martes, 31 de mayo de 2016

LOS ESTANTES DE LA MEMORIA

Diversas estanterías se alojan en el bagaje de la memoria, algunas bien a mano y otras no tanto. Cuando revisamos con cuidado aparecen episodios olvidados, sonrisas bien guardadas, lágrimas escondidas,… tantos recuerdos imborrables en el tiempo.

La estantería de la niñez, marcada por entusiasmo y júbilo, por la risa constante, y el correteo propio de la edad. Aquí se acomodan las travesuras, meriendas, tardes de cine, circo, teatro, dibujitos animados, cuentos, cumpleaños con amigos, Reyes Magos, Papá Noel, el Ratón Pérez, los abuelos , los padres con su mano acariciando la cabeza… y la ilusión que es inherente en la mirada.

Luego se aproxima la etapa de la adolescencia, cuestionadora, desafiante, donde las alas desbordan hacia el cielo. Los amigos, los padres, la familia, pilares que nos sostienen en esta maravillosa estantería, llena de cuestionamientos y preguntas por conquistar y resolver.

Al llegar a la edad adulta nos ponemos en contacto con las responsabilidades, las obligaciones que se suman, los proyectos de vida que toman forma, para que lo que fuimos cosechando en las primeras etapas de sus frutos. Esta estantería se prolonga en distintas etapas, lo fundamental es que no se quiebre la madera y se rompa dado las adversidades que surgen el camino. El ser resilientes es parte de ir pasando de estantería en estantería de la mejor manera.

Probablemente, a lo largo del recorrido algunos momentos que han sido muy dolorosos o difíciles decidamos descartar, pero no desaparecen para siempre, quedan reprimidos y ante alguna circunstancia surgen porque necesitan aflorar.

Este mecanismo de protección en el que decidimos dejar de lado ciertos episodios nos ayude a resguardarnos a fortalecernos, de modo a que cuándo aparezcan estemos ya reestablecidos como para asumirlos.

El organismo es sabio, y con el tiempo, paciencia y perseverancia personal se recupera, lo reprimido surge entonces en ese momento en el que ya podemos percibirlo de forma diferente.

El tomar distancia de lo ocurrido, el poder procesar esa información es importante. Sin embargo no deja de sorprendernos cuando algo totalmente olvidado, ya sea por represión o por el simple paso del tiempo, aparece allí y se hace presente y nos dice: “ Hola, estoy aquí de vuelta”.

Nuestra mente tiene ese poder de trasladarse al pasado y volver al presente, de viajar al futuro. El inconveniente se produce cuando viajamos en forma permanente y olvidamos vivir aquí y ahora en este presente que nos recibe.

De regreso a los distintos estantes que conforman la memoria, en los húmedos aparecen los recuerdos que nos hicieron llorar y probablemente no se hayan desaparecido los últimos vestigios del agua.

En rincones secos aquellos que nos han significado alegría y por lo tanto no están cargados de lágrimas húmedas.

Los recuerdos pasionales repletos de ardor, se encuentran en lugares donde el calor es potente.

Con notas silvestres se visten las estanterías donde las especias llenaron de vida agreste nuestro camino, donde fue posible perdernos en una esencia de lavanda, o en el perfume del jazmín o del romero, momentos en que nos pudimos conectar con la profundidad del ser.

La estantería de la alegría está cargada de endorfinas, de entusiasmo, de proyectos, de sí es posible, de aromas agradables que invitan a perderse en ellos. La luz es parte de este clima de algarabía.

Lo inesperado lleno de sorpresa, puede ubicarse en dos lugares diferentes, uno para lo que arriba reconforta el alma, nos sorprende gratamente, y otro para lo que aparece y nos provoca un verdadero dolor de cabeza. Las sorpresas suelen ser muy diversas, vale la pena guardar a mano aquellas que nos han llenado de alegría o las que nos han permitido salir fortalecidos.

Una estantería que tiene conexión directa y permanente con nuestro corazón, es la que ocupan los seres queridos que han partido, pero están allí abrazándonos, hablándonos a viva voz, porque el amor que compartimos con ellos sigue intacto y es tan profundo que ni la distancia ni el tiempo son capaz de borrarlos.

Así las estanterías se diversifican y clasifican cada acto de acuerdo a los sentimientos y emociones despertadas, y como los seres humanos tenemos la capacidad de sentir infinidad de emociones, algunas veces el desorden que impera en este recinto se hace complejo.

Por momentos la memoria por más buena voluntad que pongamos nos juega malas pasadas nos hace creer que todo está en orden, nos quedamos contentos, pero al caminar unos pasos podemos comprobar que hay recuerdos que lastiman, otros están borrados y algunos muy difusos.

El poder ordenar esta estantería tiene correlación directa con sentirnos bien aquí y ahora en este presente, para después poder navegar en los recuerdos, que algunas veces no son demasiado fiables porque están adornados con los condimentos de la imaginación y la fantasía.

Al bucear por las profundidades, se puede ver que aquellos recuerdos que fueron muy dolorosos como la partida de un ser querido, con el tiempo luego de pasado el duelo ya lo podemos enfrentar de otra manera.

Al tropezarnos con los nacimientos de nuestros hijos, sobrinos o seres queridos, nos vemos abrazados por la ternura, por la vida misma que nos sonríe y da una palmada.

El amor una estantería repleta de sentimientos desde los más gratos a los más adversos, sin embargo un pilar para iluminar nuestros días a través de sus distintas apariciones. Cuando amamos nos entregamos plenamente y en consecuencia somos capaces de dar todo aún en los momentos más difíciles.

Las diversas estanterías componen nuestra memoria, lo importante es poder aceptar cada recuerdo y darle el lugar que le corresponda, para continuar el viaje con la menor carga posible, libres y entusiastas, enriquecidos por lo vivido.

La memoria repleta de estantes de recuerdos es la que nos conduce hasta este presente en el que transitamos a diario, es un importante vehículo que nos transporta en breves instantes a cualquier momento de nuestra vida

Andrea Calvete

domingo, 22 de mayo de 2016

UNA PRUEBA QUE SORTEAR

Cuentan que hace muchos años un velero se encontró meses a la deriva. Salió del Puertito del Buceo y un viento Pampero lo llevó muy lejos de la costa. La turbulencia rompió el pequeño equipo con el que Raimundo Altamiranda se comunicaba con tierra firme.

Así pasaron meses, lo buscaron barcos de Prefectura, amigos de Raimundo, pero parecía que se lo había tragado el mar. Se tejían historias, pero nadie sabía lo que realmente había pasado, eran meras conjeturas.

Raimundo pisaba los cincuenta largos, sus ojos claros iluminaban su cabello cubierto de canas, mientras su enorme sonrisa invitaba a todo el que lo conocía conversar con él. Un hombre desbordante de simpatía y bondad, aunque trabajaba de sol a sol, no le faltaba un minuto para escuchar o tomar un café con un amigo.

Como era una persona muy querida por todos, habían puesto especial esmero en encontrarlo pero la esperanza se esfumaba en la medida que los meses pasaban.

Seis meses después, Dionisio navegaba en altamar en su barco pesquero, de pronto divisó una pequeña embarcación, con un hombre tendido en el piso. De inmediato puso proa hacia él. Pasados unos minutos tomó contacto visual directo, no lo podía creer, era Raimundo con la ropa raída, el cabello y la barba larga, parecía haber aparecido desde una isla desierta en el medio de la nada.
Raimundo estaba acostado en el fondo del barco, con los ojos mirando al cielo, su expresión de bondad y generosidad permanecían intactas a pesar del cambio de rumbo y el periplo vivido.

Dionisio le ofreció ropa, un baño caliente y un buen plato de comida. Luego de entrar en calor Raimundo comenzó a contar su travesía. Seis meses lejos de casa en el mar perdido era mucho tiempo. Sin embargo, había algo que le había permitido sobrevivir, y era que a pesar de haber perdido el rumbo nunca se había desesperado, ni obsesionado con que iba morir, porque tenía la certeza que era una prueba que debería superar y así lo hizo confiado en algún momento regresaría.

De regreso, ya recuperado pensó: “Me aparté del camino no por voluntad propia, estos meses han sido un desafío de supervivencia, de poner a prueba mis ganas de superarme, de no darme por vencido, de ver lo bonita que es la vida a pesar de los momentos arduos que nos toquen sortear. Agradezco no haber perdido la fe, la esperanza y la ilusión de que sería capaz de regresar”.

Andrea Calvete