lunes, 8 de febrero de 2016

ENIGMÁTICA ESTRELLA

El silencio de la noche y la clara luna le llevaron a ese rincón que no había querido transitar, a esa esquina llena asperezas, de aristas difíciles de pulir o moldear.

Un águila sobrevolaba la superficie y observaba atenta la fogata junto a la que se encontraba sentado Homero, un hombre al que la vida le había todo y, sin embargo, en poco tiempo parecía habérselo quitado de un plumazo. Actualmente sin trabajo, sin familia, estaba perdido, indefenso, por eso se había ido unos días a la montaña. 

En las alturas, sabía Homero que el espíritu se elevaba, que los problemas se veían con otra dimensión, pues la cercanía con el cielo y el silencio de la montaña eran propicios para encontrarse con uno mismo, así se lo repetía su padre noche tras noche en un pequeño cuento que le contaba antes de dormir. 

Su corazón estaba colmado de dolor, el enojo le había llevado a ser intolerante, impaciente y también insensato. Poco quedaba de aquel hombre que había sido un ejemplo para quien lo conocía. ¿Podía el fracaso, el dolor y la decepción, hundirlo tan hondo? 

El chisporrotear del fuego ausentó sus miedos, la calidez de las llamas permitió que abriera su corazón a la noche más estrellada que había podido observar en su vida. Sin darse se cuenta, se encontró absorto mirando a una estrella que brillaba diferente, centelleaba sin cesar. 

Con los ojos inmersos en esa enigmática estrella, sintió una sensación muy extraña y, poco después, una voz se presentó nítida y le dijo: “Homero estás perdido en tu dolor, eso te lleva a cerrarte cada vez más a las personas que te rodean y te quieren. Deja de lado lo ocurrido, y piensa en ayudar a quien te precisa, si te sientes útil volverás a ser el de siempre, no dejes que la amargura te coma el corazón”. 

Atónito, Homero bebió una taza de café y miró la fogata, no sabía de quien venía el mensaje, pero sí lo había entendido. Se sentía diferente, era como si luz hubiera entrado en su ser más oscuro. 

Algo cansado y confundido se durmió arropado en una manta de abrigo. A la mañana siguiente el primer rayo de sol se posó en su cara y lo despertó. Entonces se levantó, se lavó la cara en el río que quedaba a pocos metros, se preparó un café y marchó rumbo a su casa. Debía bajar la montaña, probablemente demoraría el día entero. 

A la tardecita llegó a su hogar, abrió las ventanas y con un aire renovado, hizo una lista de personas con las que se pondría en contacto, estaba seguro que alguno de ellos requería de su ayuda. 

Así sin darse cuenta, empezó a dar y dar, horas de trabajo de entrega y cariño a gente que tenía totalmente olvidada. De pronto, todo lo que dio volvió hacia él llenándole el corazón de alegría. Cuando quiso acordar, estaba trabajando nuevamente, y rodeado de amigos queridos que llenaban su alma. 

Salió al patio de su casa y miró al cielo, vio nuevamente a la misma estrella centelleando sobre su cabeza. Entonces dijo: “Gracias por tu consejo, me has devuelto a la vida, me has quitado la amargura que me cegaba”.

Andrea Calvete