viernes, 29 de abril de 2016

REENCUENTROS

Los reencuentros tienen diferentes sabores, aromas, tonalidades pero el fondo significan el volver a ver a alguien que hacía tiempo no veíamos o quien no compartíamos una instancia, un momento, una vivencia.

Será grato si la persona con quien nos rencontramos, la dejamos de ver en buenos términos, de lo contrario quizás signifique un tropiezo o una sorpresa, porque era alguien que preferíamos no recordar.

Sin embargo, si esa persona o lugar ha tenido un importante significado en nuestra vida, quizás la primera reacción sea un brillo en la mirada, radiante como el sol. Posiblemente, la sonrisa ilumine nuestro rostro, y un destello de alegría se cuele por entre las rendijas, para sorprendernos e iluminarnos.

Un abrazo, o un beso quizás sea el nexo de unión entre esa persona que habíamos dejado de ver. En ese simple acto de brindar nuestra energía, en la que se manifiesta lo que sentimos, esa sensación de alegría por reencontrarnos, por estar juntos nuevamente.

Quizás les venga a la mente alguien que hace tiempo no ven, y que realmente ha dejado una huella, una marca importante en su vida, y que por alguna circunstancia se han distanciado. Por lo tanto, este el momento de llamarlo, de buscar el reencuentro.

Cuando uno crece entiende que “veinte años no es nada”, que “ es soplo la vida”, y entonces es inminente no dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.

Algunas veces nos obnubilamos y dejamos de ver que lo importante es aquí y ahora, en este presente que vuela y se desvanece, porque lo que pasó es parte de lo que somos no es posible revivirlo, y el futuro parte nuestros anhelos y deseos es bastante incierto, por lo tanto enfocarnos en el presente es primordial para poder aprovechar un día soleado, o un día de lluvia, o un paseo por el parque, por la rambla, por el centro, o por dónde les guste, pero disfrutarlo realmente.

Un posible reencuentro que nunca deberíamos descartar es con uno mismo. ¿Cuántas veces al detenernos y mirarnos al espejo nos desconocemos? ¿Les ha pasado alguna vez? Mirar una imagen que dista con lo que esperábamos o deseábamos, porque nos dejamos vencer por los tropiezos, las caídas, y quizás no nos sentimos con demasiadas fuerzas cómo para retomar la lucha.

Difícilmente podamos rencontrarnos con los demás si no lo hacemos con nosotros mismos. El rencontrarse con ese yo profundo requiere fortaleza, valentía de estar dispuestos a mirar y descubrir lo que no nos gusta, asumirlo e intentar de alguna forma revertirlo. Generalmente, corremos andamos de prisa, y no nos detenemos a mirar dónde nos aprieta el zapato, por miedo, por temor o por simple comodidad de seguir sin molestias. Pero lo que nos molesta no desaparece, en algún momento se hace presente y nos tira de las orejas.

Siento que los reencuentros no son meras coincidencias, existen razones, causas que nos han llevado de alguna manera a que se produzcan, quizás no seamos conscientes de ellas pero existen, y es muy importante descubrirlas y analizarlas. Aunque no faltará quien diga que el azar ha jugado a su favor, sin embargo estará quien piense que los lazos del destino han querido que se reencuentren.

Rencontrarse es volver a coincidir en un punto, en un pequeño instante, en un momento, en el que podemos volver a compartir, dialogar, y expresar todo lo que hacía mucho había quedado por algún motivo detenido, u olvidado.

Los encuentros suelen ser emotivos, porque despiertan nuestras más profundas sensaciones, los recuerdos pronto se conjugan con lo que sentimos al volver a tomar contacto, en una mezcla perfecta en que las emociones dicen presente.

Algunos recuentros requieren de valentía, fortaleza y paciencia, porque quien tiene que rencontrarse con el sufrimiento o el dolor y ya lo experimentado se le hará mucho más difícil asumirlo, ya es una experiencia aprendida, que nos ha marcado en forma negativa. Sin embargo, hay quien de los malos momentos aprende mucho, y aunque parezca una paradoja sale muy fortalecido. Es así que la sabiduría se adquiera luego de varios tropiezos y caídas, después de levantarse y volver a caer en reiteradas oportunidades.

Para los que crean en la existencia de otros planos, podrán rencontrarse con los seres queridos que han partido, desde luego no en la forma tradicional en ese verse cara a cara, sino a través de un espacio único y diferente para cada ser que lo pueda experimentar.

En el fondo la esencia de los reencuentros es que la distancia separa los cuerpos pero no los corazones. Lo que se cobija en el alma queda allí guardado con mucho cuidado, en ese atanor del ser, al resguardo del olvido, de lo que pueda dañarlo o resquebrajarlo.

Pueden ser mágicos e inmensos, delicados o etéreos, fugaces o eternos, simples o complejos, tiernos o funestos, serios o no tanto, pero todos ellos partes imborrables de lo que somos, fuimos y seremos.

Andrea Calvete

domingo, 17 de abril de 2016

LO QUE SE LLEVA EN EL CORAZÓN


Este músculo vital que alberga tantos sentimientos, es quien nos hace palpitar y llevar con nosotros lo que consideramos parte de nuestra esencia.

Si bien en él habitan nuestras penas, tristezas y sufrimientos, los sentimientos de amor y alegría son los que endulzan esos golpes que recibe, y a los que debe superarse día a día.

Algunas veces cansado y entristecido, parece que oprime el pecho y nos deja sin aire. Sin embargo, es fiel y leal, porque suele cobijar a todas aquellas personas que quisimos y dieron un significado a nuestra vida, y por más que pase el tiempo quedan allí como imborrables, viviendo en este pequeño espacio.

Luego de mucho andar, sabe de penas y alegrías, no le podemos ocultar nuestro estado de ánimo, nos conoce de memoria, y ante la mínima situación sabe cómo vamos a reaccionar.

El corazón lleva consigo:

Las noches de luna que aclaran nuestro camino, los amaneceres que nos ayudan a renacer cada día.

El abrazo fraterno y sincero de quien nos ha querido.

El beso que no hemos podido olvidar.

La caricia más suave, el suspiro más tierno, la mirada penetrante de quien nos ama de veras.

Las palabras sinceras y profundas.

Cada vivencia que nos permite crecer y avanzar.

Cada persona que hemos conocido y ha dejado algo de sí, también se ha llevado algo de nosotros.

En definitiva, su palpitar apasionado permite resguardar todo lo que conforma nuestra verdadera esencia, lo que somos y hacemos, lo que soñamos y anhelamos, y en lo que persistimos porque se haga realidad.


Andrea Calvete

martes, 12 de abril de 2016

TODO LLEGA EN SU DEBIDO MOMENTO

Lejos se encontraba de hallar la respuesta adecuada, cada paso le hacía notoria su lejanía con el conocimiento, infinito y lleno de vericuetos. Así de lo único que estaba segura era que conocía muy poco y que debía seguir profundizando.

Unos pasos más adelante Lucía respiró profundo, sintió que el aire oxigenaba sus pulmones, necesitaba aire fresco para renovar ese agotamiento que lo oprimía, que le dificultaba respirar.

Había andado una vida, leído, mirado, escuchado, sin embargo, en la medida que avanzaba se sentía más lejos de conocer, por eso antes de expresar alguna opinión lo pensaba tres veces por lo menos, porque era consciente que toda palabra disparada se echaba a andar sin retroceso.

Se había equivocado muchas veces, producto del camino andado, de las decisiones mal tomadas, de los miedos y dudas, del creer saber y a su vez estar lejos de conocer. Así el cúmulo de errores le habían enseñado a ser más prudente, menos arrogante y más humilde.

Parece mentira, pero lejos quedan la humildad y el conocimiento, cuando el ego se para soberbio y arrogante para mostrar sus dotes, entonces la vista se nubla y la cabeza no piensa, el corazón se desenfrena, y los instintos dominan irrefutables. Aunque a esta altura, Lucía sabía de encantos y desencantos, de blancos y negros, de amores y desamores.

Si bien se hacía más difuso el hecho de alcanzar el conocimiento, había una sensación que lo acompañaba y era el saber esperar, luego de mucho andado, sabía que nada ocurría por casualidad, a la larga o a la corta todo tenía un porqué, sólo era cuestión de descubrirlo.

Aunque algunos porqué no terminaban de cerrarle, por más que le había buscada respuesta, estas no llegaban, ni siquiera se asomaban. Lucía por momentos pensaba: “No llego a ver los porqué, seguramente porque estoy lejos de asimilarlos” y casi resignado decía: “Ya aparecerán”.

Una mañana su habitación se cubrió de una extraña luz que entraba por la ventana, había acabado de llover, los verdes esmeraldas se colaban por las rendijas con notas del sol que quiere aparecer por entre las nubes. Una extraña sensación hizo que se incorpora en su cama, no sabía si estaba soñando o viviendo algo nunca visto.

Ya más tranquila, sentada miró complacida la luz que entraba, se dejó llevar por la hermosura de sus colores, y escuchó un mensaje, no sabía de dónde provenía, lo que sí supo después era que muchos de esos porqué habían desaparecido.

Si bien muchas preguntas habían sido develadas, quedaban muchas por contestar, sólo que ahora caminaba confiada e ilusionada en que todo llegaba a su debido tiempo, sólo es cuestión de seguir andando con fe y esperanza.

Andrea Calvete

jueves, 7 de abril de 2016

¿QUIÉN NO HA PERDIDO EL RUMBO ALGUNA VEZ?

Voces que ya no se escuchan, sonidos que se alejan, tiempos que se olvidan son parte de lo que fue y se ha ido. De lo que pudo ser y no fue, de lo que tuvo que ser. Así transcurre la vida, entre lo que pasó y pasa, entre ese presente continuo y ese pasado que marca con ligera pisada el camino.

Un ramillete de oportunidades se presentan a diario, del mismo modo varias piedras obstaculizan el paso. Pero no hay peor piedra que uno mismo, cuando nos interponemos en ese camino y nos quedamos trancados sin saber para donde arrancar.

¿Cuántas veces perdemos el rumbo?, ¿cuántas veces nos desconocemos a nosotros mismos?, ¿cuántas interrogantes que nos sacan el sueño?, preguntas que frecuentemente se instalan sin pedir permiso, pero están allí haciéndonos frente. ¿Por qué nos enfrentan?, ¿Por qué nos interrogan?

El poder tomar el rumbo, el dar respuesta a estas preguntas, depende de cada uno, del momento que transitamos, de la fuerza de voluntad, del estado de ánimo y de las ganas de salir adelante que pongamos en cada pequeño intento por avanzar y no estancarnos.

Parte de no estancarse es aceptar. Sin embargo, aceptar no es sinónimo de resignarse, por el contrario es tener claro lo que no es posible y lo que si puede ser. El abanico de oportunidades es amplio, está en ser paciente y ver cuál es la que mejor para cada uno de nosotros.

Quien desespera no llega a buen puerto, porque “piano piano si va lontano”, y con esa calma la paciencia es un elemento fundamental para equilibrar nuestros días y llegar hasta dónde nos propongamos, con entereza y fortaleza, con humildad y fe.

La entereza y la fortaleza son parte de que no nos destruya el primer viento fuerte. La humildad el brillo que debe alumbrar el camino para que el ego no nos opaque y enceguezca. Por último, la fe en que es posible lo que anhelamos.

Perder el rumbo implica desviarse hacia un camino no previsto, en el que sin darnos cuenta nos alejamos de lo que somos, de esa esencia misma que nos sostiene, porque por alguna razón necesitamos tomar distancia y experimentar nuevas sensaciones, aunque en definitiva no sean las mejores.

Perder el rumbo es algo que sucede a menudo, lo importante es poder retomarlo fortalecidos, con paciencia, esperanza, con la mente abierta al cambio, porque la vida en sí es puro devenir.

Andrea Calvete

domingo, 3 de abril de 2016

COMPARTIR ES VIVIR

Las preguntas asaltaban los minutos, los segundos eran interceptados por interrogantes, así las palabras sentían el apremio de dar respuestas, aún cuando ellas todavía no habían llegado.

El segundero marcaba con ahínco el ritmo del tiempo, mientras una gota que perdía de la canilla de la cocina sonaba monótona y continua. En esa atmósfera cargada de presión el tiempo transcurría es búsqueda de respuestas.

¿Pero por qué no llegaban, acaso había algún pendiente por cumplir las detenía? Posiblemente, lo que se debió hacer y no se hizo fuera parte importante para que los minutos se tornaran sofocantes y nocivos.

Algunas veces en forma de recuerdos, otras como sueños, surgen aquellas cosas que debimos llevar a cabo, pero finalmente quedaron sin efectuarse. El cerebro es inminente a la hora de cobrar factura, tarde o temprano se enciende una luz roja que anuncia el cortocircuito, ese cable que falló y no permitió que todo saliera según lo previsto.

Sin embargo, lo que ya no pudo ser no tiene sentido seguir ocupando preocupación y desvelos, sí podemos centrarnos en cómo seguir el camino de ahora en más. El pasado es un tiempo del que podemos aprender mucho, pero al que inexorablemente no podemos regresar.

Desde luego que con los recuerdos, la memoria y la imaginación podemos llegar hasta donde queramos en el tiempo. Sin embargo, el hecho de quedarnos estancados en el pasado no un buen consejero, porque la vida continúa sin descanso.

No siempre es posible llegar a los rincones más húmedos, lejanos y perdidos, la memoria suele jugarnos en contra y distorsionar a “piacere” lo que recordamos casi convencidos que fue así. El recuerdo se adereza de sentimientos, de condimentos que la imaginación agrega, entonces difícilmente sean del todo fiables.

Sin embargo, hoy a Martín le resultaba muy difícil encontrar esa infinidad de respuestas que lo perseguían y acechaban, en su cabeza estaba aún todo muy confuso, debería fortalecerse para poder pensar con mayor claridad lo que estaba viviendo, para después zambullirse en sus profundidades más íntimas y lejanas.

La gota que caí lenta y monótona, no dejaba de sonar en la cabeza de Martín que hallaba en ese sonido una sensación peculiar, que lo molestaba y perturbaba. Entonces se paró y si dirigió hasta ese grifo para ver si podía cerrarlo en forma definitiva, y lo logró.

Entonces volvió a sentarse en un sillón de hamaca que tenía frente a un ventanal por el que entraba mucha luz. Más tranquilo se balanceó sobre él, se cebó un mate y escucho el trinar de unos pájaros que alegremente rompían el silencio de la mañana.

Así Martín logró romper su propio silencio, hacía mucho tiempo que no dejaba entrar a nadie a su ser más profundo, ni a el mismo. Así se dio cuenta lo solo que estaba, y se sorprendió en un adorno de cobre cercano que reflejaba su imagen. Lo que vio no le gustó, un hombre con el seño muy fruncido y con los ojos llenos de tristeza.

Inmediatamente, abrió la ventana respiró profundo, y decidió llamar a su hermano, con el que hacía mucho tiempo no se comunicaba, para conversar cara a cara y contarle por qué la tristeza había invadido su corazón. Antes de marcar el número pensó: “Si comparto con alguien que quiero lo que me duele, posiblemente me sienta más aliviado y también reciba apoyo y consuelo. El omitir que un problema existe, no es buscarle una solución. Compartir es vivir".

Andrea Calvete