sábado, 22 de febrero de 2014

¿CUÁL ES LA MEJOR EDAD?

Preferencias y colores se hacen latentes, pero la respuesta a esta pregunta trasciende su explicación significativa, porque al momento de responderla seguramente aparezcan las barreras etarias que, como cualquier otro tipo de barrera, son obstáculos presentes en algunos tramos del camino. Aunque éstas suelen tener gran peso en determinadas ocasiones y se paran con astucia como enemigos al acecho.

Generalmente, cuando transitamos determinada etapa solemos compartir gustos, sentimientos y afinidades con personas que tienen nuestra misma edad, pero eso no significa que quienes que se encuentren en otra diferente no tengan mucho para compartir, aprender y enseñar.

El sistema social suele pararse frente a un currículum y discriminar sistemática y despiadadamente: porque la persona es joven y no tiene experiencia, porque por el contrario es de mediana edad y ya no es conveniente pagar un mejor sueldo, o porque está cerca de jubilarse y ya “se debe descartar”. Suenan crueles estas palabras, pero es lo que sucede frecuentemente al leer los avisos clasificados en busca de trabajo.

Sinceramente, no me molesta utilizar las palabras joven, maduro o viejo. Creo que son sustantivos que nombran la etapa que transitamos y de la que nos debemos sentirnos felices porque es la que estamos viviendo. Distinto es si menospreciamos a alguien porque es niño, joven o mayor. Todos nos debemos respeto unos a otros, somos tan imprescindibles como necesarios.

Lamentablemente nos enfrentamos a un mundo que tiende a desunirnos, ya que su competitividad implacable, su exigencia desmedida, hace que terminemos mirando con desconfianza hasta nuestra propia sombra. El sistema social actual nos insta a descartar fácilmente, rápidamente, todo es sustituible, pero las personas somos bastante más que este tipo de apreciaciones aplicables a los objetos, y hasta por allí no más.

Sin embargo, no debemos dejarnos abrumar por el sistema, basta mirar como fuimos educados, o como educamos a nuestros hijos, y veremos que provenimos de familias, donde los valores humanos son los pilares para sostenerlas e integrar el sistema social.

¿Qué enseñamos a nuestros hijos? ¿Qué nos han enseñado nuestros padres y abuelos? ¿Lo pensaron, buscaron? Si se remontan a su niñez, recordarán domingos en familia con mesas grandes, risas, festejos en los que se reunían hijos, padres, hermanos, primos y abuelos. Donde cada cuento, cada anécdota, era una experiencia que sumaba y aportaba, donde el olor de la comida casera quedaba impregnada en cada rinconcito de la casa.

Sin embargo, aunque muchos valores aún se conservan, corremos con algunas desventajas: falta de tiempo, familias divididas, separadas por la distancia, exceso de información y tecnología. Dentro de lo que no nos favorece surge la permanente invitación a consumir más, a mejor “precio y calidad” y, si analizamos las publicidades, en breves instantes encontramos productos únicos y fabulosos que “nos cambiarán la vida”.

Las brechas generacionales no son algo nuevo bajo el sol, pero ¿por qué se dan?, ¿por qué algunas veces en lugar de acortarse se agrandan?, ¿por qué nos separan los años, las experiencias, cuando por el contrario deberían unirnos para ampliar lo que somos? En realidad, estas preguntas son situaciones que solemos enfrentar porque nos cerramos a escuchar, a entender lo que le sucede al otro, a ponernos en su lugar, a establecer relaciones de alteridad.

Si retornáramos a la primera infancia, aparecerían imágenes con nuestros padres, abuelos, tíos o maestros, un cuento cálido narrado con amor, en el que quedaríamos absortos, enmudecidos, con el único fin de escuchar y atender aquello que nos contaban nuestros mayores.

Del mismo modo, ya siendo adultos, cuando un niño nos habla, despierta en nosotros toda nuestra atención, porque desde esa vocecita dulce llega un pedido, una pregunta, que suele dejarnos sorprendidos o maravillados.

Y el analizar las diferentes relaciones etarias conlleva mirar ¿dónde estamos parados?, ¿cuáles son nuestros valores, sueños, anhelos, intereses y preocupaciones? Seguramente, todos coincidamos en que pretendemos un mundo mejor, más equitativo, menos egoísta y más solidario, pero pocas veces comprendemos lo poco que hacemos para alcanzarlo.

Es necesario crear espacios de apertura a todas las franjas etarias: 1) A los más ancianos porque son la base de la pirámide sobre la que se sostienen nuestros conocimientos y experiencias, son la voz de la sabiduría. 2) A las personas de mediana edad, porque han pasado ya la mitad de su vida, su experiencia y energía pueden ser muy valiosas, y beneficiar a muchos. 3) Los jóvenes, esa energía desbordante, ese torbellino de entusiasmo y ganas, que llega cargado de vigor casi contagioso. 4) Los niños, que con su inocencia invaden con frescura y alegría, donde la risa suele ser un milagro constante.

Sin embargo, la mejor etapa será la que cada uno quiera recordar o atesorar en ese cálido refugio, donde flotan sus mejores momentos, esos que quedaron grabados en el corazón otorgándole oxígeno a la sangre y alegría a la vida.

Algo que no debemos olvidar es que la vida se ha prolongado en los seres humanos, producto de los adelantos tecnológicos y la información sobre cómo llevar a cabo una vida saludable, por lo que debemos trabajar para que todos tengamos cabida y posibilidades para disfrutar de esta extensión, con dignidad, sintiéndonos útiles e integrados.

Todas estas franjas tienen un punto de interconexión y acción, que aunque no lo visualicemos a primera vista existen, porque todos necesitamos los unos de los otros, no importa la edad que tengamos, cada ser humano es necesario, importante y suma desde su individualidad a ese colectivo que somos la humanidad.

Probablemente, si nos paramos en las distintas franjas etarias, los gustos sean diferentes, así como la forma de comunicarse, vestirse o expresarse, pero eso no debe ser un impedimento para interrelacionarse unos con otros, para compartir lo que piensan y sienten, desde el respeto y comprensión hacia el otro.

La vida pasa para todos, los años no se detienen, y si tenemos la oportunidad de llegar a viejos, y lo digo con mucho respeto, debemos vivir esta etapa con dignidad y con alegría. Cada arruga, cana o cicatriz es un recuerdo de lo fuimos y somos, forman parte de ese presente que todos merecemos vivir y disfrutar de la mejor manera, sin privaciones a nuestras necesidades básicas como personas.

Es importante para que estas barreras se atenúen, recordar que algún día fuimos niños, jóvenes, adultos… y que quienes tengamos el honor de llegar a viejos será porque la vida nos dio esa maravillosa oportunidad de transcurrir hacia esa instancia, por eso no la desaprovechemos, hagamos de cada momento un instante único e irrepetible, quizás sea una de las llaves para llevarnos mejor los unos con los otros.

En este siglo XXI de cambios, de oportunidades, de apertura de cabezas, es imprescindible concientizarnos que las brechas generacionales deben acortase, en esa búsqueda por crear eslabones de una gran cadena, en la que cada pieza es necesaria y útil, en la que todos merecemos igualdad de oportunidades e instancias de integración, sin excepción.

Si me preguntaran ¿cuál es la mejor edad?, les diría: esta, la que están viviendo hoy, aquí y ahora, el presente es el tiempo real, el que tenemos que atesorar y aprovechar al máximo, el que tenemos que compartir con todos los que nos rodean. Es aquí y ahora el momento de ser felices o al menos intentarlo, no hay peor tarea que la que no se emprende.

La mejor edad es aquella en la que logremos disfrutar de cada instante con intensidad, de cada aroma y sonido placentero, de cada silencio o espacio de vida, de cada gota de rocío, de cada amanecer… de cada caricia o beso, porque en este continuo devenir, nada permanece estático y nuestro ser es parte de ese cambio al que debemos adherirnos para disfrutar al máximo, a pesar de los pesares.