martes, 27 de septiembre de 2011

“ALGUNOS SE IMAGINAN SER LIBRES Y NO VEN LAS ATADURAS QUE LOS APRISIONAN”

Por Andrea Calvete

¿Hasta qué punto somos libres a la hora de decidir qué comprar, hacer o elegir? El libre albedrío es parte de la naturaleza humana, pero en este siglo XXI donde los medios masivos de comunicación nos dominan como integrantes de esta sociedad mediatizada ¿hasta dónde decidimos por motu propio?

Los “mass media” - medios de comunicación masivos- concentrados en la comunicación multimedia influyen diariamente en cada uno de nosotros. Actualmente, el quinto poder ha pasado a manos de las redes sociales en Internet, ellas diariamente dominan el mundo, lo que no figura allí, es porque no sucedió.

Si bien esta pronta y amplísima información, producto de la globalización, trae aparejados grandes avances y posibilidades, es a su vez un arma de doble filo, pues nos exponemos a un serio problema que es el de poder guardar la ecuanimidad a la hora de decidir sin ser influenciado de alguna manera, a esta altura un hecho prácticamente utópico.

En este juego mediático, ¿dónde queda nuestra libertad de elección? luego del bombardeo a través de los múltiples medios que consumimos a diario, ya nuestra mente no es capaz de discernir si lo que decidimos es realmente producto de nuestra decisión o de la influencia de ese bagaje de información e inducción a consumir sin medida.

En tal sentido, la Escuela de Frankfurt, a partir de Adorno y Horkheimer, sostiene que la “pseudocultura” es la es la estructura ideológica de nuestro tiempo, en donde la cultura elaborada para el consumo se hace ideología. La estrategia de esta “pseudocultura” se establece a través de las estrategias de emisión y la distribución de los mensajes.

Por lo tanto, “pseudocultura” es para ellos el modelo cultural surgido de los “mass media” dedicados a la creación de mensajes estandarizados, de modo que se reduce la capacidad de análisis causal y crítico, convirtiendo al sujeto en un individuo pasivo y sin identidad. En definitiva, critican el modo en que los medios a través de sus mensajes, perjudican la creatividad intelectual y artística, donde consumo pasa a ser sinónimo de cultura.

Pero, más allá de estar de acuerdo o no con la Escuela de Frankfurt, cabe preguntarnos ¿por qué consumimos determinadas marcas más que otras?, ¿por qué nos vestimos de determinada manera?, o ¿con qué criterio juzgamos o escogemos qué hacer y qué no?, quizás al respondernos rápidamente a este tipo de preguntas podamos analizar hasta dónde nuestra libertad se convierte en una pseudolibertad, o se mantiene intacta.

Desde el punto de vista de su potencial, el hombre es libre. Puede actuar, hacer y pensar lo que quiera, dado que podría llegar a eludir cualquier impedimento externo que se le interponga. Por lo tanto, el libre albedrío es la natural disposición de todo hombre a hacer cuanto le plazca.

Pero el hombre no está solo, sino que está rodeado de otros seres que también gozan de la misma libertad. Este hecho es fundamental para entender que la libertad del hombre no puede ser ilimitada, porque la existencia de otros hombres libres como él se lo impide.

El impedimento es sólo una cuestión de supervivencia, porque si un hombre hace lo que quiere sin tener en cuenta que puede afectar a otro con su accionar, está autorizando en forma implícita al otro a hacer lo mismo; y de esa manera peligra también su propia existencia.

Pero el caso es que el libre albedrío no sólo está limitado por el otro sino que también está condicionado por la ley de la causalidad. Esta ley no se puede ignorar porque funciona inexorablemente. Cada acción tiene una consecuencia que no necesariamente se manifestará de inmediato sino que se hará efectiva en algún momento, acentuada gracias a la propiedad que tienen los actos relacionados para combinarse entre sí y formar un hecho aún más complejo.

Existe otra razón importante que limita nuestro libre albedrío y es la existencia de una instancia natural dentro de nosotros mismos que es la conciencia.

La conciencia es el otro yo, el que coteja, se cuestiona y dialoga permanentemente con el yo externo, o la máscara social. Su existencia es indudable, porque todos sin excepción parecemos estar divididos en dos: el ser y el no ser.

Cuando no hay unidad de criterios entre estas dos instancias de nuestro mundo psíquico, la indecisión produce un conflicto.Por esta razón todo hombre tiene que optar libremente en cada instante de su vida, entre ser o no ser él mismo, es una elección ineludible, y esta elección es la que definirá su destino.

También cabe  cuestionarnos ¿por qué consumimos determinadas cosas más que otras? ¿Por qué nos vestimos de determinada manera? O, ¿con qué criterio juzgamos o escogemos qué hacer y qué no?

Y entonces nos planteamos  si realmente consumimos lo que queremos, decidimos con libre albedrío, o si el bombardeo de los medios no nos permite decidir en forma objetiva.

Y en este análisis valdría la pena detenernos a pensar que vivimos en un mundo individualista, en donde muy pocas personas se detienen a escuchar lo que le pasa a sus semejantes, donde continuamos enajenados corriendo detrás de los productos que día a día entran en nuestras casas, y que nos hacen prisioneros del celular, de las computadoras, de la televisión, sin ellos la vida pareciera volverse insostenible.

El punto neurálgico del tema es ver si somos libres a la hora de elegir, si somos capaces de decir no a lo que culturalmente se nos impone a través de medios masivos de comunicación, porque habitualmente nos hallamos anestesiados en nuestro libre albedrío, y no nos cuestionamos por qué es necesaria esa imperiosa necesidad vital de consumir.  Si bien las redes sociales de Internet, redes globales son responsables de esta situación, cuando hacíamos referencia a la escuela de Frankfurt existente en el primer cuarto de siglo XX, ellas se manifestaban a través de otros medios, porque las redes sociales existieron desde los comienzos de la Humanidad.

Pero en la actualidad hacemos referencia a las redes sociales en Internet, donde lo que circula es información, y siempre existe un dueño de la información que al acumularla tiene el poder  de hace sentir su rigor. Por ejemplo, en Facebook Mark Zuckerberg dueño de un gran imperio, al igual que los propietarios de Google, y así grandes organizaciones tienen tanta información que son capaces de dirigir nuestra vida, y ya no a través de los medios masivos, sino de la manipulación de nuestra información. Esta situación ya fue advertida por el escritor inglés  George Orwell en su obra titulada “1984”, escrita en el año 1947, donde da a conocer al personaje “Gran Hermano” previendo la situación a la que nos hallamos actualmente, donde se manipula nuestra información.

En tal sentido, el gobierno de Estados Unidos, durante la presidencia de Bush, luego del atentado a los torres gemelas del once de setiembre, aprobó la ley llamada “Patriot Act”, la cual obliga a toda empresa estadounidense a entregar toda la información que le sea requerida por parte del gobierno. Entonces cabe preguntarnos ¿qué sucede con los datos de Facebook, de nuestro email, etc.? Y si nos ponemos a pensar en los orígenes de Internet, era sinónimo de libertad de acción, ahora ya desde que no somos dueños de nuestros datos, esa libertad no resulta tal.

Y volviendo a la novela “1984”, George Orwell describe a un “gran hermano” que suplanta a todo personaje político, él es el comandante en jefe, el guardián de la sociedad, el dios pagano y juez supremo. Es la encarnación de los ideales de un partido que se halla en todas partes, único y todo poderoso, que vigila sin descanso, todas las actividades cotidianas de la población, al punto que en las calles y en las casas hay dispositivos para conocer todos los actos de cada individuo.

Orwell,  incluso sostiene que el “gran hermano” no es una persona real, sino un ícono propagandístico, creado por un conjunto de personas.

Pero también cabe preguntarnos si somos realmente felices consumiendo a este ritmo vertiginoso, si consumimos en forma responsable, en un mundo donde escasean los productos, donde el agua es un bien cada vez más preciado, donde millones de personas se mueren a diario haciendo frente al hambre y a la miseria, donde cada vez se acelera crecimiento demográfico, así como la contaminación. Entonces, vuelvo a repetir ¿somos consumidores responsables o simplemente no nos cuestionamos nada y continuamos por la vida?

Sé que no es sencillo cambiar nuestra forma de vida, comprendo que son costumbres arraigadas,  que las tenemos incorporadas como lo más natural del mundo,  y que el consumir genera un placer que es difícil de eludir, pero también es importante hacer una pausa y pensar en los que vendrán, en legado que le dejaremos, en nuestros hijos, nietos y generaciones futuras.

No es justo el mundo que le estamos dejando como herencia, en donde ya no podemos controlar los datos que navegan por las redes en Internet , donde los valores humanos se ven aniquilados por aquellos que tienen el poder, por eso me parece necesario buscar soluciones inmediatas a un problema que pronto no tendrá marcha atrás.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

¿DÓNDE SE UBICA TU AUTOESTIMA?

Por Andrea Calvete


Una autoestima adecuada nos permitirá enfrentar la vida con optimismo, en sano equilibrio emocional, de modo que será posible utilizar todas las herramientas que disponemos para abrirnos paso en la vida.

En sí, lo primero que implica es respeto por nosotros mismos, por lo que somos. Si partimos de esta base ya tenemos gran parte del camino allanado.

Asimismo, deberemos tener confianza en lo que somos, aunque muchas personas suelen decir “la tengo, pero en la vida las cosas no me salen como pretendo” y viceversa. Lo que ocurre, es que son cosas distintas, los logros obtenidos y la confianza, no precisamente van de la mano, pues mucha veces aspiramos metas inalcanzables, o tomamos caminos inadecuados, o por el contrario llegamos a esos destinos pero no confiamos en nuestra persona o no estamos satisfechos en cómo somos.

Generalmente, la autoestima se conforma en los primeros años de la niñez, entonces en ella influirán el hogar, la escuela y la familia. Mas cuando ella ha sido perjudicada por situaciones tales como la violencia de algún tipo, la misma puede aparecer muy por debajo del nivel normal.

En casos en los que no nos es posible enfrentar lo que nos toca pues no contamos con las herramientas suficientes, es importante consultar un especialista, que nos permitirá superar esas inseguridades o al menos nos presentará opciones para encontrar una salida.

La vida en sí, diariamente agrede este rico patrimonio, y con el transcurso de los años no sólo se debilita el físico sino también la mente, que son asaltados por el cansancio, el estrés, los problemas del diario vivir, y la gran agresividad vigente en este siglo XXI que con gran facilidad hace aflorar nuestro enojo en un abrir y cerrar de ojos.

Asimismo, cabe señalar que la autoestima puede verse saboteada por nuestro inconsciente, que nos permite aflorar el miedo emocional,  y nos lleva a disminuir los niveles de autoestima.

Mas en el camino de la vida, la  sociedad nos enseña a “etiquetar” lo que está bien y lo que no, algunas veces prescindiendo de los verdaderos valores humanos, simplemente movidos por la necesidad de alcanzar metas que van en contra del propio individuo, de su autoestima, pues se persiguen metas inalcanzables, que están más allá de nuestras posibilidades. Se nos vende un mundo perfecto, donde no hay lugar para los defectos ni las equivocaciones, donde las  situaciones nos cierran en forma automática. Y es así que los medios de comunicación nos inculcan familias ideales, personas perfectas, donde no hay lugar para todos, sino para aquellos que tienen una imagen “ideal”, también establecida por patrones que no tienen ni pie ni cabeza.

Y es así que nos enfrentamos a una sociedad, que muchas veces contribuye a bajar nuestra autoestima sin que nos demos cuenta, sin que seamos capaces de comprender que el hecho de no poseer ese imagen que marcan a fuego en nuestro inconsciente no es relevante, pero a la larga influirá para que cuando nos miremos al espejo o analicemos cómo somos, estemos desconformes, pues no nos ajustamos al prototipo que venden los medios.

Por estos motivos, es necesario hacer una pausa y cuestionarnos ¿dónde se encuentra nuestra autoestima? Pues de ella dependerá el equilibrio físico y mental necesario en nuestro organismo para vivir en paz con nosotros mismos. La autoconfianza y la valía nos permiten a los individuos sentirnos útiles con nosotros mismos y con los demás.

Y la confianza en uno mismo, también se proyecta a través de la autorrealización. Las personas con autoestima positiva ven su sistema inmunológico fuerte, pues esta confianza en sí mismo genera resistencia en su organismo. Sin embargo, cuando la autoestima es baja, nuestra capacidad de enfrentar las adversidades de la vida disminuyen, y nuestras defensas también.

Es importante tener en cuenta que no se trata de ir mirando por encima a los demás sino a nuestra misma altura, sino ya no hablamos de una correcta autoestima.

Como arquitectos de nuestra propia vida, somos lo que pensamos. De este modo, si estamos convencidos que no somos capaces de realizar determinadas tareas, posiblemente nunca lo seamos. Debe existir una relación armónica entre lo que pensamos y deseamos. Quizás esta sea la clave para que una persona se encuentre satisfecha consigo misma.

Finalmente, tengamos claro que todos tenemos problemas, que la felicidad son pequeños momentos que se dan día a día, y no metas utópicas, pues sino más allá de una correcta autoestima viviremos contrariados defraudados esperando más y más sin disfrutar, de lo que somos y tenemos que es mucho.

domingo, 11 de septiembre de 2011

SÍNDROME DE LA POLENTA CALENTITA

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, no hace mucho tiempo vivía una señora que narraba siempre una historia. Generación tras generación ese cuento fue pasando, hasta que un día a alguien se le ocurrió cuestionarse ¿cuán cierto era lo que contaba?


Todo comenzó cuando la señora decidió narrar sus peripecias rumbo al almuerzo de sus hijos.  Los pequeños iban a la escuela y allí se quedaban a almorzar. En su relato, aseguraba que día tras día, bajo las inclemencias del tiempo y el azote del invierno llevaba una exquisita polenta calentita, para que sus hijos comieran algo sano y caliente que les reconfortara y potenciara su día.

 Acoto que la señora en cuestión, vivía a un kilómetro y medio de la escuela, que iba a pie, y llevaba la comida en un tupper. El camino algo agreste, pastos altos, un monte de eucaliptus y un piso arenoso, difícil de transitar. Ustedes se preguntarán ¿a qué viene esta acotación?, pero no es menor cuestionarse ¿cómo era posible que a esa distancia, y dadas las dificultades del camino, la polenta llegara calentita?, y menos aún, los días que hacía cinco grados, o llovía torrencialmente. Por otra parte, no les hablo de la época del microondas, sino de unos cuantos años atrás cuando no había forma de calentar lo que los niños llevaban para almorzar.

 Hechas estas aclaraciones, les relato que mientras sus nietos escuchaban atentos el cuento, de su abuela, uno de sus hijos esbozó una sonrisa, entonces el nieto más pequeño preguntó:

 -Papá ¿de qué te reís, qué es lo gracioso?

 El padre se sonrojó, y carraspeó. Luego contestó:

 -De nada hijo, recuerdo con cariño la comida de la abuela.

 El hombre ya grande, recordó cuántas veces había sido realidad ese cuento, y advirtió que apenas un par de veces su madre le había llevado la comida a la escuela, lo que ya no recordaba era si había llegado calentita y si era tan exquisita como ella afirmaba, o era un bloque de polenta frío y apelotonado.

 Esta abuela a la que hago alusión, una gran narradora, con un gran poder de seducción en sus palabras. Su descripción pintoresca, no omite detalles, y es increíble cómo logra embellecer un en pocos segundos el relato, con notables alusiones que hacen la historia entretenida del principio al fin.

El “Síndrome de la Polenta Calentita” afecta a la mayoría de los seres humanos en mayor o menor medida, pues los recuerdos muchas veces se ven distorsionados, por adornos que sin darnos cuenta les hemos agregado, o cosas que hemos omitido. La mente recuerda las cosas como quiere, y con el transcurso del tiempo una historia contada en forma reiterada aunque distorsionada se puede hacer muy real en nuestras cabezas.

 Según Jean Paul “el recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados”, y de allí la importancia y el arraigo que tienen en nuestras vidas. Para George Sand “el recuerdo es el perfume del alma”.

 La memoria permite retener experiencias pasadas y según el alcance temporal se clasifica convencionalmente en: memoria a corto plazo, memoria a mediano plazo y memoria a largo plazo. A su vez,la memoria sensorial es la que nos permite traer al presente las sensaciones vividas o captadas por nuestros sentidos, y así recordamos situaciones en las que recreamos aromas o sonidos como si estuviéramos allí.

Para  recordar se apela a la memoria,  sobre la cual se puede confiar hasta cierto punto, y a partir de este margen de error comienzan las distorsiones, porque al recordar borramos cosas que nos  dolieron, que nos marcaron,  algunas las banalizamos, otras las reformamos a “piacere”  y entonces los recuerdos suelen hacerse algo confusos.  Además está lo que agregamos al sentir añoranza, nostalgia por el hecho que recordamos o narramos.

 Algunas veces, queremos recordar algo pero no lo logramos. En tal sentido, los investigadores sostienen que los recuerdos persisten en nuestro cerebro incluso cuando ya se han olvidado.Y es así que los recuerdos surgen cargados de sentimientos, de historias, de nuestro propio estado anímico, de lo que fuimos y somos, porque si bien forman parte de lo ocurrido, son testigos de nuestra vida, aunque muchas veces no demasiado fiables, de allí tantos malos entendidos y tantas versiones desencontradas.

Los recuerdos suelen ser grandes estrategas,  se hacen presentes en colores sepias, otros en blanco y negro, algunos difusos, algo esfumados y los multicolores, brillantes y claros. Mas todos teñidos por nuestro inconsciente, forman parte de nuestras narraciones, y se visten de acuerdo a la ocasión y al momento.La memoria es un elemento fundamental en el proceso del aprendizaje, mas es importante tomar conciencia que algunas veces, por distintas circunstancias, no es cien por ciento confiable. Estará en cada uno juzgar hasta qué punto los recuerdos que ella guarda en su inmenso bagaje es digno de creer o no.


Este síndrome, denominado “de la polenta calentita”, en honor a este relato,  permite a quien lo padece, tras realizar una o dos veces un acto generalizarlo como si fuera una rutina habitual en su vida. Pero vuelvo a repetir, quizás todos alguna vez hayamos sido protagonistas de una situación así, sin ser realmente conscientes.

Andrea Calvete