jueves, 4 de agosto de 2011

PADRES E HIJOS

Por Andrea Calvete

Carta a mis hijos 

Quizás sea el momento adecuado, ahora que han crecido, para que comprendan estas palabras, pues ya no me ven como alguien todopoderoso, sino como un una persona común.

Es natural, que de pequeños como niños en ese afán de sentirse protegidos, vieran en mí simplemente el lugar perfecto para cobijarse, donde la tibieza de mis caricias pudiera surgir como un bálsamo para solucionar sus pequeños problemas.

Pero, la vida pasa rápidamente y ahora me paro delante de  a una mujer y un adolescente a punto de convertirse en un hombre adulto.

Por todas la veces que dije que si y que no a destiempo me disculpo, así por aquellas oportunidades en las que sumergida en mis problemas no les presté la atención adecuada.

He hecho todo lo posible porque sean felices, personas íntegras, porque se respeten a si mismos y a todos los que rodean.

No ambiciono grandes metas, pues la vida me ha enseñado que la felicidad son pequeños momentos, de poder gozar cada minuto con intensidad, de reír y disfrutar todo lo que esta a nuestro alcance por más sencillo que sea.

Sé que les toca lidiar con un mundo muy complejo, pero creo en ustedes y en su capacidad como personas de poder enfrentar todos los desafíos que la vida les presente.

No busquen en mi soluciones a sus problemas, pues no todo está en mis manos, en cambio les ofrezco todos mis sentidos para escucharlos, comprenderlos y acompañarlos. Aunque la impotencia y el desasosiego se presenten cuando se vean enfrentados a determinadas situaciones, ellas sólo permitirán darme fuerzas e ímpetus para no doblegarme, y poder estar allí siempre que ustedes me precisen.

Creo que tienen un gran corazón, un gran espíritu de lucha y mucho entusiasmo, estos tres componentes les allanaran el camino, y les posibilitará llegar muy lejos, tan lejos como se lo propongan.

No se desanimen, se enfrentarán a muchos sinsabores, a personas y a situaciones muy complicadas, las piedras obstaculizarán muchos caminos, pero recuerden que no siempre todo esta perdido, está en ustedes no darse por vencidos y sacar fuerzas de donde no las tengan.

Los quiero con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, estoy muy orgullosa de cómo son, y creo que son el futuro, son la alegría y el porvenir.

He cometido errores muchas veces, y los seguiré cometiendo, como la harán ustedes, pero siempre estaré abierta a escucharlos y acompañarlos pase lo que pase.

Aunque han crecido, mi instinto de madre no se ha perdido permanece vivo y continuará así hasta que se apague el último latido de mi corazón, los adoro.

Con todo mi cariño,
Mamá

Relación padres e hijos:

Es muy frecuente oír a psicólogos y especialistas recomendar que mantengamos un diálogo fluido con nuestros hijos, pero las jornadas cada vez resultan más extensas así como los problemas diarios, lo que dificulta la tarea. Por tal motivo, resulta paradójico que en la era de las comunicaciones se dé un escaso diálogo entre padres e hijos.

Los hijos en todas las etapas de sus vidas requieren de la presencia de sus padres, aunque los entendidos recalcan que los primeros años son prioritarios, el ser humano a lo largo de su desarrollo precisa siempre a sus padres presentes.

El estar presentes significa no tanto cantidad de tiempo sino calidad. Es decir, que el poco tiempo del que dispongamos sea útil y provechoso para nuestros hijos y para nosotros mismos.  Un espacio donde podamos establecer un diálogo fluido y sincero en el que ambas partes nos abramos a oírnos, que  no es lo mismo que escuchar, oír significa poner todos los sentidos a disposición.

A partir del punto anterior existe un gran debate establecido respecto de la relación cantidad y calidad de tiempo, pues para unos cuantos especialistas la combinación entre ambos es fundamental.

Pero es esta la discusión que permite situarnos en una verdadera paradoja, pues resulta incomprensible ¿cómo en la era de las comunicaciones no es posible mantener un diálogo apropiado entre padres e hijos?

Los horarios de encuentro serán todo un problema, si los niños son pequeños quizás cuando los padres llegan a sus casas ya estén dormidos. En cambio sí son mayores, posiblemente se produzca el efecto contrario, y entonces serán ellos quienes estén ausentes al regresar sus padres, pues su día también se conforma de un sinfín de actividades. Por tal motivo, deberemos armar el rompecabezas de los horarios con mucha atención.

Una vez que podamos concretar ese momento de encuentro, será muy importante despojarnos de nuestras preocupaciones y problemas, para sentarnos frente a frente a compartir con nuestros hijos todo lo que están viviendo, experimentando día a día.

Quizás si logramos un ambiente donde no abunden los ruidos, o las distracciones sea más sencilla la comunicación, pues computadoras, televisores o radios no serán buenos aliados a la hora de entrar en contacto.

Una comunicación fluida y empática será promotora de salud mental y bienestar psicológico en la familia.

¿Estamos capacitados para ser padres?

Esta pregunta parece tener una respuesta natural y casi inmediata, es una tarea instintiva. Mas cuando nos convertimos en padres esta afirmación pierde consistencia y comienzan las dudas y los cuestionamientos, pues la realidad dista mucho de lo que pensamos o creemos.

En los distintos órdenes de la vida aprendemos diferentes tareas: como puede ser cocinar, planchar, cocer, una carrera, un oficio… aprendemos  a utilizar complejos aparatos para hacer nuestra labor más sencilla, pero a ser padres no se nos enseña.

Hoy en día gran número de psiquiatras y psicólogos resaltan la importancia de ser padres. En tal sentido, sostienen que debemos cuestionarnos si realmente estamos capacitados para emprender la tarea. Para ello, convienen que es imprescindible preguntarse si uno está dispuesto a renunciar a muchas cosas en la vida, y anteponer a sus hijos. Por otra parte, la estabilidad emocional que pueda tener una persona a la hora de tomar esta decisión será primordial, pues si nuestra vida no tiene un rumbo, menos tendrá la de nuestros hijos.

Los hijos implican ser capaces de compartir: nuestro tiempo, nuestra paciencia, esfuerzo, trabajo, no dormir muchas noches, saber escuchar, no perder la calma, saber guiar, mostrar las opciones para que se conviertan en seres adultos dotados de valores para enfrentar la vida que le hemos dado.

El tema de impartir valores es primordial, pues sin ellos no podrán afrontar con plenitud los distintos desafíos. Si bien no existen fórmulas para ser padres, algo que nos compete a todos para que nuestros hijos se críen bien, es saberlos escuchar, comprenderlos, brindarles afecto, criarlos sanos y seguros, brindarles todas las herramientas necesarias para enfrentar este mundo tan difícil que nos toca vivir, supervisar sus amistades, y ante todo enseñar con nuestro ejemplo, cosa que habitualmente olvidamos.

Pero si hemos decidido asumir esta gran responsabilidad, desde que son pequeños nuestra actitud hacia ellos irá generando diferentes vínculos, que luego repercutirán en los años venideros. En tal sentido, la hora de dormir es algo que no debemos pasar por alto, esos quince minutos marcan una gran diferencia en aquellos niños que al acostarse son cobijados, reciben una charla, un cuento, cariño, de este modo el niño se dormirá tranquilo e irá generando hábitos de diálogo tan importantes a la hora de entablar cualquier relación.

Nuestros hijos serán como esponjas, absorberán todo lo que les impartamos y del mismo modo sus actos serán reflejo de nuestras enseñanzas. Por otra parte, la calidad del tiempo es más importante que la cantidad, de tal modo que en  las relaciones donde existan diálogo y comunicación permanente los vínculos serán más fluidos.

Al llegar a la adolescencia, nos enfrentamos a una etapa difícil donde la brecha generacional se hace más intensa. Un momento en que los chicos enfrentan límites continuamente e intentan transgredirlos en forma constante, y ese tira y afloje suele desgastar a los padres, que muchas veces terminan cediendo por cansancio.

Asimismo, la adolescencia viene acompañada de cuestionamientos, desafíos en forma permanente, a este aspecto deberemos sumarle que ya a esta altura nos encuentran con algunos años y problemas, entonces el relacionamiento se vuelve aún más complejo.

Los hijos implican dedicación, paciencia, renunciar a cosas por ellos, ser capaces de abrir nuestra cabeza a nuevos tiempos, desafíos y metas, saber decir si y no cuando sea necesario, y así, día a día, enfrentarnos a distintos problemas con total cariño y devoción.

Finalmente, tanto padres como hijos somos seres humanos factibles de cometer errores, pero la diferencia con cualquier otro tipo de relación afectiva, es que el amor de padres a hijos es incondicional, y he aquí la clave del éxito.