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EL ARTE DE ESPERAR

 

Caminamos a la espera de una respuesta, de una señal para tomar el rumbo, de un sabor que nos endulce el alma, de un sonido que nos armonice, o de una caricia que nos atempere, o una palabra que nos anime. Esperar conlleva paciencia, tiempo y calma, ingredientes que parecen ser una utopía en nuestros días.

La incertidumbre ha sido una gran protagonista en estos dos años de Pandemia, ha tocado las puertas de todos los hogares, nos ha sacado de quicio en varias oportunidades, y nos ha dejado sin palabras en los momentos más duros. Dice un viejo proverbio que quien espera desespera, porque la incertidumbre lo visita, la ansiedad lo exaspera y la inexactitud lo acompaña.

Las expectativas variables de nuestra naturaleza cognitiva que vienen de la mano de la anticipación y también del análisis. Tienen la suerte de jugar como efecto placebo y efecto Pigmalión. El efecto Pigmalión proviene de un mito griego del escultor Pigmalión que se enamoró de una estatua que había tallado y al final ésta terminó cobrando vida. Del mismo modo, si las expectativas pueden encarnarse en la medida que creemos y apostamos a ellas. Están vinculadas a las predicciones y previsiones, cuanto mayor es la certeza mayor será la posibilidad que se cumpla la expectativa. En este contexto jugará un rol preponderante en su concreción si son positivas o negativas.

Las expectativas las ponemos donde realmente las hay, y también donde no tienen cabida, pero está en nosotros no apagar la ilusión. Entonces despertamos entusiasmos equivocados, pretendemos lo que no es posible, para luego lentamente aterrizar en la pista de la desilusión o decepción.

Evidentemente, el error de esperar algo y que no suceda, es parte del diario vivir, es lo que se puede esperar en ese margen de posibilidad en el que nos paramos día a día. ¿Pero qué sucede cuando esperamos algo que tiene escasas o nulas posibilidades?

Cuando nos paramos frente expectativas casi inalcanzables es preciso ser conscientes de este lugar en el que nos posicionamos, de modo que si la caída es inminente por lo menos nos agarre preparados para amortiguarla.

Pero, existen personas que a pesar de caer siguen porfiando en que esas expectativas se cumplan, aún cuando ya saben que no hay posibilidades, es como quien se aferra a ese dulce recuerdo que no volverá. Quizás esta actitud sea parte de esa negación que hacemos al enfrentar ciertas frustraciones. Sin embargo, negarlas nos lleva por mal camino, porque canalizamos nuestra energía en algo que tenemos que decir borrón y cuenta nueva.

Aunque, a veces ese porfiar e insistir, tiene que ver con el ego, con el amor propio de decir :“yo puedo, lo voy a lograr”, perdiendo de vista que somos seres factibles de errores, y también de posibilidades que quedan truncas por diferentes motivos, y es necesario aceptarlas. Aceptar no significa resignarse, tirarse en una cama a dormir, sino tener claro que esa expectativa no ha sido posible, entonces le ponemos punto final, y damos vuelta la página. Para sí ponernos a trabajar y a perseguir otras expectativas que sí pueden tener posibilidades en nuestro camino, o al menos nos alegran la vida.

Las expectativas suelen ser luces en nuestros días, destellos de esperanzas, de claridad, de energía vital, como parte de ese motor que nos ayuda a seguir. El hecho de que no tengan demasiadas posibilidades no es malo, lo importante es ser conscientes de ello para no incurrir en falsas expectativas y quedarnos agarrados a una posibilidad que no tiene demasiado sentido. Las ponemos en todo lo que hacemos, en nuestro trabajo, en nuestras amistades, en nuestras relaciones de parejas, en nuestros proyectos, así como en cada pensamiento que se cuela cuando nos tomamos una pausa.

Sin embargo, con el correr de los años comprendemos que las expectativas cambian su rigurosidad y uno cada vez espera menos de los demás, y se conforma directamente con lo que le dan, lo disfruta lo paladea, lo siente con profundidad, porque sabe que las cosas deben surgir sin que se pidan, sin que se exijan, sino porque realmente se siente la necesidad de que eso suceda.

¿Se puede tener expectativas sin esperar que algo suceda? La primera contestación que surge a esta pregunta es que no, porque evidentemente siempre se espera algo. Sin embargo, bajaríamos el nivel de ansiedad y tensión, si tuviéramos el deseo vivo intacto sin teñirlo de esperas, sino de ilusión y entusiasmo, de luz y energía, dejando de lado la espera, porque quien espera desespera dice un viejo proverbio. Por ello, esperar es un arte que nos lleva una vida desarrollar y aprender, dominar y desarrollar, para así acunar el don de saber esperar con calma, y disfrutar de la espera como parte del devenir mismo.

Andrea Calvete

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