jueves, 23 de abril de 2020

HIJOS DEL VIENTO

Los hijos del viento brillan a través de sus mentes, se elevan con las alas de ilusiones iluminados por su creatividad e inteligencia. Están convencidos de que todo y nada son dos vocablos efímeros, mientras que siempre y nunca se escurren como arena entre las manos. La certeza los sorprende, la incertidumbre los acaricia, y un halo de misterio los acompaña dispuestos a dejarse maravillar por el nuevo día.

Surgen con ellos el aleteo de la libertad, los cielos de estrellas y los horizontes llenos de utopías. Los colores infinitos de las ideas, los sabores especiales de las noches de luna llena, los atardeceres de esperanzas naranjas, y los lilas de los sueños los cincelan. Así nacen los hijos del viento.

Con su halo enigmático el viento llega sin anunciar, “sopla de donde quiere lo escuchamos pasar, no sabemos de dónde viene ni a dónde va”. Del mismo modo, nos invita a ser libres más allá de nuestro origen o destino, nos permite unirnos a esos hijos que recolecta en su camino.

Hay quienes lo sienten pasar y se niegan a dejar que su aire los purifique, o que su brisa los acaricie, o simplemente no se dejan despeinar por su imprevista llegada. Sorprenderse gratamente por su arribo es como renacer en un día de primavera.

Los que no se amarran o se esclavizan son hijos del viento, de su tiempo volátil, de su aleteo extenso, de sus pupilas brillantes y de sus ojos bellos. Como sus descendientes saben honrar el vuelo, para elevarse lento y divisar que es posible un preciado universo.

Los hijos del viento no se prohíben los sucesos, pues es en ellos está la decisión, el camino a seguir por propio convencimiento. Cabalgan por las orillas de las olas que rompen fervorosas en las doradas arenas. El tiempo no los retiene, descalzos caminan sobre distintos suelos, nada los ata o aprisiona, si hacen una pausa la disfrutan porque conciben la vida como una celebración.

Quizás todos seamos hijos del viento, semilla de su vuelo y aroma de su esencia, de ese planear por nuevos cielos sin barreras.

Somos hijos del viento, y así brillamos a través de nuestras mentes, nos elevamos con las alas de las ilusiones, iluminados por la creatividad e inteligencia. Convencidos de que todo y nada son dos vocablos efímeros, mientras que siempre y nunca se escurren como arena entre las manos. La certeza nos sorprende, la incertidumbre nos acaricia, y un halo de misterio nos acompaña dispuestos a dejarnos maravillar por el nuevo día.

Llegamos desnudos al mundo pero no en forma literal, porque venimos determinados por nuestros genes, por lo que de alguna manera nuestras familias han determinado, por el nombre que nuestros padres han elegido, por el colegio al que asistiremos y por la educación que recibiremos.

Algunos en esa suerte de determinismo el ser hijos de alguien “conocido o prestigioso” le trae muchos dolores de cabeza. Así en principio tratan de asemejarse lo más posible a ese progenitor, pero cuando no lo hacen entonces pretenden despegarse y hacer su camino, aunque muchos no lo logran y siguen siendo los “hijos de”

Sin embargo, somos todos somos “hijos de”: hijos del viento, del paso de la historia, de nuestros antecesores y de nuestros padres. De alguna manera todo va sumando en lo que somos y también nos va determinando, de allí el trabajo personal y constante por esculpirnos conforme a nuestras creencias, convicciones y sentimientos profundos, fieles a lo que deseamos y anhelamos ser, más allá de lo que alguna manera venimos determinados.

Me pongo a pensar y también he determinado a mis hijos, desde luego con el afán de que fueran personas plenas y satisfechas, como seguramente lo han hecho mis padres… sin embargo, esa suerte de determinismo me pesa en los hombros, y la historia vuelve a repetirse.

Lograr despegarnos de lo que nos ha determinado, no es tarea sencilla porque en ese paquete se mezcla lo que hemos adquirido, incorporado y también elegido. La misma naturaleza también nos determina lugares más cálidos, más fríos, más o menos reconfortantes donde vivir y llevar al cabo nuestros días.

Somos hijos del viento, y así brillamos a través de nuestras mentes, nos elevamos con las alas de las ilusiones, iluminados por la creatividad e inteligencia. Convencidos de que todo y nada son dos vocablos efímeros, mientras que siempre y nunca se escurren como arena entre las manos. La certeza nos sorprende, la incertidumbre nos acaricia, y un halo de misterio nos acompaña dispuestos a dejarnos maravillar por el nuevo día.

Andrea Calvete