miércoles, 22 de octubre de 2014

¿SOMOS POR DENTRO, COMO SOMOS POR FUERA?

La imagen que solemos percibir de una persona no siempre coincide con lo que realmente es. Del mismo modo, cada uno de nosotros da una imagen que quizás no sea la que en definitiva nos gustaría transmitir.

¿Dónde radica el problema de que no haya coincidencia entre lo que aparentamos o realmente somos?

En realidad lo que se ve, lo que nos describe, está estrechamente relacionado con cómo somos por dentro, con los valores que nos sustentan. Nuestro ser se construye desde allí, desde esos conceptos e ideas que nos identifican como personas únicas e irrepetibles, como seres compuestos por el cuerpo y el alma.

Lo que hemos vivido, esas vivencias que nos han marcado son parte de lo que se refleja en esa imagen que proyectamos al mundo.

Sin embargo, las personas somos bastante complejas, y nos lleva mucho tiempo ponernos de acuerdo con lo que sentimos y pensamos, con nuestras contradicciones y desafíos, con nuestros miedos, dudas y sombras, con nuestros claros y oscuros.

La dualidad es parte del conocernos y aceptar a los demás, en esa puja del bien con el mal, de lo femenino con lo masculino, de ser y no ser, que se contraponen y enfrentan, para que podamos lograr encontrar nuestro propio equilibrio.

El conocerse a sí mismo, requiere de una búsqueda personal importante, y no todos la hacemos en la misma etapa de la vida. Algunas personas llevan muchos años corriendo tras ese encuentro, otras sienten que es un camino que hay que transitarlo día a día, pero lo cierto es que todos buscamos lo más íntimo, lo más interno de algún modo.

Probablemente nuestra vestimenta, nuestro corte de pelo, los colores de la ropa expresen gran parte de eso que aún no somos conscientes y que está muy dentro.

Muchas veces colocamos etiquetas fácilmente, estigmatizamos a una persona por como luce, porque a simple vista no sigue los patrones estándar, sin cuestionarnos antes una simple pregunta: ¿Qué nos da derecho a juzgar con tanta facilidad?

Las manzanas más rojas, apetitosas y tentadoras, suelen sorprendernos cuando en su interior encontramos un pequeño gusano que la ha empezado a estropear.

El ser humano al igual que las frutas, algunas veces muestra una imagen que luego al conocerlo en profundidad nos llevamos una sorpresa, porque como dice un viejo refrán: “no es todo oro cuanto brilla”

Cuando conocemos a alguien entran en juego las expectativas que ponemos, la predisposición a descubrir sólo ciertas características, o simplemente dejarnos llevar por las apariencias. También el camino del conocimiento real de alguien, conlleva tiempo, relacionamiento, tolerancia, respeto y apertura al diálogo.

Y de regreso con esos valores, pensamientos o posturas que nos caracterizan, en la medida que transcurren los años podemos ir cambiando la perspectiva. Seguramente, si miramos desde la comodidad, confort y alegría las situaciones se perciban de un modo muy distinto que cuando nos paramos desde el dolor y sufrimiento.

Un gran desafío para cualquier persona es actuar como se piensa sin que haya contradicciones. Posiblemente desde la mejor buena voluntad todos aspiremos a esto, pero al llevarlo a la práctica suele suceder que los ideales, los mejores sentimientos, se vean tentados por las pasiones humanas que en todos habitan.

Y la pregunta ¿Somos por dentro igual que por fuera?, en realidad tiene una suerte de paralelismo con poner una obra de teatro en escena, la fidelidad de la representación en las tablas dependerá de lo que cada uno esté dispuesto a mostrar o a dejar ver, y al mismo tiempo descubrir de los demás. Está íntimamente relacionada con lo sinceros que queramos ser con nosotros mismos.

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, del mismo modo si al pararnos frente al espejo la imagen que vemos reflejada no es la que esperamos, entonces se genera un gran conflicto personal, en el que primero hay que conocerse para luego aceptarse como se es, y si no cambiar lo que se pueda.

La aceptación personal está netamente relacionada al concepto de autoestima, que se adquiere en los primeros años de vida, junto a la familia, a los educadores, son ellos los que nos ayudan a formar esa imagen que cada uno tiene que tener de sí mismo, desde el conocimiento y la búsqueda para poder ser personas libres a la hora de pensar y decidir.

Una autoestima adecuada nos permitirá enfrentar la vida con optimismo, en sano equilibrio emocional, de modo que será posible utilizar todas las herramientas que disponemos para abrirnos paso en la vida.

La imagen que alcanzamos a ver en ese espejo que refleja la vida varía de acuerdo a las experiencias personales, la personalidad, y el toque subjetivo que dan nuestro cerebro y alma.

Asimismo, todo ser humano tiene sus contradicciones propias, a ellas debemos sumar las de quienes nos rodean. Y como cada día es un comienzo nuevo, es importante aceptar ¿quiénes somos y qué queremos?

Quizás, el desnudarse y mirarse a un espejo sin tapujos, sin ropas que incomoden o aprieten, no sea un ejercicio sencillo, dada nuestra educación, nuestros preconceptos, o simplemente el no querer ver algo que no estamos dispuestos a asumir. El encuentro con uno mismo es algo que si bien es necesario, y requiere de una importante labor de introspección, no es sencillo de lograr, porque conlleva estar dispuestos a enfrentar una serie de desafíos.

El pararnos a conversar con nuestros defectos, nuestras fallas, nuestros relatos más íntimos, es una tarea complicada, que nos hace reconocer y ver lo que nos duele. Es siempre más sencillo ver las virtudes, las cosas positivas que tenemos, ya que lo negativo encierra de por si aceptar una negación, y ya allí comienza el primer problema, y es reconocer lo que no somos… y habrá tantas cosas que no somos y que sí esperamos o soñamos ser.

Quizás un gran desafío que tengamos por delante sea trabajar para que coincidan esa imagen, esa apariencia con nuestro ser más profundo, para poder ser auténticos con nosotros mismos y con los demás.