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EL DUENDE DEL PLATA

 

En el Río de la Plata, río ancho como mar se han hundido decenas de galeones que llegaban a estas costas en busca de tesoros y tierras por conquistar, desde ese entonces habita un duende que ha adoptado nuestras costumbres, aromas y sabores, y se ha mezclado con nuestra idiosincrasia.

Su piel se ha bronceado con el viento y sol de nuestras playas, y se ha camuflado en color marrón de las aguas. Su pasión teñida por la flor del ceibo y la esperanza latente en el verde de los pinos, le permiten volar con cada gaviota que revolotea cuando algún barco tiende las redes cerca de la orilla.

Ha visto pasar varias generaciones, lo ha visto todo y de nada se asombra, tiene el don de cantar alegre y silbar bajito mientras acompaña a los caminantes que van con su termo y mate en mano.

El ritmo de las lonjas se ha impregnado en sus pies y los vientos pamperos se han llevado muchas historias y han dejado otras como símbolo del devenir constante.

Dicen quienes lo han logrado ver que es un playero que camina como uno más, se lo distingue por su pelo y barba blanca, y su piel morena. Tararea una antigua melodía mezcla de diferentes ritmos que embelesa a todo a quien alcanza a percibirla.

Tiene el don de la escucha, y la palabra justa y perfecta, todo producto de los siglos, y del aprendizaje, de los más maravillosos amaneceres y ocasos. La luna le ha regalado miles de historias, y las estrellas lo han guiado a través de la Cruz del Sur por los caminos más soñados.

El duende del río ancho como mar ha arraigado entre sus costumbres: el mate amargo, el carnaval, los cafés, las ferias vecinales, los bizcochos, el dulce de leche, el asado, el tango y el truco… y esa mezcla de barcos que han venido de distintas partes del mundo y que nuestras tierras siempre han sabido recibir con las puertas abiertas.

El duende del Río de la Plata no distingue fronteras o razas, sabe de gente que gusta de su compañía y de este maravilloso hábitat que tiene el don de enamorar a quien decide disfrutar con plenitud de nuestras costas y costumbres.

Andrea Calvete

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