domingo, 29 de abril de 2012

UN PERSONAJE LLAMADO AMOR


¿Quién no se ha enamorado alguna vez, ha gozado, sufrido, ha sentido dicha y dolor?

Porque el amor por momentos tiene esas contradicciones propias de ser un sentimiento intenso, fervoroso, grandioso, en el que se entrega mucho de sí en busca de complacer a la persona amada.

Y cuando nos entregamos, generalmente lo hacemos con intensidad, con pasión, con devoción y vehemencia, motivos que no nos permiten ver con claridad cuál es nuestra actitud. Y de este modo, la entrega se convierte en un acto en el que muchas veces las situaciones pierden nitidez.

Y la gran paradoja se suscita porque parece no tener ni pies ni cabeza, que alguien que por momentos nos despierta sentimientos tan buenos, en otros nos invita a compartir el dolor y la amargura. Quizás la respuesta sea simple si vemos que cuando el ser amado sufre, es imposible no sufrir con él y, aún peor, si no podemos aliviar su dolor, entonces nos sentimos como meros espectadores de una escena ajena, atados de pies y manos.

Alguien que ha advertido este problema y lo ha sabido definir claramente ha sido el cantautor español Joaquín Sabina, quien sostiene que “el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”. Y en estas dos frases nos ha presentado a este personaje llamado amor, que nos ocasiona grandes momentos de felicidad, pero otras veces fuertes desdichas.

Un personaje que se presenta sin credenciales, sin documentos, que invade nuestro cuerpo, mente y alma, sin pedir permiso, y se instala allí cómodo, como si hubiera sido invitado para alojarse eternamente. Y de pronto, lo vemos allí parado en frente nuestro, muy desfachatado y atrevido, pero simpático y comprador, campechano y convincente, con un gran poder de seducción, donde cualquier palabra que emite es propicia, adecuada y nos invita a recorrer caminos mágicos que sólo él sabe y conoce.

Es un tipo muy especial, que se ha manifestado a lo largo de la historia, según las costumbres, las sociedades, las épocas, pero más allá del transcurso del tiempo, tiene la capacidad de hechizar a sus adherentes, y se vale de Cupido, de la Luna, de la noche de estrellas, de un amanecer, de las olas del mar, de los atardeceres, del cielo celeste o un día lluvioso. Cualquier momento o lugar son propicios para hacer de ese instante algo maravilloso, donde las horas parecen paralizarse, pero cuando miramos el reloj, entonces comprendemos que nos ha deslumbrado y extasiado con su encanto.

Un verdadero letrado a la hora de tocar nuestro corazón, el sabe qué palabras utilizar, qué mirada es la apropiada para el momento, y es así que su aparición suele ser repentina y gradual, se va instalando lentamente hasta que decide desempacar su equipaje. Y cuando nos hace compañía las horas son más gratas, los días más felices. Su presencia nos despierta muchos sentimientos, me atrevería a decir que casi todos, porque en su afán de hacernos palpitar, invita a todos los sentimientos a hacerse presentes, y cada cual hace su mejor tarea, para satisfacerlo desde su lugar.

Su tenacidad, le permite no detenerse y caminar raudamente hasta alcanzar su objetivo. Y avanza sin permitir que nada lo detenga o paralice, su fortaleza es tal que no se inmuta ante nada. Cuando arriba a su destino lo hace entonces muy seguro, sin dudar ni siquiera un momento, pues el camino recorrido es bastante largo y sinuoso.

Y como todos somos diferentes, no toca a la puerta de la misma manera, él sabe como golpear, para que cada corazón se abra y lo haga con naturalidad, para permitir que después vibre con total intensidad, haciendo que el pulso se acelere y la sangre fluya con fervor por nuestras venas, y entonces ya todo tiene un tono especial.

¿Y quién no ha llorado por amor, ha perdido el apetito, el sueño, el aliento? Noches de desvelos, de insomnios, de horas que no pasan, de minutos que enloquecen, tras la espera de que un mensaje llegue, de un teléfono que suene.

Pero cuando llega a su fin, una persona es la que deja y la otra es pasiva en ese acto. Y por más, que digan que es de mutuo acuerdo, siempre es una de las partes que da el puntapié inicial para que esta relación desaparezca.

Los amores truncados dejan secuelas, cicatrices, recuerdos profundos, aromas, sabores, estaciones, que perdurarán por mucho tiempo, algunos no se borrarán ni con el correr del tiempo. Simplemente, porque fueron tan intensos que más allá de que la vida no se detiene y continúa, quedaran atesorados en el algún lugar de nuestro corazón, quizás al principio mezclados por el dolor y la angustia, pero después albergados con la grata sensación de haber sido vividos con profundidad.

Sería importante, un gran paso, no lamentarse porque las cosas terminaron, y por contrapartida agradecer que sucedieron y fuimos felices, quizás algo un tanto utópico cuando recién estamos en los comienzos de una relación acabada, pero bastante real cuando pasa el tiempo, y tomamos cierta perspectiva.

Asimismo, no sabe de razones, motivos, o impedimentos, él mira a su futura pareja y la involucra sin hacer preguntas sobre estado civil, edad o sexo, y así arriba desprovisto de todo prejuicio.

Y los hay de todos colores y formas, están los prohibidos, los buscados, los esperados, los que llegan de repente sin anunciarse, los alocados, los tormentosos, los tropicales, los tortuosos, los sinuosos, los majestuosos, los rebeldes… y la enumeración puede seguir a “piacere” de los enamorados.

Y quizás hayan experimentado alguno de ellos, pero no todos, porque el corazón no sabe de razones cuando llega el amor, y de allí su diversidad a la hora de hacerse presente. Todos con su especial encanto y nota de distinción, que los hace únicos e irrepetibles, porque así somos también los seres humanos que le damos vida a este sentimiento del que tanto se ha hablado, dicho, escrito y se continuará haciendo porque es el motor vital del ser humano.

Pero si bien el amor de pareja es una de sus formas a través de las que se manifiesta, también se da a conocer entre padres e hijos, hermanos, sobrinos, primos, amigos… y se manifiesta generando vínculos fuertes, potentes, que hacen que sea posible superar muchos impedimentos y barreras.

Y estos últimos, también pueden verse truncados, por malos entendidos, por desencuentros, o simplemente porque una separación física se ha producido ajena a nosotros, pero que en cierta forma ya no nos permite más el contacto con esa persona.

Cuando alguien desaparece físicamente, generalmente no podemos hablar de que el amor se ve truncado, quizás sea más conveniente decir que esa separación física nos incomoda, nos afecta, nos duele, aunque ese ser en definitiva sigue habitando en nuestro corazón y en nuestra alma. Esa persona se nos hace presente en nuestros pensamientos, en nuestras dudas y decisiones, porque ha sido timón en nuestras vidas.

Y cuando alguien nos ha guiado, conducido a través de esta relación tan hermosa como es el amor, en cualquiera de sus manifestaciones, entonces esa persona formará parte de lo que somos, más allá del desenlace de esta relación.

Finalmente, el amor es un gran personaje, necesario en el rodaje de la vida, donde sin él casi todo resulta insoportable, imposible de alcanzar. Un motor de vida y esperanza para cualquier persona, por eso parafraseando a San Agustín, “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor”.