miércoles, 25 de agosto de 2021

EL AFILADOR


El silencio de la mañana me sorprendió con el silbato del afilador, hacía años que no lo escuchaba, la tranquilidad del feriado me llevó a los dulces recuerdos de la niñez. Reparé en que todavía era una profesión vigente, tan llena de anécdotas y de emociones, los olores de las mañanas de verano llegaron a este invierno que dará pronto paso a la primavera.

Día a día a mitad de mañana el afilador pasaba en bicicleta a ritmo suave, mientras su silbato lo anunciaba . Cada tanto algún vecino lo paraba para que afilara las cuchillas, rato en el que dialogaban largo y tendido. Si bien pasaba todo el año, el verano ha quedado marcado en mis recuerdos, posiblemente porque era la época del año que más disfrutábamos, jugando a la paleta en la calle, o andando en bicicleta, o disfrutando de un día de sol sin reparos… porque la niñez tenía eso, no había preocupaciones, sólo la alegría del día a día de jugar y compartir con los amigos del barrio, ¡qué épocas!

En mi casa mi papá afilaba él artesanalmente todos los cuchillos, era muy habilidoso, sin embargo, no todos los vecinos tenían esa suerte, y para alegría del afilador había mucho trabajo a diario y charlas por compartir.

Parece increíble en este siglo XXI que todo se usa y se descarta que existan aún los afiladores para afilar tijeras, cuchillos, navajas o cualquier elemento de corte. Muchos años atrás solían también arreglar paraguas. La bicicleta o motocicleta en su parte trasera posee un esmeril mecánico con una piedra de afilar que ha ido evolucionando y perfeccionándose.

El tiempo parece haber retrocedido a través del encuentro con el afilador que continúa en el corazón de quienes ya tenemos unos años, y es parte de lo que fue nuestra niñez y juventud, de aquel tiempo que ha quedado atesorado en nuestro corazón y con él tantas emociones vividas.

Andrea Calvete  



jueves, 12 de agosto de 2021

EL ARTE DEL OLVIDO: “RECORDAR ES LA MEJOR MANERA DE OLVIDAR"


Pasar por el tamiz del olvido nos lleva a viajar por las sendas de los desafíos, por los rincones oscuros de las palabras filosas, por los baúles sellados por los recuerdos deshabitados. Quizás sea una utopía, o el más sanador de los momentos.

El olvido se mezcla de aromas agrios y dulces, de las esperas exacerbadas por la impotencia, de los desgarros producidos por los puñales clavados por la espalda, o por la traición que se simula detrás de una sonrisa benévola.

Las caricias veloces, los besos perdidos, el pulso del latido detenido, el rumor de las hojas de los árboles que se paran desde aquella ventana lejana, casi inalcanzable. Nos acercamos, pero se aleja con despiadado ímpetu, con la destreza del que se escabulle camuflado por el paisaje.

De soslayo el desconcierto mira a su alrededor, detiene su marcha e intenta olvidar lo que le atemoriza y a su vez engaña.

Los minutos se zambullen en segundos, en instantes, mientras las horas confluyen en el río de los días y años, que desembocan en el océano de los sentimientos, en las lágrimas del amor y en el tesoro de la gratitud que se dibuja en la sinceridad.

El perdón se para iluminar al olvido, para allanar el camino, mientras algunos episodios se vuelven inolvidables y no son susceptibles de este sustantivo, pasan por la asimilación y comprensión, por el duelo y la aceptación.

Cada momento se transforma, late y vibra en una extraña fusión, en la que todo se hace uno y uno se hace todo, ambivalencia extraña de la que olvido se nutre, mientras sus raíces crecen en el aprendizaje del error, y se levanta con la mano compasiva de quien le quiere con el corazón.

Todo lo olvidado, está aquí y allá, habita en esas posibilidades infinitas de ser y volar, de crecer, de expandirnos en ese constante devenir en el que tú y yo habitamos, y en el que perduraremos más allá de los posibles, en una dimensión en la que transmutar es parte del conocimiento y la sabiduría.

Freud el padre del Psicoanálisis, dice: “No nos olvidemos que para olvidar hay que recordar”
El inconsciente una manera muy particular del recuerdo. Algunas veces decimos está olvidado, pro no es así, es ese recuerdo el que nos hace actuar de determinada manera, decidir, por eso hay que entrar en esos lugares que algunas veces son dolorosos para poder curar heridas, y muchas veces se requiere ayuda terapéutica.

Dicen que pocos se enamoran de quien quiere, parece que al enamorarnos algún rasgo inconscientemente de esa persona nos enamora, algún rasgo que quizás aprendimos en la infancia… pero dejo aquí puntos suspensivos y continúo. Todo proceso por el que pasamos a través de nuestra experiencia vital implica cambios. También, supone tener que pasar por muchos duelos de todo tipo. Los cambios implican pérdidas, y con ello despedidas, dolor y renuncias. Parece natural evitarlo y no incorporarlo en nuestra historia. Aunque esto supone un esfuerzo que nos ahoga en el sufrimiento, ya que con esta actitud emprendemos una lucha perdida de antemano. Los duelos forman parte de nuestras vidas, tienen un sentido importante para nuestro propio desarrollo personal. Ya que los duelos no solo nos ayudan a ir cambiando e ir aceptando lo inevitable, sino que además nos preparan para incorporar nuevas experiencias con gran valor y significado.

En el camino de la vida, el perdón es parte de esa lucha de sentimientos en la que reproches, culpas y miedos se aproximan. Cuando el perdón llega, la aceptación para cerrar el duelo está en curso. Esto es común en los amores frustrados, se pretende olvidar antes de perdonar y así es como mantenemos el dolor que nos envenena. Para olvidar hay que recordar el pasado, observarlo y soltarlo. Perdonar requiere aceptación para realizar los aprendizajes necesarios e incorporarlos a nuestro desarrollo personal. Es un proceso que nos lleva hacia la paz y tranquilidad que supone estar con la conciencia tranquila. El camino del perdón es equiparable al del amor, puesto que se vale de este sentimiento para manifestarse.

Pasar por el tamiz del olvido nos lleva a viajar por las sendas de los desafíos, por los rincones oscuros de las palabras filosas, por los baúles sellados por los recuerdos deshabitados. Quizás sea una utopía, o el más sanador de los momentos.

Andrea Calvete