martes, 4 de agosto de 2015

EN EL OJO DE LA TORMENTA

En medio de una tempestad todo parece estar perdido, cuando pasamos a mirar alrededor se percibe un profundo desorden que es difícil de encausar, no sabemos ni por ¿dónde empezar?

No importa ¿por dónde?, sino empezar, respirar profundo y ver que lo poquito que hagamos por salir adelante es más que suficiente, y suma para que día a día nos restablezcamos.

En esos pequeños pasos que vamos dando por superarnos es importante no perder de vista el quererse y respetarse a sí mismo, porque esta es la base para  poder relacionarnos bien con los demás, para sí establecer verdaderas relaciones de alteridad.

Cuando hablo de respetarse y quererse no me refiero a establecer un culto al ego, no muy lejos de eso, sino a reconstruir lo que hemos perdido, a hacer un esfuerzo para que cuando el espejo nos devuelva una imagen sea la que queremos ver y no otra.

El dejarse de preocupar por arreglarse, por superarse, por estar mejor, algunas veces es parte de esa depresión en la que caemos al entrar en el ojo de la tormenta, que nos absorbe y pretende sumergirnos muy hondo.

Lo que la tormenta no sabe, es que cada golpe que nos da, de cada cimbronazo podemos salir con alguna cicatriz pero fortalecidos. Probablemente cada vez que veamos esa marca recordemos ese episodio, pero con el paso del tiempo se convertirá en un símbolo que demostrará la fortaleza que nos sostiene, la resiliencia que en nosotros habita.

La depresión es un mal que aqueja a muchas personas, algunas veces requiere de tratamiento médico, pero más allá de ello implica ponerse pequeñas metas día a día para salir adelante, lograrlas o no es otra cosa.

Parte de esa tristeza o mal estar que nos rodea, hace que dejemos de percibir las pequeñas y maravillosas cosas que están a nuestro alcance, pero que sin embargo no las advertimos. Me refiero a un rayo de sol rosando nuestro rostro, un cielo celeste sobre nuestro ser, el aire puro y fresco entrando a nuestros pulmones, el abrazo o el beso de una persona muy querida… y podría llenar la hoja de pequeños pero hermosos ejemplos que congratulan el alma.

El dejar de ver lo maravilloso que tenemos a nuestro alrededor es parte de esa venda que cubre nuestros ojos por el dolor o el sufrimiento, entonces es momento de levantar la venda y empezar a descubrir sin miedo, ni angustia lo maravilloso que tenemos.

La vida se compone de baldosas negras y blancas, de copas amargas y dulces, parte de esa dualidad de vida que contrapone a los opuestos, que en algún momento del camino se terminan complementando, ya que para sentir dolor en contrapartida sentimos alguna vez alegría, y de ese modo valoramos cada instante en forma particular y distintiva, dadas la vivencias adquiridas.

Avanzar y no detenerse luego de una tormenta es comprender que seguiremos cayendo muchas veces en la vida, lo importante es pararse con entereza y valentía, para continuar dando pequeños pasos en este largo camino de conocimiento y sabiduría.

Los golpes en la vida nos cincelan, nos esculpen y dan forma al verdadero ser que en nosotros habita. La muerte un gran enigma que continúa despertando un profundo dolor, porque culturalmente no se nos prepara para aceptarla como parte del devenir, en el que naturalmente mientras un ser nace otro muere, y así continúa la vida latiendo en este inmenso Universo.

Sin embargo, cuando comenzamos a buscar en lo más profundo de nosotros, vemos que la muerte es un pasaje de un estado a otro, y quien parte físicamente, continúa vivo en cada recuerdo, en cada partícula de aire, en cada pensamiento que nos ha marcado en el camino, sigue latiendo en cada corazón que lo recuerda con amor.

Y volviendo al ojo de la tormenta si hemos caído en él no importa el motivo, no permitamos que nos aspire hasta abismo, por el contrario saquemos fuerzas y entereza desde lo más profundo, para poder salir fortalecidos, más conscientes de quiénes somos y qué anhelamos. Sin olvidar, que todo sucede por alguna causa que desconocemos, con paciencia y sabiduría lograremos develar, sólo es cuestión de tiempo.

Andrea Calvete