sábado, 25 de agosto de 2018

¿CÓMO CONECTAR GANAS DEBER Y VOLUNTAD?

Un atisbo de sol aparece por entre las nubes, el viento sopla fuerte pretende arreglar el día. Del mismo modo nuestros problemas se ponen en pie hasta encontrar esa hendija a través de la cual puedan vislumbrar un rayo de luz. Se interpelan las ganas, el deber y la voluntad.

No todos los problemas llegan a ser tan oscuros como parecen, sin embargo la coloración o la entidad viene dada más bien por la actitud con la se los enfrente. Seguramente, quien se para decido a no rendirse será quien tenga en su paleta todos los colores para plasmar infinitas posibilidades. Sin embargo, los que titubeen o se amedrenten dispondrán de escasos colores oscuros para continuar, difícilmente de esta forma logren salir de esta apatía.

Desde luego que no se cae en una situación de apatía sin motivos, seguramente los hay y muchos, pero proporcionalmente al número de problemas deberíamos encontrar soluciones, o posibilidades para no ahogarnos en esa complejidad de situaciones que por momentos nos asfixian. Algunas veces es cuestión de dar ese primer paso que logre sacarnos del estancamiento de esa situación de inercia.

La motivación es algo muy importante para poder traspasar ese estado de inmovilidad, de pocas ganas, de darse casi por vencido. Es cuestión de detenerse y pensar, porque siempre hay algo que nos motiva, que nos despierta, que nos anima, sólo es cuestión de poner un poco de voluntad y de ganas.

Sin embargo, hoy por hoy buscar el placer es un ítem muy importante en nuestra cultura, parecería que es uno de los puntos que dan partida al cambio de conducta. Pero, no siempre las ganas vencen a la fuerza de voluntad, algunas veces no tenemos ganas de hacer las cosas, de allí el convencimiento de que lo que debemos hacer para salir adelante sea tan importante, para ser conscientes del esfuerzo que requieren.

El deber nos lleva a hacer cosas que de pronto no queremos, pero en el fondo nos permite salir de esa inercia en la que quedaríamos si nos dejáramos llevar solo por lo que tenemos ganas. Esta lucha entre la voluntad y las ganas es permanente, y está en cada uno lograr un equilibrio adecuado.

También están quienes tienen muchas ganas, y la fuerza de voluntad no les llega entonces corren tras esa zanahoria que nunca alcanzan, y dejan un montón de proyectos truncos, porque el deber nunca prima en sus días.

Tomar una decisión lleva siempre una lucha interior, en las que las ganas el deber y la voluntad se enfrentan. No siempre tenemos ganas de hacer las cosas, sin embargo las hacemos porque estamos convencidos que a pesar del esfuerzo y sacrificio redundarán para nuestro bien. Por eso, es muy importante conectar esos cables entre ganas, deber y voluntad de forma de que fluya una energía armónica para vivir en plenitud nuestros días.

Andrea Calvete


domingo, 19 de agosto de 2018

LA LITURGIA DE LA PALABRA

Las palabras se entrelazan se mezclan en rituales que van más allá de nuestros ojos, en ceremonias a las que nos invitan día a día para que hagamos verbo lo que pasa por nuestra mente y alma.

No debemos olvidar que las palabras son acciones, y desde luego que lo son, cada una provoca un efecto inmediato y poderoso, por eso también está en cada uno el valor que le adjudiquemos a cada una de ellas.

Tienen un inmenso poder de acción: corren, saltan, vuelan, abrazan, acarician, castigan, veneran, azotan, besan… son la materia prima de la vida, el sabor de cada momento, la energía que nos guía. Algunas desde el silencio más profundo emanan desde el alma para abrazar aquellos seres con quienes nos comunicamos de una manera diferente y especial.

Algunos días cuesta ponerlas en práctica porque nuestros pensamientos navegan desordenados a la espera de tomar una pausa y lograr acercarnos a ellos. Sin embargo, nos aturdimos de un sinfín de cosas sin demasiado importancia para no tomar contacto con ellos, ya que lejos está en nosotros meditar o ponernos a pensar.

Estas molestias que conllevan los pensamientos tienen que ver con los pendientes, con las frustraciones, con los deseos reprimidos, con las cosas no dichas, con lo que pudo ser y no fue… con tantas cosas que aún no logramos resolver. Sin embargo, las palabras suelen ser grandes aliadas a la hora de decir lo más nos conviene, o lo que deseamos comunicar.

Para poder transmitir y comunicar, hay que estar bien dispuesto, escoger las palabras justas y necesarias, el momento adecuado, y también la persona indicada a la que queremos hacer llegar la misiva. Para esto, es imprescindible saber jugar con las palabras, quererlas, repudiarlas, conquistarlas y también enemistarse con ella, en juego de seducción y comprensión en el que nos veamos involucrados.

Dentro del proceso comunicacional hay que tener claro el arte de escuchar de manera de brindarnos con sus cinco sentidos ante una conversación, lo que implica de un proceso de concentración en el que absorber, procesar y pensar, serán tres verbos relevantes.

Muchas veces notamos que nuestro interlocutor nos oye pero no nos escucha, pues escuchar implica prestar total atención, sin permitir que nada nos distraiga o ausente. Sin embargo, pese a que no es sencillo, todo ser humano necesita escuchar y ser escuchado, para sentirse querido, respetado y apreciado por quienes lo rodean.

Pero como vivimos cargados de preocupaciones, no logramos concentrarnos plenamente en el diálogo. Por eso es necesario, focalizarnos en la conversación, con tolerancia y paciencia para poder abrirnos a la comunicación fluida. He aquí una de las grandes fallas a la hora de transmitir algo.

No sólo se debe prestar atención a las palabras sino también a los sentimientos, a la voz y a los ademanes. Estos tres instrumentos facilitarán la comunicación, y el escuchar se hará una tarea sencilla.

Dicen que para saber hablar es preciso saber escuchar y este concepto camina de la mano del proverbio que dice: “Del escuchar procede la sabiduría, y del hablar el arrepentimiento”.

Cuando nos comunicamos, no sólo se intercambian opiniones, también sentimientos, actitudes, emociones y fluye energía. Por eso, para que este proceso se dé en forma correcta, es necesario que entre las partes interesadas se genere confianza, una expresión libre sin barreras ni obstáculos.

Si logramos escuchar con el alma, con total entrega y devoción, quien hable percibirá un interés intenso, único y particular, por lo que su comunicación se hará sencilla y placentera, y el tiempo volará a toda prisa.

Así es que a través de la liturgia de la palabra llegamos a comunicarnos con nuestros semejantes, nos relacionamos, nos descubrimos y trascendemos de alguna manera nuestra propia existencia desdoblándonos en el otro.

Andrea Calvete

sábado, 18 de agosto de 2018

COMO EL AVE FÉNIX

Renacer entre las cenizas puede sonar a falacia o lindar con la utopía, sin embargo, a lo largo del camino muchas veces surgimos más allá de los obstáculos, para crear luz donde hay sombras o de nadar aún contra la corriente.

Según un antiguo mito, el Ave Fénix renació en Egipto entre las cenizas transformándose en una bella águila, del mismo modo cuando las lágrimas son curativas, cuando los no dan paso a los sí, cuando la fuerza se impone a la debilidad y los "tal vez" surgen, entonces renace lo que estaba allí estancado, como en un proceso de transmutación.

También este mito se remite al Edén donde debajo del árbol del bien y del mal floreció un arbusto de rosas del que nació un pájaro y fue el primero que no quiso poblar el árbol. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso sobre el nido cayó una chispa de la espada de fuego de un querubín y el pájaro ardió al instante. De sus propias llamas nació un pájaro nuevo Fénix, con color escarlata, cuerpo dorado y con un plumaje renovado. Como premio a su fidelidad y al precepto divino fue dotado de conocimiento, fuerza e inmortalidad. Es así que en el tiempo se ha convertido en inspiración para todos aquellos que buscan bucear en las profundidades para resurgir renovados.

Bucear profundo tiene correlación con desandar lo andado, desoír lo escuchado, desaprender lo aprendido, deshacer lo hecho, desdecir lo dicho, desatar lo atado, desposeer lo poseído, es parte de esa reconstrucción a la que nos debemos enfrentar cuando queremos avanzar y no quedar suspendidos en una inconclusa nube de preguntas que lo único que nos hace es detenernos.

Si bien algunas veces podemos pararnos a pensar o analizar algunos acontecimientos de nuestra vida, es preciso que entendamos que no hay demasiado tiempo para quedarnos estancados en nuestras propias decisiones confusas y temblorosas, ni en nuestras dudas temerosas e insatisfechas. Cuando llegamos a respirar el aire renovador de la transformación, podemos sentir que nada es estático y que la valentía trae consigo las alas para transmutar y elevar nuestro estado de conciencia.

En distintos momentos de la vida morimos y renacemos, con el afán de cambiar de traspasar ciertas barreras que hasta ahora habían sido imposibles de derribar. Sin embargo, no hay peor enemigo que uno mismo, cuando nos negamos posibilidades, cuando no nos enfrentamos a los desafíos o simplemente bajamos los brazos.

Renacer desde las cenizas no es tarea sencilla, implica estar dispuestos a dejar atrás mucho, pero primero reconocer lo que duele y despojarse de eso, para luego tomar contacto con nuevas oportunidades que requieren volver a empezar, arrancar de cero, cosa que resulta bastante difícil porque implica un gran esfuerzo y sacrificio.

Como el Ave Fénix, en algún momento renacemos desde ese polvo ceniciento que parece desaparecer, pero con esas chipas que aún quedan encendidas tomamos impulso para levantarnos desde ese inmenso pozo en el que hemos caído. Y nos levantamos gracias a esa resiliencia que somos capaces de encontrar en los estantes de nuestra existencia, con la esperanza en la mira, con el sí puedo casi de pie, para después ponerlo en práctica sin excusas o pretextos que opaquen nuestro accionar.

La resilencia, se basa en el convencimiento que tienen los individuos de poder sobreponerse a los obstáculos, más allá de que las condiciones sean totalmente adversas, la derrota no se maneja como una opción. Es la posibilidad de resistir situaciones de estrés, pérdidas importantes e inesperadas, el maltrato físico o psíquico, así como el abandono afectivo y todo otro tipo de catástrofes. Y viene de la mano de la entereza, del tesón, de la fuerza de voluntad, del empeño de cada individuo así como de una correcta autoestima. Generalmente, las personas que logran sobreponerse a todo, son aquellas que no se detienen a compadecerse o se estancan en el propio dolor, sino que continúan adelante, enfrentando el viento y la marea, lo cual no significa que no sufran, lloren o se desahoguen, sino que son capaces de no detener la marcha.

Asimismo, la resiliencia es un producto de la trama vincular con otros seres. Así el primer gran momento luego del nacimiento es el contacto del niño con su madre, quien lo proveerá de seguridad física y emocional. Durante los dos primeros años de vida, el niño es como una esponja y todo lo que absorbe en esta etapa repercutirá en el resto de su vida. Del mismo modo, es un momento esencial en la formación de la autoestima. Y en la medida que el niño crece va tomando contacto con nuevos seres, estos vínculos o relaciones serán muy importantes para poder soportar los impactos ante una situación traumática

Quien más o quien menos, ha pasados momentos difíciles, situaciones dolorosas, duelos, y con el correr del tiempo ese trabajo personal y paciente ha permitido reparar esos pedacitos y pegarlos con mucho esfuerzo, en un trabajo artesanal casi perfecto para así reconstruir los muros que se han agrietado, y dar cabida a los cimientos fuertes y seguros que se asemejan al águila que retoma el vuelo airosa, como el Ave Fénix.

Andrea Calvete

sábado, 11 de agosto de 2018

¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEVARNOS EL ENOJO?


Las situaciones que nos sacan de las casillas, enfurecen o nos dejan fuera de control, no son buenos hilos conductores para poder defender lo que nos preocupa, enoja o desespera.

Si dejamos que salte nuestra llave térmica, posiblemente se disparen palabras que jamás deberíamos haber dicho, razonamientos descontrolados y epítetos cargados de vehemencia, enojo, desazón o furia.

Existe un refrán que bien nos invita a contar hasta diez antes de hablar enfurecidos, pero sin embargo muchas veces no logramos controlar ni la primera palabra que emitimos porque después que se dispara, llegan otras como la lava de un volcán.

En ocasiones, lo que nos enoja es insignificante, pero como venimos bastante acelerados y cargados de problemas, alcanza con un solo contratiempo para que se suceda un sinfín de situaciones que hubiéramos preferido evitar.

Aunque todo tiene un límite, en muchas oportunidades lo alcanzamos sin darnos cuenta, sin buscarlo o premeditarlo, simplemente porque nos encontramos superados, tapados de problemas y vemos las cosas mucho peor de lo que realmente son.

A propósito de esos enojos que nos llevan a despertar lentamente nuestra rabia, furia y los más bajos instintos, la película argentina “Relatos salvajes” de Damián Szifron, en la que seis historias distintas muestran como desde el enojo, si dejamos fluir toda la furia que hay en nosotros, podemos llegar realmente a ser protagonistas del salvajismo que cualquier persona puede llevar dentro.

Esta película nos invita a pensar, reflexionar, meditar acerca de nuestra forma de manejar el enojo, a ver si no es mejor controlarse antes de desatar determinados mecanismos de expresión, porque toda acción tiene una reacción y en algunas oportunidades se puede disparar una espiral de violencia sin límite.

Un detalle que no debemos dejar de tener en cuenta es que frente a nuestro enojo, no tenemos claro cómo va a reaccionar la persona con la que nos estamos enfrentando, si está en sus cabales, si es capaz de controlar su ira, su furia. Aunque debo reconocer que cuando me vi expuesta a un robo reaccioné de la forma totalmente opuesta que transmito a mis hijos o seres queridos, y me dejé llevar por esa adrenalina irresistible que surge como mecanismo de defensa.

Igualmente, más allá que antes de que nos suceden determinados hechos no sabemos cómo vamos a reaccionar, podemos trabajar día a día para prever qué herramientas tomar frente a situaciones nada agradables que algunas veces nos toca enfrentar.

Es simple, la violencia siempre desencadena más violencia, es como cuando una pequeña bola de nieve comienza a deslizarse desde la montaña, al final se convierte en una avalancha.

Aunque “Bombita”, uno de los personajes de “Relatos salvajes”, es alguien con el que seguramente nos identificamos y solidarizamos con su indignación y enojo. Esta película nos hace recordar a “Un día de furia” de Joel Schumacher protagonizada por Michel Douglas, que llega perder la razón frente a un mundo en el que las injusticias y la violencia están a la orden del día.

Lo importante es poder cuestionarnos por qué los seres humanos llegamos a los niveles de violencia, de agresividad que se vive actualmente en la sociedad, por qué algunas situaciones parecen escapar de nuestro alcance de comprensión y resolución.

Quizás debamos ponernos una mano en el corazón y ver que en cierta medida todos somos responsables. Cuando consumimos determinados programas, permitimos determinadas situaciones, o no frenamos ese consumo descomunal al que nos vemos invitados día a día participar.

Quizás lo primero que debamos rever es ¿qué valores se han perdido? ¿cuántos quedan? ¿qué podemos cambiar o revertir? Si tenemos esperanza y fe en que es posible mejorar, cambiar, es un gran paso para corrernos de ese lugar que nos molesta o disgusta.

Somos responsables de cada uno de nuestros actos y acciones, ellas son las desencadenantes de la mayoría de las situaciones que hoy vivimos y nos desagradan, por eso pensemos muy bien antes de actuar, proceder o hablar.

Paralizarnos no es la solución, resignarnos a vivir en un mundo cargado de violencia tampoco. Lo mejor será cuestionarnos ¿por qué llegamos hasta este punto?, y si estamos dispuestos a seguir viendo violencia en el tránsito, en el fútbol, en las calles, el supermercado… o estamos cansados de estos tiempos violentos, de furia, de palabras fuertes, de malos tratos, de acoso, de intolerancia, es hora de decir basta y dar un pequeño paso para cambiar esta situación.

La violencia es prima hermana de la agresividad, cuyos orígenes Erich Fromm analiza en su libro el “Amor a la vida”, en el que explica que existen dos tipos de agresión: la biológicamente adoptada, que es la misma que existe en los animales, y la específicamente humana, la de la hostilidad, la viviente, la del odio a la vida, la de la necrofilia.En el primer caso, Fromm explica que la reacción defensiva del hombre es más amplia, ya que el animal vive la amenaza presente, mientras que el hombre también representa el futuro. Asimismo, la reacción del hombre es mayor porque al hombre se le pueden sugerir cosas, y al animal no, entonces es susceptible a ver amenazada su vida o su libertad por intermedio de la sugerencia de alguien. Por otra parte, el hombre posee intereses vitales especiales, valores, ideales, instituciones con las que se identifica, por lo tanto es mucho mayor el número de posibilidades por las cuales se ve amenazado.
En referencia a la agresividad biológicamente adaptada, en la que el hombre defiende intereses vitales, Fromm sostiene que existen hombres cuya forma de defensa no es biológicamente adaptada, sino enraizada en su carácter. Un carácter proclive a la agresión es una de las manifestaciones del sadismo, que implica un hombre que intenta controlar en forma absoluta y total a otro ser.

Cada cual a su manera podrá hacer su aporte para disminuir la violencia, desde lo personal hasta lo colectivo, pero lo importante es tomar la iniciativa al cambio, a no quedarnos estáticos mirando como nos golpean los distintos tipos de violencia, sin comprometernos a nada.
Digamos no a la violencia, digamos no a quienes no merecen nuestra atención ni nuestro tiempo, ellos posiblemente entren en esta lista:

Quien haga uso de la palabra y la suba para ser escuchado, no merece nuestra atención.

Quien hostigue, maltrate, descalifique o agreda a alguien para lograr sus cometidos.

Quien utilice su jerarquía o su poder para hacernos callar, o lograr sus propósitos, sin permitirnos ser nosotros mismos.

Quien se valga de la fuerza, de la humillación, del ridículo, queriendo herir nuestra dignidad.

Quien nos discrimine por cualquier causa.

Quien nos desprecie.

Quien se crea superior por cualquier causa.

Quien nos hostigue con el silencio, la indiferencia.

Quien no nos respete como un semejante más en esta tierra.

Quien hable sin escuchar.

Quien siempre quiera tener la razón.

Quien crea que todo lo sabe.

Quien crea que todo lo puede.

Quien nos haga callar.

A todos y a cada uno de ellos digamos no, basta, es hora de que seamos respetados y tratados como semejantes, nos debemos un mínimo respeto y educación para poder vivir en sociedad en forma armónica.

Finalmente, no te dejes llevar por el enojo, pensaste ¿hasta dónde te puede llevar?... Es mejor calmarse antes de reaccionar bajo situaciones de presión, aunque es muy difícil vale la pena intentarlo.

Andrea Calvete

EL ALMA GRUPAL

Una chispa divina se enciende y se propaga en una suerte de carrera de posta, así con delicado esmero se despierta el alma grupal coronada a través de la Egrégora.

De este modo, se tejen los nexos para formar el todo y trascender la suma de las partes, en una mezcla indescriptible, en la se fusionan las formas, se pierden los sonidos, se evanecen los colores, se desdibujan aromas para quedar todos entrelazados en una mágica aureola intangible, pero sólida.

Lentamente, se elevan las conciencias, se estimulan los esfuerzos mancomunados, y se alinean las vibraciones en un mismo hilo invisible, en el que se construye una verdadera obra de ingeniería y se pone de manifiesto la Egrégora

Se aúnan con delicadeza las fuerzas psíquicas, energéticas y mentales para vibrar en una misma sintonía. Los pensamientos, deseos y emociones se condesan, y fluye una sutil energía para dar vida al alma grupal y así quedan mágicamente unidos en un mismo canal.

La Egregóra generada a través de nuestros pensamientos, palabras y acciones es la que en definitiva provoca reacciones en nuestro espacio circundante. En la medida que nos alineamos con otros seres que generan la misma vibración comenzamos a establecer una sintonía armónica, que varía de acuerdo a esas sutiles vibraciones que fluyen por el mismo canal, y se genera una Egrégora especial, que solo son capaces de captar quien quedan insertos en la misma frecuencia.

A través de la Egrégora se crea un círculo místico en el que fluye energía y fuerza cósmica, donde se trascienden planos, se elevan conciencias, y se logra el pasaje o trasmutación de un estado a otro, sólo es necesario abrir el corazón, dispuesto a vibrar en la misma sintonía, donde el amor es un condimento esencial a través del que todo se transforma

Andrea Calvete


sábado, 4 de agosto de 2018

PIGMALIÓN ESCULPE EXPECTATIVAS

Las expectativas son parte de esa chispa de esperanza con la que se enciende cada día, pero no siempre están a la altura de lo que sucederá, por distintos motivos suelen desmoronarse y evanecerse como quien se borra por arte de magia.

Son variables de nuestra naturaleza cognitiva que vienen de la mano de la anticipación y también del análisis. Tienen la suerte de jugar como efecto placebo y efecto Pigmalión. El efecto Pigmalión proviene de un mito griego del escultor Pigmalión que se enamoró de una estatua que había tallado y al final ésta terminó cobrando vida. Del mismo modo, si las expectativas pueden encarnarse en la medida que creemos y apostamos a ellas.

Están vinculadas a las predicciones y previsiones, cuanto mayores son las certezas mayor será la posibilidad que se cumpla la expectativa. En este contexto jugará un rol preponderante en su concreción si son positivas o negativas.

Las expectativas las ponemos donde realmente las hay, y también donde no tienen cabida, pero está en nosotros no apagar la ilusión. Entonces despertamos entusiasmos equivocados, pretendemos lo que no es posible, para luego lentamente aterrizar en la pista de la desilusión o decepción.

Evidentemente, el error de esperar algo y que no suceda, es parte del diario vivir, es lo que se puede esperar en ese margen de posibilidad en el que nos paramos día a día. ¿Pero qué sucede cuando esperamos algo que tiene escasas o nulas posibilidades?

Cuando nos paramos frente expectativas casi inalcanzables es preciso ser conscientes de este lugar en el que nos posicionamos, de modo que si la caída es inminente por lo menos nos agarre preparados para amortiguarla.

Pero, existen personas que a pesar de caer siguen porfiando en que esas expectativas se cumplan, aún cuando ya saben que no hay posibilidades, es como quien se aferra a ese dulce recuerdo que no volverá. Quizás esta actitud sea parte de esa negación que hacemos al enfrentar ciertas frustraciones. Sin embargo, negarlas nos lleva por mal camino, porque canalizamos nuestra energía en algo que tenemos que decir borrón y cuenta nueva.

Aunque, a veces ese porfiar e insistir, tiene que ver con el ego, con el amor propio de decir :“yo puedo, lo voy a lograr”, perdiendo de vista que somos seres factibles de errores, y también de posibilidades que quedan truncas por diferentes motivos, y es necesario aceptarlas.

Aceptar no significa resignarse, tirarse en una cama a dormir, sino tener claro que esa expectativa no ha sido posible, entonces le ponemos punto final, y damos vuelta la página. Para sí ponernos a trabajar y a perseguir otras expectativas que sí pueden tener posibilidades en nuestro camino, o al menos nos alegran la vida.

Las expectativas suelen ser luces en nuestros días, destellos de esperanzas, de claridad, de energía vital, como parte de ese motor que nos ayuda a seguir. El hecho de que no tengan demasiadas posibilidades no es malo, lo importante es ser conscientes de ello para no incurrir en falsas expectativas y quedarnos agarrados a una posibilidad que no tiene demasiado sentido.

Las ponemos en todo lo que hacemos, en nuestro trabajo, en nuestras amistades, en nuestras relaciones de parejas, en nuestros proyectos, así como en cada pensamiento que se cuela cuando nos tomamos una pausa.

¿Se puede tener expectativas sin esperar que algo suceda? La primera contestación que surge a esta pregunta es que no, porque evidentemente siempre se espera algo. Sin embargo, bajaríamos el nivel de ansiedad y tensión, si tuviéramos el deseo vivo intacto sin teñirlo de esperas, sino de ilusión y entusiasmo, de luz y energía, dejando de lado la espera, porque quien espera desespera dice un viejo proverbio.

En la medida que pasan los años uno cada vez espera menos de los demás, y se conforma directamente con lo que le dan, lo disfruta lo paladea, lo siente con profundidad, porque sabe que las cosas deben surgir sin que se pidan, si que se exijan, sino porque realmente se siente la necesidad de que eso suceda.

De este modo, día a día Pigmalión esculpe nuestras expectativas para que encarnen en la escultura más difícil de moldear y lograr que es nuestra propia vida.

Andrea Calvete



PUNTOS SUSPENSIVOS

Caminan de a tres en forma consecutiva, crean expresividad, suspenso, intriga, sin necesidad de dar explicaciones. Son la antesala de lo que sucederá, de le que pudo haber sido, y de lo que fue. Sin embargo, su significado omitido da lugar a que tengan cabida la creatividad y la imaginación, dos condimentos esenciales a la hora de expresarse.

¡Cuánto contenido en tres insignificantes puntos!, que parecen quebrarse cuando un viento fuerte aparece, o una frase contundente pretende aplastarlos. Del mismo modo, ciertas afirmaciones insisten en censurar su existencia, pero están allí y tímidamente aparecen para dar cabida a un universo de posibilidades.

Flotan en una nebulosa a la espera de un posible contenido, que lentamente se dibuja a través de la inspiración de quien los lee. Interpretarlos requiere de estar muy atentos al contexto en el que se expresan, y de una disposición a permitirse volar entre sus posibles contenidos.

Tantas veces pretendemos ser explícitos, pero por algún motivo no podemos llegar a expresar con la palabra justa lo que pretendemos decir, o con la precisa intencionalidad, o el real significado, ya que los seres humanos tenemos esa complejidad que nos permite ser y no ser, creer y no creer, decir y no decir… parte de nuestra dicotomía de ser.

Lo cierto es que estos puntos se utilizan por escrito, pero bien pueden tener su aparición imaginaria en un diálogo en el que el silencio los encarna o habita. Existen ocasiones en las que el callar implica una respuesta y entonces aparecen en forma omitida.

Los puntos suspensivos pretenden sugerir, si bien pueden ser bastante explícitos, queda un halo de misterio por descubrir, una nube llena de preguntas, una atmósfera cargada de intrigas y su interpretación irá por cuenta de quien los lea.

En nuestra propia vida quedan varios puntos suspensivos, historias inconclusas, amistadas postergadas, situaciones reprimidas, olvidos, ausencias, esperas, llegadas, partidas, misterios y tantos cuestionamientos que escapan a cualquier tipo de respuestas.

Si bien todo parece tener una explicación, no siempre se la hallamos, y allí aparecen para sostenernos como baluartes a la hora de hacernos enfrentar a ese signo de pregunta imposible de cerrar. De este modo, apuntan a bajar la tensión y a disipar dudas.

Luego de mucho andar, comprendemos que no todo tiene una explicación lógica, predecible, o esperable, hay situaciones que nos sobrepasan, y debemos tener paciencia y calma para lograr aclarar nuestra mente, y equilibrar nuestras emociones.

Día a día pretendemos equilibrar los platillos de nuestra balanza no es tarea sencilla, entonces también surgen los puntos suspensivos para hacer contrapeso de ese platillo que termina por desnivelar el peso.

Del mismo modo, hacen su aparición cuando al mirar hacia el horizonte lo vemos cada vez más lejano y en una suerte de salvataje se instalan para que esa brecha se haga más corta.

También se visten de esperanza para colorear las expectativas cuando el aliciente se apaga, los sueños se escapan, y las ideas desorientadas tropiezan inestables.

Andan de la mano de la fe, porque al encender la esperanza, se despierta tímidamente la fe, que dicen que mueve montañas, y así nos agarramos a ellos para creer que aún quedan posibles dentro de los imposibles.

No en vano, existen en la lengua española, pero creo que más allá de su significado en el mundo de la escritura, cobran un especial contenido a piacere de cada lector o escritor que los utilice, porque en cada uno de ellos podrá volar un universo infinito de posibilidades, estará entonces el desafío de hallar la dimensión adecuada, para que se conviertan en hilos conductores de nuestras palabras.

Andrea Calvete