sábado, 19 de enero de 2013

¿DÓNDE DEJAR LOS PROBLEMAS?

Unos más grandes, otros más pequeños, pero problemas tenemos todos. Algunos los llevamos a cuestas, otros los encerramos bajo llave y con ellos caminamos diariamente, solo es cuestión de saberlos dejar escapar lentamente, hasta que se desvanezcan.

Cada uno lleva una mochila cargando en su espalda, que pese más o menos no dependerá de su peso real, sino de la forma en que decidamos empacar el equipaje.

Y con el correr de los años, las valijas quizás las armemos con diferente criterio que unos años atrás. Probablemente, cada acontecimiento se vea marcado por los sucesos vividos, experimentados, los que nos permitirán crecer y ver las situaciones desde otra perspectiva.

Los pesos en la espalda, no sólo nos perjudican e impiden poder caminar ligeros y livianos, sino que también nos ocasionan graves heridas en todo el cuerpo. El umbral del dolor no es igual para todas las personas, algunas tienen mayor capacidad de aguante y otras menos, pero en definitiva todas lo sienten.

Y parece la pregunta del millón ¿dónde dejar los problemas? Debería existir un lugar especial para depositarlos, al menos para que pasaran un rato, en el que la risa pudiera sobreponerse ante todo, o en el que olvido permitiera borrarlos para que la luz aparezca pronto en nuestras vidas.

Encontrar el sitio apropiado es algo personal, en el que el trabajo individual jugará un rol preponderante. Y quien logre ubicarlos en el lugar adecuado disfrutará más de sus días, como de las oportunidades.

A propósito de dónde ubicarlos, comparto un cuento que se titula “Deja la mochila abierta”.

Deja la mochila abierta

Corría enero, caluroso y seco. El sol pegaba fuerte y las nubes parecían haberse ausentado por completo. A Lucía le corría el sudor por la frente, no lo podía disimular a pesar de secarlo repetidas veces. Sus ojos negros penetrantes denotaban cansancio, pero no era sólo producto del estado del tiempo, su ánimo hacía que el calor pareciera tres veces más pesado que lo habitual.

Descalza por la orilla del mar decidió empezar a caminar rumbo al este, hasta donde se acabara la playa. Mientras tanto, sus pies sentían la frescura y la espuma de las olas que le permitían deslizarse rápidamente, con la mirada perdida en el horizonte.

Su corazón y su alma sabían que ya no había lugar para más problemas, que si continuaba así pronto su salud se vería comprometida. Llevaba años llorando pérdidas afectivas, a las que no lograba sobreponerse: la muerte de su padre, la pérdida de su novio, del empleo… ya eran demasiados duelos juntos.

Era joven, hermosa, llena de vida, aunque su rostro reflejaba una gran amargura y tristeza, donde toda esa vitalidad se opacaba por el dolor.

Había escuchado consejos de amigas, psicólogos, vecinos, ex compañeros de trabajo, pero no le habían servido de nada, tan sólo para hundirla más aún en su congoja.

De pronto, se cortó un pié con un mejillón, lo que le hizo detener la marcha para sentarse en la orilla y descansar.

Luego de ver que no era nada importante, decidió permanecer sentada y se cuestionó ¿qué era lo que impedía superar todo este dolor y seguir el camino? Ya agotada, se quedó dormida durante varios minutos.

Al despertar tenía la sensación de que aquel sueño había sido real. Había hablado con su padre, quien le reprochaba su falta de valor y de fortaleza para sobreponerse. El hombre con los ojos llenos de lágrimas le dijo- he dado hasta el último minuto de mi tiempo para que fueras toda una mujer, llena de vida, de fuerza, de optimismo, ¡no puedo creer que te dejes vencer! En la vida vas a tener que enfrentar muchísimas pérdidas, pero del mismo modo encontrarás recompensas que llenarán tu alma de dicha. Lo que debes hacer es dejar la mochila abierta, para que los problemas se esfumen lentamente- estas fueron sus últimas palabras.

Fue tan potente la mirada, el brillo de aquellos ojos y el tono de de la voz, que Lucía parecía no salir del asombro, sentía que alucinaba, pero a esta altura poco le importaba. Las palabras de su padre habían calado hondo. El aire con olor a mar penetraba profundo hasta sus pulmones, respiraba como si la vida le fuera a dar nuevas oportunidades.

Sólo era cuestión de abrir la mochila y permitir que sus problemas fueran perdiéndose en la arena. Detuvo su mirada en la inmensidad de la playa. ¡Había tantas historias como la suya en cada grano de arena, que ya no eran posibles ni de imaginar! Quizás había millones de años, de historias, de llantos, de caricias, suspiros… todos escondidos en aquellos diminutos pedacitos de roca convertidos en granos de arena blanca y fina.

Pensó entonces- esta playa esconde tantos problemas como los míos, y pensar que caminé millones de veces por aquí y nunca fui capaz de ver que otras personas como yo se cayeron muchas veces, perdieron tantas cosas, pero sin embargo ahora deben de estar orgullosos porque lograron regresar a su casa más livianos. Es hora de que haga caso a papá y deje abierta mi mochila para que los problemas se mezclen lentamente con la arena.

Así se levantó y tomo rumbo a su hogar con el rostro lleno de ilusión, sabía que era cuestión de cambiar de actitud, aptitudes le sobraban, sólo que se había dejado vencer por el peso de los problemas y había detenido la marcha. Ya no permitiría que nada ni nadie la detuviera.

Y al igual que Lucía, tantas veces cargamos problemas durante años, atesorándolos como trofeos, y en definitiva lo que hacemos es enlentecer nuestra marcha, perdiendo oportunidades, situaciones que podrían resultar favorables, pero no lo son porque nos cerramos de tal modo, que ya no vemos nada, tan sólo lo que queremos ver.

El gran problema, es paradójicamente ¿dónde dejar los problemas?, y hay quienes lo dejan en la arena, otros en el ómnibus, otros en la vereda, otros en el gimnasio, otros en las caminatas por la rambla, otros en las reuniones con amigos, lo importante es no entrarlos o arrastrarlos a cada lugar que decidimos ingresar.

Sin embargo, dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y este refrán no deja de tener razón, porque es una ceguera autoimpuesta, por no querer superar el duelo, por miedo, por falta de entusiasmo, por autocompasión… no importan las respuestas siempre las hay para todo, así que poco interesa el porqué detenemos la marcha, lo que importa es continuarla.

Los problemas van y vienen, son como el sol, aunque no los veamos siempre están, lo importante es poderlos ubicar en un lugar seguro, para que no nos obstaculicen en el camino.

domingo, 13 de enero de 2013

SÍNDROME DE LA RANA EN LA OLLA DE AGUA

La dignidad humana no tiene precio, el único: la voz de nuestra propia conciencia. Por eso, más vale permanecer “un minuto de pie que una vida de rodillas”, y no caer en el trillado síndrome de la rana en la olla de agua.

Una fábula utilizada en marketing para dar a conocer los errores en que incurren las empresas, pero que no deja de tener correlación con lo que nos ocurre a las personas en nuestro diario vivir, que al igual que la rana nos vamos acostumbrando lenta y gradualmente a cosas que no tienen ni pies ni cabeza y finalmente las terminamos aceptando.

El ejemplo de la rana consiste en colocarla en una olla donde la temperatura del agua se va incrementando gradualmente hasta que se cocina en ella. De lo contrario, si se la introdujera en una cacerola con el agua en ebullición, la rana saltaría instintivamente, como forma de conservar su vida.

Y en el caso de las empresas llegan a los abismos más grandes sin ser conscientes de sus errores, incurriendo finalmente en decisiones que no eran las previstas o deseadas. A las personas nos suele ocurrir lo mismo, nos acostumbrarnos al mundo que nos rodea y terminamos aceptando, haciendo cosas que realmente no eran ni lo que soñábamos o deseábamos.

Si miramos detenidamente, podremos ver tantas cosas que no nos gustan, que distan de lo que habíamos previsto para nuestras vidas, tantos proyectos truncados, tantas voces no escuchadas, tantos actos en los que no quisiéramos estar involucrados, pero finalmente lo estamos.

Las personas rápidamente nos acostumbramos a estímulos predecibles y constantes. De este modo, lo habitual sin variantes finaliza con el acostumbramiento, y sólo capta nuestra atención aquello que nos irrita o nos molesta. Es así que al adaptarnos, llegan menos mensajes a nuestro cerebro.

Generalmente, cuando un estímulo se repite sin cambio, nuestra respuesta de adaptación disminuye, aunque las personas creativas se habitúan menos a los cambios, les cuesta más tiempo, y sin embargo contrariamente prestan mayor atención a los estímulos que se repiten, o aquellos que perciben habitualmente.

Y más allá de nuestra forma de ser, a la larga todos nos habituamos a estímulos y situaciones que pasan casi desapercibidas, porque ya no son algo que despierten nuestro interés o atención. 

Probablemente, si intentamos no perder el entusiasmo, el dinamismo, el poder creador, la imaginación, el sentido del humor, nos mantengamos atentos, activos, dinámicos para que cada día sea diferente, para que tenga un componente nuevo que nos sorprenda y anime.

Y a propósito de esto comparto un cuento que se titula "Perdiendo el control", donde un hombre ya no le ve sentido a nada, y arrastra su vida, de la casa al trabajo sin el menor entusiasmo.

PERDIENDO EL CONTROL

Corría la mañana y José Sauer ya se veía muy cansado, sin ganas de nada. Perdido en un letargo miró hacia la ventana y vio a la gente caminando apurada por 18 de Julio, porque era la hora de entrar a trabajar. Los observó aturdido y suspiró.

De pronto, oyó una voz que le decía- José no puedes seguir así, es hora de que reacciones, se te está yendo todo de las manos- a la que José escuchó confundido.

Si José, a vos te hablo- repitió la voz ya en tono más fuerte.

José ya no sabía si era la voz de su conciencia o se estaba volviendo loco, lo que sí estaba seguro es que era la segunda vez que aparecía.

Entonces contestó- ¿qué es lo que quieres, acaso yo te he molestado en algo, porque si no lo sabes tengo unos días fatales?- dijo algo perturbado.

Por eso mismo, estoy aquí- dijo la voz- para hacerte entrar en razón, te estás secando en vida y estás perdiendo todo lo que más quieres, ya no se te ve sonreír nunca, sin embargo rezongas todo el día como un viejo gruñón.

- Es que estoy harto, de que en la empresa las cosas no salgan como esperaba. Mis hijos siempre están encerrados en sus cosas y ya casi no me hablan. Mi mujer apenas me escucha, comparte alguna comida y de mala gana. No sé qué hacer, estoy sin ánimo de nada, todo me da igual, y para peor si enciendo la tele las noticias me deprimen: guerras, peleas y rapiñas. Y me voy a cenar de un pésimo humor- dijo José abatido.

- La rutina mata muchas cosas, nos acostumbramos y no vemos que perdemos nuestra capacidad de asombro, de escuchar, de hacer cosas nuevas. Te propongo que intentes todos los días realizar un pequeño cambio con tu familia, con la empresa y con vos mismo, para sentirte útil, eficiente, que estás vivo- dijo la voz en forma conciliadora.

- Tienes razón, no sé porque no lo vi antes, hace mucho tiempo que parezco un muerto en vida, voy como un autómata de aquí para allá sin importarme demasiado nada, sólo cumplir con lo que tengo establecido.

Pasaron tres meses y la misma voz volvió a aparecer. Ya en la oficina se podían ver algunos cambios en el mobiliario y en las paredes, parecía que un toque de luz y alegría hubiera entrado por la ventana. José sentado en su escritorio, lucía mucho más joven vestido de colores claros, y su rostro ya no irradiaba tristeza, sino paz y alegría. Entonces surgió nuevamente la voz.

- Hola José veo que no ha sido en vano mi intervención, has cambiado notoriamente y para bien, no me importa lo que hayas hecho, veo que los resultados son los que yo buscaba, te felicito, y te digo que sigas así con esta vitalidad contagiosa.

- José contestó- Gracias querido amigo si no hubiera sido por ti, creo que a esta altura, no tendría empresa, ni familia, y estaría deambulando por las calles fuera de mí, totalmente sin control. Me ayudaste muchísimo, ahora cuando me encuentro con una persona en ese estado de apatía intento hacer lo mismo que hiciste tú.

Y como si nada hubiera pasado sonó el teléfono y José siguió trabajando, cargado de energía y dejando que la luz que entraba por el ventanal lo llenara de ganas de llevar a cabo su día de la mejor manera.

Y es que como José tantas veces nos vemos estancados, sin ánimos, sin poder reaccionar, sintiéndonos mal con nosotros mismos, y viendo que ya todo poco nos importa. 

Por lo tanto, para no dejarnos cocinar en nuestra propia agua, no debemos perder la dignidad, que nos permite mirar a los ojos sin miedo, con valor y con paz interior. En la medida que ella se mantiene intacta, resulta más simple mirar a nuestro alrededor. Un supuesto o una meta un tanto idílica en estos días, pero igualmente vale la pena el intento. Todo tipo de armas son utilizadas en su contra, pero está en cada uno la fuerza de voluntad y el total convencimiento por mantenerse firmes ante la lucha.

Y la dignidad generalmente va de la mano de la autoestima, tan necesaria para tomar decisiones precisas, convencidos de que estamos haciendo lo mejor, seguros de que somos capaces de llegar tan lejos como nos lo propongamos.

El sometimiento deja un sabor amargo, un retrogusto a infelicidad. Por supuesto, que en el diario vivir no es sencillo nos vernos obligados a realizar cosas que nos disgustan, y que van en contra de lo que pensamos y sentimos, de no ser así creeríamos que hemos llegado a la isla de la fantasía.

Eladia Blázquez manifiesta que “merecer la vida no es callar y consentir tantas injusticias repetidas... Es una virtud, es dignidad y es la actitud de identidad más definida”, en definitiva es ese no ponernos de rodillas, es decir basta, es ser fieles con lo que pensamos y sentimos.

Cabe cuestionarnos: ¿es que nos hemos acostumbrado a esos pequeños cambios graduales que se suceden a diario y que nos someten sin darnos cuenta a la sumisión, a postergar nuestros valores?, probablemente ante situaciones drásticas nos antepongamos rápidamente a ellas dado que nuestra reacción es inmediata, casi instintiva.

Vale la pena analizar dónde nos encontramos parados, pues posiblemente no tengamos conciencia de cuantas veces somos manipulados, sometidos, debilitando nuestra dignidad y, en definitiva, nuestra propia autoestima.

Es cuestión, de tomarnos unos minutos para analizar cuántas decisiones las tomamos desde el conocimiento, de la fehaciente convicción de que es eso lo que queremos para nuestras vidas. Y solemos ser rehenes de nuestros miedos, del qué dirán, de lo que se usa, de lo que no, de lo que vende, de lo que sirve, de lo que marca la diferencia, de lo que nos puede distinguir. En definitiva, no somos lo que quisiéramos porque la civilización moderna nos marca un destino a seguir.

También nos cargamos de información, de teorías, de fórmulas, que suelen ser ideales para aplicar en cualquier instancia de nuestras vidas, pero que sin embargo, llegado el momento, solemos dejarlas en un cajón bien guardadas, porque pierden su valor cuando se trata de uno mismo.

Y para no caer en nuestra propia rutina y quedarnos estancados es fundamental decir sí o no cuando debemos, aún cuando se nos pongan en contra muchas personas. Porque significa que luchamos por lo que queremos y creemos necesario. Y no hay nadie mejor que nosotros mismos, para juzgar ¿qué decidir, por qué?, lejos de los cuestionamientos, críticas, o criterios diferentes. Los seres humanos todos vivimos situaciones personales y distintas, absolutamente válidas, que nos llevan a proceder de determinada forma.

Quizás lo primero que debamos comprender, es que a la hora de juzgar a alguien primero debemos mirarnos a nosotros mismos, y ver si ya no nos hemos empezado a cocinar como la rana en nuestra propia vida, opaca, sin brillo, llena de pozos, de errores, de situaciones por mejorar y cambiar.

Todos cometemos errores, y es sencillo mirar la “paja en el ojo ajeno” sin ver la nuestra. Porque es duro reconocer nuestras debilidades, nuestros defectos, nuestras miserias, nuestros secretos más íntimos, en definitiva admitir aquello que nos duele o no nos gusta de nosotros mismos.

El problema es que lo que nos molesta y nos desagrada, solemos no verlo, lo llevamos al lugar más profundo, quizás a nuestro propio inconsciente, en un afán por superar las situaciones indeseadas y vivir más tranquilos. Algunas veces, es un sistema de escape que los seres humanos solemos disparar para sentirnos bien, aliviados, pero no llegamos a ver que por más que esté escondida, ésta es la realidad que nos circunda.

Asimismo, el propio ritmo de vida no nos da margen a cuestionamientos, reflexiones o dudas, todo se debe hacer con prisa, y cada día se suman más tareas a la lista de cosas que tenemos que alcanzar. Y de pronto, nos vemos agobiados, como un callejón sin salida bastante cansados, y ya poco nos inmuta lo que sucede alrededor, porque ya no podemos enfrentar ni lo que nos pasa en nuestra propia vida.

Por lo tanto, es importante hacer una pausa para pensar y analizar ¿cómo enfrentamos nuestros días? ,¿con qué nos responsabilizamos, con qué no? Además ser capaces de discernir y ver si las decisiones son tomadas en forma consciente y espontánea, o son producto de lo que los medios de comunicación y la sociedad en general nos imponen, o simplemente del negar ver nuestra propia realidad. Y con esto quiero decir apostar a ser nosotros mismos, lo más libres de estigmas, prejuicios, preconceptos o normas preestablecidas, a la vez de despegarnos de esas rutinas que parecen dejarnos atrapados sin salida.

Entonces para no cocinarnos en nuestra propia vida, propongo mirar en un trabajo de introspección, de búsqueda, e intentar renovarnos día a día. No importa haciendo qué, eso será cuestión de las cosas pendientes que todos tenemos y no debemos desistir, pero sí hacer y proponernos cosas nuevas.

Siempre hay algo por hacer, por descubrir, por aprender, estamos a tiempo de cambiar, de ver las cosas con una perspectiva diferente. Es aquí y ahora dónde estamos viviendo, en nuestro tiempo presente, y no lo debemos desaprovechar, el tiempo es muy valioso, pasa rápidamente y nunca se detiene.

Y entonces pendiente es no acostumbrarnos a ver con frialdad lo que sucede, detenernos y conmovernos cuando sea necesario, pues de lo contrario nos hemos robotizado en un mundo electrónico al cual pertenecemos, pero del que no descendemos.

Finalmente, no permitamos nunca dejar de asombrarnos, de sorprendernos, de estar dispuestos a seguir la búsqueda. Porque si nos dejamos secar como las hojas de los árboles, o cocer en vida como la rana, entonces nuestros días realmente no tienen demasiado sentido. Y no vale la pena desaprovechar ni un solo minuto, aunque existen vivencias y momentos sumamente complicados, siempre es posible ver la luz.

domingo, 6 de enero de 2013

PRETENDO TANTAS COSAS

 
Pretendo no perder más un minuto de mi tiempo, no afligirme por cosas que no merecen la pena, sentir que el aire y el sol golpean con fuerza mi cara.

Gozar de la  vida, me queda tanto: por descubrir, aprender y por hacer. Porque el camino es largo y vale la pena transitarlo con intensidad y avidez, abiertos a descubrir todos los días cosas nuevas.

Pretendo ser útil a las personas que más quiero, y también a todas las que me necesitan, me brindan toda su gratitud y cariño. Quizás algunas aún no las conozca, pero sé que se cruzarán en mi vida, estoy convencida que nada sucede por casualidad.

Quisiera ser ecuánime con lo que anhelo y pienso, ¡qué contradicción perpleja!, pero saludable para mantenerme activa, en el conflicto que significa cada día, con errores y aciertos, con sonrisas y llantos, con puertas que cierran y otras que se abren, pero así es la vida un suceso detrás del otro.

Ser sensata cuando mis pensamientos se interponen y obstaculizan mi sendero, de modo de caminar sin ataduras, libre, sintiendo que si bien me importan muchas cosas, otras ya no tienen sentido. Y si logramos despojarnos de lo que nos molesta, nos lastima, los días serán más gratos y si bien  no es una decisión sencilla de tomar, sin embargo es una de las más importantes y necesarias.

Escuchar a mi corazón cuando me habla, pues él sabe bien quien soy y que es lo que quiero.  Y no hay nadie mejor para conocernos, que nosotros mismos. Aquí es importante dejar de lado el qué dirán o el que piensan, porque siempre habrá alguien que nos cuestione, juzgue o contradiga, por más que intentemos hacer las cosas de la mejor manera.

No esperar demasiado de nada ni de nadie, más que de mi misma, pues los demás no son de mi pertenencia, son libres de hacer lo que les venga a su antojo. Sin embargo, tantas veces sentimos que determinadas personas nos van a ayudar, a escuchar, porque creemos que hemos generado un excelente vínculo de amistad con ellas, pero de pronto entendemos que ellos también están muy cargados de problemas, de inquietudes, que no les permite ver lo que realmente precisamos.

No crear falsas expectativas, en cosas que tan sólo yo adorno producto de mis deseos. Y es que quien sueña, fantasea, agrega condimentos, cualidades producto de volar alto, pero los pies es conveniente dejarlos en la tierra, porque la caída suele ser muy dura.

No dejar de soñar o creer en la gente, por más que mil veces en el día me decepcione en diferentes circunstancias. El camino es largo, sinuoso, pero ello no significa que todo esté perdido, que todo esté estropeado, el generalizar no conlleva a buenos lugares.

Pensar menos, y actuar más. ¡Qué difícil tarea!, perdemos mucho tiempo pensando, planificando, buscando estrategias, que la gran mayoría de las veces no se llevan a cabo, porque algo que parecía muy sencillo se convierte en una madeja llena de nudos, y éstos se desatan con las dos manos.

Aprender a pasar por alto situaciones que lo único que nos aportan son enojos, malas caras, o simplemente nos amargan un día. No quiero decir insensibilizarme, pero si sacar del disco duro todo lo que me deje atrapada, fastidiada, porque en definitiva perdemos energía y vitalidad, necesaria para canalizar en cosas que merecen la pena e importan cambiar.

Ser justa y paciente, en los momentos de desasosiego, en los que es difícil lograr un equilibrio.  Y este punto está muy relacionado con el anterior, casi diría que van de la mano. Hacer “om”, meditar, antes de perder los estribos, es un segundo en el que todo se puede salir de sus carriles, y cuando se sale no es sencillo dar marcha atrás.

Descubrir día a día rostros que han pasado desapercibidos. Y es que en ese correr, en ese llegar a tiempo, no vemos tantas realidades, que están a nuestro lado, por no hacer una pausa o mirar con detenimiento.

Sentir todos los aromas, y percibir todos los colores, para ver lo bello aún en las situaciones más complejas. Este punto es bastante difícil de alcanzar, pero sí de las caídas logramos pararnos, y continuamos el rumbo con la cabeza en alto, con el sentimiento de haber aprendido, entonces podremos percibir lo mejor de cada situación que no es poca cosa.

Pretendo un buen futuro para mis hijos, y todos los jóvenes que son el porvenir. Días que alberguen a todos por igual, sin que aparezcan las diferencias de edades, raciales, sociales, políticas o culturales, porque todos merecemos vivir dignamente, y disfrutar al máximo cada día, todos somos necesarios, y dependemos los unos de los otros para vivir en armonía.

No dejar de asombrarme frente al dolor, a la injusticia, continuar luchando sin sentir que ya no queda tiempo, pues siempre se está a tiempo.

No perder el entusiasmo, para que todo lo que emprenda salga de la mejor manera. Esta cualidad mueve, da energía, dinamismo, y  nos permite enfrentar la vida con alegría y de su mano, no dejar de reír ni un día, porque la risa es el motor del alma.

No quiero ser causante del dolor de nadie, sé que me equivoco muchas veces, y que lo seguiré haciendo, pero pretendo aprender cada día algo nuevo,  que me ayude a superar esas equivocaciones que nos hacen caer y lastimarnos.

Permitir que día a día los apegos materiales disminuyan, porque de este modo podremos ser más libres en nuestra toma de decisiones. A los afectivos, tantas veces los tomaría y les daría un buen tirón de orejas, pero también sé que sin afecto, sin cariño, no es posible vivir, aunque ellos generen grandes dolores, también son parte de nuestra plenitud y dicha, así que con éstos aprender a convivir no esperando demasiado, tan sólo otorgando lo mejor de sí.

Y si es posible contribuir para que nuestro Planeta Tierra no se siga contaminando, no sólo por tóxicos químicos, sino también por aquellos que ensucian el alma, que lastiman, que degradan al hombre a su peor miseria. Todos somos responsables en alguna medida, así que por más pequeño que sea el aporte es una gran ayuda.

También, aprender a escuchar y callar cuando sea necesario, para poder brindarme a quienes me rodean con total entrega. Quien sabe escuchar, con su mirada, con todos sus sentidos es capaz de llegar a descubrir lo más íntimo de quien habla y se comunica.

Por último, como dijo hoy una gran y querida amiga, detener por minutos el reloj, y traer a la mente todos los momentos maravillosos que vivimos, que compartimos, en los que fuimos realmente felices, porque ellos son un gran combustible cuando flaqueamos, o nos vemos invadidos por la tristeza, o las dudas. Siempre nuestra mente, albergará un recuerdo exacto, preciso para poder encontrar alguna respuesta.

Algunas o casi todas las cosas que pretendo, se que llevan casi una vida descubrirlas, aprenderlas o asimilarlas, pero tomar consciencia de ello es crucial para que podamos llevarlas a cabo.

Pretendo tantas cosas… que sólo me conformo con que algunas sean posibles, porque significa que hemos avanzado un paso, y aunque algunas veces tengamos que retroceder, no debemos olvidar que lo que sigue se encuentra delante nuestro, frente por frente, en una espera continua por ser vivido con intensidad.