domingo, 10 de marzo de 2013

¿CUÁL ES EL PRECIO QUE ESTAMOS DISPUESTOS A PAGAR?

Día a día, cada decisión de vida conlleva tomar distintos rumbos, algunos acertados, otros no, pero lo cierto es que nos vemos enfrentados a actuar de determinada forma, lo que traerá aparejado distintos precios a pagar.

Lamentablemente, nada es gratis en esta vida, todo tiene un precio en mayor o menor escala. Sin ir más lejos, nuestro planeta Tierra paga diariamente una alta cuota de dolor y sufrimiento, cuando ve que las grandes industrias continúan contaminando el medio ambiente, o cuando la carrera armamentista no detiene su marcha, o cuando millones de injusticias se cometen en nombre de diversas causas.

El precio de cada uno de nuestros actos es responsabilidad individual, aunque en esta cadena de relaciones entren a interactuar otras personas. Algunas veces no nos quedan demasiadas alternativas y, entre la espada y la pared, elegimos lo que menos nos duele o perjudica sin ver las verdaderas consecuencias.

Tantas personas tras sus ideales pagaron con su vida, un precio muy alto, pero que en determinadas circunstancias fue un antes y un después para muchos de sus semejantes. Aunque sin llegar a estos extremos, comprometemos nuestra salud, nuestros afectos, nuestros minutos cuando detrás de “vivir mejor” hipotecamos lo que más queremos en una suerte de paradoja.

Cuando nos formulemos la pregunta ¿cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar?, pondremos en juego nuestra integridad, nuestros valores más entrañables, nuestras alegrías y tristezas, nuestros sueños, nuestra propia historia de vida. Y habrá quienes estén dispuestos a defender sus creencias y sus valores hasta final de sus días con ahínco, sin embargo, no tardarán en aparecer aquellos cansados de cabalgar, a quienes ya no les importa demasiado el rumbo a seguir.

Y al referirme a los precios no me refiero únicamente a los materiales, sino a los afectivos, ya que cada acto o decisión desencadenará un sentimiento, el que albergaremos en forma prácticamente inconsciente, y determinará también parte de nuestro estado anímico.

El ánimo es un atuendo que nos acompaña las veinticuatro horas del día, y por más que intentemos mostrarnos radiantes, cuando no lo estamos, nuestro cuerpo por algún mecanismo de escape nos hace su reclamo.

Es así que muchas veces al levantarnos decimos: “hoy no tengo un buen día”, pero no sabemos bien por qué. Y esa respuesta quizás esté mucho más a mano de lo que pensamos, quizás esté allí producto de esa sucesión de actos que forman nuestro diario vivir, al que no solemos dar demasiada importancia, pero sin embargo desencadena estados anímicos que pesan.

Si bien algunos días las alternativas resulten magras y amargas, estará en cada uno vislumbrar una salida, un rumbo diferente. Seguramente, quienes tengan personas a su cargo, se desesperarán pensando en su porvenir, en que les dejarán como legado.

Y en el camino de nuestra Humanidad este tema ha sido el desvelo de muchas mujeres y hombres, que intentaron desde sus lugares hacer un aporte para que cada día fuera un comienzo nuevo, para que los amaneceres tuvieran los colores y aromas esperanzadores del presente y del futuro.

Sin embargo, algunas veces se mezclan los sentimientos y suelen equivocarse los caminos, entonces las certezas se convierten en incertidumbres, las alegrías en penas y las sonrisas en llantos. Mas la vida se compone de opuestos que a su vez son complementarios, y al día le sucede la noche, al bien el mal, a la lluvia el sol… y así sucesivamente.

Tras equivocarnos muchas veces, también aparecerán los aciertos, las decisiones que signifiquen un cambio significativo, esas que nos hacen sentir felices por haberlas tomado. Y nada ocurre por casualidad, aunque a muchas personas discrepen conmigo, siento que todo tiene un porqué, una causa, que quizás no la alcancemos a ver en una primera instancia, pero a lo largo del camino la descubriremos.

Y algunos precios que pagamos con nuestra salud, con nuestras horas de desvelo, de mala sangre, son parte de ese aprendizaje que significa vivir, descubrir y caminar. Por eso, en esa sucesión de horas, de días y años, iremos descubriendo ¿qué precios pagamos?, ¿cuáles estamos dispuestos a pagar? y ¿cuáles no?

Y para contestar estas preguntas, deberemos analizar ¿cómo estamos parados en la vida?, ¿de qué vereda, si en la de en frente, o en la que nos toca transitar?, he aquí una prueba contundente para saber ¿qué rumbo tomaremos?

El transitar por la vereda que nos toca transitar, significa compromiso, valentía ecuanimidad y mucha paciencia. Y recalco ser pacientes, porque en los tiempos que vivimos parece una palabra en desuso, basta mirar el tránsito, las calles y las relaciones humanas, para ver que es un vocablo casi en vías de extinción, donde prima el individualismo, el egocentrismo y mucha violencia.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos y buena disposición, solemos caer en nuestra propia telaraña y quedamos atrapados a compromisos innecesarios, a cuentas, cuentos, e historias en las que pensándolo detenidamente no deberíamos estar involucrados. Pero la ambición suele cegar al hombre, es una mala compañera que nos hace tropezar en cuanto nos descuidamos.

Pero no sólo la ambición aparece día a día, también la avaricia, la arrogancia, la mentira, la crueldad, el egoísmo… una larga lista de personajes nada gratos, pero que se las ingenian para ocupar algún espacio en nuestros días. Y dependerá de la fortaleza interior el hacerles frente, por eso no podemos titubear ni un minuto, porque al menor descuido están al acecho.

En contrapartida, si logramos ser firmes en lo que pensamos, sentimos y hacemos, no perdiendo esa correlación tan importante entre lo que se piensa, dice y hace, entonces podremos responder a la pregunta ¿cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar?