domingo, 17 de noviembre de 2013

UNA MIRADA PUEDE MÁS QUE MIL PALABRAS

Las miradas dicen tanto sin emitir una palabra, reflejan nuestro estado anímico y ser más profundo. Algunas veces aceleradas buscan su rumbo, otras cansinas una pausa, y no faltan las que llenas de dolor se refrescan con las lágrimas, o las que cargadas de entusiasmo sacan a luz su brillo más espléndido.

El espejo no tiene piedad, en él se reflejan todas las imágenes sin excepción. Del mismo modo, nuestros ojos dejan traslucir sus luces, sus sombras, sus claros y oscuros, sus lugares más íntimos y recónditos.

Quien nos conoce en profundidad puede percibir ese brillo que emana día a día, con sólo mirarnos detenidamente unos instantes, y puede entonces una mirada mucho más que mil palabras.

Son muchísimas las escenas en las que las miradas se cruzan, la primera y más cálida cuando una madre mira a su pequeño hijo recién nacido, quien con la misma intensidad se la sostiene, y se establece un diálogo mágico sin palabras, sin sonidos, sólo el palpitar de las pupilas que se dilatan cuando las emociones afloran para agradecer y demostrar que están allí presentes.

Cuando dos personas se enamoran es un instante indescriptible en el que se cruzan las miradas, y allí comienza una gran historia que se irá tejiendo a gusto y piacere de los enamorados, pero con la complicidad que sólo ellos han podido establecer en ese contacto privado y único que les han facilitado sus ojos.

Las despedidas son momentos en el que un adiós se hace costoso, casi insoportable, entonces las miradas surgen como enormes salvavidas, imprimiendo al momento un abanico de significados emotivos que las palabras no son capaces de alcanzar.

Quien por cualquier motivo sufre, busca en una mirada el refugio para su dolor, esperanza para lo que vendrá, entusiasmo para seguir y no quebrarse en la primera esquina que tenga que doblar o en la primera subida que tenga que emprender.

El que está feliz también busca a alguien que comparta esa alegría, y qué mejor que una mirada para compartir ese destello que se expande como los rayos del sol iluminado nuestros días.

Lo bueno y lo malo se esconden en ellas, se camuflan detrás de esas pupilas que se agradan o achican según palpite nuestro corazón, y aunque somos conscientes de gran parte de lo que nos sucede, existe un enorme porcentaje de emociones que no sabemos manejar, porque ellas surgen de lo más profundo del ser, el alma.

Las miradas buscan una respuesta, una correspondencia, un nexo que sólo ellas pueden establecer en breves e intensos instantes, como rayos que caen del cielo en el medio de una tormenta.

Si bien el idioma español es muy rico y diverso, las miradas lo han desafiado de todas las formas posibles, no han perdonado a sus destinatarios, los han perseguido hasta lograr su fin: una respuesta, no importa cuál, pero sí una. Es inevitable cuando alguien no nos conoce y nos clava la mirada seguirla sin dar vuelta la cabeza, porque en un acto de pudor, de no permitir que lleguen a lo más profundo, la evitamos o la cortamos porque nos sentimos invadidos en nuestra privacidad.

Las miradas toman distintos atajos antes de llegar a destino, el que depende según el cometido de cada una:

Las indiscretas, con su brillo cargado de curiosidad, se esconden detrás de algunos árboles para poder observar todo lo que les inquieta, no les importa demasiado si son vistas.

Las piadosas buscan a la solidaridad y confianza, las toman de la mano, se sientan en un tronco caído a la espera de todas aquellas que precisen de su aprobación.

Con su ropa ligera, llegan las avasalladoras para avanzar rápido y deslizarse hacia su víctima sin el menor miramiento.

Por una senda por la que el sol pasa tímidamente aparecen las compasivas, a la espera de ese brillo suave que las carga de humildad y fuerza para no quedarse inactivas y expectantes.

Con fuerza y dinamismo se unen las penetrantes, para arribar con la potencia de un rayo que cae durante una tormenta.

Con poca personalidad, invadidas por el temor de no poder, caminan las sumisas casi pidiéndole permiso a la vida para sobrevivir.

Todos los matices, colores y brillos son acaparados por las cómplices, para poder sellar ese pacto que se cierra cuando encuentran a la complicidad en la otra mirada.

Con la cabeza esquiva, llevándose todo por delante caminan las arrogantes, para transmitir que son únicas e infalibles.

A la sombra de un gran ombú se acomodan las tristes a escuchar a la más anciana, y casi dándose por vencidas entienden que deben buscar el brillo de todas las que les impriman energía.

En búsqueda de la mejor escusa para ofrecer aparecen las dicharacheras, mientras que cantan y bailan para no perder un minuto de su vitalidad contagiosa.

Con un encanto particular, picantes y persuasivas llegan las excitantes, resguardadas por la pasión y el palpitar galopante de un corazón que no logra controlar sus pulsaciones.

Las encendidas por la ira, destellan fuego, enojo, vienen cargadas por un ímpetu casi irracional.

Las mentirosas, aunque siempre son descubiertas, engañan a muchos camufladas de distintas maneras, porque según dicen las mentiras tienen patas cortas.

Las ambiciosas nunca alcanzan lo que quieren porque siempre aparece algo nuevo que no las deja descansar.

Con su aire de inocencia, desprendidas de maldad, llenas de entusiasmo y alegría, llegan las infantiles a alegrar la vida.

En un intento por conciliar lo mejor de todas aparecen las benevolentes, para contagiar la bondad que emerge desde el fondo de sus almas en esa búsqueda incansable por brindarse a los demás con lo mejor de sí mismas.

Escondidas detrás de algún arbusto es fácil encontrar a las maliciosas, a la vez que se escucha su parloteo y cuchicheo hasta que generan un gran disturbio. Son ellas quienes adoptan el lema “divide y reinarás”.

Dispuestas a no perdonar u olvidar aparecen las rencorosas, con su voz cargada de reproche y queja.

Cargadas de codicia e invadidas por el descontrol se las ve deambular con el enojo de no alcanzar lo que tienen las demás, porque la envidia las tiñe con su color de amargura.

Las soberbias con la altanería de pocas, sin pedir permiso miran de reojo y desde arriba a las demás, ellas no saben de perdón o agradecimiento.

Transparentes, claras y sinceras, se dejan ver las miradas sanas, con esa paz que pocas conocen.

Las ausentes, se perciben lejos y distantes, abstraídas en su mundo de preocupación no quieren establecer contacto directo.

Con la grandeza de las que realmente saben, en silencio llegan con suavidad las humildes, a imprimir la sabiduría a todas.

Por lo general, las miradas personifican a todas las emociones y sentimientos que emergen en lo más claro y oscuro, en lo más sencillo y complicado, en lo más dulce y amargo, en lo más tierno y perverso, porque así es el ser humano convive con esa dualidad permanente, con esa puja que lo lleva a pasar de un extremo a otro, y buscar un equilibrio en forma constante.

domingo, 3 de noviembre de 2013

¿POR QUÉ TE QUEJÁS?

Existe un proverbio oriental que nos cuestiona acerca de nuestras quejas, y nos pregunta: “Si tu mal tiene remedio ¿por qué te quejás?; si no lo tiene ¿por qué te quejás?”. Son añejas y comunes como el pan que comemos día a día, y tienen por base el reclamo.

Y es bien cierto que si lo que nos sucede tiene remedio demás está quejarnos, porque está a nuestro alcance remediar lo que nos preocupa. Sin embargo, si no tiene solución o al menos no la vemos, al quejarnos gastamos nuestras energías, nuestro tiempo y dinamismo en esa queja que nos deja estancados y nos posibilita salidas.

Las alternativas para solucionar un problema, no se hallan en la queja, sino en agudizar nuestros sentidos puestos al servicio de lo que nos aqueja, para sí entonces encontrar soluciones.

La queja, no resuelve nada, porque es inoperante. Cuando incurrimos en ella en forma reiterativa, nos acercamos a la negatividad, a no aceptar lo que debemos cambiar. Sin embargo, aunque sabemos que quejarnos no cambia las situaciones, lo hacemos para manifestar una realidad que nos desagrada, y caemos entonces un proceder plagado de quejas, negativo, en el que nuestras propias palabras se convierten en valiosas armas que van en nuestra contra.

Si bien la queja es parte de un reclamo, de hacer ver que una determinada situación es molesta, lo que puede ser válido en determinadas circunstancias, también puede convertirse en sitio cómodo, confortable, para desligar responsabilidades, echar las culpas a los demás, sin tomar medidas para el cambio para salir de ese lugar que nos molesta e inquieta.

Aunque algunas veces se hace difícil encontrar un momento de paz o tranquilidad para vislumbrar el porqué de esta queja, de este constante “mangangueo” que nos asimila a los mangangá que zumban alrededor de nuestros oídos.

A los uruguayos se nos tilda de grises, quejumbrosos, opacos, y si nos ponemos a pensar detenidamente por algo ha de ser, quizás la queja a esta altura ya se nos ha incorporado tan adentro que es parte de nuestra rutina, y no nos damos cuenta la cantidad de veces que lo hacemos en el día.

Cada vez que emitimos una queja malgastamos: tiempo, energía y dinamismo. Tres elementos fundamentales para cualquier actividad que queramos emprender sea posible. Actualmente, vivimos escasos de tiempo, de oportunidades, por eso es fundamental aprovecharlos y no desperdiciarlos cuando las contrariedades se nos presentan.

Si nos ponemos a pensar la mayoría de las veces son muy pequeños los detalles por los que nos quejamos, nos preocupamos o malgastamos nuestro tiempo. Es así que nos quejamos porque por lo que no tenemos: si estamos gordos queremos estar flacos, si hace frío precisamos el calor, si llueve al sol, si tenemos el pelo oscuro lo queremos claro, si tenemos pareja queremos estar solos, si estamos solos buscamos compañía… y así nuestra lista de disconformidades se acrecienta de manos del consumismo que nos avasalla y se une a la lucha.

Si cada vez que nos fuéramos a quejar, miráramos al cielo y respiráramos hondo, posiblemente agradeceríamos todo lo que cada día tenemos y no somos capaces de ver y disfrutar. Ese contacto con las nubes, con el aire, con el sol, nos posibilita mirar hacia el Universo, dar un paso hacia un sinfín de posibilidades maravillosas que están a nuestro alcance, pero que sin embargo, no alcanzamos a ver.

¿Qué es lo que vemos? La respuesta a esta pregunta dependerá exclusivamente de cada uno de nosotros, del camino que hayamos decido tomar y en esas posibilidades infinitas, estará el camino de la queja, del reclamo y de la victimización, que permite deslindar responsabilidades, así como encontrar culpables.

Así hemos sido educados: debemos encontrar al causante de un problema, la solución lógica, la resolución perfecta, dejando de lado toda respuesta diferente a la esperada, a la aprendida, a la que nos inculcaron que era correcta. Debemos abrir nuestras cabezas a los desafíos y a las posibilidades, y así aplacar la cultura de la queja.

Si al quejarnos presentamos un reclamo formal a una situación que es posible cambiar, entonces bienvenida esa voz que se alza en pro del cambio. Aunque sería conveniente que al momento de presentar una protesta a su vez pusiéramos sobre la mesa alternativas a eso que nos disgusta. El buscar nuevos caminos, es parte del estar abiertos al cambio, a ese devenir constante llamado vida.

Algunas personas llevan escrito un libro de quejas, pero sería muy importante analizarlas y tomar consciencia de cuáles son realmente importantes y válidas, cuánto han aportado en nuestro camino y cuánto tiempo nos han quitado y obstaculizado para hallar soluciones.

Quizás los años sean buenos consejeros a la hora de analizar que la vida es demasiado corta para desperdiciarla estancándonos en la queja, en ese ruido constante y molesto que lo único que conlleva es a ponernos de mal humor.

Decálogo de la queja:

1- Me quejo porque me siento mejor.
2- Me quejo porque siento que me escuchan.
3- Me quejo porque no es mi culpa.
4- Me quejo porque es más fácil que reconocer mis errores.
5- Me quejo porque es parte de lo que me enseñaron.
6 -Me quejo porque no me queda otra.
7 -Me quejo porque no entiendo que quejándome malgasto mi tiempo y energía.
8 -Me quejo porque hay mil razones para hacerlo.
9 -Me quejo porque no me hago espacio para agradecer.
10- Me quejo porque me queda mucho por aprender.

La queja es contagiosa, suele despertar el malestar de quienes nos rodean. Cuando propagamos nuestra negatividad, el aire se carga de mala energía, medio que no posibilita soluciones sino que favorece a los problemas.

Debemos educar para reconocer errores, vislumbrar soluciones, cambios, con una mentalidad positiva y esperanzadora. La construcción de un mundo mejor es posible, depende de lo que cada uno de nosotros estemos dispuestos a aportar y a comprometernos, no desde la queja, sino desde el compromiso y esfuerzo por lograrlo.