domingo, 3 de noviembre de 2013

¿POR QUÉ TE QUEJÁS?

Existe un proverbio oriental que nos cuestiona acerca de nuestras quejas, y nos pregunta: “Si tu mal tiene remedio ¿por qué te quejás?; si no lo tiene ¿por qué te quejás?”. Son añejas y comunes como el pan que comemos día a día, y tienen por base el reclamo.

Y es bien cierto que si lo que nos sucede tiene remedio demás está quejarnos, porque está a nuestro alcance remediar lo que nos preocupa. Sin embargo, si no tiene solución o al menos no la vemos, al quejarnos gastamos nuestras energías, nuestro tiempo y dinamismo en esa queja que nos deja estancados y nos posibilita salidas.

Las alternativas para solucionar un problema, no se hallan en la queja, sino en agudizar nuestros sentidos puestos al servicio de lo que nos aqueja, para sí entonces encontrar soluciones.

La queja, no resuelve nada, porque es inoperante. Cuando incurrimos en ella en forma reiterativa, nos acercamos a la negatividad, a no aceptar lo que debemos cambiar. Sin embargo, aunque sabemos que quejarnos no cambia las situaciones, lo hacemos para manifestar una realidad que nos desagrada, y caemos entonces un proceder plagado de quejas, negativo, en el que nuestras propias palabras se convierten en valiosas armas que van en nuestra contra.

Si bien la queja es parte de un reclamo, de hacer ver que una determinada situación es molesta, lo que puede ser válido en determinadas circunstancias, también puede convertirse en sitio cómodo, confortable, para desligar responsabilidades, echar las culpas a los demás, sin tomar medidas para el cambio para salir de ese lugar que nos molesta e inquieta.

Aunque algunas veces se hace difícil encontrar un momento de paz o tranquilidad para vislumbrar el porqué de esta queja, de este constante “mangangueo” que nos asimila a los mangangá que zumban alrededor de nuestros oídos.

A los uruguayos se nos tilda de grises, quejumbrosos, opacos, y si nos ponemos a pensar detenidamente por algo ha de ser, quizás la queja a esta altura ya se nos ha incorporado tan adentro que es parte de nuestra rutina, y no nos damos cuenta la cantidad de veces que lo hacemos en el día.

Cada vez que emitimos una queja malgastamos: tiempo, energía y dinamismo. Tres elementos fundamentales para cualquier actividad que queramos emprender sea posible. Actualmente, vivimos escasos de tiempo, de oportunidades, por eso es fundamental aprovecharlos y no desperdiciarlos cuando las contrariedades se nos presentan.

Si nos ponemos a pensar la mayoría de las veces son muy pequeños los detalles por los que nos quejamos, nos preocupamos o malgastamos nuestro tiempo. Es así que nos quejamos porque por lo que no tenemos: si estamos gordos queremos estar flacos, si hace frío precisamos el calor, si llueve al sol, si tenemos el pelo oscuro lo queremos claro, si tenemos pareja queremos estar solos, si estamos solos buscamos compañía… y así nuestra lista de disconformidades se acrecienta de manos del consumismo que nos avasalla y se une a la lucha.

Si cada vez que nos fuéramos a quejar, miráramos al cielo y respiráramos hondo, posiblemente agradeceríamos todo lo que cada día tenemos y no somos capaces de ver y disfrutar. Ese contacto con las nubes, con el aire, con el sol, nos posibilita mirar hacia el Universo, dar un paso hacia un sinfín de posibilidades maravillosas que están a nuestro alcance, pero que sin embargo, no alcanzamos a ver.

¿Qué es lo que vemos? La respuesta a esta pregunta dependerá exclusivamente de cada uno de nosotros, del camino que hayamos decido tomar y en esas posibilidades infinitas, estará el camino de la queja, del reclamo y de la victimización, que permite deslindar responsabilidades, así como encontrar culpables.

Así hemos sido educados: debemos encontrar al causante de un problema, la solución lógica, la resolución perfecta, dejando de lado toda respuesta diferente a la esperada, a la aprendida, a la que nos inculcaron que era correcta. Debemos abrir nuestras cabezas a los desafíos y a las posibilidades, y así aplacar la cultura de la queja.

Si al quejarnos presentamos un reclamo formal a una situación que es posible cambiar, entonces bienvenida esa voz que se alza en pro del cambio. Aunque sería conveniente que al momento de presentar una protesta a su vez pusiéramos sobre la mesa alternativas a eso que nos disgusta. El buscar nuevos caminos, es parte del estar abiertos al cambio, a ese devenir constante llamado vida.

Algunas personas llevan escrito un libro de quejas, pero sería muy importante analizarlas y tomar consciencia de cuáles son realmente importantes y válidas, cuánto han aportado en nuestro camino y cuánto tiempo nos han quitado y obstaculizado para hallar soluciones.

Quizás los años sean buenos consejeros a la hora de analizar que la vida es demasiado corta para desperdiciarla estancándonos en la queja, en ese ruido constante y molesto que lo único que conlleva es a ponernos de mal humor.

Decálogo de la queja:

1- Me quejo porque me siento mejor.
2- Me quejo porque siento que me escuchan.
3- Me quejo porque no es mi culpa.
4- Me quejo porque es más fácil que reconocer mis errores.
5- Me quejo porque es parte de lo que me enseñaron.
6 -Me quejo porque no me queda otra.
7 -Me quejo porque no entiendo que quejándome malgasto mi tiempo y energía.
8 -Me quejo porque hay mil razones para hacerlo.
9 -Me quejo porque no me hago espacio para agradecer.
10- Me quejo porque me queda mucho por aprender.

La queja es contagiosa, suele despertar el malestar de quienes nos rodean. Cuando propagamos nuestra negatividad, el aire se carga de mala energía, medio que no posibilita soluciones sino que favorece a los problemas.

Debemos educar para reconocer errores, vislumbrar soluciones, cambios, con una mentalidad positiva y esperanzadora. La construcción de un mundo mejor es posible, depende de lo que cada uno de nosotros estemos dispuestos a aportar y a comprometernos, no desde la queja, sino desde el compromiso y esfuerzo por lograrlo.