lunes, 8 de junio de 2015

POCO Y NADA

A veces imaginamos, prevemos, y olvidamos que existe un plan, del que somos parte, pero al que desconocemos. De pronto, suceden determinados hechos y al mirar en perspectiva no podemos salir del asombro, ¿qué es lo que estamos viviendo, por qué no puedo hacer nada por cambiarlo?

Sin embargo, poco nos sorprende o desilusiona a cierta altura de la vida. Aunque el sufrimiento de un ser querido es algo que desespera, logra sacarnos de nuestro yo más armónico, con ese sabor a desilusión y amargura que impera, cuando es poco y casi nada lo que podemos hacer.

Poco y nada, que palabras desgraciadas, infelices, sin gracia, ni vigor, desprolijas y venidas a menos. Así son ellas, dos vocablos que no estimulan en lo más mínimo, por el contrario saben a escasez, pobreza y desencanto.

El hacer poco y nada, porque la misma vida así lo ha dispuesto, nos deja sentados en una silla mientras ocurre todo aquello que quisiéramos cambiar y sin embargo, sucede muy a nuestro pesar.

Placentera ha de ser la sensación de hacer poco y nada cuando así lo decidimos, pero cuando no es por decisión propia, queda cercenada nuestra libertad de acción, apuñalado nuestro accionar como por la espalda.

Sin embargo, en ese poco y nada uno se juega hasta la última gota de sacrificio, se empuja y empuja, con la voluntad de mover una montaña, eso es en definitiva lo que importa, la intención que pongamos en cada acto, que lo alcancemos o no será otro capítulo a resolver mañana.

Andrea Calvete