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EL SECRETO DEL TRECE

 

Cerrar ciclos es un arte silencioso, una ceremonia íntima que transforma todo.

Cada vez que un ciclo concluye, doce puertas se cierran sin hacer ruido. Doce. Y entonces, cuando el último cierre aún vibra en el aire, aparece una más: la puerta del trece. La que no teme al cambio, la que conduce a la transformación profunda, a la renovación, al comienzo de otra forma de ser.

Dicen que el trece trae mala suerte. Lo repiten como un conjuro aprendido. Pero en muchas culturas —y en algunas almas— el trece es sabiduría, es paz y es renacer. Es el punto exacto donde lo divino roza lo humano.

Tal vez sea una herencia de sangre y memoria. Mi bisabuela Antonia creía en el trece como se cree en la luz. Nació un trece de junio, conoció al amor de su vida un día trece, y también un trece decidió unir su historia a la de él.

Su vida, larga y sabia, estuvo bordada por ese número. Y bajo su influjo atravesó cada desafío con fortaleza, con una alegría serena, con la certeza de que todo lo vivido tenía un sentido.

Hoy, bajo esa misma energía, te invito a hacer lo mismo: a cerrar doce puertas y a abrir, sin miedo, la número trece.

Cerremos primero la puerta del sufrimiento, para abrir la del dolor consciente y permitir que, con el tiempo, se vuelva cicatriz: una huella que acompaña el crecimiento y guarde lo aprendido.

Cerremos la puerta del miedo, porque detrás de ella solo vive la incertidumbre, y demos paso a la búsqueda, al movimiento, a la pregunta.

Cerremos la puerta de la envidia, que solo engendra crítica vacía, y abramos la de la admiración, la que pregunta, que respeta y nos impulsa a crecer.

Cerremos la puerta de la conjetura, de las suposiciones que confunden, y atrevámonos a mirar la verdad, o al menos a caminar hacia ella.

Cerremos la puerta de la duda estéril, esa que se disuelve cuando aparece el diálogo y el entendimiento sincero.

Cerremos la puerta del odio, esa que corroe el alma, que oxida el espíritu como el hierro frente al salitre. Y abramos la del olvido consciente, que nos permite integrar lo vivido, transformarlo en aprendizaje y tender la mano a quienes recorren caminos similares.

Cerremos la puerta del egoísmo, que nos aísla y nos deja a la deriva. Cerremos la puerta de la venganza, que envenena la vida y solo conduce a la propia destrucción. Cerremos la puerta del rumor, que siembra engaño y mentira. Cerremos la puerta del descreimiento, porque allí habita la desesperanza. Cerremos la puerta de la mentira, porque sobre ella nunca se construye nada verdadero. Cerremos la puerta del ego, porque cuando la mente se infla, el alma se empequeñece.

Doce puertas han quedado atrás, tal vez sin darnos cuenta.

Ahora sí… es momento de abrir la puerta número trece y permitir que nuestra existencia se transforme en un espacio donde habiten la dicha, el crecimiento personal, la empatía y la solidaridad. Un lugar donde la esperanza no se apague, donde la fuerza eche raíces y donde la valentía, como una luz suave, nos ilumine el camino.

 Andrea Calvete

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