martes, 22 de marzo de 2016

EL BAÚL DE LOS DESENGAÑOS

Los desengaños forman parte de un baúl enorme, pero afortunadamente, siempre existe una mano amiga que se brinda solidaria, fraternal y comprensiva, ante un desengaño. Porque aún en los peores momentos surge una luz, aunque la oscuridad inunde nuestro cuerpo.

Como somos seres imperfectos es imposible brindarnos sin en el fondo esperar aunque sea una simple sonrisa de agradecimiento, o una mirada de cariño, es parte de nuestra naturaleza.

Parte de los desengaños se disparan porque ponemos falsas expectativas en alguien, deseos que están en nuestras mentes, pero que en realidad no son obra de la persona con la que tratamos. Simplemente, nuestra imaginación y expectativa son las que nos hacen verlas en forma equivocada.

Asimismo, es muy común esperar reacciones de otras personas similares a las nuestras, cosa que es muy difícil. No todos los seres humanos reaccionamos de igual manera ante las distintas situaciones, por más que existen patrones comunes en determinadas circunstancias, también se dan las excepciones a las reglas.

Por otra parte, vivimos en mundo cada vez más individualista, en el que los demás forman una pequeña parte de nuestras vivencias, lo que trae aparejado comportamientos que no condicen con lo que esperaríamos frente a circunstancias en la que necesitamos una mano amiga.

Las vivencias nos traen aparejados una infinidad de situaciones, de las cuales si bien sufrimos, aprendemos y nos nutrimos, a la vez que nos afirmamos en nuestras decisiones.

Aunque al hablar de desengaños, solemos pensar en los que provienen de situaciones amorosas, pero también están los producidos por cualquier persona que nos desilusiona con su forma de obrar y proceder porque la imagen que da es muy distinta a la pensamos o creímos.

Un baúl que a lo largo del tiempo acumula situaciones amargas, pero que en el fondo todos intentamos poner un candado para que pronto permanezcan allí encerradas como parte de lo que nos ha tocado vivir en busca de sobreponernos de modo continuar el camino. Los desengaños suelen inundar el alma de dolor, de sufrimiento, y es así que día a día nos tropezamos con numerosas víctimas que caen por su culpa.

Y según el cantautor español Joaquín Sabina “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Y en este caso el desengaño pega por partida doble, primero porque la situación nunca tuvo lugar y segundo porque seguramente la añoremos porque sea imposible e inviable, a si que quien anhele lo que nunca podrá alcanzar vivirá tras una búsqueda imposible que le dejará en la boca el sabor similar al desengaño más duro.

Por su puesto, a lo largo de la vida todos en alguna medida los hemos enfrentado, y seguramente los seguiremos haciendo, quizás a medida que pase el tiempo no en forma tan asidua, pues los años son hábiles maestros que nos enseñan que no es oro todo lo que brilla, y que las personas somos seres con defectos y virtudes, no máquinas perfectas. Aunque existe un dicho que dice “sabiduría y desengaños, aumentan con los años”.

Y ante la presencia de personas que nos brindan su afecto, su cariño, su ayuda, el dolor comienza a amainar porque descubrimos que un tropezón no significa caída, y que nos seguiremos cayendo tantas veces como sea necesario, pero siempre encontraremos un amigo, un compañero, un familiar que nos brindará su solidaridad, tras la búsqueda de que en nuestro rostro vuelva a aparecer una sonrisa.

Finalmente, los desengaños no pueden opacar nuestra existencia, por el contrario deben formar parte de lo que fuimos y somos para crecer como individuos, pero nunca para dejarnos inmovilizados en el mismo lugar, o hundirnos en nuestra propia tristeza. Por eso “cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír”.

Andrea Calvete

domingo, 20 de marzo de 2016

LA PUERTA QUE NUNCA SE CIERRA

Más lejos o más cerca, tocamos esa puerta que nos conduce hacia nuestro yo más profundo. Por momentos cercana y en ocasiones tan lejana que al mirar nos sentimos perplejos y confundidos.

¡Qué extraña contradicción conocernos y desconocernos al mismo tiempo! Una verdadera paradoja tras la que caminamos para desnudarnos y sincerarnos con nosotros mismos.

Es más sencillo ver lo que nos gratifica, lo que no duele, lo que no pesa, que aquello que realmente significa una molestia o una arista que pulir, pues ellas suelen ser doloras y punzantes, lastiman laboriosamente con sus puntas para llegar a esos rinconcitos que quisiéramos dejar olvidados.

Pero no es fácil olvidar o reprimir lo que está a nivel inconsciente, a la larga o a la corta se manifiesta de algún modo, en un sueño, en un pensamiento, o en un simple recuerdo.

Para ver realmente quienes somos debemos ser valientes y fuertes para enfrentarnos con lo que nos disgusta de nosotros mismos, Y no hay que hacerse trampa al solitario, hay mucho que quisiéramos cambiar pero no podemos por diferentes motivos.

El primer paso es aceptar lo que no nos gusta, es parte de allanar el camino, luego un minucioso análisis de las posibilidades de cambiar, crecer o tomar otro rumbo. Aunque no todo es tan sencillo, además del blanco y el negro, existen múltiples matices.

Aunque la mayoría de las soluciones están en nuestras manos, hay un pequeño porcentaje que escapa a nuestras decisiones, pues un personaje llamado destino suele aparecer sin demasiadas explicaciones, simplemente se presenta y allí lo enfrentamos, de la mejor manera que podemos.

Lo que nos depara el destino escapa a todo cálculo o pensamiento, sin embargo quien en su mochila cargue optimismo, buen humor y alegría, lo enfrentará de mejor manera.

Quizás en ese bolso, que es el equipaje que vamos adquiriendo en el camino, debamos hacer lugar para los gratos recuerdos, esos que nos iluminan el día, que nos sacaron una sonrisa, o nos hicieron vibrar muy fuerte, o emocionar como pocas veces, Estos elementos son energía vital para nuestros días, y con esto no digo quedarnos en el pasado, sino tomar de él lo mejor y guardarlo en el corazón.

Generalmente, lo que ha quedado depositado en atanor del alma suele ser llama viva para que nuestro motor funcione y no se paralice. Palpitan  en nosotros nuestros seres queridos, los que están y los que se fueron, los que han dejado huella, los que han logrado despertar lo mejor de nosotros mismos.

Lejos o cerca de esa puerta que nos conduce a ese yo interior caminamos, algunos descalzos, indefensos, otros dolidos o traicionados, otros alegres y ansiosos, otros preparados y atentos. Sin embargo, cada cual a su modo, todos transitamos esa senda del conocimiento interno y del mundo que nos rodea, a no detenernos y a respirar profundo que el camino continúa.

Andrea Calvete





domingo, 13 de marzo de 2016

REFLEJOS DEL ALMA

El sol reflejaba en el mar, las olas blancas rompían suavemente en la orilla. Las gaviotas danzaban alegremente en busca alimento, los primeros pescadores ya habían desembarcado de sus pequeños botes rojos. Su alma se espejaba en el agua que tocaba sus pies.

Desde pequeño Pedro iba a esta playa, había crecido en este pueblo de pescadores, aunque el era artista plástico. Su padre y abuelo pescadores también le habían enseñado el oficio, pero lo suyo era pintar, crear, colorear, expresar lo que llegaba desde su ser más profundo, así como todo lo que lo rodeaba e inspiraba.

Hoy se había producido un verdadero milagro, Pedro había visto reflejada la imagen de su alma en la verde y transparente agua. Pensó: “Estoy alucinando, porque no soy yo a quien veo”. Sin embargo, absorto en silencio observó maravillado e intentó descifrar lo que veía.

Comenzó a ver gamas de azules y algunas tonalidades cálidas que gradualmente se iban intensificando, aparecían salpicados el amarillo, naranja y rojo. Sin querer, no pudo con su oficio lo traía en la sangre, por lo que comenzó a interpretar los colores y formas de su alma.

Pedro sabía que los azules correspondían a esa cercanía que tenía con el cielo y el mar, colores que lo llevaban a elevarse y a reflexionar en forma permanente. Mientras que los tonos cálidos sinónimos de fuerza, pasión e intuición, estaban relacionados con esa energía con la que encaraba la vida y su exquisita creatividad.

Respecto a la forma las líneas curvas predominaban dado su carácter afable y cálido, aunque por momentos algunas líneas rectas se presentaban mostrando que había sido un hombre de bien en su proceder. De algo estaba seguro, se podía haber equivocado muchas veces, pero no en forma intencional.

Sin darse cuenta, los colores y formas se fueron esfumando, y apareció un rostro en el que las primeras arrugas dibujaban los años, algunas canas brillaban cerca de las patillas, sus ojos celestes y transparentes mostraban su ser sin tapujos.

Una extraña sensación invadió a Pedro, era su rostro el que se reflejaba ahora, él no había tomado conciencia que ya pisaba los cuarenta, se sentía joven y lleno de vida. Entonces comenzó a andar hacia atrás, década tras década, recordó diversos momentos, algunos mágicos, otros dolorosos y algunos que ni siquiera merecía la pena conservar.

Así se sintió reconfortado, al ver que el paso de los años había tallado en él a un hombre que amaba la vida, en el que había aprendido a trascender lo superfluo para quedarse con lo que realmente era imprescindible en su camino.

En ese recorrido, pudo ver a las personas que había amado profundamente, algunas habían desaparecido físicamente, sin embargo, todas seguían en su corazón. Para él amor en cualquiera de sus formas era un privilegio que lo llenaba de gratitud, alegría y esperanza.

Respiró profundo, miró ese mar cargado de magia y dijo: “Gracias a la vida, por este día en el que podido llegado a ver mi yo más profundo. Sé que tengo mucho por cambiar, pero también por caminar”.

Andrea Calvete

miércoles, 2 de marzo de 2016

LA ROSA DE LOS VIENTOS


Las horas transcurrían monótonas, adormecidas por la rutina, por los problemas que parecían acumularse día a día. Sin embargo, la rosa de los vientos indicaba que el viento cambiaría. Había destello de luz en la flor de lis que señalaba el norte.

Hacía mucho tiempo que había perdido literalmente el norte, deambulaba por la vida sin que nada le motivara demasiado, o fuera capaz de incentivarla, el “me da igual” era una frase repetitiva e incorporada en los días de Martina.

¿Qué había motivado esa apatía, esa falta de ganas, ese poco entusiasmo? Había pasado mucho tiempo ya, todo se volvía más confuso y entreverado, quizás lo que había sido un pequeño problema se había convertido en una gran bola de nieve.

Con la mirada clavada en la nada, Martina quedó ausente con el brillo de aquella flor de lis impregnado en su alma. Era una señal que había llegado a su corazón cansado y herido, que le auguraba esperanza.

La fe había sido resquebrajada por distintos episodios que se habían tropezado en su camino. Sin embargo, en su yo más íntimo existía el deseo de superarse, de no dejarse vencer, de recuperar el tiempo perdido, de volver a creer, de sentirse viva.

De pronto, la risa de unos jóvenes adolescentes la trasladó a una de las más maravillosas etapas de su vida, a esa época en que todo era risa, alegría, a un mundo lleno de ilusiones. En seguida volvió en sí y miró llena de satisfacción a estos jóvenes que mostraban el entusiasmo del que recién empieza.

Pasados unos minutos, respiró profundo se impregnó de la maravillosa energía que la juventud irradiaba, se vistió de buen humor, y colocó una sonrisa en su cara para dirigirse hasta el portón de su patio. Hacía mucho tiempo que no lograba abrirlo, era el momento de salir y andar, de caerse y tropezar, de levantarse y empezar de nuevo, porque aún estaba viva.

“No hay peor batalla que la que no se pelea” se dijo Martina, entonces con la flor de lis colgada en su pecho se sintió protegida, como si su alma hubiese vuelto al cuerpo. Con esa sensación de ánimo renovado salió nuevamente a la vida que la esperaba con muchos desafíos por andar y mucho por aprender.

La vida es un enorme árbol, que comienza siendo una pequeña semilla. Para que el árbol se sostenga hay que regarlo con esmero e ilusión, con amor y pasión, con paciencia y tolerancia, para que pronto esas raíces se hagan profundas y firmes, para que el primer viento fuerte que pase no tumbe sus ramas.

La rosa de los vientos señalaba vientos favorables a Martina, era hora de aprovecharlos, de no dejarlos pasar, de regar con ilusión  y aire renovado ese árbol, para resurgir como el ave fénix de las cenizas.

Andrea Calvete