martes, 30 de junio de 2015

COLORIDO RINCÓN

Ramilletes floridos en una pequeña esquina, son una pizca de alegría para las miradas en este invierno. Traen a nuestras retinas los colores que se ausentan invadidos por el gris y la neblina, a ritmo de un melancólico bandoneón que suena de fondo.

Desbordantes de colores y aromas, traspasan las imágenes y sonidos que los circundan, entibian el paisaje urbano, mientras esperan que alguien los elija para decorar un rinconcito de su hogar.

Como las notas musicales, las flores embellecen los días, los minutos, esparcen su delicado aroma, perfuman el alma y los sentidos, algo adormecidos por las bajas temperaturas y los avatares de la vida.

Las flores tienen esa generosidad de embellecer el entorno y a la vez llegar a tocar con delicada sutileza las fibras que han quedado mustias, casi por resquebrajarse. Sin embargo, ellas con suavidad y esmero logran colocar una sonrisa.

Andrea Calvete

miércoles, 24 de junio de 2015

NUBES DE CONTRADICCIONES

Toda contradicción encierra una dulce y amarga sensación, en donde se produce un tironeo absurdo, inexplicable, en el que pareciera que se agotan los recursos, escasean los minutos porque se dilucide o aclare la disyuntiva.

Querer lo imposible, aún sabiendo que es una necedad porque los nubarrones negros se avecinan. Sin embargo, el corazón no deja de albergar una una pizca de esperanza.

Así andan las almas deambulando en sus nubes de contradicciones perplejas, algunas veces insondables, otras difusas y sin el más mínimo sostén que les dé cabida, excepto su propia y despiadada existencia, desbordada de deseos contrapuestos a deberes, de posibles enfrentados a irrefrenables imposibles.

Deseos, deberes, posibles, imposibles… parte de los minutos de este reloj que no para, aunque por momentos quisiéramos detenerlo unos instantes tan sólo, para poder sortear esa contradicción que nos rodea, que nos carcome la cabeza y nos abarrota los pensamientos.

Las contradicciones andan en pareja, e intentan besarse, acariciarse, abrazarse, para borrar esa perplejidad que las aleja, como en una perfecta fusión en que lo terrenal y espiritual logren tocarse con suavidad y esmerada delicadeza.

Con su halo de enigma juegan a esconderse, se burlan entre sí, largan carcajadas, mientras quedamos absortos en su juego perfecto y misterioso, como simples prisioneros de sus caprichos, o deseos, a la espera que una prevalezca sobre la otra.

Andrea Calvete

domingo, 21 de junio de 2015

MNEME

Retraída por el frío corría, su piel erizada y violácea se entumecía, mientras los recuerdos azotaban confusos y escurridizos. El chisporrotear del fuego le hacía retomar el sabor de lo que ya no se percibía, había quedado oculto, como petrificado por el hielo polar que azotaba el aire.

Destellos luminosos entibiaron el ambiente, latidos acelerados rompieron los silencios, comenzaron a discutir las ideas que elevaban su voz por prevalecer unas sobre otras. Cuentan que en Esparta quien gritaba más fuerte tenía la razón, pero aquí ocurría todo lo contrario a pesar de la leyenda.

Sobrevino la calma, la luz se fue escurriendo por entre las ventanas, los rayos comenzaron a calentar la habitación. Los recuerdos se sosegaron con las caricias del sol, él los fue seduciendo lentamente, como una amante lujuriosa y los dejó sometidos a su ardiente calor.

Mneme sentía que el frío la perjudicaba, al igual que los recuerdos que le ocasionaban sufrimiento, ya no eran parte de  su camino, era hora de disfrutar de la cosecha. La ingratitud, la deslealtad y la mentira debían ser desterradas de aquellos pequeños rincones que aún olían a humedad y a encierro.

Respiró profundo, abrió las ventanas y decidió dirigirse rumbo al mar, allí desnuda frente aquel majestuoso universo podría ser ella, no habría lucha entre los recuerdos, que acechaban maliciosos y traicioneros. Frente al mar, se fusionó el cielo con la tierra, el sol con luna, la noche con el día, el calor con el frío, aquella dualidad fue superada para alcanzar esa unidad tan necesaria y complementaria para poder ser ella misma.

Andrea Calvete

miércoles, 17 de junio de 2015

EN FUGA

Fugarse a una dimensión única y apasionante, no es muy costoso ni sofisticado, algunas veces forma parte de trascender la realidad que asfixia o simplemente cansa porque es pura rutina.

El abstraerse a un espacio, requiere de involucramiento, entrega, creatividad, del convencimiento de querer navegar en las profundidades más intensas y desconocidas, para encontrar eso que no sé ve, tan intangible e infinito que la mente se perturba con el hecho tan sólo de no poder dimensionarlo.

En fuga se paran los deseos, los anhelos más profundos, en los que el tiempo y espacio pierden su identidad, porque es un momento en el que se traspasan minutos, sutilezas, hasta lo más minucioso queda desvanecido con ese goce que proporciona esa dimensión en la que nada duele, todo es dicha y placer.

Una dimensión en la que parecen contenerse los latidos y la respiración, en el que se abandona el cuerpo cansado y el alma dolorida y se los deja volar libremente, sin miedos, sin impedimentos, el viento sopla a favor, la luz brilla intensamente.

Quizás esa dimensión sea única y diferente para cada uno de nosotros, y seguramente la alcancemos de modos muy distintos, pero lo importante es llegar a ella en algún momento de la vida, para entonces abrir esa puerta que nos permita disfrutarla.

Andrea Calvete


lunes, 8 de junio de 2015

POCO Y NADA

A veces imaginamos, prevemos, y olvidamos que existe un plan, del que somos parte, pero al que desconocemos. De pronto, suceden determinados hechos y al mirar en perspectiva no podemos salir del asombro, ¿qué es lo que estamos viviendo, por qué no puedo hacer nada por cambiarlo?

Sin embargo, poco nos sorprende o desilusiona a cierta altura de la vida. Aunque el sufrimiento de un ser querido es algo que desespera, logra sacarnos de nuestro yo más armónico, con ese sabor a desilusión y amargura que impera, cuando es poco y casi nada lo que podemos hacer.

Poco y nada, que palabras desgraciadas, infelices, sin gracia, ni vigor, desprolijas y venidas a menos. Así son ellas, dos vocablos que no estimulan en lo más mínimo, por el contrario saben a escasez, pobreza y desencanto.

El hacer poco y nada, porque la misma vida así lo ha dispuesto, nos deja sentados en una silla mientras ocurre todo aquello que quisiéramos cambiar y sin embargo, sucede muy a nuestro pesar.

Placentera ha de ser la sensación de hacer poco y nada cuando así lo decidimos, pero cuando no es por decisión propia, queda cercenada nuestra libertad de acción, apuñalado nuestro accionar como por la espalda.

Sin embargo, en ese poco y nada uno se juega hasta la última gota de sacrificio, se empuja y empuja, con la voluntad de mover una montaña, eso es en definitiva lo que importa, la intención que pongamos en cada acto, que lo alcancemos o no será otro capítulo a resolver mañana.

Andrea Calvete


lunes, 1 de junio de 2015

LOS ALUDES DE LA VIDA

En el correr de nuestra existencia, los aludes se presentan en forma permanente, como pruebas y obstáculos que debemos atravesar, como inmensas montañas por traspasar, o enormes mares que cruzar.

Todo es cuestión, de persistencia, esfuerzo y perseverancia. Quien ante el primer impedimento baja los brazos, posiblemente quede estancado en esa dificultad por mucho tiempo, y desate terribles tempestades sobre si mismo.

Aludes que nos entierran debajo de una inmensa capa de nieve, nos aplastan, asfixian, sin embargo intentamos incorporarnos en busca de oxígeno para no sucumbir ante el inmenso peso que ha caído en nuestro ser.

De diferentes colores, espesores e intensidades, algunas veces nos agarran a cubierto, y otras tan desprevenidos que nos arrastran tan lejos que al poder tomar contacto con la realidad no sabemos ¿a dónde hemos llegado?

Entonces, no somos conscientes de dónde estamos parados. ¡Qué sensación de inseguridad e inestabilidad, qué desasosiego profundo nos genera el no tener sentido de ubicación! Esa sensación, posiblemente desaparezca en la medida que tomamos contacto con lo que nos sucede y quitamos el velo de nuestros ojos.

El instinto de supervivencia es algo que los seres humanos tenemos incorporado desde el día que nacemos, es el que nos hace capaces de buscar aire, luz, agua y fuego para que nuestro cuerpo se aproxime a esos elementos sustanciales para la vida.

Aunque existen aludes simbólicos en los que los seres humanos quedamos totalmente sumergidos porque no somos capaces de afrontar lo que nos sucede, es decir pararnos con fortaleza, con poder de resiliencia.

La fuerza algunas veces parece desvanecerse, en esa lucha continua por dar un paso hacia la luz. No en vano, la vida nos va enseñando, va cincelando pequeñas asperezas, va esculpiendo esas vivencias que son esas experiencias que da alguna manera nos dejan marcas, que nos ayudan a mejorar y superarnos.

Como seres racionales intentamos explicar en forma permanente lo que nos ocurre. Sin embargo, olvidamos que no todo pasa por la razón, los sentimientos siempre presentes desafiándola, interpelan a la inteligencia, para poder elevar y trascender como seres formados por un interior valiosísimo y desconocido, al que permanentemente descubrimos.

Esas vivencias nos transforman, nos hacen seres diferentes cada día, como el devenir mismo lleno de cambios permanentes. Ese movimiento constante es parte de la vida, mientras que la quietud, el silencio, el recogimiento, son pausas “aparentes”, que en si requieren grandes procesos de transformaciones para llegar a esa tranquilidad casi incomprensible.

Los aludes conviven con nosotros son parte del paisaje, de nuestra naturaleza, es cuestión de prepararnos para sobreponernos con fortaleza y dignidad, de manera que un tropezón no sea caída, ni un impedimento una barrera intransitable. El peor enemigo, algunas veces solemos ser nosotros mismos.

Andrea Calvete