sábado, 19 de enero de 2013

¿DÓNDE DEJAR LOS PROBLEMAS?

Unos más grandes, otros más pequeños, pero problemas tenemos todos. Algunos los llevamos a cuestas, otros los encerramos bajo llave y con ellos caminamos diariamente, solo es cuestión de saberlos dejar escapar lentamente, hasta que se desvanezcan.

Cada uno lleva una mochila cargando en su espalda, que pese más o menos no dependerá de su peso real, sino de la forma en que decidamos empacar el equipaje.

Y con el correr de los años, las valijas quizás las armemos con diferente criterio que unos años atrás. Probablemente, cada acontecimiento se vea marcado por los sucesos vividos, experimentados, los que nos permitirán crecer y ver las situaciones desde otra perspectiva.

Los pesos en la espalda, no sólo nos perjudican e impiden poder caminar ligeros y livianos, sino que también nos ocasionan graves heridas en todo el cuerpo. El umbral del dolor no es igual para todas las personas, algunas tienen mayor capacidad de aguante y otras menos, pero en definitiva todas lo sienten.

Y parece la pregunta del millón ¿dónde dejar los problemas? Debería existir un lugar especial para depositarlos, al menos para que pasaran un rato, en el que la risa pudiera sobreponerse ante todo, o en el que olvido permitiera borrarlos para que la luz aparezca pronto en nuestras vidas.

Encontrar el sitio apropiado es algo personal, en el que el trabajo individual jugará un rol preponderante. Y quien logre ubicarlos en el lugar adecuado disfrutará más de sus días, como de las oportunidades.

A propósito de dónde ubicarlos, comparto un cuento que se titula “Deja la mochila abierta”.

Deja la mochila abierta

Corría enero, caluroso y seco. El sol pegaba fuerte y las nubes parecían haberse ausentado por completo. A Lucía le corría el sudor por la frente, no lo podía disimular a pesar de secarlo repetidas veces. Sus ojos negros penetrantes denotaban cansancio, pero no era sólo producto del estado del tiempo, su ánimo hacía que el calor pareciera tres veces más pesado que lo habitual.

Descalza por la orilla del mar decidió empezar a caminar rumbo al este, hasta donde se acabara la playa. Mientras tanto, sus pies sentían la frescura y la espuma de las olas que le permitían deslizarse rápidamente, con la mirada perdida en el horizonte.

Su corazón y su alma sabían que ya no había lugar para más problemas, que si continuaba así pronto su salud se vería comprometida. Llevaba años llorando pérdidas afectivas, a las que no lograba sobreponerse: la muerte de su padre, la pérdida de su novio, del empleo… ya eran demasiados duelos juntos.

Era joven, hermosa, llena de vida, aunque su rostro reflejaba una gran amargura y tristeza, donde toda esa vitalidad se opacaba por el dolor.

Había escuchado consejos de amigas, psicólogos, vecinos, ex compañeros de trabajo, pero no le habían servido de nada, tan sólo para hundirla más aún en su congoja.

De pronto, se cortó un pié con un mejillón, lo que le hizo detener la marcha para sentarse en la orilla y descansar.

Luego de ver que no era nada importante, decidió permanecer sentada y se cuestionó ¿qué era lo que impedía superar todo este dolor y seguir el camino? Ya agotada, se quedó dormida durante varios minutos.

Al despertar tenía la sensación de que aquel sueño había sido real. Había hablado con su padre, quien le reprochaba su falta de valor y de fortaleza para sobreponerse. El hombre con los ojos llenos de lágrimas le dijo- he dado hasta el último minuto de mi tiempo para que fueras toda una mujer, llena de vida, de fuerza, de optimismo, ¡no puedo creer que te dejes vencer! En la vida vas a tener que enfrentar muchísimas pérdidas, pero del mismo modo encontrarás recompensas que llenarán tu alma de dicha. Lo que debes hacer es dejar la mochila abierta, para que los problemas se esfumen lentamente- estas fueron sus últimas palabras.

Fue tan potente la mirada, el brillo de aquellos ojos y el tono de de la voz, que Lucía parecía no salir del asombro, sentía que alucinaba, pero a esta altura poco le importaba. Las palabras de su padre habían calado hondo. El aire con olor a mar penetraba profundo hasta sus pulmones, respiraba como si la vida le fuera a dar nuevas oportunidades.

Sólo era cuestión de abrir la mochila y permitir que sus problemas fueran perdiéndose en la arena. Detuvo su mirada en la inmensidad de la playa. ¡Había tantas historias como la suya en cada grano de arena, que ya no eran posibles ni de imaginar! Quizás había millones de años, de historias, de llantos, de caricias, suspiros… todos escondidos en aquellos diminutos pedacitos de roca convertidos en granos de arena blanca y fina.

Pensó entonces- esta playa esconde tantos problemas como los míos, y pensar que caminé millones de veces por aquí y nunca fui capaz de ver que otras personas como yo se cayeron muchas veces, perdieron tantas cosas, pero sin embargo ahora deben de estar orgullosos porque lograron regresar a su casa más livianos. Es hora de que haga caso a papá y deje abierta mi mochila para que los problemas se mezclen lentamente con la arena.

Así se levantó y tomo rumbo a su hogar con el rostro lleno de ilusión, sabía que era cuestión de cambiar de actitud, aptitudes le sobraban, sólo que se había dejado vencer por el peso de los problemas y había detenido la marcha. Ya no permitiría que nada ni nadie la detuviera.

Y al igual que Lucía, tantas veces cargamos problemas durante años, atesorándolos como trofeos, y en definitiva lo que hacemos es enlentecer nuestra marcha, perdiendo oportunidades, situaciones que podrían resultar favorables, pero no lo son porque nos cerramos de tal modo, que ya no vemos nada, tan sólo lo que queremos ver.

El gran problema, es paradójicamente ¿dónde dejar los problemas?, y hay quienes lo dejan en la arena, otros en el ómnibus, otros en la vereda, otros en el gimnasio, otros en las caminatas por la rambla, otros en las reuniones con amigos, lo importante es no entrarlos o arrastrarlos a cada lugar que decidimos ingresar.

Sin embargo, dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y este refrán no deja de tener razón, porque es una ceguera autoimpuesta, por no querer superar el duelo, por miedo, por falta de entusiasmo, por autocompasión… no importan las respuestas siempre las hay para todo, así que poco interesa el porqué detenemos la marcha, lo que importa es continuarla.

Los problemas van y vienen, son como el sol, aunque no los veamos siempre están, lo importante es poderlos ubicar en un lugar seguro, para que no nos obstaculicen en el camino.