miércoles, 2 de marzo de 2016

LA ROSA DE LOS VIENTOS


Las horas transcurrían monótonas, adormecidas por la rutina, por los problemas que parecían acumularse día a día. Sin embargo, la rosa de los vientos indicaba que el viento cambiaría. Había destello de luz en la flor de lis que señalaba el norte.

Hacía mucho tiempo que había perdido literalmente el norte, deambulaba por la vida sin que nada le motivara demasiado, o fuera capaz de incentivarla, el “me da igual” era una frase repetitiva e incorporada en los días de Martina.

¿Qué había motivado esa apatía, esa falta de ganas, ese poco entusiasmo? Había pasado mucho tiempo ya, todo se volvía más confuso y entreverado, quizás lo que había sido un pequeño problema se había convertido en una gran bola de nieve.

Con la mirada clavada en la nada, Martina quedó ausente con el brillo de aquella flor de lis impregnado en su alma. Era una señal que había llegado a su corazón cansado y herido, que le auguraba esperanza.

La fe había sido resquebrajada por distintos episodios que se habían tropezado en su camino. Sin embargo, en su yo más íntimo existía el deseo de superarse, de no dejarse vencer, de recuperar el tiempo perdido, de volver a creer, de sentirse viva.

De pronto, la risa de unos jóvenes adolescentes la trasladó a una de las más maravillosas etapas de su vida, a esa época en que todo era risa, alegría, a un mundo lleno de ilusiones. En seguida volvió en sí y miró llena de satisfacción a estos jóvenes que mostraban el entusiasmo del que recién empieza.

Pasados unos minutos, respiró profundo se impregnó de la maravillosa energía que la juventud irradiaba, se vistió de buen humor, y colocó una sonrisa en su cara para dirigirse hasta el portón de su patio. Hacía mucho tiempo que no lograba abrirlo, era el momento de salir y andar, de caerse y tropezar, de levantarse y empezar de nuevo, porque aún estaba viva.

“No hay peor batalla que la que no se pelea” se dijo Martina, entonces con la flor de lis colgada en su pecho se sintió protegida, como si su alma hubiese vuelto al cuerpo. Con esa sensación de ánimo renovado salió nuevamente a la vida que la esperaba con muchos desafíos por andar y mucho por aprender.

La vida es un enorme árbol, que comienza siendo una pequeña semilla. Para que el árbol se sostenga hay que regarlo con esmero e ilusión, con amor y pasión, con paciencia y tolerancia, para que pronto esas raíces se hagan profundas y firmes, para que el primer viento fuerte que pase no tumbe sus ramas.

La rosa de los vientos señalaba vientos favorables a Martina, era hora de aprovecharlos, de no dejarlos pasar, de regar con ilusión  y aire renovado ese árbol, para resurgir como el ave fénix de las cenizas.

Andrea Calvete