRÍA

Un mal de estos tiempos es que solemos habitar en un mundo repleto de placeres pero lejos de la alegría. ¿Se pusieron a pensar por qué nos alejamos frecuentemente de la alegría, por qué tomamos distancia como si fuera nuestro peor enemigo?

Sinceramente creo que al incurrir en esta situación no lo hacemos en forma premeditada, simplemente nos proponemos alcanzar o cumplir un montón de metas, pero perdiendo de vista algo fundamental y es transitar con alegría. Esto ocurre, porque ocupados y preocupados por tantas cosas, borramos la risa de nuestro rostro, de nuestros pensamientos, fruncimos el ceño y continuamos apurados por cumplir con ese fin que nos hemos propuesto sin dejar que la alegría nos acompañe.

Caminar en un mundo de placeres sin alegría puede dejar un sabor de insatisfacción, ya que al alcanzar la meta deseada sobreviene un dejo de tristeza o de vacío. Sin embargo, cuando el placer se encamina conjuntamente con la alegría entonces el resultado puede ser totalmente diferente.

El placer tiene como objetivo satisfacer un deseo que no necesariamente requiere una actividad, por ejemplo el placer del éxito social, de ganar un mejor sueldo, de conquistar un destino o el mero placer sexual… y podría continuar. Generalmente cuando los seres humanos conquistamos una meta nos encontramos satisfechos por haber alcanzado una cumbre, pero luego de haber logrado ese destino, la satisfacción comienza paulatinamente a desaparecer, y se produce una cierta tristeza pues allí finaliza ese camino emprendido.

Sin embargo, cuando buscamos satisfacer un deseo y para ello ponemos en juego nuestras energías en donde apostamos a un crecimiento personal, entonces si bien alcanzamos una cumbre, pero no se produce insatisfacción porque continuamos encaminados hacia la meta, y el motivo por el que seguimos enérgicos y vitales es porque nos movemos con alegría. La alegría no es sólo el éxtasis momentáneo, sino el resplandor que de alguna manera acompaña al ser

Según el diccionario de la Real Academia, la alegría es “un sentimiento de placer producido normalmente por un suceso favorable que suele manifestarse con un buen estado de ánimo, la satisfacción y la tendencia a la risa o la sonrisa” Es tal cual, cuando la alegría se instala permanece en nosotros un sentimiento de satisfacción, de plenitud, en el que poco lugar queda para los enojos, o los malos momentos. Esto no significa, que no nos tropecemos con inconvenientes o problemas, sin embargo quien logre comulgar con la alegría día a día posiblemente resuelva mejor todas las dificultades.

Por lo tanto, la alegría tiene que ver con una actitud de vida, con el entusiasmo que ponemos en cada acto de nuestra vida, con las ganas con que emprendemos cada cosa que hacemos. Tener entusiasmo significa tener un dios adentro, esa chispa divina que nos ilumina.Y para ello es muy importantes ser conscientes del aquí y ahora, de ese tiempo que se escurre rápidamente de nuestras manos.

Cuando caminamos con alegría, se dibuja un horizonte posible, un brillo en nuestra mirada, una razón por la que continuar, un motivo para cambiar, la ilusión a flor de piel, y la emoción encendida como una luz que nos guía. Sin embargo, es cuestión de proponernos incorporar esta actitud de vida, en la que el sí puedo está presente, en que me levanto aunque me caiga mil y una vez, porque siempre hay un motivo aunque no lo veamos para incorporarnos y continuar.

Khalil Gibran expresa que “nuestra alegría es nuestra tristeza sin máscara”, porque ponerle buen rostro a la vida, actitud y aptitud, no significa que la tristeza o los problemas no nos hagan compañía, son parte de la dualidad de vida y están presentes, pero de alguna forma quien logra cincelar la alegría en su rostro aún cuando el corazón se le desgarra, es porque ha logrado incorporar fortaleza en sus días.

Algunas veces insertos en los problemas los vemos mucho más graves de lo que son, como un callejón sin salida. Sin embargo, si tomamos distancia, si logramos abrirnos a un destello de alegría posiblemente el panorama ya no sea tan incierto o desalentador. Seguramente, alcancemos el amanecer transitando la noche, porque los ciclos de la vida se cumplen también en nosotros.

El hecho de brillar, es una tarea exclusivamente individual en la que tenemos el libre albedrío. Y está en cada uno permitir que una sonrisa se esboce a diario, acompañada de una mirada cálida, simpática y amable.

Y les pregunto, ¿de qué nos sirve andar peleados con la vida, con las situaciones, con la gente? Ya sé, me dirán que existen días en que todo parece conspirar en nuestra contra, pero todo pasa: lo bueno y lo malo. Por lo tanto, es importante no dejar escapar los buenos momentos, debemos atesorarlos en nuestro corazón para que nos llenen de energía día a día.

La alegría se contagia, se esparce con facilidad a quienes nos rodean, y es así que las buenas vibraciones generan nuevas sintonías positivas que se propagan rápidamente y llenan de buena energía a todo el que alcanza. Es patrimonio de todos y cada uno de nosotros, sólo es cuestión de darle cabida.

Andrea Calvete