domingo, 20 de mayo de 2012

EL BANQUITO DE GONZÁLEZ

En este banquito González realizaba sus tareas escolares, con un lápiz cuya punta afilaba con una hojilla de afeitar y una miga de pan como goma de borrar. ¡Qué época!, ni escritorio, ni computadora, ni libros, apenas un cuaderno y una visita de vez en cuando a la biblioteca de la escuela.

Un banquito de madera, bajo, redondo, más propicio para tomar mate, que para realizar tareas escolares. Pero él fue su gran compañero, el que le sostuvo el cuaderno, su lápiz, el que le permitió pasar por la tan querida escuela. Y es difícil no recordar con mucho cariño esta etapa, donde la niñez con su cara desbordante de alegría, inocencia, nos visita vacía de preocupaciones.

Un pequeño escalón de la cocina servía de asiento a González, mientras que el banquito beige era el punto de apoyo, el escritorio que hacía posible que realizara sus tareas diarias.

Este cuento es real, y quizás la narración le sea común a muchas personas que no contaron con todas las comodidades que poseen los niños y jóvenes de hoy en día.

González, era un hombre que se caracterizaba por ser paciente, parsimonioso, cuidadoso y muy prolijo. Con su pelo blanco peinado para atrás, narraba a sus nietos reiteradas veces lo difícil que había sido para él ir a la escuela y realizar sus tareas sobre un banquito de madera que usaba como escritorio.

Cada vez que él contaba esta historia su familia se reía y lo interrumpía diciendo: “González ya nos has contado esta historia un millón de veces, ¡basta por favor!”.

Era un hombre que había crecido en una familia muy humilde y trabajadora. En un hogar donde se pasaban peripecias para llegar a fin de mes, pero todo olía a limpio y relucía. Tanto él como sus hermanos vestían ropa muy humilde, mas la mano prolija, hacendosa y cuidadosa de su madre, hacía que lucieran como recién salidos de la tintorería.

Y aunque se hacía difícil pensar qué cocinar para tantos y que rindiera, su madre les esperaba con un plato de comida bien servido, y además siempre había lugar para quien llegara de improvisto, porque lo poco que había era para repartir entre todos los presentes.

Una familia donde los valores se defendían a capa y espada. Las palabras solidaridad, compañerismo, respeto, cariño, humildad, sinceridad y amor estaban siempre presentes. Según su madre era el único gran legado que les podría dejar, los valores impartidos en casa. Y sinceramente, logró transmitírselos en forma notoria.

Y si bien González, tuvo que trabajar desde niño para poder ayudar a su familia, se fue superando día a día. Sin más estudio que el de la escuela, supo avanzar y progresar, sin desperdiciar ni una sola oportunidad que le brindó la vida.

Quizás cuando son tan magros los elementos con los que cuenta un ser humano, y son tantas las dificultades que debe enfrentar para salir adelante, esa misma situación a través de una mirada inteligente y positiva, sea propicia para sacar provecho de cada una de las circunstancias al máximo.

Es importante no olvidar que existen trenes que pasan una sola vez, por eso es inminente abordarlos, porque de no hacerlo es una oportunidad desperdiciada, que posiblemente no se vuelva a presentar.

Aún lo recuerdo con mucho cariño, y pienso ¡qué razón tenía!, un hombre sabio a quien la vida le había ofrecido muy pocas posibilidades para salir adelante, pero él no las había dejado pasar.

Cuántas veces les digo a mis hijos: “Tienen todo para salir adelante y no lo aprovechan” Ojo, tampoco olvido cuando mis padres me decían lo mismo a mí. Es un mal que se repite generación tras generación, donde las múltiples herramientas no son valoradas en su justa medida, hasta que pasan los años, y allí uno dice: “¡Qué pena todo lo que no supe aprovechar!”

Con el transcurso del tiempo, ha cambiado la mirada educativa, el sistema, y las herramientas que se disponen. Internet ha permitido llegar a cualquier parte, en desmedro de la lectura de libros que es cada vez más inusual en los jóvenes, salvo que los profesores lo indiquen.

Ahora aprender es mucho más dinámico, interactivo, divertido si se quiere, los niños incorporan la tecnología desde muy pequeños, y utilizan los controles, la computadora y todo objeto electrónico de la forma más natural del mundo. Es así que con apenas dos años se los ve utilizando un mouse con una manito diminuta pero ágil y veloz.

Quizás sea bueno hablar con los abuelos y que nos cuenten las peripecias a la hora de estudiar, realizar un trabajo u obtener material. Sin ir más lejos, recuerdo que mientras fui a la escuela y hasta terminar preparatorio, iba a la biblioteca para realizar un trabajo, no tenía idea lo qué era una computadora... ¡Igual que González!

De este intercambio generacional uno se nutre, aprende, y se cuestiona ¿hasta qué punto es válida tanta tecnología, hasta dónde llegaremos y a qué precio?, son preguntas que como miembros de esta sociedad debemos plantearnos en pos de un mundo en el que el conocimiento es la herramienta fundamental de cualquier ser humano.

La educación es un pilar muy importante, siempre lo ha sido, sin embargo hoy en la era de las comunicaciones los seres humanos paradojicamente nos comunicamos menos, por lo que apelar al diálogo familiar o al intercambio intergeneracional  sería de una gran provecho para así nutrirnos de los verdaderos afectos, esos que siempre se llevan en el corazón a lo largo del tiempo.

Andrea Calvete