martes, 4 de octubre de 2011

“ÉRASE UN HOMBRE A UNA NARIZ PEGADO”

Por Andrea Calvete  

El “olfato” o la percepción muchas veces nos permite advertir ciertos peligros o riesgos que se nos aproximan, es un don innato de cada individuo. Asimismo, es un sentido que nos proporciona muchas ventajas si lo sabemos utilizar.


Si bien Quevedo le escribe una poesía “a un hombre de gran nariz”, con todos sus atributos, en este caso el tamaño no será lo trascendental,  sino su agudeza al percibir los aromas, que cargan el aire haciéndolo liviano o tenso, así como todas las sensaciones en sus múltiples representaciones.


Y en este ejercicio de percepción la sensibilidad que habite en cada individuo será parte primordial a la hora de enfrentar lo que se avecina. La mayoría de las veces, como forma de evitar sufrimientos o decepciones nos impermeabilizamos bajo un manto que nos impide percibir más allá de lo inmediato, o tal vez ni siquiera eso.


El miedo y la desconfianza, producto de reiterados tropezones juegan en contra de nuestros sentidos, parándoles y alertándoles en forma casi permanente.


Es así que en un mundo contaminado no sólo a nivel ambiental, sino también a nivel afectivo, se hace complejo transitar, pues los valores se desdibujan e instalan en estanterías incorrectas, y al buscarlos el desorden es tan grande que no sabemos qué rumbo tomar.


En tal sentido, el hombre, en el hastío contemporáneo ya no distingue, y según Coelho “cuando todos los días resultan iguales es porque el hombre ha dejado de percibir las cosas buenas que surgen en su vida cada vez que el sol cruza el cielo”.


También debemos reconocer que la sobrestimulación a la que nos vemos expuestos diariamente a través de los diferentes medios de comunicación, colabora a la hora de aletargar nuestra capacidad de respuesta.


Entonces, percibir no es sólo avizorar lo que se nos presenta, sino distinguir lo que nos circunda, es tener la capacidad de: diferenciar, sentir, cuestionar y  vibrar.  Estar vivos y permanecer anestesiados es desperdiciar la vida, es caminar sin apreciar los colores, los aromas, las estaciones, es no ver que el tiempo pasa demasiado rápido y no hay minutos para desperdiciar.


Distintos son los grados de percepción según cada persona, pero ella es el sostén de grandes artistas, en la que su refinamiento y agudeza es tal, que nos muestran una realidad que nuestros ojos no son capaces de percibir. Así nos enfrentamos a hermosas obras literarias o artísticas en todas sus expresiones que estimulan nuestros sentidos y nos deleitan.


La sensación es la experiencia que proviene cuando se estimula alguno de nuestros sentidos, como pueden ser la vista, el oído, el olfato, el gusto o el tacto. De este modo,  distintas formas de energía física como la luz u ondas sonoras despiertan nuestros impulsos nerviosos y se generan las percepciones significativas de los hechos.


Mas a la hora de percibir todo lo haremos de forma diferente, de acuerdo a nuestras características personales. En tal sentido,  la memoria y la experiencia intervienen de manera importante en este proceso. Asimismo, las características del observador, sus diferencias individuales, culturales sus valores  y  expectativas serán relevantes.


Del mismo modo, nuestros deseos y necesidades moldean nuestras percepciones, por ejemplo si alguien tiene una necesidad percibirá algo que le parezca que le satisface.


Y aunque permitamos que todos nuestros sentidos se pongan a trabajar, es difícil llegar a conocer a algunas personas, que se cobijan tras una falsa identidad, buscando mostrar  lo que les gustaría ser pero no son, de este modo, la tarea se dificulta y percibimos parte de lo que se nos quiere mostrar.


La percepción se verá moldeada por nuestra realidad, experiencia y perspectiva.


Gran parte de los desacuerdos en los que incurre el hombre, son debido a las diferencias surgidas a la hora de percibir, pues cada uno desde su lugar cree tener razón en lo que plantea.


Y dada la complejidad del tema William Blake,  expresa que “si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito. Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna”


El tiempo será una variable que incidirá proporcionalmente de acuerdo a lo que percibamos. Es así que cuando una situación es desagradable nos resulta eterna, por el contrario,  los minutos pasarán volando cuando nuestros estímulos se hallen reconfortados por sensaciones placenteras.


Y este complejo camino se nos hará más sinuoso, cuando pese la tristeza, la desazón,  allí las sensaciones perforarán como si quisieran taladrar el corazón. Sin embargo, cuando el júbilo nos inunde todo sabrá a rosas, y así las sensaciones serán tan fluctuantes como nuestro propio estado anímico.


Mas cuando las personas son muy perceptivas, muchas veces sobran las palabras, simples actos o hechos son los principales contendientes a la hora de poner algo de manifiesto, sin necesidad de que se explicite nada mediante el uso del diálogo.  Y de pronto, nos vemos parados ante una verdad inminente que preferíamos obviar,  y que a la larga deberemos enfrentar por más que digamos “lo pensaré mañana”.


Es todo un desafío permanecer atentos, con todos los sentidos bien despiertos, luego de ver tanto dolor, tanta injusticia a nuestro alrededor, sufrimiento,  quedamos atrapados como moscas en la tela de la araña, en un mundo donde la indolencia parece apoderarse de las masas.


El percibir lo más sencillo, lo más simple es parte del secreto de vivir mejor, de hacer que cada día sea único y diferente, en esa búsqueda del hombre por ser “feliz”, una palabra muy amplia y multifacética que dependerá del sentido que cada uno le dé.