domingo, 23 de junio de 2013

¿QUÉ NOS RESULTA CURIOSO?

Día a día nos sorprendemos a través de situaciones, actos, vivencias, que nos toman por sorpresa, que nos hacen reflexionar, analizando que vivimos en mundo lleno de conocimientos, contradicciones, problemas, pero también con grandes desafíos por lograr, transmitir y alcanzar. Es así que entramos al mundo de las curiosidades.

Esas curiosidades, son las que nos atrapan en la pantalla de la televisión, en el monitor de la computadora, al que dedicamos muchas veces largas horas absortos con cierta información, que a su vez nos conduce a seguir analizando y descubriendo nuevas situaciones.

También, nos inducen a comprar un libro, a tomar un curso, iniciativas a realizar, caminos por descubrir, decisiones por tomar, como motores de nuestro diario vivir. Son esas alas que nos permiten volar para llegar a lugares anhelados, soñados o quizás ni si quiera previstos, pero que finalmente nos sorprenden y reconfortan.

Eleanor Roosevelt dice que “no podría, a ninguna edad, ser feliz estando sentada junto a la chimenea y simplemente mirar. La vida fue propuesta para ser vivida. La curiosidad debe mantenerse viva. Uno no debe nunca, por ninguna razón, volverle la espalda a la vida”.

Somos curiosos por naturaleza, como parte de nuestra esencia y supervivencia humana. El psicólogo Tom Stafford nos da una respuesta: “la curiosidad es el incentivo perfecto para poner en práctica nuestra capacidad de aprendizaje”

Entonces, la curiosidad nos permite mantener esa chispa vital para que en este camino nada pierda su magia o encanto, todo guarde un equilibrio dentro de la dualidad existencial.

Aunque todo tiene su límite, hay veces que siguiendo la curiosidad desmedida, nos hallamos enredados en grandes problemas, o metiendo las narices donde no nos compete. Por eso es conveniente no excedernos, o extralimitarnos, dice un refrán: “la curiosidad mata al hombre”.

En nuestro afán por saber, por adquirir conocimientos y encontrar respuestas, transgredimos ese límite tan fácil de pasar en breves instantes, y a la vez tan difícil de retroceder una vez que se cruza, ¡qué dicotomía!

José Ingenieros manifiesta que “la curiosidad intelectual es la negación de todos los dogmas y la fuerza motriz del libre examen”, es decir la que nos permite ser libres pensadores, reflexionar, analizar lo que nos circunda, las decisiones que tomamos en nuestro libre albedrío.

En busca de respuestas, de soluciones nos tropezamos con un sinfín de situaciones que resultan curiosas, y es así que nos insertamos a navegar en un mundo de posibilidades infinitas, que se alejan de lo imaginable o predecible.

Golpeando puertas, de pronto, se abren algunas que no esperábamos, entonces quedamos sorprendidos, sentimos que algo inexplicable ha sucedido. Y aunque en estos momentos la curiosidad resulta casi insoportable, porque quisiéramos saber el motivo por el que hemos llegado hasta ese lugar, nuestra mente está atónita y no entiende razones, más a larga todo tiene una causa por descubrir, aclarar, como forma de liberar esa curiosidad casi innata.

Resulta muy triste cuando vemos a alguien que ha perdido toda curiosidad, todo deseo de descubrir, avanzar y analizar. Los motivos de esta apatía pueden ser múltiples aunque lo importante es no justificarlos, porque allí comienza a darse una actitud de vida pasiva, en la que podemos a llegar a ser simplemente meros espectadores de una realidad, pero no partícipes.

El ser partícipes nos lleva a comprometernos a interiorizarnos, a solidarizarnos con nuestros semejantes y también con nosotros mismos. La búsqueda interior siempre es primordial, porque cada día surgirán cosas nuevas que, curiosamente, nos sorprenderán y dejarán un mensaje por decodificar, entender y analizar.

Al tomar conciencia de lo pequeños que somos dentro de un cosmos o universo ordenado y armonioso, sentimos esa necesidad por conocer, descubrir, de comprender que somos parte de una gran cadena, pequeños eslabones que son necesarios e imprescindibles en este orden natural y maravilloso llamado vida.

Curiosamente, la vida nos sorprende con sus cosas buenas y malas, gratas e ingratas, pero el hecho de que nos produzca este tipo de sensaciones es una excelente señal, porque estamos vivos, porque no nos hemos anestesiado ante la realidad que nos circunda, y a su vez por lo que nos sucede a cada uno de nosotros mismos.

Más allá de las razones naturales que nos llevan a ser curiosos, también están esos deseos que nos atrapan en búsquedas quizás no explicables, pero que siguen lo que nuestro interior nos manda. El inconsciente es un mecanismo muy difícil de controlar, no sólo en las noches donde los sueños se disparan, también en el día múltiples actos que llevamos a cabo se ven sujetos a él, sin darnos cuenta.

El sabor de lo prohibido, es algo que nos induce algunas veces a saciar la curiosidad en estos momentos exaltada, aquí entran a jugar mecanismos psicológicos algo complejos, pues lo prohibido en sí vende, atrae y convoca. Quizás, por eso sería mucho más sencillo si pudiéramos no prohibir.

El hecho de manejar tanta información a diario, nos lleva a dispersar nuestra atención, y a retener a penas un cuarenta por ciento de lo que nos sucede a diario, según estiman algunos especialistas al respecto. Quizás la cantidad desproporcionada de cosas que solemos hacer y ponemos en nuestra lista de proyecciones, sean grandes culpables a la hora de bajar la curiosidad.

Al estar corriendo día a día, estresados, enajenados en múltiples actividades, ya no vemos con nitidez las situaciones, entonces con el afán de aliviarnos, o sentir menos carga, intentamos no sorprendernos o anestesiarnos como forma de superar lo que ya nos ha sobrepasado.

Y si bien la curiosidad mata al hombre, permitamos que siga viva en forma adecuada, para que cuando miremos a alguien a los ojos, nos siga despertando interés, cariño, deseos por descubrir ¿qué hay detrás de esa mirada que tantas veces dice más que mil palabras?

Los niños son muy curiosos, pero al pasar los años, esa curiosidad la vamos perdiendo sin darnos cuenta. Ellos, con su inocencia se permiten preguntar con absoluta sinceridad todo lo que desean saber, no se ponen límites hasta que encuentran una respuesta que los satisface.

En definitiva, el sentirnos satisfechos con nosotros mismos, es parte de esta búsqueda, de este viaje que emprendemos cada día, de ese mirar hacia adelante, y también hacia atrás, pero recordando que el tiempo más real o a nuestro alcance es aquí y ahora, de allí tan importante aprovecharlo, con la curiosidad despierta y abierta a seguir el transcurso inexorable de los días.