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¡HOLA, CHICOS!

A los niños no le gusta dormir la siesta, pero las tardes de verano sofocante no dejaban otra alternativa, y tanto mi hermano como yo nos oponíamos a la idea de pegar un ojo, la única alternativa que nos quedaba era jugar en silencio sin pelear durante ese tiempo de descanso y reposo que era sagrado para mis padres, y en que no debía volar ni una mosca.

El sauce llorón refrescaba con su sombra, el parral perfumaba con sus uvas el aire, mientras las chicharrabas se hacían más sonoras a medida que el calor apretaba. El silencio de la siesta permitía que se agudizaran los sonidos. El heladero se sentía con su canto característico e infaltable: “Hay barritas, vasitos, sándwiches, bombón, heladoooo”, así se escuchaba durante varios minutos, mientras recorría la manzana. Si teníamos suerte y el heladero pasaba cuando se levantaban mis padres de la siesta nos compraban dos vasitos de crema.

La siesta era un ritual de los fines de semana en el barrio. Nadie cuestionaba esta costumbre veraniega. Luego del almuerzo las familias descansaban, y los niños buscábamos la forma de entretenernos si no deseábamos dormir.

Desde luego teníamos juegos acordes a nuestra edad, que se limitaban al silencio y a ese espacio en el que debíamos compartir y ajustarnos a los gustos de ambos, cosa que no es fácil cuando hay una diferencia de cuatro años y medio. El ser la hermana mayor me daba la ventaja de idear juegos y que mi hermano aceptara con gusto las nuevas propuestas.

Así surgió “¡HOLA, CHICOS!”, una cartuchera llena de lápices de años remotos, con ese aroma tan particular a madera fresca, con colores de todo tipo y tamaño, testigos de tardes calurosas, de diálogos e historias, que fuimos creando con mi hermano en el transcurrir del verano. Los lápices tomaron vida y se animaron, producto del aburrimiento y de esos momentos que parecen vaciarse de contenido. Como contrapartida surgió la creatividad, la imaginación y el entusiasmo de dos niños que decidieron poner en boca de sus lápices historias.

Hoy en día pienso en cómo de adultos nos complicamos en busca de entretenimiento para los más pequeños, por temor a que se aburran, cuando el aburrimiento no es tan mala compañía si logra despertar la veta creativa en los niños.

Cabe recordar que el juego no siempre terminaba bien, y alguna pelea entre hermanos ocurría, levantábamos el tono, y enseguida sentíamos los talones de nuestro padre deslizarse desde el cuarto hacia el comedor diario, y sabíamos que la cosa se iba a complicar porque lo habíamos despertado de la siesta, y pensábamos: “se pudrió todo”, el rezongo se aproximaba y la penitencia también.

Pero a pesar de los contratiempos que pudieran surgir, el “¡HOLA, CHICOS!” era parte de nuestra alternativa de juegos, y de inmediato salían todos los lápices de nuestras cartucheras, se formaban familias, grupos de amigos, juegos, diálogos… Recuerdo que mi hermano cambiaba las voces, y sus lápices hablaban como el doblaje mexicano de las películas de finales de los años setenta. Los canales de aire, que era lo único que había para ver, pasaban todas las películas y dibujitos con doblaje, cosa que llamaba mucho nuestra atención y repercutía en nuestros juegos.

A ningún niño le gusta dormir la siesta, pero las tardes de verano sofocante no dejaban otra alternativa, y entonces el dejar volar la creatividad y la imaginación eran una forma de apartar al aburrimiento, para abrir las puertas del juego y el entretenimiento, tan importante en nuestra infancia y en el desarrollo como personas.

Así esas tardes son parte de nuestros más gratos recuerdos en la niñez de mi hermano y mía.

Andrea Calvete

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