domingo, 13 de abril de 2014

ORDEN Y DESORDEN: ¿SE CONTRAPONEN O COMPLEMENTAN?

El desorden en un señor que habita en los cajones, roperos, estantes, trabajos, en los días… en la vida misma. Es parte de ese Universo en el que reina la armonía, el orden, pero también contraviene el caos.

Hay muchas personas que en forma innata son sumamente ordenadas en todo lo que hacen, desde sus tareas domésticas, sus estanterías hasta su trabajo metódico y meticuloso. Otras sin embargo, más bohemias hacen caso omiso a los horarios a rajatabla, al orden en sus comidas o en su vida personal.

Más allá de las apreciaciones personales, es claro que lo que le da resultado a una persona para vivir en forma armónica no es lo mismo para otra, entonces ese orden personal cada uno lo hallará en la medida que encuentre una forma de llevar su vida de la mejor manera.

Sin embargo, ciertos días todo se nos pierde, no parece estar en su sitio y por más que busquemos no aparece, porque sin querer lo pusimos distraídos en un lugar que no era su sitio habitual, producto de nuestras preocupaciones y distracciones.

Algunas veces cuando me siento a mirar una película y al ver que se abre un cajón pienso: “No puede ser el orden que existe en esos cajones, ¿cómo hacen para que todo esté tan perfecto?”, e inmediatamente me digo: “bueno, es la magia del cine”.

Sin embargo, algunas veces mis placares o mi casa comienzan a desordenarse paulatinamente hasta que digo: “No puedo esperar un minuto más debo arreglar este desastre”, y confieso que no dura mucho tiempo arreglado porque en unos días se repite la misma situación.

Algunas veces al analizar porqué todo se desordena tan fácilmente, pienso en varios detalles: “Andamos apurados, queremos dejar todo pronto en pocos minutos, y cumplir con todo”, pero como dice el dicho “despacio que estoy apurado”, con prisa no se llega a ningún lado.

¿Por qué sentimos ese desorden interno?, ¿acaso no todo salió como preveíamos?, ¿buscamos donde no tenemos que buscar?, ¿esperamos soluciones en los demás y no en nosotros?, o ¿no somos capaces de sortear las dificultades con entereza y valentía?... y las preguntas podrían continuar a “piacere” personal.

Si bien los demás no son la solución a nuestros problemas, algunas veces son necesarios como escuchas, como esa caricia o palmada de apoyo, porque el cariño y comprensión de nuestros seres queridos es necesario e importante cuando buscamos profundizar en ese desorden en el que no sabemos ¿por dónde arrancar?

Por otra parte, esa tendencia a comprar “cosas útiles” para nuestro hogar, termina por ser un arma de doble filo, y en poco tiempo queda atestado cada rinconcito, lleno de cosas y quitándonos el poco oxígeno que nos rodea. Y al decirles esto tomo absoluta consciencia que hemos llegados desnudos al mundo y así nos iremos, ¡lástima que nos cuesta una vida entera entenderlo!

El desorden externo tiene mucha correlación con lo que pasa internamente en cada uno de nosotros, está relacionado con el desorden del alma, un lugar que por definición parecería protegido a salvo de todo, sin embargo es uno de los más vulnerables cuando no se está bien con uno mismo y con los demás.

La mayoría de las veces buscamos en las tiendas mercaderías tras una “mejor calidad de vida” u ordenando nuestros hogares. Sin embargo, lo que estamos buscando es ordenar lo que está muy desordenado por dentro, lo que nos preocupa y desvela, que nada tiene que ver con una prenda más o un electrodoméstico o celular de última generación, o una casa ordenada o pintada.

Evidentemente, se nos ha inculcado que el consumo es la “panacea de nuestra vida”, y mucho nos cuesta comprender entonces que no es allí que está la respuesta a lo que nos pasa adentro, a lo que nos desequilibra o desajusta.

Y se preguntarán ¿cómo encontrar orden en el alma?, la respuesta posiblemente nos lleve una vida, porque cada uno vive y experimenta una realidad totalmente diferente, en la que muchas situaciones resultan sumamente dolorosas, difíciles de aceptar, pero es parte del crecimiento personal y la superación.

La mayoría de las veces culpamos a los demás por todo lo que nos sale mal: “Si fracasamos con la pareja la culpa es del otro, si en el trabajo no salen las cosas como esperamos, si los hijos no hacen lo que deseamos, si el amigo no reacciona como quisiéramos…” y así podrían seguir los ejemplos y enumeraciones. Pero, lo cierto es que somos responsables de la mayoría de las cosas que nos suceden y no somos capaces de admitirlo.

Algunas veces es complicado descubrir las causas de los problemas o por qué se dan las situaciones, pero con el tiempo, a través de un análisis cuidadoso y reflexivo posiblemente encontremos muchas respuestas que a simple vista no alcanzábamos a ver.

Es más sencillo culpar que admitir errores, sin embargo es mucho más gratificante cuando comprendemos en qué nos hemos equivocado para revertir la situación que nos daña o aqueja. Como seres adultos somos responsables por cada uno de nuestros actos y decisiones, bien o mal tomadas, o más o menos, pero nuestras al fin y al cabo.

Mirarnos al espejo es uno de los trabajos más difíciles que nos toca realizar en la vida, porque la imagen que vemos no condice con la que esperábamos o deseábamos ver. Porque está lejos de alcanzar todo lo que soñamos y anhelamos o simplemente porque nos equivocamos y no es agradable admitirlo.

¿Por dónde empezar esa búsqueda? Por donde más te guste, por donde prefieras, la cuestión es sumergirse con valor, con fortaleza, dispuestos a ver y a enfrentar lo que nos disgusta, asumirlo e intentar transformarlo en la medida de nuestras posibilidades, quizás ocupándonos más de nosotros sin mirar la vereda ajena. Y con esto no quiero decir no ser solidarios, sino enfocarnos en lo que nos afecta a nosotros sin importar qué logró mi vecino o amigo.

Sin embargo, en el caos y desorden también han surgido grandes obras culturales que nos han maravillado a lo largo de los siglos, porque esos artistas lograron ver lo más bello, lo más inspirador en ese momento que en el que no encontraban salida, y lo trascendieron a través de una maravillosa obra, porque nada es permanente, ni el éxito, ni el fracaso, ni el dolor o la alegría, la vida se compone de instantes que se van sucediendo y fluyendo en forma permanente, lo importante es disfrutar de cada uno de ellos al máximo para aprender algo de cada uno.

Y aunque muchas veces nos dejamos arrastrar por el camino hedonista que nos lleva a consumir lo que no está escrito, hay sin embargo según Frei Betto “en el espíritu humano un profundo instinto de supervivencia que lo hace trascender a situaciones y épocas y reinventar el futuro”. (*)

Ese instinto para Frei Betto “ejerce una atracción irresistible en dirección a la esencia de nuestro ser, hacia lo más íntimo de uno mismo, y al rumbo de las estrellas, esos puntos de luz que encierran una escritura que, tal vez, nos pueda revelar la razón por la cual estamos aquí disfrutando de una vida que culmina en la muerte”. (*)

El desorden interno es parte de esa búsqueda esencial que hace el hombre, de encontrar un sentido a la vida, a este transitar hermoso pero a su vez complejo y contradictorio.

Finalmente, si estamos dispuestos a sumergirnos en ese interior posiblemente el orden y desorden se disipen, se enfrenten y se transformen, porque estaremos más cerca de un punto medio, de un equilibrio tan necesario para poder transitar en sintonía con quienes nos rodean y con nosotros mismos.

(*) "La obra del artista" Frei Betto