sábado, 8 de junio de 2013

ALGO DE NOSOTRAS Y NUESTRO MUNDO AL REVÉS

Hace un tiempo atando cabos, comprendí que muchas cosas parecieran estar al revés de lo que hacemos, decimos, esperamos o anhelamos. Y analizando varios sucesos sentí que era necesario compartir con todos ustedes cosas que las mujeres vivimos a diario sin ser demasiado conscientes, y que llevan perturbarnos en cierta medida.

Esta vivencia, dista con la idea de rayar en el feminismo, simplemente vivida como mujer partícipe de una serie de sucesos, que quizás cualquier hombre también se identifique, porque tiene una madre, hija, hermana, pareja, amiga… etc.

Cuando me pongo a dialogar con mis amigas veo que las que están solas por más que buscan una pareja en forma desesperada no la consiguen, sin embargo, aquellas que están felizmente en pareja reciben múltiples propuestas, como diría mi bis abuela: “Dios le de pan a quien no tiene dientes”.

También, es algo muy común que por más que se nos tilda de compradoras compulsivas- cosa que no voy a entrar a discutir -cuando nos disponemos a comprar una prenda o algo que nos haga sentir mejor, no encontramos talla, no nos gusta los colores, los modelos… Pero, si por esas casualidades vamos de compras con una amiga y no tenemos un peso, entonces allí surgen todas las posibilidades, todo es de nuestro agrado, sin embargo nuestro bolsillo dice no.

Y si hablamos de tildes, se nos ponen varios, estamos acostumbradas, tenemos la espalda ancha, y total ¿qué le hace una mancha más al tigre? Muchas veces, es tanto lo que se nos adjudica injustamente, otras en forma acertada, pero da igual, ya sentimos que lo que aclara enturbia entonces dejamos pasar ciertas cosas, para no entrar en discusiones innecesarias e interminables.

Y en ese afán por arreglarnos, decidimos ir a la peluquería, y decimos: “hoy me hago todo: lavado, corte, brushing, depilación”. Sin embargo, al llegar a la peluquería vemos que está atestada, porque tienen dos bodas que atender, y si decidimos quedarnos posiblemente nos hagan un brushing y de apuro. Así que el pelo y el resto de nuestro arreglo personal, hoy no es una prioridad.

Por su puesto, que cuando decidimos bajar unos kilos, siempre están las despedidas, las reuniones con aquellas amigas que hace un siglo que no ves pero decidieron juntarse, así que la comida es algo que nos une a todas, y por supuesto acompañada de algún caliborato cargado de muchas calorías, entonces la dieta queda para el lunes. Aunque pensándolo bien, el lunes es el peor día de la semana, empezamos todo de vuelta con muy pocas ganas, la dieta entonces se relega para otro día. 

Algo similar ocurre con nuestro cabello, en esos días que andamos enchufadas a 220 y entonces la tinta o claritos nos toman un color verde, muy diferente a lo que anhelábamos o queríamos. Pero nuestro cuero cabelludo como no habla se queja, él a su manera nos da a entender que el horno no está para bollos, entonces ese día salimos de gorro o simplemente esperamos a la próxima aplicación del producto, en lo posible tratando de bajar las revoluciones.

Si bien nuestras pobres hormonas siempre son las responsables de todo, así como de nuestro período menstrual, no faltará quien nos diga: “Hoy estás ovárica”, pero no estaría mal incluir en esa lista que cargamos con mucho más de lo que podemos, porque somos como las hormigas seguimos adelante hasta llegar a la meta.

Cargadas de un sin fin de actividades, el celular es una bendición para poder estar en contacto con nuestros hijos, pero hasta por allí no más. Si está en silencio, igual llegan los mensajes, y difícilmente aunque nos demoremos en contestar, ya quedamos preocupadas por lo que nos pidieron o dijeron. Ya nuestro rostro cambia; “¿estás bien?”- te preguntan-, “si, todo bien”- respondés-, sin embargo estás hecha un nudo tratando de resolver todo a la vez.

La ley de la gravedad de Newton es implacable con el correr de los años, y aunque intentamos llevarlos dignamente, todo cae. Muchas veces hacemos algún ejercicio, aunque a pesar del sacrificio hay algunos caídos que no se levantan. Sin embargo lo tomamos con humor y nos reímos intentando disimular de la mejor manera nuestros defectos o el paso del tiempo.

El tomarnos con mucho humor lo que nos sucede, ese reírnos de nosotras mismas, es parte de lo que nos da mucha energía para seguir adelante a pesar de muchas dificultadas. Tantas veces, luego de grandes sacrificios, vemos como la naturaleza destroza en un santiamén todo lo que con tanto esfuerzo intentamos arreglar. De pronto terminamos hechas un desastre riéndonos porque se nos corrió el maquillaje, se nos mojó la ropa, el pelo quedó como el de un carpincho, o recuperamos los dos kilos que nos costaron mucho sacrificio adelgazar con las comidas tan sólo de un fin de semana.

Es increíble cuando a la hora de la cena, nos damos cuenta que dijimos que si a una serie de peticiones que nuestros hijos nos hicieron mientras estábamos enajenadas trabajando, conectadas a la computadora, o haciendo varias cosas a la vez; pero es aquí cuando reconocemos que todo tiene un límite, y que no somos robots automatizados, aunque muchas veces es parte de lo que sentimos. 

También con el paso de los años, los artículos domésticos comienzan a deteriorarse y en un par de semanas ves que se rompe la heladera, la tele, el lavarropa. Querés morirte, decís: “no puede ser todo junto, en esta casa… se va a rajar hasta el perro”.

Los tiempos han cambiado, si vas al médico las consultas son rápidas, porque tienen el consultorio atestado de gente. Una visita que me resultó algo divertida fue la última vez que fui al ginecólogo; antes era de rutina que el doctor nos dijera: “Señora pase al baño quítese la ropa interior, póngase este ponchito que la voy a examinar”, ahora todo cambió y es casi un blooper. Te dice: “Señora sáquese un zapato, y por esa misma pierna el pantalón y la ropa interior así la examino”. Se imaginarán que haciendo equilibrio uno sube con todo colgando a la camilla bastante incómoda, y cuando pensás que te va a examinar, el doctor dice: “Señora por favor la cola más abajo”, entonces ya no podés más de la incomodidad y te corrés a esperar a que te examinen. Luego de todas estas peripecias, te bajás como podés de la camilla y del mismo modo te ponés todo lo que sacaste rapidito. Es de no creer, si te ponés a analizar lo sucedido largás la carcajada porque parece una escena de una comedia muy divertida, pero en realidad es tu consulta en lo de “Benny Hill”.

Si bien todos los días tienen sus pro y sus contras, hoy te levantaste con las pilas cargadas, y decís: “les voy a preparar la comida que más le gusta”. Entonces comprás todo lo necesario, lo preparás con todo amor, y resulta que cuando llega la hora de comer sólo estás vos y tu marido, porque a todos a tus hijos sin excepción les ha surgido algún imprevisto de último momento; tu cara se transforma y desfigura, y terminás vos con tu marido comiendo solitos y de bastante mal humor.

Nunca faltan esas amigas “pincha globos”, esas que siempre tienen un pero, una palabra para que tu autoestima baje rápidamente, esa que te dice: “Pero estás hecha un horror ¿qué te pasa?”. Sin embargo no te pasa nada, hoy te olvidaste de taparte las ojeras y ponerte un poco de base, el pelo lo tenés sucio; no te arreglaste demasiado, en suma tu aspecto no te favorece, pero tu amiga se encargó de recordarte que no te ves bien ¡Qué grande!, estas amigas son de las que prefiero no encontrar, pero…

Tampoco faltan las que llaman a cualquier hora y te cuentan un sinfín de problemas, olvidando que tenés una vida, una familia, un trabajo… entonces, le decís: “Disculpá te voy a tener que cortar porque me viene un batallón de chiquilines a hacer un trabajo a casa y los tengo que alimentar” -cosa que es cierta- Y ella te responde: “No te preocupes voy para tu casa y te ayudo”. En ese momento pensás: “Tragame tierra”, pero te das cuenta que está muy mal, y le decís: “Mirá entre tanto loquero no podemos hablar, arreglamos para cualquier momento en el que estemos las dos tranquilas, te llamo en un rato y lo vemos”.

Ahora sí; a la hora de dar consejos siempre estamos listas, dispuestas aunque francamente no siempre hacemos lo que sugerimos, pero es claro que intentamos ayudarnos y solidarizarnos con quienes queremos. Un ejemplo que me viene a la mente es cuando una amiga te dice: “No sabés ya voy tres mensajes y Roberto no me contesta, ¿será que no le importo?, ¿le habrá llegado el mensaje?, ¿lo habrá leído?, ¿le importará lo que le puse?”. Uno a esta altura ya no sabe que contestar, porque todo puede ser posible, aunque entrando en razón le decís: “Basta, esperá, ya te va a contestar o a llamar, debe estar ocupado”, entonces tu amiga te hace caso omiso y manda tres mensajes más, y te preguntás: “¿Qué hago yo aquí escuchando este cuento? ¿Le tiro el celular a la basura o me voy?”, y en cierta manera concluís por qué no habrá sido contestado ese mensaje que fue motivo de tanta charla.

Lamentablemente, casi nunca estamos conformes; la que está rellenita quiere bajar de peso, la que está muy flaca subirlo, la que tiene el pelo lacio necesita tener rulos, las que lo tienen erizado o enrulado quieren un laciado urgente, las que tienen poco busto quieren tener más… las que están casadas se quieren separar, las divorciadas quieren conseguir pareja, las que tienen hijos ya no saben qué hacer con ellos, las que no lo tienen hijos se desesperan por tenerlos; y es que somos bastantes inconformes por naturaleza, esto es una característica que deberíamos cambiar para ser más felices, pero nos cuesta bastante.

La gran mayoría no sabemos disimular; cuando estamos contentas, felices, nuestra mirada se ilumina, nuestra sonrisa perfila rápidamente. Sin embargo cuando algo nos aflige o preocupa, nuestro rostro cambia y empalidece, y no hay maquillaje que valga, los ojos nos delatan.

Algo que nos ha marcado a todas desde chiquitas es cuando llega la hora de ir a los baños públicos. Ya muy pequeñas nuestra mamá nos dice: “nunca te apoyes en un wáter que no sea el de casa”. Esa frase te queda grabada por el resto de la vida, y vos se la trasmitís a tus hijas también. La odisea comienza al entrar un a un baño público, sobre todo en invierno. Primero te ponés la cartera colgada del cuello, porque posiblemente no haya donde colgarla; luego te bajás la ropa interior y adoptás “la posición” como si te fueras a sentar pero no te apoyás. Así sentada en el aire con el abrigo puesto (muy incómoda por cierto) intentás embocar para no salpicarte la ropa (cosa que se torna muy difícil). Entre medio, la tranca de la puerta no funciona y alguien te abre de golpe, entonces cerrás rápidamente (con la mano que podés) pero casi perdés el equilibrio. Lo peor de todo es cuando ¡no hay papel!, entonces empezás a revolver en la cartera buscando un pañuelo descartable, y aparece todo ¡menos eso! ¡No es fácil ser mujer!

Tampoco, se bien por qué pero intuimos muchas cosas, vemos situaciones antes que se den, y eso nos mata, porque seguramente el hombre que te acompaña te contesta: “Yo no me doy cuenta de nada, ¿te parece?, son cosas tuyas a mi ni se me ocurre”. Y entonces pensás, “más vale que me calle la boca y que se tropiece con la primera piedra que se le presente, allí va entender lo que le digo”, no sigas gastando pólvora en chimango.

Somos diferentes. Algunas más risueñas, otras más serias, algunas extrovertidas, otras no tanto, la mayoría conversadoras, pero indudablemente somos mujeres. Luchadoras incansables, buscadoras, intuitivas, tenaces, fuertes y sensibles, contradictorias, solidarias, y ante todo fieles con nuestras amigas. Siempre nos unimos cuando alguna de nosotras es víctima de alguna injusticia, algún acto que no nos dignifica, que nos da el lugar que nos corresponde.

Por todo esto y mucho más, anécdotas pintorescas aparte, somos mujeres luchando por lograr dar vuelta muchas cosas de nuestro mundo al revés.