domingo, 5 de junio de 2016

EL ÁRBOL DE LA VIDA

Bajo un cielo cargado de nubes, de rayos centelleantes, de estrellas luminosas, de noches de luna y soleados días, se para firme el árbol de vida, como un frondoso ombú que crece lentamente con el transcurso de los años.

El riego de este árbol es fundamental desde pequeño, cuando aún es una diminuta semilla que comienza a alimentarse a través del agua. Los nutrientes de ese esmerado cuidado se ven gradualmente en la medida que pasan los años, y las raíces comienzan a adherirse al suelo y se hacen cada vez más profundas.

El árbol está en permanente comunión con el cosmos, se comunica subterráneamente por sus raíces, con la superficie de la tierra por el tronco, y con el cielo a través de sus ramas. Por lo tanto es un eje de comunicación entre la tierra y el cielo. Ilustra la vida en la tierra y hace alusión a la espiritualidad.

Las raíces son el sostén de este árbol, en la medida que crecen se afirman más al suelo y llegan más profundo en busca de expandirse para encontrar un lugar más húmedo.

El agua símbolo vital de vida alimenta y purifica a este árbol, mientras que la luz le da energía y calor para que crezca y brote con fuerza.

La sombra de este árbol es el lugar perfecto para refrescar ideas, para conversar, para tomar ese descanso tan merecido y algunas veces omitido. Testigo silencioso de maravillosas historias cuando dos o más personas se sentaron allí a dialogar o narrar un cuento.

El follaje del árbol cambiará según la estación si es un árbol de hoja caduca, de igual modo, nuestro árbol sufre variaciones según las etapas de la vida que transitemos, algunas veces se ve florecido, cargado de un follaje verde y esperanzador, otras mustio y amarillento como en pleno otoño, en estos momentos nuestra energía y ánimo bajan porque estamos luchando contra las inclemencias del tiempo.

En su corteza quedaron atrapados años de historia. Posiblemente los que sean de buena madera hayan hecho de todos los momentos, sin distinción, una alianza perfecta para salir fortalecidos y pararse resilientes frente a las adversidades.

La cultura celta transmitida durante generaciones en forma oral, ha denotado un especial interés en los árboles, ya que la vida de los hombres está muy relacionada con ellos. Desde tiempos inmemoriales, simbolizan protección, cobijo y calor.

Los druidas conocían los secretos de los árboles, de ellos extraían pócimas y medicinas, porque para ellos los bosques eran aulas sagradas donde impartían sus enseñanzas. El árbol cósmico tenía un especial significado: su savia representaba el rocío celestial y sus frutos proporcionaban la inmortalidad.

Algunas civilizaciones antiguas han considerado sagrados a diferentes árboles. Por ejemplo los celtas tenían como árbol sagrado al roble, los alemanes al tilo, los árabes al olivo, los hindúes al banano y los escandinavos al fresno.

En algunas regiones estos árboles se representan en compañía de doce pájaros que reposan en sus ramas, por considerarlos estados superiores del ser. El número doce está relacionado con los símbolos zodiacales.

El árbol de la vida es uno de los símbolos cabalísticos más relevantes del judaísmo. Constituido por diez esferas y veintidós senderos, los que simbolizan un estado de comprensión de Dios.

Es así que diferentes civilizaciones han considerado al árbol como dador de vida, como símbolo de vida, como un nexo de conexión con el cosmos y con lo divino. Estas apreciaciones siguen vigentes en nuestros días y es así que muchas personas continúan rindiéndole especial importancia a este árbol de la vida como eje del mundo.

Más allá del simbolismo que todo tiene en este camino, ¡qué maravilloso no perder ese eje que sostenga al mundo y lo encamine para seguir girando firme y fortalecido en este presente hacia lo que vendrá, en una búsqueda permanente entre lo que sentimos, hacemos y pensamos!

Andrea Calvete