lunes, 29 de diciembre de 2014

LA SALIDA DE ELISA

Lentamente comenzó a andar, los ruidos se fueron desvaneciendo en la medida que se dejó guiar por los latidos de su corazón. Sensaciones de todo tipo se mezclaron a la espera de ser tomadas de la mano, pero Elisa había decido llevar consigo sólo las que pudieran ser de utilidad.

Así dejó atrás, conjeturas, pensamientos ingratos, dolores profundos que le impedían respirar, ninguno de ellos le ayudarían en el viaje que acaba de emprender.

Había decido no aferrarse al pasado, ni a las búsquedas en situaciones que ya no tenían retroceso, todo eso lo único que generaba en ella era dolor, angustia y desazón.

Sorprendida hizo una pausa, sentía los aromas más potentes que nunca, los pájaros parecían anunciar con su trinar que era hora de un cambio.

De pronto, detuvo su paso y vio que la gente iba ensimismada cargada de problemas, contestaba el celular, al tiempo que tomaban de prisa el ómnibus y cargaban varios paquetes. Miró a su alrededor y le costó mucho ver dos personas riéndose. Pensó entonces que algo no estaba bien y no era sólo ella.

¿Qué ocurría porque todos corrían como si no les quedara tiempo?, ¿por qué los ceños permanecían fruncidos?, ¿los gritos se exacerbaban?, mientras tanto, los silencios se comprometían con los dedos y la visión de gente enajenada en su celular, que desatendía a sus hijos y a su pareja, quienes estaban allí a su lado como si no existieran, víctimas de phubbing, algo muy común en estos días.

Ella también formaba parte de esta descripción ingrata del diario vivir, sin embargo, había comprendido que ya no quería ser parte de esta vorágine era tiempo de cambio y de reconciliación consigo misma y su alrededor.

A Elisa le llevó mucho tiempo salir de su letargo, por momentos paradójicamente se sentía cómoda en aquel dolor que la invadía, al menos ese era un lugar seguro, aunque poco confortable.

Ya entrada en el camino, experimentó un gran alivio al ver que era capaz de moverse, la brisa comenzó a despeinar su largo pelo, y el sol a centellear en su sus ojos. Era hora de encontrar la salida a aquella situación que le había ocasionado tantos problemas, aunque no la veía clara, sabía que existía e iba por buen rumbo, tarde o temprano la hallaría.