sábado, 27 de julio de 2013

LA FE MUEVE MONTAÑAS

Dicen que la fe mueve montañas, pero no todas las personas aseguran tenerla o encontrarla, haberla visto o percibido. Puede estar puesta en alguien o en algo, implica la confianza plena en eso que creemos o sostenemos. Quienes creen en la existencia de un ser superior, una fuerza o un ser creador, ven su camino iluminado, independientemente de su trascendencia o existencia.

Más allá de las creencias o posturas, en quien debemos tener fe es en nosotros mismos, en lo que somos, creemos, pensamos o sentimos, porque esta es la base para luego funcionar cordialmente con el resto de nuestros semejantes. Es el sustento de nuestra autoestima, sobre la que nos erguimos como personas.

Si uno no cree en uno mismo, en sus posibilidades, menos van a creer los demás en nosotros, es como un efecto búmeran que se dispara y despliega. La confianza en uno mismo, en sus posibilidades, en su desarrollo y crecimiento es esencial para dar un paso día a día.

Asimismo, la alegría vista como un ingrediente o componente que da sabor y color a nuestros días, es un importante motor en lo que tiene que ver con la fe, con la esperanza, con el creer, con el poder, pues quien no le da paso a este vocablo pequeño, humilde y a su vez, tan grande y necesario; cierra entonces las puertas de la fe a cualquier actitud y posibilidad.

Aunque muchas veces las circunstancias que se nos van dando en la vida conspiran contra la fe, contra la esperanza, contra esa alegría vital, porque las adversidades suelen pesar más que las alegrías, ya que aparecen acompañadas por ese sabor amargo, por esa falta de aire, opresión en el pecho, angustia y desánimo.

La personalidad de cada individuo ha de influir a la hora de pararnos ante los acontecimientos, de igual modo, lo que nos haya sucedido también será una huella importante trazada en nuestra memoria. Sin embargo, debemos aprender de las personas que logran de un acontecimiento desagradable o atroz, ver la enseñanza, la luz, no es fácil pero tampoco imposible.

Según Tolstoi “no se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo”. El creer entonces en uno mismo, conlleva luego a creer en los demás, en sus explicaciones, en sus proyectos, en lo que comparten con nosotros día a día.

El no creer en nada es una falacia, en algo creemos para tomar decisiones, para impulsarnos a diario, para que nuestra existencia tenga un sentido. En cada sorbo de aire que inhalamos existe vida y con la exhalación sale algo de nosotros, dándose así una transformación, un cambio que permite a nuestro organismo cumplir con sus funciones vitales.

La vida en sí es un gran milagro, una gran muestra que nos invita a tener fe en lo que queramos, pero sin ella los días agobian, el oxígeno disminuye, los latidos se pierden, las horas agonizan y el tiempo parece inerte.

Sin embargo, nunca falta quien diga “para lo que hay que ver o presenciar, más vale no creer en nada”, cosa que le hace mucho mal a nuestros jóvenes, que comienzan una vida llenos de entusiasmo, energía y ganas de llegar lejos, o por el contrario se encuentran confundidos tomando decisiones trascendentales, donde igualmente esos conceptos negativos no aportarán más que desánimo y angustia. Al respecto dice Gandhi: “No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano; no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias”.

La mayoría de nosotros, aquí en Occidente, nos hemos visto influenciados por la religión Católica, en que la fe es una de las tres virtudes teologales, sin embargo cada individuo en su camino tiene la oportunidad de creer más allá de lo aprendido, o guardado en nuestro sistema de información, y con el tiempo verá en qué creer o no.

A lo largo de la vida, nos enfrentamos a múltiples situaciones en las que la fe queda opacada, desprovista de sustento, escasa, casi nula, porque muchas situaciones a simple vista no tienen explicación. Pero sin dudas, la fe es la fuerza que nos permite elevarnos espiritualmente, realizar un trabajo de introspección profundo, basado en la creencia de uno mismo como punto de partida.

Quizás la puja entre fe y razón sea la causa de que nuestra sociedad occidental tantas veces se vea carente de fe, de esperanza, donde se suma el materialismo que nos atrapa y envuelve día a día, buscando más víctimas, más adictos al consumo masivo visto como meta esencial de vida.

Sin embargo, la mentalidad oriental, se basa más en lo espiritual, en la fe, en la búsqueda del ser más profundo, de allí que tantas personas buscan caminos espirituales en el Oriente, cuya mentalidad está abierta a la meditación, al silencio, a encontrar las respuestas con paciencia, abiertos a la tolerancia y una mentalidad capaz de cambiar día a día.

Pero más allá de esta puja, la razón no puede dar explicación a todo lo que nos ocurre, por el contrario la fe invita a creer sin muestras fehacientes, sin pruebas contundentes, a tener esa capacidad y fuerza interior, esa luz que nos permite salir de la oscuridad. Las palabras Martin Luther King en la marcha a Washington en 1963 son el reflejo de una persona que cree más allá de las barreras, los obstáculos, los cuestionamientos, postulando la fe como una fuerza capaz de todo: “Con esta fe seremos capaces de esculpir de la montaña de desesperanza una piedra de esperanza”.

En la lucha entre la piedra y la gota, ganará siempre la gota, no por su fuerza sino por su perseverancia. Del mismo modo quien tiene fe, llegará movido por ella, por creer en algo, por ser capaz de buscar luz, esperanza y positividad en su vida.

Quien se cargue de negatividad, de “no puedo”, de “no es posible”, hará que la fe se desvanezca, tras desaparecer rápidamente. Por eso, más allá de que nuestra fe se puede ver cultivada por múltiples factores, lo importante es acrecentarla, dejarla florecer con sus colores y aromas más bonitos, de modo caminar cargados de motivaciones, que nos permitan vivir esperanzados, en busca de superarnos día a día, en pro de ser mejores personas, en la búsqueda del conocimiento, para seguir aprendiendo algo nuevo que sume y aporte en este camino llamado vida.

Finalmente, Paulo Coelho nos dice que “La fe es una conquista difícil que exige combates diarios para mantenerla”, por lo tanto, requerirá de nuestro esfuerzo para que no se apague y se extinga, entre las situaciones que nos paralizan, nos sofocan y nos fastidian. No podemos permitir ser rehenes de nuestros miedos e incertidumbres, es necesario vencerlos, y afrontar la vida más allá de las dificultades y contratiempos, cargados de fe, lo cual traerá aparejado esperanza y alegría en nuestros días.

domingo, 14 de julio de 2013

21 GRAMOS… ¿EL PESO DEL ALMA?

El alma un concepto muy particular para cada uno de nosotros según nuestras creencias, pero de la que tanto se ha hablado y sin embargo continúa siendo un gran enigma.

En marzo de 1907 se dieron a conocer en la revista científica American Medicine los experimentos del Duncan MacDougall, quien llegó a comprobar que luego de morir el peso de los individuos variaba en aproximadamente 21 gramos, ¿sería acaso el peso del alma, o el aire de la última exhalación?

Más allá de este debate, y de los cuestionamientos filosóficos o religiosos, siento que alma de cada persona que se va, sigue viva en cada uno de nosotros, permanece en nuestros recuerdos y en nuestro corazón. ¿Quién no ha recordado alguna vivencia con un ser querido que ha partido o en algún momento lo ha escuchado a viva voz?

Siento que día a día, quien fallece y deja esta vida, igualmente nos acompaña, a través de sus palabras, sus abrazos, sus miradas, su risa, su llanto y de todo el amor que compartimos, porque la distancia física no permite disipar la luz que generó esa persona en nosotros, una llama de vida, de existencia.

Aunque algunas veces el alma parece pesar toneladas, y se ve aprisionada en un cuerpo en el que no tiene cabida. Se pusieron a pensar ¿por qué tantas veces solemos sentirnos así? Probablemente, porque no acompasemos lo que nos ocurre interiormente con nuestro ritmo de vida. No es sencillo querer hacer un sinfín de cosas cuando el cuerpo se siente cansado y abatido o, por el contrario, nuestra alma, nuestro ser más íntimo se halla con muy pocas fuerzas y el cuerpo tiene que seguir funcionando.

Para Carl Jung “el sueño es la pequeña puerta oculta que conduce a la parte escondida e íntima del alma”. Al ocuparnos de los sueños, tomamos consciencia de nosotros mismos y a su vez de los demás. Entramos en contacto con lo más oculto de nuestro ser, en un intenso trabajo de introspección, porque somos responsables por cada uno de nuestros actos, y en ellos incluimos aquellos  que no somos conscientes, pero sin embargo debemos asumir.

El transcurso de nuestra existencia, podría simbolizarse, como lo ha planteado Jung, por el agua. En ella flotamos, nadamos, nos sumergimos, nos purificamos, nadamos contra nuestra propia corriente hasta encontrarnos con nosotros mismos, en esa búsqueda por conocernos y, así, luego conocer a nuestros semejantes.

La conjunción de la mente, el cuerpo y el alma, es la que da lugar al ser. En la actualidad este tríptico sufre cortocircuitos importantes ocasionados por las múltiples situaciones que conlleva vivir bajo un permanente estrés. Es así que el impacto de nuestros pensamientos y estados anímicos tienen una gran correlación con nuestro sistema físico.

El ser humano para poder vivir en armonía, en equilibrio, debe poder tener su mente, cuerpo y alma interrelacionados, comprendidos, cuidados, de tal modo que nuestros días sean positivos, cargados de lo mejor de nosotros mismos. Pero, somos seres complejos, en el que habita la mente con sus vivencias conscientes y otras tan profundas que pasan a ser parte de lo que no conocemos o reprimimos, por otro lado nuestro cuerpo funciona como una máquina perfecta, pero cuando en este tríptico poderoso alguna parte falla, el cuerpo sufre las consecuencias, y entonces nos enfermamos.

No es fácil descubrir ¿cuál es la ecuación perfecta de la vida?, quizás cada día estemos más cerca de la fórmula, pero como además de nuestros conflictos, debemos asumir los de quienes nos rodean, no será tarea sencilla alcanzar la pócima, requerirá de un trabajo individual y de una búsqueda interior muy importante.

Los años son grandes aliados, a la hora de buscar en lugares más profundos de alma, en la que habitan los sueños, los fracasos, los amores, los sí y los no, las contradicciones, las equivocaciones y aciertos, los éxitos y los fracasos, los claros y oscuros, lo que fuimos, somos y seremos. El alma es como la cocina del ser, donde aparece el calor más íntimo, todo lo que ocurre en nuestro cuerpo y mente se aloja allí cómodamente, para dar lugar a los aromas de nuestra existencia, que podrán trascender en el tiempo a través de otros seres que lograron compartir lo más profundo de nuestro ser.

Si tuviera que colorearla, lo haría con pinceladas cargadas de tonos cálidos, porque el corazón la tiñe de tibieza, a la vez que le irradia su calor y pasión. Sin embargo, en los momentos en que nos encontremos perdidos, ausentes, en una lucha con nuestro yo más íntimo, quizás en esos días aparezcan colores fríos, los matices de grises, la neblina, la humedad y la lluvia constante.

En el año 2003 se rodó una película basada en las investigaciones de MacDougall, “21 Gramos”, interpretada por Sean Penn, la que finaliza con el monólogo de Paul Rivers- personaje interpretado por Sean Pean- quien agonizante dice: “¿Cuántas vidas vivimos? ¿Cuántas veces morimos? Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte. Todos. ¿Cuánto cabe en 21 gramos? ¿Cuánto se pierde? ¿Cuánto se va con ellos? ¿Cuánto se gana? 21 gramos: el peso de cinco monedas de cinco centavos, de un colibrí y una barrita de chocolate. ¿Cuánto pesan 21 gramos?”.

Este final da para reflexionar y preguntarnos ¿qué hemos hecho de nuestra vida? ¿Qué peso tiene nuestra alma? ¿Trascenderemos más allá de los 21 gramos? Preguntas profundas que requieren calar muy hondo.

Y también podríamos rememorar el poema “Como la Cigarra” de María Elena Walsh: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando… Cantando al sol como la cigarra después de un año bajo la tierra, igual que el sobreviviente que vuelve de la guerra”, porque en la vida nos ocurren distintos acontecimientos, en los que renacemos día a día, en los que trascendemos, e intentamos superarnos, reconstruirnos y levantarnos luego de varios tropiezos o caídas.

Podremos o no creer en el alma, pero lo cierto es que todos de alguna manera dejamos nuestra huella, trascendemos al morir en alguien a quien le hemos aportado algún valor a su vida, a su camino, dejando algo de nosotros que podrá generar luz en otra persona.

Finalmente, el alma un concepto tan intangible, delicado, escurridizo, discutible, cada uno sabrá dónde ubicarla, dónde sentirla, apreciarla o negarla. Y para quienes crean en su existencia las hay: escondidas, perdidas, solitarias, afables, solidarias, quejumbrosas, entusiastas, apasionadas… y sin embargo, todas flotan en la búsqueda misteriosa de la existencia de cada ser y su trascendencia. Y si hablamos de almas, Gustavo Adolfo Bécquer dispara una frase que quizás apunte a esclarecer parte de este enigma: “El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”.