sábado, 28 de abril de 2018

LA LEYENDA DEL HILO ROJO

Según una antigua leyenda oriental un hilo rojo invisible, fuerte y suave conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar el tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar, contraer o enredar pero nunca se romperá, quizás un aroma sea el causante de un encuentro, la pérdida de un ómnibus, o el haberse quedado dormidos, o llegar tarde al trabajo, o quedarse distraídos absortos en la nada, o un mero encuentro laboral o una reunión a la que no pensábamos asistir. Lo cierto es que el hilo rojo del destino se las ingenia para que sus propósitos sean cumplidos.

Las leyendas figuran como parte de ese colectivo de creencias que se van trasladando en el tiempo, con elementos fantásticos que son aderezados según la narración oral incorporada de familia en familia, de siglo en siglo.

Más allá de las leyendas que recorren la tradición oral y escrita, el mundo de las causas obedece a las razones, mientras que la energía despliega su vigor y magnetiza sin explicar, ni pedir permiso. Y así, quedan perdidas las pupilas, pero se encuentran en un punto en el que ya no es posible retroceder, en el que sobran las palabras y se posan los sentimientos. Renacen con ellas los días, a pesar de la grisácea mirada de la cotidianidad que abruma las horas.

Atrapados por su magnetismo y encanto se tropiezan los seres, de allí en más un torrente de emociones se desata dispuesto a existir aunque no haya motivos o causas, aunque sí las hay, sólo es cuestión de descubrirlas.

No han llegado allí por mera casualidad, les ha introducido con astucia y desenfado la causalidad, con elegancia y delicada magia, con la sutileza que sólo ella desprende para conquistar con desenfado y simpatía. Como manantial inagotable seguirá causando mil y una razón por la cual una persona se encontrará con otra, en una suerte de efecto dominó. Sin embargo, ella fingirá no haber estado involucrada en el hecho, para que finalmente cada uno descubra el porqué de su aparición repentina.
Como al pasar, dará cabida a la casualidad para quien no confíe del todo en ella logre en lo fortuito un sustento verdadero.

Así se enfrentará la casualidad para quitar mérito a lo que la causalidad con trabajo minucioso ha venido trabajando, y le hará sentir que su tarea es inoperante, porque a su entender no hay hilos que se tejan o manejen, por el contrario una suerte fortuita es la que une todo gracias a su laboriosidad y esmero.

Del mismo modo quienes caminamos por la vida defenderemos a ambas, o por el contrario diremos que una de ellas tiene más peso en nuestro recorrido.

Si nos ponemos a pensar algunos hechos confusos y extraños que se presentan cuando nos tropezamos con alguien que no soñábamos conocer o al menos que se nos cruzara en el camino, allí comienzan a tejerse hipótesis, conjeturas, intentamos atar cabos y ver por qué esa persona llegó a nuestras vidas.

Pero dejando de lado la dialéctica que se establece entre la casualidad y causalidad, retomo la leyenda del hilo rojo, quien decido a realizar su tarea se viste solemne, busca en su guardarropa antiguos trajes con olor a naftalina y humedad, cree que es la mejor forma de entrar en contacto con dos seres que atesoran respetar horarios y cumplir ciertas formalidades. Entonces, se peina con gomina y un perfume penetrante le abre camino. Sin embargo, cuando decide conectar a dos bohemios improvisa coloridos atuendos y se perfuma con notas silvestres, sabe que para ellos lo importante será despeinar al momento con la mayor informalidad posible. Desde luego, conecta a cualquier tipo de persona no le importa demasiado si compatibilizan o no, pues confía que a la larga su propósito de encontrarlas tendrá un verdadero sentido, más allá de que a primera vista parezca incomprensible.

Quién no se ha encontrado con alguien que no esperaba que llegara a su vida ni por sueños, una persona a la que jamás había visto y con la que tendría escasísimas posibilidades de cruzarse. ¿Casualidad o causalidad? En principio, difícilmente aparezca una respuesta, más pasado el tiempo el rompecabezas comienza a encajar para develar las causas por las que esta persona ha llegado a esa puerta.

Pero la leyenda sigue recorriendo el tiempo, mientras “Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper”, de allí la importancia de conocerla y poder descubrir quien se ha unido a través de este hilo invisible que nos une más allá de cualquier tipo de explicación racional y posible.

Andrea Calvete



viernes, 27 de abril de 2018

" A SEGURO SE LO LLEVARON PRESO"

Dicen que a seguro se lo llevaron preso, o al menos lo han distanciado de esta realidad a la que pocas posibilidades se avizoran a la hora de tener certeza. ¿Dónde han quedado las promesas, los te quiero para siempre, o poner las manos en el fuego por alguien o algo?

Hace unos cuantos años atrás bastaba con la palabra que uno podía dar frente al compromiso hacia algo, pero ahora no son suficientes las firmas o los avales que lo acrediten.

Algunas veces no estamos seguros ni siquiera de quienes somos realmente, porque tras mirar a ese espejo que nos refleja descubrimos una imagen diferente o distorsionada a la que estamos acostumbrados a ver.

Los finales felices a veces se pierden en el camino, se ven borrosos como si se evanecieran en el horizonte difuso. Sin embargo, podemos estar convencidos de lo que anhelamos y queremos, de los valores por los que luchamos y de los desafíos con los que nos comprometemos. Más allá de toda duda posible, de cualquier impedimento, contratiempo o desengaño, cuando uno cree en sus ideales, en sus propósitos, no es tan sencillo que el primer viento que sople nos bañe de inseguridad.

Este siglo XXI también ha contribuido a que “a Seguro se lo llevaran preso”, porque los cambios, que se producen a todo nivel, permanentes y vertiginosos, nos impiden quedarnos tranquilos y expectantes, por el contrario nos desafían hasta las últimas consecuencias en una carrera desmedida y avasallante.

Desde luego hay algo que tenemos seguro, y es el final que a todos nos espera, lo que viene después eso va a depender de las creencias de cada uno, así también de las herramientas que podamos ir adquiriendo para enfrentarnos a ese momento inevitable y del que poco hablamos porque en el fondo una sombra oscura parece dejarnos sin palabras.

Sin llegar tan lejos, el amor que despiertan determinadas personas, hechos, o circunstancias no es cuestionable y va más allá de cualquier tipo de nexo o de comprobante que pueda demostrarlo. Es que no hacen falta pruebas que avalen que estamos comprometidos en un camino, o con una persona, porque cuando uno está consustanciado en ello se va deslizando con suavidad y delicado esmero, en el que queda poco lugar para la inseguridad o la duda, porque lo que sentimos nace desde lo más profundo y genuino.

Pero el descreimiento se viste de gala cuando llegan las mentiras, o los desengaños tocan a nuestra puerta, entonces abrimos con la mirada espantada e intentamos que no nos salpiquen de angustia y miedo. Las rupturas suelen destrozarnos, aniquilarnos, así como los finales inesperados y combativos.

¿Por qué tenemos que sucumbir cuando intentan hacernos tocar fondo de la peor manera? En realidad, es lo que quisieran nuestros adversarios al ponernos algunos obstáculos, pero más allá de cualquier piedra en el camino no hay que perder de vista que el peor impedimento podemos ser nosotros mismos cuando decimos que nada es seguro, que todo es improbable, y que quedan pocas chances, porque somos nosotros quienes nos estamos cerrando las puertas con nuestra actitud negativa y poco esperanzadora.

Los japoneses cuando se rompe un antiguo jarrón lo reparan con cuidadoso esmero, rellenan esas grietas con oro porque la pieza se torna más bella y valiosa cuando no se oculta su fragilidad e imperfección, por el contrario es símbolo de crecimiento y resiliencia.

Quizás algunos desengaños nos hayan lastimado, muchos cambios nos hayan desafiado, herido, tantas puertas se hayan cerrado, varios olvidos nos hayan lastimado, muchas palabras nos hayan agraviado… pero más allá de todos esos hechos dolorosos, punzantes, está en cada uno de nosotros rellenar como los japoneses esas grietas y dejar brillar lo mejor de nosotros en forma auténtica.

Sin embargo, día a día daremos crédito a un sinfín de conceptos nuevos, algunos verdaderos, otros no tanto, pero más allá de esa veracidad cuestionable está en cada uno no dejar de confiar en lo que creemos que es justo y necesario en nuestras vidas, armando con cuidadosa paciencia ese gran jarrón que nos sostiene y que tantas veces por diferentes circunstancias se rompe en mil un pedazos y con incansable esfuerzo recomponemos hasta dejarlo en pie y reluciente.

Andrea Calvete

sábado, 21 de abril de 2018

¿CÓMO REPARAR UN CORTOCIRCUITO?

Gris, monótono y aburrido transcurría el día, parecía que el letargo se interponía entre sus decisiones que vagaban escurridizas a la espera de que apareciera el ánimo. Su capacidad de experimentar emociones se había apagado como si se hubiera producido un enorme cortocircuito.

Dar color a un día, pincelar emociones, esculpir una risa, perfumar un encanto, no es tarea sencilla cuando uno se para en la vereda del desánimo y el desgano, en el que pesan los pies, y la espalda parece una inmensa mochila que cuelga desde los hombros. Así se sentía Teodora la protagonista de este día sin matices, ni tonalidades, en el que poco le importaba todo, en el que casi nada le sorprendía.

Se paró junto a su ventana con una taza de té entre las manos y miró al cielo que comenzaba a despejarse, dos aves en pleno cortejo planeaban frente a ella. La invadió una extraña sensación, fue como si su cuerpo se elevara y pudiera volar junto a ellas, continuó el trayecto de aquella pareja llena de energía. Sus trinos colmados de entusiasmo le fueron envolviendo como una caricia mágica y contagiosa.

El juego de seducción de las dos pequeñas aves, la dejó extasiada, ese danza delicada e intensa la hizo perder en el cielo que poco a poco se iba despejando. Más animada, se dispuso a darse una ducha.

Luego del baño, al sentarse a desayunar decidió leer algunos mensajes pendientes que tenía en su WhatsApp, al finalizar se le dibujó una sonrisa en la cara.

- ¿Por qué desperdiciar un día más de mi vida, lamentándome, esperando una solución, si no voy por ella seguro que no aparecerá- se dijo ya con el abrigo entre sus manos y la llave puesta en la puerta.

Al llegar a la entrevista de trabajo, esperó varios minutos nerviosa y algo confundida, salir de aquel lugar de confort en el que ya nada sentía le resultaba algo extraño, sin embargo, cuando el desánimo quiso tomar la delantera, recordó la imagen de aquellas aves que volaban sin límites ni barreras, y pensó – El impedimento más grande he sido yo misma, volaré alto sin que nadie me detenga para llegar hasta donde me sienta útil y necesaria-

De regreso a su casa, su semblante radiante y sonriente denotaban a otra persona, vital y llena de ganas, con un brillo particular en la mirada, y hasta de una manera diferente de caminar, a tal punto que el portero del edificio al saludarla le dijo – Buen día Teodora no sé que se ha hecho pero parece otra persona, ¡cuánto me alegro!-

Teodora respondió con una sonrisa luminosa, aquel cortocircuito que la había dejado paralizada y sin energía se había solucionado. Con el entusiasmo a flor de piel se dispuso a preparar todo para el comienzo de su nuevo trabajo.

Así son los cortorcicuitos nos cortan la energía motora, nos dejan desconectados de alguna manera con esa realidad que nos circunda, de las que nos sentimos alejados y poco identificados, porque algo nos ocurre de tal forma que nos aislamos con el fin de evadirnos en ese rincón en el que parece pasar la diferencia y el hastío, en el que pocas cosas nos conmueven o animan.

¿Por qué se producen?

Pueden existir tantas causas y razones como personas en la faz de la tierra, pero no importan tanto los motivos por lo que ocurren, sino las posibles conexiones para reparar ese aislamiento o separación que nos lleva a quedar desconectados en un mundo en el que poco importa nada, en el que la desazón puede puede ser la luz que alumbra ese camino en penumbras.

Reparar un cortocircuito no es fácil, lo primero hay que detectar donde se produjo, y también analizar por qué, para poder repararlo y entonces si continuar de la mejor manera. Y algunas veces esos cortocircuitos se producen porque uno inconscientemente dice hasta aquí llegué, no va más y se para con desilusión y desencanto, con poca energía para encarar todo lo que está por venir, pero lo importante es repararlo para disponernos a salir adelante.

Cuando intentamos poner fin a ese aislamiento, o a esa desconexión es porque tomamos la decisión de reparar el daño, entonces pronto volvemos a sentirnos motivados, entusiasmados, con ganas de emprender nuevos caminos o al menos intentarlo, cargados de un aire esperanzador y vigoroso.

Andrea Calvete

sábado, 14 de abril de 2018

CIMIENTOS

Escasa claridad se cuela por las rendijas, mientras el desasosiego cabalga a su ritmo mutilante y ensordecedor. Suenan las campanas alocadas esperando que algo cambie, que un milagro suceda. Sólo la magia podría traspasar esa barrera temporal y estructurada en la que los pensamientos se encapsulan en un recinto limitado y semioscuro.

Convoca a sus sentidos, los cuestiona, los interroga mientras un reflejo le distrae, es su propia imagen o la de ese otro yo al que desconoce y se asoma. Aturdido lo escucha, lo percibe, pero no le deja tomar asiento, prefiere que continúe su camino, porque el tiempo no se detiene, la imprecisión le desconcentra, y el miedo pronto le habita.

Sí el miedo, ese señor oscuro y temerario le desafía, le mira con cara inquisidora cuestionando sus más profundos deseos, sus pensamientos y también sus sueños. Clava su punta afilada, el aire escasea, los minutos agonizan y el mundo parece detenerse, como un buen exorcista le atemoriza hasta lograr su cometido.

Le tiene acorralado de pies y manos, sin embargo, sus pupilas brillan porque al mirar al cielo vuela libre hasta perderse en el horizonte. Ya no queda rastro de él, ni de sus miedos. De pie observa la obra que ha quedado a medio hacer, con las herramientas en mano toma la espátula y coloca ese ladrillo que parece sostener los cimientos de su propia existencia.

Andrea Calvete