miércoles, 17 de febrero de 2016

LA BAHÍA MÁS BELLA DEL MUNDO

El cielo encapotado, cargado de espesas nubes era el marco perfecto para un mar turquesa oscuro en el que olas inmensas rompían en los acantilados. Ragnar con su mirada clara y profunda podía volar más allá de lo visible.

¿Cuántas veces es posible volar más allá de lo visible? Quizás, basta con dejar la mente andar para que se dispare un mundo de posibilidades.

Con sus ojos clavados en el horizonte el rey de los Vikingos, Ragnar, observaba el mar embravecido e intentaba escuchar a Odín, dios de los guerreros y de la sabiduría, líder de las almas.

Odín sabía que una fuerte tormenta o un mar lleno de furia lograrían llegar a Ragnar para transmitir su designio, sólo era cuestión de paciencia.

Su largo pelo rubio trenzado y su piel curtida por el frío hacían resaltar los claros ojos verdes de Ragnar, quien esperaba ansioso el mensaje de Odín. Mientras las horas pasaban algunos rituales se llevaban a cabo en el pueblo.

Los rituales son parte de lo que diariamente hacemos, de esas costumbres que conforman nuestro vivir. Algunas veces lo transmitimos a nuestros seres más queridos sin darnos cuentas. De allí que generación tras generación se repiten “ciertas costumbres” que son parte de un grupo o familia.

Si bien los vinkingos eran politeístas, Odín era uno de sus principales referentes a la hora de conquistar territorios, o simplemente no perder el suyo. Allá por el siglo IX la lucha por reinados y territorios era pan de todos los días.

De pronto, un rayo que cayó en las cercanías. Era hora de partir, de arraigarse en nuevas tierras, su pueblo padecería hambre, miseria y vería correr la sangre si desobedecía las profecías que esta luz misteriosa había hecho llegar a Ragnar.

Los dioses solían comunicarse con sus habitantes a través de manifestaciones climatológicas. Así las tormentas, los vientos, las lluvias, o las sequías traían un mensaje, como hoy en día cuando con nuestro accionar provocamos a la madre naturaleza y la destruimos a través de la contaminación.

Rápidamente, Ragnar reunió a su gente y les explicó que debían partir cuanto antes. El dolor se clavó en su corazón como una daga pues sabía que en esas tierras quedarían los más ancianos que ya no estaban en edad de trasladarse. Entonces pensó: “Debo encontrar un lugar para que puedan marchar con tranquilidad a Valhalla”.

Es maravilloso pensar que doce siglos atrás, ya los pobladores más añejos gozaban de un gran prestigio e importancia, pues eran transmisores de sabiduría y conocimientos vitales para los más jóvenes en cualquiera de sus emprendimientos.

A lo largo de la historia de la Humanidad según las diferentes religiones o creencias, las personas han buscado un lugar para que descansen sus almas, según la mitología nórdica ese sitio era Valhalla, un enorme y majestuoso salón situado en la ciudad de Asgard gobernada por Odín.

Ragnar, no podía perder tiempo, Odín había sido claro. Entonces, cabalgó hasta la cima de una montaña y allí vio una gran cueva entre las rocas donde podrían alojarse los ancianos, había altas probabilidades de que sobrevivir al mal tiempo, como de proveerse de alimentos, pues a pocos metros un valle frondoso podría servir de sustento a sus necesidades.

Antes de partir, Ragnar Lodbrok invocó a Odín y le pidió protección para los ancianos voz de la sabiduría que debían quedarse en la montaña, así como para el pueblo que zarparía a tierras lejanas en busca de prosperidad.

Simbólicamente, Odín los acompañó durante toda la travesía a través de un águila que fue quien guió el recorrido. Siete días más tarde llegaron a tierra firme y se establecieron.

Cientos de barcos vikingos encallaron en la bahía donde la belleza y tranquilidad del lugar parecía como si hubiesen llegado a Vanhalla. Allí se asentaron por un tiempo, era hora de cultivar y establecerse, de quedar lejos de reinados que buscaran conquistarlos.

Estas tierras fueron el comienzo de un largo camino para un pueblo que entrelazó sus brazos fraternos para hallar la libertad necesaria en la que reinara la paz y la tolerancia para construir así la bahía más bella del mundo.

Andrea Calvete