sábado, 11 de septiembre de 2021

LO DE LA TANA


El puesto de “La Tana” era el almacén de mi barrio, ¡lo recuerdo con tanto cariño! Un techo de chapa cobijaba los cajones coloridos de frutas y verduras que perfumaban fresca la entrada. El salón en forma de ele con piso de hormigón lustroso olía a vainilla y comida casera recién hecha. El aroma del lugar era tan particular que ha quedado grabado en mi memoria como una mezcla de esencias en donde la magia queda liberada al libre albedrío.

El almacén del barrio ha sido un baluarte en la vida de cada familia. Hace unas cuantas décadas atrás no proliferaban los grandes supermercados, eran los pequeños establecimientos barriales los que nutrían al vecindario.

En “Lo de la Tana” te daba la bienvenida un matrimonio italiano que trabajaba de sol a sol para que no faltara nada. Rocco y Assunta eran el alma mater de este negocio lleno de trabajo artesanal y casero, donde la balanza era testigo de 100 gramos de: galletitas, azúcar, yerba, fiambre o lo que fuera necesario.

Los mostradores prolijamente equipados quedaban en ele uno a la izquierda y otro de frente a la puerta de entrada. Cuando se ingresaba al puesto lo primero que se observaba era una antigua heladera de madera con fiambres y quesos y la cortadora de fiambre sobre la mesada, atrás un lambriz de madera que separaba el local de lo que sería la casa o un depósito. Hacia la izquierda otro mostrador con la caja registradora, la antigua balanza con diferentes pesas y una enorme estantería llena de antiguas latas con una ventana redondeada de vidrio con :galletitas, azúcar, harina, yerba, fideos, lentejas, caramelos, candes, lo que se les ocurra todo se vendía por peso. El papel de estraza era en el que se envolvía todo lo que uno llevaba y algunas veces el papel de diario era otra opción sobre todo para llevar los huevos y legumbres.

Con el correr del tiempo han ido cambiando el nombre de las calles y hoy es un barrio donde los poetas y escritores rodean el lugar. Así Mangaripé pasó a llamarse María Espínola, la Calle A Esther de Cáceres, la Calle B Emilio Oribe y la Calle C Sara de Ibañez, el barrio desborda de cultura. “Lo de la Tana” quedaba en Catania y Calle B, hoy Emilio Oribe y Zabala Muniz.

El gran momento de este almacén fue entre los años 70 y 80 donde el auge de la construcción se dio en la zona. Por el barrio comenzaron a construirse una multitud de cooperativas que pronto poblaron el vecindario. La construcción de este gran complejo de viviendas llevó años, y muchos trabajadores que, a la hora del almuerzo, iban a “Lo de la Tana”, por un refuerzo, fiambre, frutas, vino, o bebida.

Rocco y Assunta eran como el yin y el yang, opuestos, pero se complementaban a las mil maravillas. Rocco era la paz y la armonía en persona, parsimonioso, tranquilo y bonachón, no muy conversador atendía el puesto como si el día no se fuese a acabar. Assunta era el polo opuesto, corría todo el día, manejaba, iba al Mercado Modelo, y hablaba rapidísimo mientras centellaban sus ojos y su sonrisa radiante, expeditiva y simpática dejaba contento a quien fuera al puesto, si no encontrabas lo que ibas a buscar no importaba, te llevabas algo parecido o no tanto, pero algo seguro comprabas.

De niño cuando te mandaban al almacén estabas de fiesta, seguro no tendrían cambio para devolverte y para redondear te sacrificabas te traías un par de chicles o caramelos, así si que valía la pena caminar unas cuadras, calculo que más de uno le habrá pasado algo similar.

Eran épocas de leche en envase de vidrio, su color verde incomparable y su forma perfecta hacían que fresca recién salida de la heladera tuviera otro gusto, y ni que hablar el placer de abrir la botella y de encontrar en su tapa de aluminio un abundante trozo de crema doble, delicioso.

El almacén del barrio ha sido un baluarte en la vida de cada familia, “Lo de la Tana” fue para nuestro barrio testigo de décadas, de ilusiones, de generaciones que fueron creciendo y pasando en el corazón de Punta Gorda, casi llegando a los Portones de Carrasco.

Andrea Calvete