jueves, 25 de mayo de 2017

SI TE DIJERA...

¿Si te dijera que te escucho, me creerías?, ¿si te explicara lo que siento, me entenderías?, ¿si te tocara con mis manos, me sentirías?, ¿si me quedara callada, me oirías?... Quizás, no lo sé, o al menos eso quiero creer.

La lluvia cae mansa y cada gota es un regalo para mis oídos, un despertar para mis sentidos. El olor a tierra mojada realza los aromas, mientras el continuo pasar de los autos levanta suavemente el agua que recubre las calles. Es una tarde plomiza, en la que quedan pocos lugares para los matices o colores llamativos, parece que un inmenso toldo gris cubriera la ciudad y nos abrazara con su humedad fría.

¿Si te dijera que no te he olvidado, me entenderías?, ¿si te dijera que nada ha cambiado, te reirías?, ¿si te dijera que te extraño, regresarías?... Quizás, no lo sé, o al menos eso quiero creer.

El ruido de un camión encendido me dispersa, siento como bajan y suben objetos de él, mientras mi perra ladra muy enojada, entonces el motor sigue en marcha, a la espera de vaya saber ¿qué?. Hoy es un día para andar con calma la lluvia deja poca visibilidad y el tránsito se torna pesado, así que es mejor armarse de paciencia y disponerse a mojar si nos hemos olvidado del paraguas o simplemente hemos decidido salpicarnos con esas gotas purificadoras.

¿Si te dijera que al respirar hondo te recuerdo, lo notarías?, ¿si te dijera que todo ha cambiado, regresarías?, ¿si te tocara con mis pensamientos, me abrazarías?... Quizás, no lo sé, o al menos eso quiero creer.

Un auto que se aleja se mezcla con el sonido de la lluvia, y una alarma suena monótona pero suave como una letanía, las voces de dos mujeres se suman a los sonidos de esta tarde que no deja mucho lugar a las respuestas, pero sí a las preguntas.

¿Si te dijera tantas cosas, me escucharías?, ¿si te dijera lo que no dije, te asombrarías?, ¿si te buscara en un sonido, te encontraría?... Quizás, tal vez, o al menos eso quiero creer.

Andrea Calvete

domingo, 21 de mayo de 2017

TIEMPO NUEVO

Llorar para reír, dejar de sentir para volver a vibrar, olvidar para recordar, perderse para encontrarse, parece un juego de palabras sin sentido que cabalgan desenfrenadas en busca de un lugar donde tener cabida.  

En el sonido de una vieja melodía se entrelazan los recuerdos, se cruzan los pensamientos, se desabrigan los sentimientos, se desnudan las pasiones y despeinan los colores, todos allí parecen tropezarse para mirarse frente a frente.
Se han reunido todo lo que fui soy y seré en un mágico encuentro donde ser yo misma es una sensación que parece desconocida, pero grata. Me enfrento a mis sombras, a los rincones oscuros y sombríos, para dejar renacer lo que está latente y no se anima a salir a la luz. ¿Me pregunto mil veces, por qué reprimir tanto, para qué, con qué sentido?

Es como zambullirse en un océano de posibilidades, en un atardecer cargado de tonalidades, en un arcoiris brillante, en donde la infinidad de respuestas está allí. Notas de mar llegan a perfumar mis sentidos a despertar esos rincones poco recorridos, quizás olvidados y deshabitados. Aromas silvestres se deslizan en el viento,  un sándalo y un laurel me envuelven y acarician en forma protectora.

Se fusionan las texturas, el tronco de un viejo eucaliptos descascarado me hace perder en una alejada niñez que se acerca tímidamente a mi recorrido. Aquí estoy descubriendo que para volver a nacer hay que morir todas las veces que sea necesario, y entonces despertar en un tiempo nuevo.

Andrea Calvete

domingo, 7 de mayo de 2017

DESAPRENDER LO APRENDIDO

En la medida que caminamos vemos que mucho de lo que hemos incorporado a nuestros días carece de sentido, molesta o ya no hace falta. Desaprender lo aprendido requiere de paciencia, humildad y sabiduría, pues implica enfrentar nuestras carencias, baches y oscuridades.

Asimismo, lo que hemos aprendido ha sido porque de alguna manera nos lo han enseñado, ¿pero todo lo hemos incorporado en el libre uso de nuestras facultades, conscientes de que eran conocimientos necesarios e importantes en nuestros días?... Y aunque lo fueran, podemos haber recapacitado y comprender que ahora nuestra realidad es otra muy diferente y distante a ese punto de partida. Evidentemente, evolucionamos, crecemos, cambiamos, porque el devenir no es estático, así nosotros fluimos como la vida misma.

Al desaprender lo aprendido podemos dejar atrás lo que forma parte de esas conductas y pensamientos que restan a nuestra vida, para animarnos a nuevas preguntas, a nuevos desafíos, a cambios importantes, de modo de que la mochila que llevamos sobre nuestros hombros se haga más liviana, cuánto menos carguemos más sencillo se hará el camino que es la meta.

Generalmente, cuando no dejamos fluir nos trancamos en determinados tramos del recorrido, siendo el mayor obstáculo nosotros mismos, por temor, por miedo, o porque no nos atrevernos a desaprender lo aprendido, y eso no significa eliminar todo lo incorporado pero sí aquello que ya no hace falta o carece de sentido en nuestras vidas. El dejarse sorprender por nuevas experiencias, conocimientos y desafíos es en parte de la luz que alumbra nuestros días.

Sin embargo, habrá una esencia que nos define y nos permite ser lo que somos, ella será parte de lo aprendido. Lo desaprendido por los motivos que sintamos pertinentes dejará lugar para nuevos conceptos importantes en esta evolución de la que somos partícipes y a la cual no podemos dar la espalda.

Andrea Calvete

lunes, 1 de mayo de 2017

SER Y NO SER

¿Se puede ser y no ser? ¿Estar y no estar? ¿Querer y no querer? ¿Buscar y no buscar?... Generalmente todo lo que somos se compone de lo que no fuimos y quisimos ser, de lo que buscamos y no encontramos, porque no pudimos o simplemente porque dejamos de buscar. Esa dualidad es parte de la esencia misma de las personas.

Ser luz y sombra, ser calor y frío, ser niebla y claridad, ser espina y rosa, ser lo que queremos y lo que no también, porque para ser es necesario aceptarnos, con lo bueno y lo malo, con los claros y oscuros, con nuestros defectos y virtudes, pero no hacernos trampa al solitario.

Al ser y no ser atravesamos umbrales en los que trascendemos planos, y escalamos el espiral de nuestra propia existencia. Y navegamos con viento a favor, y algunas veces con él contra. Caminamos en subidas empinadas, en bajadas vertiginosas y planos chatos que parecen aquietar nuestra marcha.

El umbral del dolor es un punto en el que cada uno reacciona según puede o quiere, y también de acuerdo al momento que vive. Algunas veces nos hallamos a una altura del camino en la que ya hemos trascendido ciertas situaciones, en la que podemos dar el justo valor a lo que nos sucede y entonces se hace menos costoso atravesar éste umbral. Sin embargo, más allá de la posición en que nos encontremos requiere fortaleza y valentía el poder continuar el camino. Dice un viejo proverbio: “ El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”.

El umbral de la alegría parece un lugar del que no nos quisiéramos ir nunca, sin embargo la mayoría de las veces no comprendemos que podríamos transitar por él más seguido, sólo depende de nuestra actitud de vida y no tanto de las cosas que nos suceden.

El umbral del amor hay gente que se resiste a pasar por aquí por miedo, porque no quiere sentir, porque no quiere perder lo que puede llegar a experimentar, porque en definitiva sabe que el amor requiere entrega, pasión, esfuerzo y paciencia. Al atravesar este umbral nos nutrimos de una energía vital importantísima para dar cada paso en la vida, el amor a través de sus diferentes manifestaciones en un potente antídoto para continuar con alegría.

Existen tantos umbrales como sentimientos y emociones podamos experimentar en las que pasamos de lo mejor a lo peor, de lo intermedio a lo más grande, del pozo al umbral, de la oscuridad o lo claro. Así vamos entre luces y sombras buscando encaminar nuestros días en la danza perpetua del devenir que no se detiene y si nos descuidamos no nos espera.

En definitiva somos esa pluralidad de opciones que nos definen y alcanzan en la medida que tallan nuestro ser, algunas veces confuso, distante, solapado, cerrado, otras afable, accesible y abierto, quieto e inquieto. Ser y no ser una posibilidad en ese abanico inmenso y plural en el misterio de la vida.
Andrea Calvete