martes, 11 de abril de 2017

DE LO QUE NO SE HABLA

La vida se escapa de los dedos, se escurre día a día y tras su paso más nos acercamos a ese momento ineludible, del que poco se habla y menos se piensa. Quizás en la medida que nos topamos más de cerca con la muerte, comprendemos que es inevitable, pero ¿cómo la asumimos, nos preparamos para su inminente llegada?

Poco hablamos de la muerte, evitamos nombrarla, adjetivarla o tomar contacto con ella, es como si quisiéramos así alejarnos de  lo que en algún momento deberemos enfrentar. La educación tiene mucho que ver cómo la asumamos, más allá de las creencias que podamos tener es importante informarnos y decidir cuál es la mejor forma de de aproximarnos a ese fin al que no podremos escapar. El miedo a enfrentarla lleva a muchas personas a evadirse por diferentes mecanismos y a perderse e inmensos laberintos que llevan a que la vida algunas veces se haga insoportable.

¿Por qué no tomamos consciencia que el tiempo no se detiene y que a cada momento estamos más cerca del final de nuestros días? Probablemente nos aturdimos de un sinfín de actividades para evitar su arribo, o simplemente decidimos no pensar en ella y dejarnos que nos sorprenda. ¿Valentía o puro temor? Dice el psiquiatra Claudio Naranjo, que la muerte “es una verdad”, entonces nos pregunta: “¿Cómo es que vivimos como si no nos importara?, ¿es que lo sabemos o lo sabemos sólo intelectualmente?, ¿no lo sabemos emocionalmente?”

¿Acaso sentimos que nos vamos a morir? Si sintiéramos que nos vamos a morir aprovecharíamos mejor nuestro tiempo y energía, no nos quejaríamos por tantas cosas, evitaríamos tantas otras, profundizaríamos en lo que realmente es importante en nuestro camino. Tomar consciencia de la muerte significa a su vez ser capaces de ver nuestra realidad, aceptarla, asumirla, en pro de estar bien con nosotros mismos y con los demás. Cuando nos sentimos satisfechos, plenos con nuestra vida menos doloroso se hace tomar contacto con esta instancia llamada muerte. Sería maravilloso que al mirarla a los ojos le pudiéramos decir: “Me puedo ir en paz”

De alguna manera, ya ha tocado nuestras puertas, se ha llevado seres muy queridos. En la medida que pasa el tiempo más se suman a sus filas. ¿Por qué se hace tan dolorosa su llegada? ¿No nos preparamos adecuadamente, aprovechamos al máximo la vida, las oportunidades? Generalmente, cuando una enfermedad o dolencia nos visita, entonces tomamos consciencia de su proximidad y también de nuestra realidad personal que por distintos motivos tantas veces desconocemos.

La naturaleza nos enfrenta a la vida biológica, pero más allá de ella existe en cada uno de nosotros un ser que puede trascender esta instancia y elevarse a tomar otro estado de consciencia en un intento por encontrar un fin superior y de esa forma transitar otra dimensión, de modo de comprender que todo es transitorio y que nada se pierde sino que se transforma. Sin embargo, vivimos preocupados por satisfacer nuestras necesidades y deseos en desmedro algunas veces de vivir aquí y ahora en este presente que se evanece y diluye rápidamente. Somos rehenes del consumo, de las comodidades, del confort, de un mundo material que nos aleja del ser profundo que habita en cada uno de nosotros. Sin embargo, no siempre al alcanzar los objetivos que nos proponemos nos hallamos plenos o satisfechos.

La vida se nos escapa aún más de las manos cuando nos enfrentamos a la muerte como el final- y aquí dejo de lado los conceptos espirituales que cada uno pueda tener- personalmente creo que continuamos siendo energía luego de la muerte, porque estamos en los corazones y en las palabras de quienes aún tienen vida y que nos han querido. Según San Agustín o Agustín de Hipona, la muerte no es el final, “la muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. Yo soy yo, vosotros sois vosotros. Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo. Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente. No toméis un aire solemne y triste. Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí. Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra”

Les pregunto  en vida ¿cuántas veces hemos muerto?, hemos resurgido en el afán de mejorar y de crecer, o simplemente hemos acompañado a ese ser querido que ha partido pero continúa en nosotros latiendo muy fuerte. La muerte, un enigma que cada uno podrá develar en la medida que nos sumerjamos en nosotros mismos, para poder entonces entrar en una dimensión con la quizás ya hayamos tomado contacto pero aún no seamos conscientes de ello.


Andrea Calvete