viernes, 29 de enero de 2016

INESPERADO AMANECER

Reflejos de la aurora perfilaban en el espejo. Los tonos rosa y el trinar de los pájaros se entremezclaban con sus sueños aún profundos. Una leve brisa invadía con frescura la habitación. El despertador estaba por sonar, sin embargo, Antonella no podía abrir sus ojos, lo que soñaba era demasiado hermoso para interrumpirlo.

No siempre los sueños tienen esa suerte de hacernos grata la noche, algunas veces se convierten en una verdadera pesadilla como parte de un plan caótico, y estamos deseando despertarnos. Sin embargo, la placidez de Antonella era como la de un niño que duerme profundo.

La música no paraba de sonar agradable y contagiosa, las risas y las conversaciones abundantes, pero no desagradables. Todos vestían de gala, el aire festivo inundaba la velada. Antonella estaba complacida de estar allí bailando y riendo, en realidad se encontraba rodeada de gente a la que nunca había visto, sin embargo la hacían sentir feliz.

La felicidad había quedado lejos de la realidad que la circundaba, de las miradas que día a día le quitaban un poco de aire, o de los que con sus palabras la herían o enfrentaban. Esta fiesta era parte de la magia que había desaparecido de sus días.

En este sueño todo era posible, no existían impedimentos ni barreras, y si por casualidad aparecían, un toque de color y alegría las borraba como el pincel cargado de óleo se funde en el lienzo del artista, contagiando magia y fantasía.

Sin darse cuenta se encontró bailando en el medio de una pista llena de gente y bebiendo champagne, saboreándolo al ritmo de la música. “¡Qué placer estar aquí, disfrutando de esta noche maravillosa, acompañada de gente increíble!” dijo Antonella para sí.

Habían quedado atrás las preocupaciones, los miedos, los desengaños, los enojos, las dudas y aquel llanto que le oprimía el pecho. No lo podía creer, se sentía otra persona.

De pronto, la tomó de la mano un joven de ojos claros, con mirada penetrante y sincera le dijo: “¿Bailamos?” El ruido de la música no les permitía demasiado diálogo, sin embargo parecía que se conocían de hacía mucho tiempo.

De pronto, el despertador la trajo a la realidad, era hora de levantarse, desayunar e ir a trabajar. Con pocas ganas, Antonella se levantó y empezó su día.

Camino al trabajo, en el ómnibus, vio al muchacho con el que había soñado, el que la había seducido lentamente durante toda la noche en la fiesta. No lo podía creer, le clavó la mirada en forma reiterativa. Un poco avergonzada por la insistencia desvió la vista.

Unos minutos después alguien le pidió permiso, era el joven de los ojos claros, que se sentó a su lado. Quedaban veinte minutos de camino hasta el trabajo de Antonella que transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Próximo a su parada, se despidieron y quedaron contactados para seguir el diálogo.

Andrea Calvete



lunes, 25 de enero de 2016

MILAGRO

Los minutos transcurrían tocados por la monotonía y el sopor de la tormenta que se avecinaba. Un cielo encapotado cubría la existencia.

Pocas fuerzas le iban quedando, había perdido casi todo, pero algo aún le permitía seguir con la cabeza en alto, su dignidad estaba firme, bien parada, aferrada a pesar de los vientos y tempestades sufridos.

Romeo era un hombre ya mayor. Su pelo blanco y su mirada clara lo distinguían, y le abrían paso. La transparencia y humildad eran rasgos que le habían acompañado en el camino.

De pronto, un llamado le hizo cambiar la expresión, la sonrisa nuevamente centelleó en su cara. El hijo perdido en el mundo, veinte años sin comunicarse, había aparecido.

Cuando cortó, Romeo sintió por primera vez en la vida que un milagro había ocurrido, no había explicación lógica que pudiera revelar lo sucedido. Entonces elevó su mirada al cielo y dijo: “Gracias por permitir reencontrarme con mi hijo, un verdadero milagro”.

Andrea Calvete

martes, 19 de enero de 2016

¿EL ÓRGANO MÁS SENSIBLE?

La literatura, música, filosofía, artes plásticas y otras disciplinas apelan al corazón para hablar de sensibilidad. Sin embargo, en el diario vivir este poético argumento pierde sentido, cuando se busca en el bolsillo de la gente.

El corazón si bien es un órgano noble, que habla de la autenticidad y bondad de las personas, no siempre logra caminar sin ser conmovido por las cuentas que llegan todos los meses e inevitablemente son parte de nuestras preocupaciones.

Según doña María “el órgano más sensible del ser humano es el bolsillo”. Impacta esta afirmación, pero si nos detenemos a analizarla pronto veremos que no deja de estar tan lejos de lo que nos sucede diariamente.

Antes de entrar en el análisis, cabe resaltar que la avaricia lleva a tener un cocodrilo en el bolsillo, que cierra sus dientes ferozmente antes de desembolsar un centésimo.

“El avaro” de Moliére escrito en el siglo XVII ya habla de ese órgano sensible llamado bolsillo. Una historia en que sale a luz el lado más mezquino y egoísta de las personas, la avaricia.

Las personas avaras suelen acompañarse por la soberbia y vanidad que les nubla la vista y el corazón, por lo tanto, se les cierra la billetera a la hora de tomar cualquier decisión.

En la historia de la humanidad, casamientos realizados por dinero, conveniencia, intereses, caminos truncados, seres frustrados y personas en el fondo insatisfechas, son producto de decisiones tomadas por el bolsillo.

Vivimos en un mundo donde se nos mueve como marionetas por hilos, en que la mayoría de las decisiones tomadas llevan consigo un movimiento de dinero. A esta altura suena utópico vivir sin comodidades, confort y tecnología que ya son parte de los elementos que nos acompañan desde que nacemos.

Sin embargo, recuerdo con mucha gratitud a mis padres que siempre tenían un plato bien servido para cualquier persona que nos visitara. No se crean que éramos una familia pudiente, apenas llegábamos con el sueldo de mi padre a fin de mes.

Esa generosidad trasmitida por mis padres con su accionar, me sirvió para sentir lo maravilloso que es dar desde el corazón, sin esperar nada a cambio, sólo sentir que hicimos todo lo mejor que pudimos.

Algunas veces, cuando uno se pone a mirar el camino recorrido piensa y analiza. En mi caso, puedo decirles que el corazón siempre pudo más que el bolsillo en cualquier decisión, desde luego económicamente no salí favorecida, pero no me arrepiento.

Como les decía, no podemos escapar a la sociedad de consumo que nos circunda, sin embargo podemos priorizar qué es lo que dados nuestras convicciones creemos son elementos prioritarios en el camino.

Si otorgamos a cada palabra raíces en el corazón,  las decisiones que tomemos se basarán en raíces sólidas y duraderas.

Lo que rompe la vista es cuando alguien que tiene mucho para dar sea incapaz de dar lo más mínimo, y no me refiero sólo a bienes materiales, sino también a tiempo, cariño, afecto, comprensión, es decir cosas intangibles pero igualmente necesarias.

Algunas conductas se corresponden a años de sufrimiento, padecer necesidades, o simplemente el haber sido educados de determinada forma. Igualmente me parece que poco justifica al que cierra su bolsillo con candado y se hace inconmovible.

Duele el corazón cuando algunas personas que poseen o dirigen grandes corporaciones y gozan de un excelente nivel económico pagan sueldos miserables y siguen por la vida sin que se les pare un pelo cuando alguien muy cercano tiene un problema económico.

La sensibilidad de este “órgano llamado bolsillo” nos afecta a todos de diferente manera, pero en algún punto del camino nos ocurre que tenemos que tomar alguna decisión importante en la que él se hace presente y nos dirige el camino.

Es común también que lo que hacemos a veces no coincida con lo que pensamos, y aquí también el dinero tiene su peso.

Ojalá que en nuestras decisiones el bolsillo no sea nuestro principal guía, sino nuestras convicciones, sentimientos, anhelos, los deseos más profundos, para que la fidelidad entre lo que decimos y hacemos y pensamos  se mantenga intacta, y así poder caminar con libertad y alegría.

Andrea Calvete




viernes, 15 de enero de 2016

SERES CONTAMINANTES

Los alimentos orgánicos son incorporados lentamente en nuestra dieta en busca de calidad de vida. También a la hora de rodearnos de personas debemos evitar a los “seres contaminantes” que lentamente nos quitan la energía y el humor.

Un “ser contaminante” no sabe qué hacer con su tiempo y se dedica a interferir en el de los demás, se mete en la vida ajena, opina, da consejos sin ser consultado y, mucho peor, incide en nuestras vidas haciéndonos creer que nuestras decisiones por algún motivo no son las mejores.

Generalmente, quien contamina lo hace desde la envidia que lo invade, porque no soporta ver en los demás lo que él no puede alcanzar o lograr.

La envidia es un sentimiento que en algún momento nos visita, pero es una muy mala compañía, porque avanza sigilosa, corroe el alma, genera infelicidad e insatisfacción, por lo tanto, es un sentimiento maligno del que es importante alejarse.

Algunas personas por competitividad, suelen ser tóxicas, por querer ocupar ese lugar en el que estamos, entonces se valen de mil artimañas para dejarnos mal parados y llegar a nuestra silla.

También resultan contaminantes las personas que son negativas, mala onda, que no ven perspectiva ni salida a nada, para quienes todo es un bajón y, en definitiva, transmiten un panorama oscuro para nuestros planteos. Pero con esto no quiero decir que no hay que ser realista, al contrario, se debe conocer muy bien la realidad que nos rodea para poder cambiar lo que no nos gusta.

El tema de fondo, es que este tipo de personas son como el camaleón que “cambia de color según la ocasión”, al principio parecen solidarias, simpáticas, sumamente agradables, por demás, pero cuando te muestran la hilacha ya es tarde.

El perfil del ser contaminante suele ser el de una persona atractiva, desbordante de simpatía, estratega y manipuladora, que al mínimo descuido toma el timón de nuestro barco. Se podría decir un “lobo disfrazado de cordero”.

Otra de las características sobresalientes de este tipo de personas, es que suelen sembrar la intriga y la cizaña sin demasiados miramientos, sueltan pequeñas dosis imperceptibles para que poco a poco absorbamos el veneno que destilan sin darnos cuenta.

La proximidad con el ser contaminante favorece la escasez de oxigeno y una sensación de disgusto e incomodidad que se incorporan como parte de la estadía. Así sin saberlo, nos sentimos mal, nuestro malhumor se incrementa y es como una bola de nieve que aumenta y aumenta.

¿Qué hacer cuando nos topamos con un “ser contaminante”? Lo más lógico sería romper con esa relación. Pero, no siempre es posible, a veces son personas que trabajan con nosotros, que están en ámbitos en que no podemos cortar el nexo. Sin embargo, siempre podemos marcar límites, y tomar cierta distancia, o simplemente poner los puntos sobre la mesa.

El hecho de enfrentar el problema, pararnos con valentía ante lo que nos ocurre, denota que sabemos lo que queremos con nuestra vida, que no permitimos la contaminación, ni la manipulación, porque somos los verdaderos hacedores de nuestro camino.

Cuando encaramos a las personas que nos contaminan, generalmente suelen hacerse las desentendidas, fingen no saber de qué estamos hablando, prácticamente nos hacen pasar por “dementes”. No se asombren es parte de su estrategia.

Y no estamos mal de la cabeza, nos funciona perfecto y sabemos cuando alguien nos quiere perjudicar. El tema está en ¿cómo seguir con la relación después de aclarado el problema?

Existen varios caminos, uno continuar y no preocuparnos demasiado, sólo poner atención en las actitudes de esta persona y frenarlas antes de que nos perjudiquen. Aunque lo más sano es alejarnos si podemos, porque en el fondo los problemas seguramente estarán a la orden del día, y la toxicidad permanecerá latente.

En caso de un trabajo, cuando este tipo de individuo aparece, manipula a todos los que están a su alrededor, y pronto se pone a todo el equipo a su favor, pero tranquilos a la larga o a la corta la verdad siempre salta, y se pisa el palito, por lo tanto la paciencia y el autocontrol son sumamente necesarios.

Por otra parte, también existen amistades de este tipo, en las que el resultado del encuentro sólo nos provoca malestar y dolor de cabeza, en ese caso es más que necesario cortar con el vínculo, porque lo único que hace es restar horas a nuestros días.

Evidentemente, de vez en cuando aparecen personas que intentan perjudicarnos, el tema está en ver cómo inciden con su proceder. En realidad, si logramos un buen trabajo personal no nos deberían afectar, porque si estamos convencidos del rumbo que transitamos no podemos permitir que el primer viento fuerte nos de vuelta el barco.

Finalmente, pensemos que si hacemos una vida sana en comidas y ejercicios, las amistades y seres con que nos rodeamos también deben ser saludables, para vivir en armonía, sin olvidar que somos los pilotos de nuestro propio barco.

Andrea Calvete

miércoles, 13 de enero de 2016

¿CUÁNTO DICEN LOS COLORES DE NOSOTROS?

Los colores dan cuenta del estado de ánimo, emociones, sentimientos, de las vivencias que vamos experimentando, de lo que somos y seremos.

La necesidad de manifestar a través del color lo que nos sucede, es algo muy común, sin embargo no somos conscientes de esta realidad que está a nuestro alcance y que nos dice tantas cosas.

¿A qué me refiero con qué nos dice tantas cosas? Se pusieron a pensar esas temporadas en la que solemos vestir de gris, negro, colores oscuros y poco vivos. Bueno, eso habla de nuestro estado anímico, y por alguna causa necesitamos la presencia de colores apagados.

Sin embargo, otras veces sentimos una imperiosa necesidad de ponernos colores claros, fuertes, coloridos, porque el entusiasmo parece acompañarnos, o simplemente su presencia es inminente.

En cada color que decidimos incorporar a nuestros días palpitan los latidos más profundos, aún aquellos de los que no somos conscientes, algunos vinculados a nuestra adrenalina y otros más calmos que generan sensación de tranquilidad.

Los colores fríos son los que se asocian con la búsqueda individual, la tranquilidad, la paz y la intimidad. Los azules tienen la peculiaridad de acercarnos al cielo y al mar, dos elementos de la naturaleza que llevan al hombre a elevarse y a pensar. El verde es símbolo de esperanza y fertilidad. El violeta implica armonía y tranquilidad.

Los colores cálidos, sinónimos de fuerza y calor están representados por el rojo, naranja y amarillo. El rojo color de la sangre y la pasión, el amarillo de la luz y de la intuición. El naranja está relacionado con la energía, alegría, felicidad, atracción y creatividad.

Por eso el estado de ánimo y las características de nuestra personalidad, hacen que nos vistamos o pintemos nuestros hogares de diferentes colores, porque para ese momento ese color es el ideal, ya sea para calmar la angustia, para elevar el estado anímico o para sentirnos simplemente mejor.

Carl Jung en su libro “Tipos psicológicos” asocia diferentes tipos de colores según nuestra personalidad, mientras que Hipócrates cuatro tipos de energías concernientes con el humor de cada persona.

En algunas empresas a la hora de seleccionar personal se hace un test basado en los colores y energías para ver el tipo de personalidad del postulante. Utilizan el Sistema “Insights Discovery” que aporta un lenguaje basado en colores, para que los profesionales mejoren sus habilidades de adaptación y comunicación con otras personas.

Los cuatro colores que representan las energías son: azul, que da cuenta de una personalidad imparcial, objetiva analítica e informal; rojo, a una personalidad apasionada, impulsiva, firme y enérgica; amarillo, que representa a una persona alegre y espontánea, inspiradora y optimista; y el verde que se aproxima a una persona social, empática, serena y conciliadora.

Más allá de estos colores existen, desde luego, las combinaciones que hablan mucho más de nosotros mismos. Que tienen que ver con los claros y oscuros por los que transitamos, en los que de a poco lo negro se va transformando en gris hasta tornarse en blanco.

Algunos colores ponen de manifiesto la alegría que nos colma, la pasión que nos habita, la energía que nos inunda, el ánimo que nos sostiene y el cristal con que estamos viendo pasar la vida.

Otros sencillamente, advierten que estamos sumergidos en la tristeza, en el dolor y desaliento. Aunque más allá de los momentos de la vida que transitemos, hay personas más alegres, coloridas y positivas, mientras otras se caracterizan por ser más sobrias, retraídas, menos entusiastas, por suerte todos nos complementamos en esta vida.

Sin embargo, en el arcoíris de la vida tienen cabida todos los colores y posibilidades, no cabe duda que según lo que estemos viviendo nos hallaremos más o menos coloridos.

Los días grises suelen ser detonadores de colores que entristecen el alma, porque la ausencia de los rayos de sol hace que nuestro estado anímico cambie, del mismo modo que el cristal con que miramos, por eso, en esos días apelar a colores alegres en nuestro ropero puede ser de gran ayuda.

Cuando el enojo golpea nuestras puertas, los días rojos se aproximan, entonces los violetas y azules pueden ser de gran ayuda para apaciguar ese calor interno que nos invade, y lograr pensar con calma y paciencia.

Cuando la monotonía nos golpea, el gris y el negro deberían ser desterrados del guardarropa, y correr por colores que den ánimo y alegría.

¿Y quien no ha tenido un día negro? Esos sencillamente que desearíamos borrar de un plumazo, pero están allí como una gota de tinta que mancha el papel. A diferencia del papel las personas tenemos la posibilidad de aclarar poco a poco ese día hasta que la luz nuevamente nos acompañe.

Sencillamente los colores son el reflejo de lo que somos y estamos viviendo, por lo tanto si bien pueden ser de gran ayuda, lo más importante es buscar en ese yo interior lo que nos sucede, para poder lucir los colores que mejor nos sienten.

No busquemos afuera lo que debemos encontrar adentro, pauta que la sociedad de consumo nos inculca desde pequeños para consumir más y más.

Finalmente, más allá de los colores con los que nos identifiquemos, es necesario trabajar en una correcta autoestima que nos posibilite ver con calma la solución a los problemas, y no hacer de un tramo oscuro un callejón sin salida.

Andrea Calvete

martes, 12 de enero de 2016

¡POR FIN DE VACACIONES!

Sabores, aromas y colores suelen sorprendernos cuando decidimos tomarnos unos días de vacaciones. Todo parece verse mejor, la jovialidad y el entusiasmo suelen sentarse junto a nosotros. Por eso, el atuendo más apropiado será el que nos permita disfrutar con plenitud de esta instancia.

Por diferentes razones se hacen imprescindibles luego de un año de esforzada labor, y allí estamos de frente a ellas que nos esperan con los brazos abiertos, para abrazarnos con fuerza y energía.

Como les habrá pasado más de una vez, no siempre podemos vacacionar donde más nos gustaría, pero lo importante es qué hacer con esos días que nos esperan. Un tiempo antes comienzan los proyectos, las opciones que proliferan sin cesar.

Generalmente, lo que sale a último momento y de improviso es lo que mejor sabe, lo que nos sorprende y deleita, porque tiene la frescura de lo que llega para sorprendernos. Más que el esfuerzo por preparar todo de la mejor manera, está el entusiasmo en lo que vayamos a hacer, la energía que corre en cada minuto.

Algunas veces, sin querer malgastamos el tiempo, nos quejamos, discutimos, nos inquietamos por lo que nos espera, y en definitiva desperdiciamos el aquí y ahora, maravillosos, aunque los perdemos de vista porque lo que nos rodea nos absorbe como si fuéramos esponjas.

Dejarse absorber por lo que pasa alrededor tiene a favor el ver que en el fondo no hemos perdido nuestra cuota de asombro y de sorpresa. Sin embargo, tiene una gran desventaja y es el sumergirnos en un océano profundo y desconocido llamado devenir.

Quizás lo más razonable sea pegarnos una zambullida diaria en todo lo que nos rodea, sin olvidar, disfrutar de nuestros afectos, de nuestro tiempo libre, de esa mirada que nos llama pidiendo ayuda, o de ese suspiro que dice más que mil palabras.

Disfrutar de esas vacaciones, aquí o en cualquier otro lado, depende de estar abiertos a dejarnos sorprender, a estar dispuestos a hacer algo nuevo, diferente, que nos permita salir de ese estado de robotización al que nos encontramos sometidos todos los días.

Con la malla puesta en las vacaciones podemos acercarnos a todas las posibilidades de ofertas habidas y por haber, pero seguramente las más entrañables sean las que nos dejen el sabor del cariño de las personas que realmente importan en nuestros días, cuyo paso es necesario en cualquier ocasión.

Ya elegido el destino nos podemos disponer a salir, con el buen humor puesto como principal atuendo, la paciencia como especial utensilio y la alegría como excusa inevitable para poder hacer de un día gris un destino fabuloso.

Probablemente, esta no sea la primera vez que se van de vacaciones, así que sabrán que la almohada y la cama son dos objetos prácticamente imposibles de sustituir, entrañables, ¡como las de uno no hay otras!

En realidad el valor afectivo que le damos a cada pequeño objeto que forma parte de nuestro diario vivir, es lo que hace que para cada uno tenga un significado y un valor diferente cada día.

Esos rituales y costumbres que vamos adoptando día a día también nos acompañarán en este merecido descanso, porque ya se han convertido en parte de nuestra compañía. Pero vale la pena, desapegarnos de algunos objetos y probar hacer algo diferente que cambie esa rutina a la que nos ajustamos, quizás sea una parte importante para que estas vacaciones se hagan especiales y diferentes.

Salir de la rutina es parte fundamental de ese camino a seguir, poder desprenderse de los horarios a rajatabla, de ese sopor que nos invade junto a la monotonía que penetra solapada, sin dejar espacio a la sorpresa, a lo diferente, o al simple cambio que nos da oxígeno.

En ocasiones, querer implementar un pequeño cambio nos da la sensación de saltar a un abismo, no porque en realidad sea tan majestuosa la decisión a tomar, sino porque significa hacer algo diferente, y entonces surgen los miedos, las dudas, los pequeños temores que son parte de los cuestionamientos diarios.

Por otra parte, cuando nos toman mal parados, es decir en momentos difíciles de nuestra vida, posiblemente el lugar a nuevos pasos se haga más escurridizo. Sin embargo, es aquí cuando debemos tomar más coraje para saltar ese abismo que parece esperarnos, los abismos no son tan grandes ni tan poderosos, somos nosotros los que les damos poder.

Con todos los elementos puestos en la maleta los invito a disfrutar al máximo de esas vacaciones, sin olvidar que los principales implementos están con ese yo interior que nos va a acompañar a todos lados. Por eso, descubramos lo mejor de él y a disfrutar.

Andrea Calvete

jueves, 7 de enero de 2016

POCO AGUANTE

A medida que pasan los años, la paciencia va disminuyendo, se tolera menos el sol, el cansancio, los malos tratos, las impertinencias… y el poco aguante se incrementa a medida que los descontentos afloran.

Se diría que la vida si bien te va dando cintura para ciertos acontecimientos, también te va quitando la fuerza en algunas ocasiones en las que el cuerpo y la mente se sienten cansados.

Y te quitan las ganas de escuchar a las personas que hace una vida vienen diciendo lo mismo, no cambian el discurso y a la hora de actuar poco llevan adelante.

No queda demasiado lugar para la gente que se queja por todo y no hace nada, sólo quejarse, esos ya no tienen cabida, es preferible seguir de largo.

El poco aguante no sé si es sinónimo de vejez, pero sí del pasaje de los años que van dejando su mella y que ya no toleran lo que hasta ahora, viene de la mano de soportar una vida algunas situaciones que llega un día en que la gota reboza el vaso y entonces uno dice basta, hasta aquí llegué.

Pocas ganas quedan de discutir por política, a la larga la gente demuestra ser buena o mala persona no por su discurso, sino por las acciones que llevan a cabo, y cuando llegan las de a peso el que te acompaña es el verdadero amigo, más allá de banderas o grupos a los que se pertenezca.

Algunas veces aguantamos ciertas situaciones porque no tenemos más remedio, porque de ese aguante depende nuestro sustento o no romper un nexo familiar, pero cuando se llega al límite los argumentos parecen dejar de tener peso.

El grado de tolerancia con el que actuemos va acompañado de muchos aspectos, del grado de equilibrio con que nos conduzcamos, del estado anímico, emocional, aunque mucha gente dice que hay que anteponer la razón a los sentimientos, es un ejercicio bastante doloroso luego de vivir determinadas experiencias.

Por momentos las palabras suenan huecas, las mentiras ya no tienen cabida, sobrevuela la esperanza en la juventud que llega, que viene fresca cargada de energía y entusiasmo, y entonces embarga un pensamiento: “Que no los contamine el poder y las personas que se encuentren en el camino”

Al mirar a mis hijos veo el futuro, y entonces esas pocas ganas se revierten y se convierten en un motor que continúa a plena marcha, porque sabe que el devenir espera, que la vida es hermosa.

Quizás el poco aguante sea parte del cansancio que nos agobia o de los sucesos que nos tocan vivir. Ojalá que en la próxima esquina se baje y dé lugar a la tolerancia, a la verdad y a la justicia para que engalanen los días de la mejor manera.

Andrea Calvete

miércoles, 6 de enero de 2016

VUELO DE PALABRAS

Cada palabra fue un asombroso juego de luces, en ellas se escondía todo lo que en su alma se aquietaba, resguardado de todo posible golpe.

Sin imaginarlo fue descubriendo un mundo al que jamás había imaginado que llegaría. Los sonidos suaves, tangibles se mezclaron con los aromas silvestres que sobrevolaban el aire. Los sentidos estaban de fiesta, desbordaban por experimentar nuevas sensaciones.

La tarde palpitante comenzó a descubrir su mirada, su brillo profundo, sumergido bajo aquella tristeza que aún le embargaba. Sin embargo, sugerentes notas de cambio anunciaban nuevos destinos.

Aunque difuso el horizonte, desbordaba colores y fervorosos deseos que auguraban un porvenir luminoso.

Así las palabras se entrelazaron cuidadosamente con cada estrella, mientras la luna les sostuvo cuidadosa para que llegaran así a su destino.

Andrea Calvete

domingo, 3 de enero de 2016

INSOMNIO

Las horas transcurren, el calor se entremezcla, el apacible murmullo del día se esfuma entre los colores del atardecer. Así ha pasado la jornada, como en un letargo que agobia entre sus grises cargados de iones. Pesa en el aire una humedad pegajosa que no se aparta.

Se acerca el fin del día, para dar paso a la noche, a bajar las luces para entrar más en ese interior que se aproxima al apoyar la cabeza en la almohada, sin pedir permiso, sin decir quiero hablarte. Allí se para insolente e insistente y no te deja dormir, o al menos lo intenta.

Pretende cuestionarte qué has hecho en estos días, con qué sentido dijiste tal o cual cosa, o por qué no hablaste cuando tenías que hablar. Entonces hacemos todo lo posible para que desaparezca y así conciliar el sueño.

Las horas de desvelo no suelen ser buenas consejeras, la puerta de salida parece alejarse con astucia, mientras nuestros párpados pretenden cerrarse, pero nuestro yo interior lucha por ser escuchado, o atendido.

¿Pero, por qué en la noche quiere ser escuchado? ¿Acaso no le sobran horas de luz del día para que aparezca y nos hable? Sin embargo, cuando bajamos las revoluciones, cuando nos aquietamos encuentra un espacio más cómodo para enfrentarnos.

El insomnio es uno de los problemas más frecuentes que sufren los seres humanos hoy en día, por diversas causas: angustia, exceso de trabajo, falta de actividad física, consumo de sustancias adictivas, depresión y estrés, entre un sinfín de causas.

Sin embargo, las noches de insomnio han sido inspiradoras para escritores, pintores, y diversos artistas que han encontrado en estos momentos la hora oportuna para expresar eso que está allí latente a la espera de ser rescatado por el ojo hábil del creador.

Cuántas noches de insomnio pueblan los clásicos que todos hemos tenido oportunidad de leer alguna vez, o las obras que pudimos apreciar en un museo, teatro o cine, o en la letra de una canción que nos ha hecho compañía junto a una hermosa melodía.

Durante las horas que no podemos conciliar el sueño, el tiempo se hace interminable, los colores cambian las tonalidades, las sombras se hacen más grandes y los miedos se engrandecen como gigantes que quieren invadirnos.

¿Pero quien no ha sufrido noches de insomnio?... quizás haya algún afortunado que no. Sin embargo, quien las ha padecido sabe que los minutos toman otra dimensión, que las palabras suenan diferente, y que los recuerdos se vuelven confusos al igual que los pensamientos.

El insomnio se ha parado frente a los temores, las dudas, lo que queda por hacer, lo que no se hizo, frente a los destellos de los astros que iluminan el cielo y encienden nuestras preguntas.

La luna nos mira, se ha cruzado de brazos a la espera de que esta situación se resuelva, cree innecesario desvelarse si algo tiene arreglo y si no lo tiene peor, porque sin dormir no llegaremos a resolver nada.

Por fin llega el sueño, los párpados se cierran, y allí las pesadillas suelen hacer de nuestra noche un sitio fructífero para no descansar, y levantarnos exhaustos y agotados.

Cuando abrimos los ojos y recordamos algunos sueños “incoherentes e inconexos” sentimos que no hemos descansado bien, y a eso debemos sumar las horas de desvelo previas, entonces sentimos que nos ha pasado una aplanadora por arriba.

Todos los sueños tienen su explicación a pesar de su incoherencia o incongruencia, lo que suele aparecer libre sin represión alguna parece no tener sentido, pero si nos detenemos, veremos que nada de lo que soñamos es por casualidad, tiene una razón de ser.

Luego de horas de insomnio y una corta velada de sueño, amanece, el sol se cuela entre las rendijas de la ventana, dejando pasar un destello de esperanza a esas preguntas y dudas que nos han asaltado durante la noche. El trinar de los pájaros anuncia el comienzo de un nuevo día lleno de oportunidades.

Andrea Calvete