domingo, 28 de septiembre de 2014

CICLOS

Todo ciclo tiene un comienzo y un fin. Generalmente cuando uno finaliza da su amable paso a otro, ya que el devenir es continuo cambio y movimiento.

Vivencias ha tenido un largo camino recorrido, primero comenzó siendo una columna digital, para luego convertirse en un ciclo de Radio y por último en uno televisivo.

En el transcurso por la Radio, CX 28 nos abrió muy gentilmente sus puertas, y nos invitó a trabajar como en casa. Aquí hemos conocido varios colegas, compañeros de trabajo y a su directora Adriana Iglesias, con quienes hemos mantenido cuatro años una excelente relación laboral y humana.

Hoy es el último programa en esta casa, que la dejamos porque como les decía al principio se abre otro ciclo. Pero este que se cierra es parte de lo que hemos compartido con toda la audiencia y con todos compañeros de trabajo durante estos cuatro años, en constante comunicación y diálogo.

Hemos compartido muchísimas vivencias, en las que surgió lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros, en las que aparecieron recuerdos, aromas, palabras, instantes que nos dejaron una huella.

Compartimos, risas, tristezas, llantos, obras culturales, sociales, espacios en contacto con la música, la danza, el deporte, el teatro… y podría seguir enumerando, lo importante es que han sido programas en los que dado el caluroso y afectuoso apoyo de la audiencia, de los invitados que nos han honrado con su presencia, apreciamos nuestro pequeño grano de arena en lo que refiere a comunicar.

La comunicación sólo es posible cuando existen por lo menos dos personas dispuestas y abiertas al intercambio, al diálogo, a saber escuchar, en el afán de transmitir algo.

No me gustaría caer en cliché de que todo tiempo pasado fue mejor, no lo creo, me atrevería a decir que la oportunidad es aquí, ahora en este instante, en el que podemos cambiar o mejorar.

El pasado ocupa casi todo nuestro tiempo, porque cada instante que transcurre pasa a formar parte de él, sin embargo, puede ser un instrumento muy valioso si nos paramos y lo observamos con absoluto sentido crítico.

Pararse en el presente y mirar al pasado no es fácil, requiere de fortaleza y valor, de grandeza de espíritu para reconocer nuestras flaquezas y reírnos de nosotros mismos, con el futuro propósito de dar un paso en pro de mejorar como personas.

Cuantos testimonios compartidos de gente tan valiosa, que desde su trabajo realiza innumerables sacrificios en pro de lograr un mundo mejor. Aunque las noticias habitualmente nos dejan un sabor bastante amargo, creo que es importante empezar a leer y a buscar en forma más cuidadosa, porque hay muchas cosas buenas por rescatar y difundir, y porque trabajar.

La vida misma es un gran ciclo, en el que el ser humano día a día va creciendo, descubriendo nuevos horizontes, en el que tragos dulces y amargos se presentan a diario, pero es responsabilidad de cada uno de ver luz, esperanza, y trabajar para que desde el compromiso individual se puedan lograr resultados colectivos formidables.

El ciclo del agua es algo que siempre me ha fascinado, ver como las nubes se hacen oscuras y espesas, el cielo parece cerrarse, todo oscurecerse y de pronto suavemente el agua cae desde el cielo y comienza a percibirse el olor de la lluvia, de la tierra mojada. El agua todo lo limpia y lo purifica, es así que cuando recibimos un baño nos sentimos totalmente renovados fortalecidos.

De igual manera, se renueva nuestro espíritu en la medida que nos abrimos a escuchar a compartir diferentes testimonios, quizás similares a los nuestros o muy disímiles, pero lo importante es abrirnos a ser parte de ellos. En ese intercambio conocemos otras realidades que nos enriquecen que nos sacan esa venda que tantas veces nos oscurece la vista.

De este modo transcurrimos el ciclo de la niñez, cálida, llena de luz y alegría, así la recuerdo. El de la adolescencia, desborda de alegría, entusiasmo, música y un millón de sueños por echar a volar. Nos convertimos sin darnos cuenta en adultos, en personas responsables de una familia, de otras vidas y nuestra perspectiva cambia, si bien todos las sensaciones se hacen presentes, la palabra responsabilidad comienza a tomar cada vez más relevancia e importancia.

Somos en la etapa adulta del presente, el futuro de las generaciones más jóvenes, de las venideras, cuánto peso en nuestros hombros. Sin embargo, algunas personas se dejan vencer por el cansancio y se zambullen en un mundo que les permita anestesiar sus sentidos.

Generalmente, a este mundo se nos invite diariamente a todos nosotros a participar a través de la compra de productos mágicos y milagrosos que lo único que terminan es destruyendo lo poco que aún quedaba sin contaminar en nosotros. De allí que es tan importante educar, informar, para que cada persona no se deje contaminar por la oleada, y pueda ser libre a la hora de pensar y decidir.

Los ciclos se cierran y se abren por múltiples circunstancias:

Porque tropiezan dos personas y se conocen.

Porque es hora de cortar cordones umbilicales.

Porque alguien llega por un motivo a nuestras vidas, y del mismo modo alguien sale.

Porque la vida confronta a la muerte, y así se pelean diariamente en el camino.

Porque entre esa puja por lo bueno y lo mano, lo conocido y lo desconocido, lo seguro y lo incierto, transitamos un ciclo, y otro... y seguimos porque la vida continúa.

Porque queremos cambiar el recorrido.

Porque tocamos fondo.

Porque decidimos aceptar un nuevo camino.

Porque es un día de sol y decidimos reír.

Porque mientras cuando la vida te de razones para llorar, es necesario llorar para luego secar esas lágrimas y hacer de ellas un bálsamo en nuestro camino.

Porque siempre que tengamos un porqué válido valdrá la pena cerrar y abrir un nuevo ciclo.

Por más que dilatemos decisiones, a la larga todo llega, y todo lo que va vuelve, en ese ciclo que forma el espiral de la vida.

Porque “como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba”, principio muy antiguo y sabio. Y del mismo modo cabría decir que como se es por dentro se es por fuera.

Porque este camino todo tiene un porqué, aunque la gran mayoría de las veces nos cuesta muchísimo descubrirlo, sin embargo con el correr del tiempo y el trabajo personal uno llega a develar importantes interrogantes.

Es importante acostumbrarnos a comprender que todo llega a su fin y aceptarlo. La vida misma nos demuestra su cíclico transcurso a través del invierno, verano, otoño y primavera, las estaciones de un año.

Y no todos los ciclos son fáciles de cerrar, algunos cargan culpas, dolor, sufrimiento y pérdida. Estos son los que generalmente se hacen más escabrosos porque sobreponerse a la pérdida, requiere vivir las etapas del duelo, para después poder sanar el alma.

La vida es un viaje, en el que cada estación representa un ciclo, en el que conocemos distintos viajeros, algunos quedan con nosotros hasta el final, y forman parte de este trayecto, pero de otros perdemos contacto. Lo importante es que aquellas personas que realmente han sido luz en nuestro camino, esas transitarán con nosotros hasta el final de los días en el corazón el lugar más cálido y vivo que atesoramos.

domingo, 21 de septiembre de 2014

"CUANTO MÁS UTOPÍA, MENOS DROGA". ENTREVISTA A EDUARDO GÓMEZ

Cuando se debate la problemática de las drogas, no siempre se pregunta por las causas de la dependencia de las drogas. Parece evidente que no basta con analizar solamente de sus efectos.

El escritor brasileño y fraile dominico Frei Betto, a partir de su experiencia con adictos (su propio hermano), afirma que son muy importantes los recursos médicos y terapéuticos, pero que no hay nada tan imprescindible como el afecto.

El pertenece a una generación que en la década de 1960 tenía 20 años. Una generación que se inyectaba utopía en las venas y que, por lo tanto, no se llevaba bien con las drogas. “Cuanto más utopía, menos droga. Lo que no es posible es vivir sin soñar”, afirma Frei Betto.

Muchos entran a la droga por la vía del agujero en el pecho. Falta de afecto, de autoestima, de sentido de la vida. Van, entonces, en busca de algo que virtualmente les llene el corazón.

Así como la puerta de entrada a la droga es el desamor, la de salida es obligatoriamente el amor, el cuidado, el difícil empeño de tratar como normal a alguien que obviamente presenta reacciones y conductas diferentes.

En la calle Etiopía 333, en el barrio Casabó, funciona una casa de contención y amparo. Esta casa alberga a personas en situación de calle, con conductas problemáticas, desprendidos de sus vínculos, con problemas con sustancias y excluidos de todo el sistema social, cultural y laboral.

Esta situación que para muchos es un verdadero callejón sin salida, tiene una puerta donde golpear. En la calle Etiopía 333 el Profesor Eduardo Gómez dirige un hogar que les brinda la posibilidad de restablecerse y reinsertarse en la sociedad, sintiéndose útiles, dignos y con la posibilidad de estudiar y obtener un trabajo como sustento de vida.

Actualmente, viven 10 jóvenes de distintas edades que, con sus propias manos, están levantando esta casa, y diariamente realizan múltiples actividades para dar un pequeño paso y avanzar. Con la guía y el acompañamiento del Profesor Eduardo Gómez y del Pastor Evangélico César y su esposa Laura, reflexionan día a día y unen sus fuerzas, abocados a recuperarse y a colaborar también con todos los compañeros que a diario tropiezan con dificultades, producto de la abstinencia.

El viernes pasado, tuvimos la oportunidad de conocer a estos muchachos, que muchas veces pasan desapercibidos por la sociedad. Y tuvimos el gusto de compartir una tarde con ellos, y ver el entusiasmo y las ganas de superarse que tienen, para salir adelante. Son jóvenes que han recuperado la esperanza en la vida, en sus posibilidades y en sus talentos. También han recuperado relaciones vinculares de grupo, de compromiso y de trabajo que al momento de llegar allí estaban muy lejos de sus posibilidades.

Y como diría Frei Betto, ellos están en el más prometedor de los “viajes”: construir su utopía.

sábado, 6 de septiembre de 2014

ES MEJOR VIAJAR LLENO DE ESPERANZA QUE LLEGAR

Este antiguo proverbio japonés apela a despertar nuestros sentidos, a que tomemos consciencia de lo vivido, a disfrutarlo y aprovecharlo al máximo. Porque si por correr detrás de algo olvidamos lo que nos ocurre aquí y ahora, no tendrá mayor sentido la meta a alcanzar.

La esperanza que pongamos en lo que hagamos está netamente relacionada con la fe, con ese creer en nuestro andar. Si no estamos convencidos del camino ¿de qué sirve llegar?

Por otra parte, en la medida que avancemos, alcanzaremos metas y se presentarán otras sucesivas, porque la vida es constante fluir, nada se mantiene estático, y hasta el final de nuestros días estaremos intentando cosas nuevas, de lo contrario podemos llegar a sentir que nos estamos secando en vida.

Querer alcanzar la meta es algo que nos proponemos en varios órdenes de la vida, pero si lo analizamos, algunas las alcanzamos y otras no. Pero, ¿cuáles les dieron más satisfacciones: las conseguidas o las que quedaron en el camino sin realizar?

La satisfacción puede pasar por diferentes puntos, el problema es que si obnubilamos nuestra vista y sólo vemos la meta, posiblemente nos perdamos apreciar muchos detalles y momentos maravillosos de ese día a día, porque cegados por nuestra avidez por llegar, no nos permitimos disfrutar de tantas “pequeñas cosas” como diría Serrat.

Es lógico proponernos lograr o alcanzar nuevos desafíos, aunque también es parte de las reglas del juego que algunas cosas no son posibles. Introducirnos a pensar por qué no son posibles, podría llevarnos un extenso análisis.

Existen causas propias de la persona y otras externas que no dependen de ella. Lo importante es aceptar lo que no hemos podido lograr, no con amargura o resentimiento, sino con fuerza y resolución capaces de movernos a nuevos caminos, y también abiertos a mirar con nuevos ojos.

Sin embargo, aunque a lo largo de la vida tomamos diferentes caminos en definitiva vamos construyendo sin darnos cuenta esa senda que es única e irrepetible y hace que seamos lo que somos.

En realidad la meta es el camino en sí, porque la forma que lo recorramos, el modo de como lo enfrentemos, los ojos con que lo miremos, las manos con el que lo trabajemos, el esfuerzo que en él pongamos, es lo que construye ese fin y ese llegar que se logra minuto a minuto.

Les pregunto ¿de qué sirve alcanzar metas si por el camino olvidamos unas cuantas cosas?

Si olvidamos a nuestros seres queridos.

Si no vemos el sufrimiento de quienes nos rodean.

Si nos inmunizamos ante los problemas que otros semejantes viven.

Si pisamos cabezas para llegar.

Si no somos capaces de dar ayuda de igual a igual en forma horizontal.

Si cruzamos para la otra vereda para no enfrentar los contratiempos.

Si poco nos importa el mundo que dejaremos a los que vendrán.

Si no somos sinceros con los demás y con nosotros mismos.

Si olvidamos reír cada día.

Si olvidamos agradecer cada día lo que tenemos y vivimos.

Si no valoramos lo que tenemos.

Si no logramos el desapego, que tantas veces lo único que nos hace es permanecer estancados, por no dejar cosas o instancias que no estancan, perjudican o paralizan. Cuanto menos cosas llevemos en la mochila más fácil será el camino.

Si olvidamos nuestras raíces.

Si actuamos sin responsabilidad.

Si nos ponemos en jueces antes de saber los verdaderos motivos.

Si no aprendemos a ser tolerantes y respetuosos con los demás.

Si no entendemos que existe un universo de posibilidades tan diferentes a la nuestra.

En el cuento de Borges “La rosa de Parecelso”, el discípulo le reclama al maestro que le enseñe la piedra filosofal, y en el transcurso de esta narración, el maestro Paracelso le responde que “el camino es la piedra, cada paso que darás es la meta, y no hay meta sino camino”. Esta respuesta está intrínsecamente relacionada con el proverbio que analizamos hoy que “es mejor viajar lleno de esperanza que llegar”.

El camino se hace al andar, y qué cierto es que no hay meta sin camino, para entonces descubrir que la meta es el camino, algo que algunas personas no alcanzan a vislumbrar en toda su vida, porque se enceguecen tan sólo con llegar. Y la llegada es algo inevitable, sin embargo nos aturdimos con problemas, con más y más cosas por hacer, perdiendo de vista lo esencial de nuestras vidas.

La búsqueda de lo esencial en este camino, en esta meta, compete a cada uno de nosotros descubrirlo, analizarlo, con responsabilidad y alegría, con entusiasmo y con fe.

Finalmente, los invito a viajar llenos de esperanza, a recorrer el camino con alegría, con fe en ustedes mismos en los demás, en que es posible, en que existen un universo de oportunidades por recorrer y descubrir, porque la vida es maravillosa a pesar de sus tragos amargos, de sus baldosas negras, porque siempre el “amor es más fuerte”, como dice una canción popular argentina arraigada en nuestros días.