sábado, 23 de julio de 2016

SOLO ENTRE CUATRO PAREDES

 
Se instaló despacito sin anunciarse, se fue escurriendo por cada pequeño rincón de su casa, así de a poco invadió cada espacio hasta llegar a su corazón. Un intenso frío se apoderó en el momento que lo atravesó como una daga, oprimiendo su respiración, los latidos perdieron nitidez. Una gris apatía se sumergió en su cuerpo, nada le llamaba la atención ni le conmovía, el frío del invierno se espejaba en sus pupilas.

 Los allegados de Tomás no salían del asombro, no comprendían su proceder, no quedaba un ápice de lo que había sido, era un auténtico desconocido. Sin embargo, cada uno de ellos intentó acercarse a él de diferentes maneras, pero todas fueron en vano, no atendía a nadie se había sumergido en una profunda soledad.

 Aquella mirada opaca llena de desidia era resaltada por el ceño fruncido que se perdía en un rostro pálido con azuladas ojeras. El motor de la heladera era el único sonido que se percibía entre aquellas cuatro paredes en las que rodaba carente de tonalidades su vida. La casa estaba invadida por un olor rancio que se mezclaba con el encierro, el humo del cigarro y falta de limpieza.

 Con sus mejores atuendos la soledad tomó asiento a su lado, había encontrado un lugar confortable para quedarse, para sentirse valorada, Tomás le rendía culto día a día, ya que se alejaba de todo lo que podía conectarlo con otro ser humano, aquellas paredes le permitían mitigar su dolor, aunque paradójicamente sin saberlo se hundía más.

 Las horas transcurrían entre mates y cigarros, así en uno de esos intervalos cabeceó y quedó dormido, entre sueños escuchó nítidamente una voz que decía: “He venido para quedarme, tú me has llamado, has demostrado que quieres unirte a mí de por vida, pues entonces aquí me quedaré, haré que sientas la ausencia hasta de tu propia sombra, me has invocado y no me iré salvo que dispongas lo contrario”

 Con el cuello torcido y la boca reseca Tomás se despertó sentado en su sillón de hamaca, no sabía si las palabras que habían escuchado eran reales ya que su soledad hasta altura era tan grande que cualquier voz podía llegar a ser un auténtico enemigo. Se levantó encendió un cigarro y se sirvió una copa de vino tinto. Por un momento el ladrido de un perro que se escuchaba en la vereda lo trasladó a su niñez. El olor a yodo invadió sus recuerdos, la espuma blanca peinaba la orilla, él y sus hermanos corrían a zambullirse en el mar. El sonido del timbre lo hizo volver en sí, pero decidió que no atendería. Se paró para ir al baño, dejó su copa en la mesa ratona que estaba al lado del sillón a medio tomar. Cuando regresó del baño la copa no estaba y el cenicero lleno de colillas estaba limpio por completo. Una extraña sensación lo invadió, un escalofrío lo estremeció, se quedó inmóvil no sabía ¿qué hacer?. Sin embargo, era consciente de su don especial para percibir lo imperceptible y de su habilidad para mantenerse conectado con lo que realmente le preocupaba.

 Entonces, decidió hacer caso omiso a lo que había sucedido, se levantó y se dirigió hacia la cocina para descongelar algo para comer. Al abrir la heladera se llevó una gran sorpresa ya no quedaba más que un limón y una banana, por lo que decidió hacerlos pisados con azúcar. Una vez preparada la mezcla la puso sobre la mesa ratona del living y se dirigió a buscar más vino para llenar su copa nuevamente. De regreso pudo ver que el plato de postre con el preparado había desaparecido, sin querer se le escapó la copa de las manos y al caer al piso el líquido formó una borrosa cara la que reconoció rápidamente. Pálido y sin aliento se sentó en el sillón, comenzó a traspirar y las pulsaciones se hicieron intensas, respiró profundo y encendió un cigarro. Una voz se instaló en su cabeza no alcanzaba oír lo que le decía la oía susurrar, la escuchaba muy lejos, entonces se desesperó tenía que descifrar el mensaje era su única salida. Se paró y se dirigió sin saber hasta la biblioteca guiado por una fuerza que no sabía de dónde venía, allí tomó el primer libro que estaba a su alcance lo abrió y leyó: “Aunque haya partido estoy contigo, debes seguir tu vida". Cerró el libro y se puso a llorar, secó sus lágrimas, tomó las llaves de su apartamento y decidió salir de compras. En la vereda pudo sentir la caricia del sol y el aire en su cara que lo invitaban alegremente a unirse a la vida, a compartir sus horas con los seres queridos, era hora de superar el duelo. 

Andrea Calvete