viernes, 28 de junio de 2019

NUBES DE PACIENCIA

Cuentan que se esconde, que anda y huye esquiva. Se escapa por entre los dedos. No está dispuesta a acompañar a quien ande de prisa, o no se haga un minuto para pensar o detenerse. Le ha cerrado la puerta a quien la visita en compañía de la impaciencia, ya hace años que con ella no se habla.

¿Qué pasó realmente, por qué se enemistaron?

Todo empezó, un lejano día de junio en el que la paciencia abrigada y tranquila caminaba por las orillas de un amanecer. Mientras contemplaba la salida del astro rey, la impaciencia ligera de ropas y apresurada, comenzó a pedirle que acelerara su marcha porque no tenía tiempo de contemplar un acontecimiento tan obvio y frecuente.

La paciencia inmutable siguió mirando el horizonte e hizo caso omiso.

La impaciencia, comenzó a reprocharle que por su culpa a la gente no le quedaba adrenalina en la sangre, que habían engorado muchos quilos y que les había sacado canas verdes a unos cuantos.

La paciencia inmutable respiraba profundo mientras el sol se elevaba pintando la aurora matinal mágica e indescriptible. Absorta en aquella maravilla no escuchaba a la impaciencia.

A la tercera vez al no recibir respuesta, la impaciencia comenzó a echar fuego por la boca, los insultos fluyeron y se cargaron de fuertes epítetos .Quedó ronca, pero la paciencia no respondía.

De pronto, la paciencia se subió a una nube y se marchó lejos. De allí en más la impaciencia no tuvo más oportunidad de dirigirle la palabra, porque el cielo cargado de posibilidades no era una opción en su vida.

Andrea Calvete

SOLES DE DOLORES Y AUSENCIAS

Soles de dolores y ausencias lo  traspasan,  enfrentan, sacuden , y sin saberlo encuentran esa llave mágica para ingresar al umbral en el que el dolor se asoma a la luz.

Allí nos encontramos en un pozo, presos de nuestras ataduras, esclavos de nuestros miedos, rehenes de lo que sucedió y nos dejó una herida, entre medio de palabras sin sentido, como si ardiéramos entre las llamas. Bajo ese fuego se aceleran las pulsiones más profundas y es posible que afloren muchas alternativas, estará en cada uno ver a qué le da cabida.

Las ausencias se clavan en el alma, los vacíos nos marean con su sabor agrio y los desengaños nos humillan con su presencia insolente. No faltan los amores tóxicos que asfixian a quien intenta tomar un poco de aire fresco, mientras los halagos efímeros saben a mentiras. Por allí pasan las decepciones y se trepan a nuestros hombros, y la marcha se dificulta. Sin embargo, hay una llave mágica que es la que permite abrir ese umbral en el que es posible vislumbrar una salida.

En la era de las recetas mágicas parece haber una solución para todo, un remedio que todo lo cura, así en cualquier supermercado encontramos góndolas llenas de soluciones vacías. Del mismo modo, están atestados los consultorios de especialistas que intentan amortiguar esas caídas propias del andar.

El dolor ha estado presente en la vida de los seres humanos desde el comienzo de los tiempos. Sin embargo, parecería que es momento de no sufrir porque en ese paquete hedónico que ingresa por los poros poco lugar queda para insertarnos a analizar lo que nos pasa.

Resistir el dolor es perpetuarlo, es alargar la agonía, transitar por él, experimentarlo, sentirlo para superarlo, pero no a cualquier precio. Cada cuál debe ser consciente que nada es gratis en esta vida, cada elección tiene un costo que debemos estar dispuestos a asumir.

La sensibilidad al dolor en el hombre es variable. Según explican los especialistas, una de las teorías más aceptadas es la “teoría del control de entrada”, según la cual una “puerta neurológica” situada en la médula espinal regula la transmisión de los impulsos dolorosos hacia el cerebro. Los estudios del alivio del dolor indican la existencia del efecto placebo, ya sea a través de alguna medicación específica, ejercicios de meditación, concentración, o cualquier tipo de actividad expresiva

Es paradójico que el sufrimiento y el dolor generen algo hermoso. Pero el ser humano a través del talento y la sensibilidad, logra ese efecto placebo a través de la realización de una obra, en la que muchas veces consigue rescatar lo más bello de la vida, aún en las situaciones más difíciles, porque en el fondo el amor a la vida todo lo puede. También el arte es una expresión del dolor, un reivindicador de la palabra y de las injusticias, un aliado que se manifiesta y pretende hacer catarsis.

Quizás todos los seres humanos tengamos este don incorporado, y podamos del dolor sacar algo positivo, o algún tipo de aprendizaje que nos permita crecer y no hundirnos todavía más, porque aún en los momentos duros, la vida nos puede dar una segunda oportunidad. Por eso, ilusión y esperanza son dos ingredientes fundamentales para que los acontecimientos grises y oscuros se transformen en coloridos y brillantes.

Soles de dolores y ausencias lo traspasan, lo enfrentan, lo sacuden, y sin saberlo encuentran esa llave mágica para ingresar al umbral en el que el dolor se asoma la luz.

Andrea Calvete

domingo, 23 de junio de 2019

“NO ESTOY DISPUESTO A VIVIR A MEDIAS”

Dar y esperar a medias, es como querer agarrar el aire con los dedos, o pretender que el pampero no se cuele en plena rambla. En un acto de mendicidad, a medias se recibe lo que sobra o se acepta ese apretón de manos anémico.

“A medias” con su falsa cara de generosidad nos toma del brazo y nos engatusa, haciéndonos creer que sus migajas son un exquisito plato al que no debemos resistirnos. Así sin pensarlo demasiado nos conformamos con sus escuálidas y egoístas ofertas.

Hay un viejo refrán que dice que “las medias son para los pies”.

Las medias tintas te dejan parado en el filo de una navaja, en la que si te corres un poquito caes al precipicio.

El amor lejos está de ser conservador, de imponer normas o reglas, vuela libre, espontaneo, genuino y sincero. De aquí que a medias nada, porque se entrega y da con integridad desde lo que es, un instinto básico que permanece desde la noche de los tiempos, para fusionarse y sobrevivir con otro organismo.

Y cuando las cosas se dan a medias puede ser por: miedo, egoísmo, descreimiento, falta de compromiso, de entusiasmo, ilusión, o simplemente por querer vivir anestesiados en ese limbo en el que casi no se siente porque ya nos quemamos con leche hervida.

Las medias no dejan lugar para el todo, para la pasión, para el esfuerzo incansable, para el gozo sincero, para la generosidad y la fraternidad necesaria en la vida.

Así van quedando proyectos a medio camino, esperanzas truncadas, parejas rotas, corazones partidos, proyectos a medio hacer, familias a medio construir, ojos partidos por el desencanto…

Y andamos a medias, producto de seguir con pocas ganas, para pasar desapercibidos, mimetizándonos con ese gris de la vereda, con cara de pocos amigos, encorvados y con paso cansino.

También parte de lo aprendido es lo que nos lleva por este camino a medias, en que incorporamos todo lo que aprendemos, sin cuestionarlo, sin preguntarnos ni si quiera si estamos de acuerdo, o si lo que llevamos en la mochila nos sirve para algo.

Quizás sea tiempo de desaprender lo aprendido, de interrogar a la vida y a nosotros mismos, de traspasar los umbrales conocidos para poder entonces descubrir algo nuevo, dejando de lado las dudas, los miedos y los preconceptos.

A medias no se llega a la meta, por más que la meta sea el camino, transitar decididos a todo, a enfrentar lo bueno y lo malo, lo que nos gusta y lo que no, así como lo que queda en el medio, es parte del recorrido.

Vivir con intensidad y sobre todo al máximo lo que fue, es y está por venir es decir: “No estoy dispuesto a vivir a medias”

Andrea Calvete







sábado, 22 de junio de 2019

MANOJO DE ILUSIONES

Desmoronado por un terraplén de sucesos desafortunados intentó ponerse de pie y continuar la marcha. Le dolía todo el cuerpo, no había tenido una buena noche. Sin embargo, había algo que lo impulsaba a no darse por vencido y a continuar.

Desde niño, las adversidades habían tocado a su puerta, había perdido a su padre siendo un niño, y su madre a partir de ese momento no había quedado en su sano juicio. Así había enfrentado la vida con entereza a pesar de que las circunstancias no eran las más favorables.

Su padre le había dejado una pequeña herencia la que el guardaba con inmenso cariño, de alguna manera ese legado era el que le había permitido sortear los diferentes contratiempos con los que se le enfrentaba día a día.

Dicen que hay mucho de heredado, otro tanto adquirido, pero Edmundo tenía un poco de todo esto y más, un instinto casi innato le había permitido sortear las piedras más complicadas. Algunas veces lo había hecho con sus propias manos, otras se había valido de herramientas, pero en la mayoría de los casos su esfuerzo, constancia y perseverancia habían estado presentes.

Le ilusionaban los días soleados porque lo llenaban de vida, los días fríos porque eran especiales para reunir a la familia en casa, los de lluvia porque invitaba a hacer tortas fritas o a leer un buen libro, los de viento porque se llevaban los recuerdos volando a través de las nubes. Así siempre era buen día para hacer algo diferente.

Su enorme positivismo era contagioso, bastaba verlo entrar y su buen humor y dinamismo eran como imanes para todos los que le rodeaban. Sin embargo, era una persona que como a cualquiera le sucedían contrariedades, dificultades, pero en lugar de quejarse o malgastar su energía intentaba focalizarse en lo que le pasaba para resolverlo, de lo contrario pasaba la hoja y seguía con su mejor rostro.

Había algo que lo impulsaba a no darse por vencido y a continuar.

Todos se preguntaban, cuál habría sido el legado que le había dejado su padre, lo que más les intrigaba era que él nunca había querido compartir ni una palabra. Las conjeturas y especulaciones se incrementaban con el correr de los años, pero con muchísima tranquilidad les contestaba: “Lo que he heredado de mi padre es algo muy personal”

Indudablemente, su hermetismo generaba todo tipo de dudas e inquietudes, las dudas eran directamente proporcionales a su silencio, y ante todo a esa forma de encarar la vida que resultaba envidiable.

Había algo que lo impulsaba a no darse por vencido y a continuar.

Un manojo de ilusiones eran las protagonistas de la herencia tan controvertida y confidencial, las que había guardado secretamente y cuidaba como el más preciado de los tesoros porque sabían que era su motor de vida.

Andrea Calvete

EL PLANTASUEÑOS

En una noche iluminada por las estrellas, decidió plantar sus sueños, beber los vientos de la esperanza e impregnarse del perfume de los días. La luna con su sonrisa cómplice y blanca plateó sus ideas.

Sin embargo, la magra audiencia era poco auspiciante y se interponía como un freno de mano. Al finalizar la obra, los fuertes aplausos desdibujaron aquella sensación que lo desanimaba, y se transformó en impulso vital.

-La siembra debe darse en terreno fértil, trabajado con esmero para que la semilla germine y crezca. ¡Qué mejor momento para ponerse manos a la obra!- pensó, mientras se dejaba seducir por los cabellos grises del invierno.

Así fue lentamente introduciéndose en los pendientes, en esos sueños que habían quedado a la espera, escondidos.

Con esmerado esfuerzo, le puso pienso, compromiso e ilusión a los sueños que estaba por plantar. Era cuestión de mucha perseverancia si quería enfrentar los contratiempos y las adversidades.

Dispuesto a plantar sus sueños se zambulló en la imaginación y nadó por la creatividad, saboreó copas dulces y amargas, escuchó la música de la naturaleza y recorrió la textura del tronco del árbol sobre el que había erguido su vida.

Sin quererlo llegó hasta un estanque donde quedó embelesado con la imagen de una flor de loto. Su perfección y gracia fueron una señal para seguir con la vitalidad encendida.

Dispuesto a todo, el plantasueños se aventuró a los si puedo, dejó pasar a la utopía para hacerla más cercana. Se paseó por los lilas difusos en los que la tranquilidad se mezclaba con la magia.

Cinceló uno a uno los sueños para dar comienzo a esa obra de arte, en la que se permitió dejar volar todos sus sentidos.

Soñó despierto y dormido, dejó ser a la movediza quietud, en un intento de que no lo aplastase la gris rutina.

Con la pasión encendida y el perfume de sus pupilas soñadoras el plantasueños se dispuso a sembrar, abrazado por la fe y la esperanza, para dejarlos crecer con ilusión y alegría.

Andrea Calvete

sábado, 15 de junio de 2019

El AMOR ES CIEGO Y LA LOCURA LO ACOMPAÑA

Beso:  Gustav Klimt   Emilie Flögue junto a Klimt

Dicen que el amor es ciego y la locura lo acompaña, así andan por el mundo caminando de la mano sin detenerse a pensar qué dirán cuando los vean pasar abrazados, tomados de la cintura, entrelazando sus emociones.  Quizás generen celos a todos aquellos que al  intentar copiar su estilo no lo logren, porque no hay como su andar genuino.


En una suerte de lazarillo la locura acompaña al amor para rendirle homenaje en forma permanente, mientras el amor deslumbrado, seducido por la locura,  se sube con ella  a la alfombra mágica de los sentidos. Así se aventuran sin demasiadas preocupaciones, dispuestos a disfrutar del camino, a sorprenderse sin reparos ni restricciones, para volar libres como dos pájaros que se pierden en la lejanía.

Extasiados se esfuman entre los sabores de la naturaleza, entre las texturas suaves y escurridizas de las noches en las que los fuegos se desatan a la luz de la luna. Llamas laberínticas encienden sus sudores tibios, mientras sus deseos palpitan sin prejuicios para saciarse en las oscuras lejanías, remotas y perplejas.

Tormentosos parecen dibujarse los senderos que les esperan, pero no les importa continúan con fe y entusiasmo, con la pasión encendida en los labios, se sumergen en las aguas saladas y turbulentas, mientras los atardeceres los refugian y los perfuman con sus notas perladas.

Andrea Calvete

DESDIBUJAR EL LETARGO

En los lugares menos esperados es donde suceden esos acontecimientos que de alguna manera nos hacen despertar, salir de ese letargo que por momentos asfixia.

El día transcurría en una monotonía casi abrumadora, en realidad los casilleros del almanaque parecían haberse parado frente a ella de igual manera, sólo se distinguían las horas por esa rutina marcada y estricta que la aprisionaba inmóvil dentro de un circuito muy acotado. Se preguntaba el porqué de esta inercia, como respuesta el desencanto se vestía con su mejor atuendo para hacerle compañía.

Su corazón reseco parecía no palpitar, su piel mustia y sus ojos bellos, pero sin brillo, miraban al cielo con escasa esperanza, saborizados por la desilusión. Despechada, había decido cerrar sus sentimientos a cualquier tipo de relación sentimental, prefería ser un pozo de agua estancada que un manantial vertiginoso, las aguas turbulentas si bien le habían posibilitado la sensación de estar viva, también la habían lastimado en lo más profundo de su ser. Las cicatrices aún estaban a flor de piel.

Con pocas ganas comenzó a vestirse, no le hacía ninguna ilusión acompañar a su amiga de la infancia al vernissage al que concurriría mucha gente que no conocía. Buscó entre su ropa de cocktel, pero nada le gustaba, terminó con el clásico buzo y pantalón negro, y para dar un poco de color al conjunto se puso una chaqueta de cuerina beige y una pashmina con dibujos geométricos en rojo, negro, ocre y blanco. Se maquilló delicada apenas un poco de base, rímel, y un brillo en sus labios, se recogió el cabello con una pinza y se hizo un peinado descontracturado y moderno. Las botas en el tono de la campera fueron ese detalle final. Se perfumó delicadamente antes de marcharse. Al mirarse al espejo no se reconoció, con el ánimo algo renovado se marchó. La luna llena iluminaba los azules profundos de una noche que parecía vibrar en otra sintonía, mientras una bruma casi mística envolvía a la ciudad que se despertaba con las luces coloridas de las calles.

Al llegar a la sala de exposiciones, buscó a su amiga entre el gentío, pero no alcanzó a verla. Mientras esperaba pasó un mozo y le sirvió una copa de cóctel de frutas, y disfrutó de la música africana que se escuchaba suavemente de fondo. Todo estaba maravillosamente dispuesto, los cuadros, las luces, la ambientación del lugar, notas a amaderadas se mezclaban entre los perfumes de los visitantes, era un ambiente propicio para distenderse y disfrutar. Cuando apareció su amiga venía acompañada de un hombre de mediana edad, sobrio, elegante, ella los miró y pensó quién será. Nadia, llevaba una vida pintando, era una excelente artista plástica, esta era una de sus cientos de exposiciones y como era habitual estaba apurada, los presentó y se marchó.

Ana María se sintió un poco incómoda al principio cuando Nadia la dejó hablando con su viejo colega noruego Adam, lo había conocido durante su transitar por Europa cuando vivió durante una década en Amsterdam. Adam hablaba perfecto español, era un hombre culto, muy agradable, buen mozo, pero lo que más le llamaba la atención a Ana María era esa familiaridad que sentía al escucharlo hablar.

Mientras Adam conversaba, vio a través de su mirada azul profunda reflejado ese su atelier con las ventanas abiertas hacia los bellos canales de Amsterdam. Entraba un sol tímido, mientras los tulipanes coloreaban llenos de magia y color un florero sobre una pequeña mesa repleta de oleos y de pinceles dispuestos de manera poética. Parado frente a su caballete deslizaba su espátula con suavidad y soltura, un delantal negro lleno de restos de coloridos óleos cubría su cuerpo. El delantal en sí era una obra maestra que contrastaba con su melena blanca y algo despeinada. Lo observaba embelesada pintar, en su rostro se dibujaba una paz pocas veces vista. De pronto, Adam le hizo una pregunta, Ana María se sonrojó, y como no sabía que contestar iluminó su rostro con su bella sonrisa, así logró salir del aprieto.

Se pararon frente a un cuadro que les llevó casi toda la velada, Adam hizo hincapié en los trazos ligeros, liviandad y fluidez de la pincelada. Advirtió la profundidad de la obra, destacada por el contraste de los colores utilizados. Ana María lo escuchaba absorta, si bien ella no pintaba era una gran admiradora de la obra de su amiga, pero hoy la visión de este pintor le hacía ver más allá de lo que siempre había percibido, sin querer entró en una dimensión del cuadro desconocida. Se sentía extraña, era como si hubiera traspasado un portal inaccesible, un conjuro nocturno se había apoderado de ella. Inmensamente atraída por Adam, Ana María permitió que los minutos se diluyeran en esta agradable y seductora conversación.

La noche fue transcurriendo entre risas, charlas, suspiros, miradas cautivas, sin pedir permiso la velada había finalizado, con la sonrisa encendida Ana María se despidió de Adam, se encontrarían el próximo viernes en la noche a cenar.

En los lugares menos esperados es donde suceden esos acontecimientos que de alguna manera nos hacen despertar, salir de ese letargo que por momentos asfixia, para desdibujarlo y comenzar a trazar un boceto más prometedor en el que la ilusión comienza a resplandecer.

Andrea Calvete




COLORES DE VIDA

En una explosión casi impredecible comenzaron a aparecer uno a uno, sin pedir permiso se dispusieron con personalidad y encanto. Con protagonismo mágico se fueron esfumando en esa página que daba fin al día. Sí, cuando se trata de poner colores a los días no sólo es cuestión de entusiasmo hay una suerte de sucesos que son los que determinan el curso de esas tonalidades y matices.

Así poco a poco el tránsito se congestionó, era la hora pico la salida de los trabajos hizo que las calles quedaran iluminadas por los focos de los autos que con impaciencia pretendían avanzar en un intento casi imposible. Se armó de paciencia miró el reloj y vio que llegaría más tarde de lo previsto, intentó avisar a su casa pero su celular ya se encontraba con poca batería, alcanzó a mandar un WhatsApp diciendo: “ Está todo trancado, voy a llegar por lo menos a las ocho”.

La humedad con un perfil casi de llovizna le daba a la noche un toque casi parisino. Miró desde el ómnibus las edificios con ese pasado francés que lo trasladaron a otras épocas, pensó : ¿cómo sería el tránsito cincuenta años atrás, cómo se vestiría la gente, los aromas de la ciudad serían los mismos? Intentó contestarse una a una las interrogantes, y terminó recordando esa caja llena de fotos en sepia que había pertenecido a sus padres. Entre los objetos arrumbados por el tiempo apareció una vieja peineta de su bisabuela, de las última décadas del 1800, cuántos recuerdos, se la imaginaba con su falda por el tobillo y su cabello recogido con la peineta caminando por las veredas de Montevideo. Recordó los cuentos de su madre y vio a aquella maravillosa mujer una adelantada para su época parándose ante la vida con desenfado y contagiosa alegría.

El ómnibus no avanzaba, el atasco hacía que  las bocinas sonaran impertinentes, y la ansiedad presionara con cara de pocos amigos, pero a él ya no le importaba estaba dispuesto a disfrutar de esos minutos de descanso luego de esa larga jornada de trabajo. Intentó recorrer la última semana, revisó mentalmente su agenda pero el cansancio lo venció y se distrajo mirando un anuncio iluminado con diferentes luces de colores que decía: “Viví la vida, no desperdicies el tiempo” No alcanzaba a ver lo que seguía estaba sin los lentes, así que se quedó sin saber de qué era la publicidad. Sin embargo, más allá de esa imagen inconclusa una idea se presentó en su cabeza y decidió preparar una cena especial esta noche para su familia.

Eran las ocho y media cuando abrió el portón de su apartamento, estaba todo en silencio, seguramente también se habían demorado todos igual que él por el atascamiento de la hora pico. Se cambió se puso cómodo, abrió la heladera y manos a la obra, se sirvió una copa de vino, se puso música y comenzó a preparar unas empanadas de carne caseras con todo lo que había en la heladera. Al abrir uno de los cajones de la cocina en busca de una cuchilla, encontró un folleto con la publicidad que decía: “Viví la vida, no desperdicies el tiempo”. Pensó que era una persecución, demasiada coincidencia, no creía en coincidencias. Le sonó el celular, lo llamaba un viejo amigo para contarle que estaba enfermo y que lo quería ver. Lo escuchó atento y lo invitó a cenar con su familia esa noche.

Sí, cuando se trata de poner colores a los días no sólo es cuestión de entusiasmo hay una suerte de sucesos que son los que determinan el curso de esas tonalidades y matices. Hoy era un día para no desperdiciar el tiempo, y antes que nada celebrar la vida.

Andrea Calvete



sábado, 8 de junio de 2019

LLAMADORES DE ÁNGELES

Lo que les voy a contar, verán si es un simple relato o realmente una historia, qué más da. Los invito a descubrir a través de sus ojos una narración que los acompañará unos minutos y quizás encuentren algún nexo que los una.

Una noche estrellada, Luana salió al patio de su pequeña casa en busca de aire fresco.Las paredes impregnadas de calor no le permitían dormir. Desvelada y sedienta, se dejó caer en una reposera a mirar el cielo en compañía de un vaso de agua helada. La noche transcurría silenciosa mientras la luna iluminaba con su resplandor mágico.

Sintió sonar a lo lejos unos llamadores de ángeles que repiqueteaban con dulzura movidos por el viento.Le pareció que detrás de su melodía había un mensaje que no alcanzaba a descifrar. Trepada en una pequeña escalera miró por encima de los muros linderos intentó descubrir de dónde provenía el sonido, pero no vio nada, sin embargo, aquel sonido se volvía cada vez más potente y cercano. Invadida por un nerviosismo extraño decidió entrar y acostarse.

A la mañana siguiente, el nuevo día despertó caluroso y tranquilo, las chicharras comenzaron a cantar con el primer resplandor.Seguramente sería otro día sofocante. Luana miró al cielo y adivinó que le esperaría otra noche de desvelos.

-Voy a tener que comprar un ventilador, de lo contrario no voy a poder dormir en todo el verano- pensó.

Comenzó a oscurecer ya asomaba un cielo más estrellado que el de la noche anterior.Una luna inmensa, redonda y amarillenta se sentó a hacerle compañía. Luana decidió dormir en su pequeño patio, se recostó cómoda en una reposera. Corría una brisa caliente pero reconfortante.

El sonido de los llamadores de ángeles comenzó a escucharse nuevamente. La escena se repitió, subió por la pequeña escalera para tomar contacto con los fondos de los vecinos, le intrigaba de dónde venía el sonido, pero no alcanzaba a ver nada. El sonido se hizo más cercano y envolvente, estaba allí como si proviniera de su patio. Respiró profundo, intentó tranquilizarse y se dejó fluir con el sonido.Cerró los ojos y se dispuso a disfrutarlo. No sabía dónde se encontraba, era un lugar maravilloso, caminaba sobre un puente de madera rodeada de cascadas de agua y flores silvestres que perfuman la noche. El sonido de los llamadores de ángeles la guiaron hasta llegar a una casa con las puertas abiertas. Entró sin temor guiada por su intuición. La recibió una mujer vestida con una túnica blanca que le habló en un idioma que desconocía, pero que entendía.La escuchó atenta y se retiró en paz.

El día transcurría caluroso, era un verano intenso en el que la lluvia había tenido poco protagonismo. Rumbo a su trabajo vio la casa en la que había estado en contacto con la mujer de la túnica blanca.

-¡Es la misma casa, yo estuve aquí!, pero¿lo soñé?,¿quién vive en esta casa?, ¿quién es esa mujer?, ¿qué me quiso decir?- se preguntó con la respiración acelerada.

Decida a averiguarlo, tocó insistentemente el timbre, luego de unos minutos le abrió la puerta un señor que parecía ser el casero.

-Buenos días, busco a la propietaria de esta casa, una mujer de cabellos blancos- explicó Luana ansiosa.

-Aquí no vive ninguna mujer, está casa está en sucesión, yo soy el casero.Hace un par de años vivía una señora que tenía poderes según cuentan, pero ya era muy mayor y ahora sus hijos están esperando a que se venda la casa- dijo el casero.

-Comprendo, pero necesito hablar con sus hijos o con alguien que me diga algo más de esta señora- explicó Luana con nerviosismo.

-Mire señorita, yo no tengo forma de comunicarme con sus hijos, sólo con su abogada, puedo darle el teléfono si lo desea- dijo amablemente el hombre.

-Muy bien, muchísimas gracias, ha sido Usted muy amable- se despidió Luana.

Ni bien llegó al trabajo, llamó a la abogada. Sin embargo, de esa charla sólo pudo deducir que la mujer era de origen griego y que,posiblemente,el idioma en el que ella había recibido el mensaje tenía que ver con esa procedencia. Le corrió un escalofrío por el cuerpo, las cosas se estaban saliendo de su cauce y no eran comprensibles. Luana era una mujer joven, metódica y racional, lejos estaba en ella caminar por el misticismo o las profundidades de lo que no se viera a simple vista.

La noche nuevamente sorprendió a Luana, los llamadores ángeles sonaban de un modo diferente, hoy parecían colgar de su patio, algo nerviosa bebió un jugo de frutas repleto de hielo. Un gato de tres colores se sentó junto a ella, maulló y ella lo acarició con ternura. Sintió paz, alcanzó a percibir el mensaje de su padre que había partido hacía muchos años, pero sin despedirse de ella. Sintió una caricia en sus cabellos y se quedó dormida.

Andrea Calvete

domingo, 2 de junio de 2019

FABRICANTE DE RESPUESTAS

En un acto reflejo elevó su mirada al cielo, se perdió entre las nubes en busca de una respuesta. Navegó entre los recuerdos, saltó entre las risas de su infancia, caminó por las orillas de sus relaciones, y buscó entre los anaqueles de sus afectos, así se deslizó entre nubes vaporosas llenas de encanto y magia hasta llegar a un nubarrón que amenazaba con tormenta.

Las tormentas también tienen sus encantos, los contrastes del cielo son impactantes, permiten transitar por esas divergencias conmovedoras que son los que de alguna manera marcan esos quiebres o puntos de inflexión. Si bien la armonía suele ser parte de la paz necesaria en nuestros días, algo de sal y de pimienta también son necesarias para sentir que nos corre sangre por las venas, o que nuestro pulso aún sigue latiendo. Así la tormenta que avizoraba si bien le generó un nudo en su estómago, le produjo un cosquilleo cargado de emoción, entonces con el impulso renovado se dirigió hacia el ojo de la tormenta.

Paralizado ante aquella imagen majestuosa respiró profundo, intentó impregnarse de ese espectáculo formidable que estaba ante su vista, el aire era pesado y olía a lluvia. Hoy estaba dispuesto a mojarse a sentir la lluvia caer en su cuerpo a disfrutarla. Comenzaron a caer las primeras gotas mansas perfumadas por el yodo del mar y las lavandas que rodeaban a pocos metros en un jardín cercano a la playa. Mientras sentía el agua que recorría su cuerpo no salía de su asombro allí estaba parado frente a una disyuntiva muy difícil de resolver, aunque tenía claro que no debía haber traspasado ciertos límites, lo cierto que ya no había marcha atrás, ahora era tiempo de ver cómo continuar su rumbo.

Continuar implicaba tomar una de las bifurcaciones del camino, su cabeza parecía que iba a estallar. Se preguntó por qué había llegado hasta allí, por qué había permitido encontrarse en esta situación que si bien la había generado mucho placer ahora le embargaba de angustia, como las contradicciones propias de la vida, allí estaba parado frente un problema por resolver. No podía pensar, encendió un cigarrillo y comenzó a escuchar a los Creedence: Have you ever seen the rain- Has visto alguna vez la lluvia- Se perdió atento ante la letra saboreó cada palabra. El cielo se fue despejando, y continuó lloviendo con sol.

-Una señal- pensó.

Ya se había despejado, el sol brillaba potente, se paró con el ánimo renovado y convencido de cuál era el rumbo que debía tomar. Como tantas veces, el cielo había oficiado como ese fabricante de respuestas elaboradas, simples y genuinas. Agradecido y con una sonrisa apenas dibujada en su semblante se dirigió camino a su casa, le esperaban jornadas intensas pero estaba dispuesto a enfrentarlas.

Andrea Calvete

sábado, 1 de junio de 2019

PRESAGIO

El vuelo de las águilas se pierde en el camino mientras las campanas bailan con los sonidos del viento, le cantan al olvido en un viaje de ida. Es posible que no haya marcha atrás, como en la vida misma, lo que viene está por delante.

Nubarrones grises contrastan con los trozos de cielo despejados que se cuelan en la escena, quieren hablar, comunicar algo, pero las campanas siguen ensimismadas cantando al olvido que ha quedado rezagado en un rincón húmedo y raído a la espera de que alguien les quite el polvo. “Del polvo venimos y en polvo nos convertiremos”, ese mismo polvo que día a día al barrer o sacudir el mobiliario aparece. Polvo sobre el que existen tantos enigmas por develar, así continúan las campanas repiqueteando por lo bajo, y las águilas por lo alto planeando como un presagio.

Es un viaje de ida lo que las impulsa a aproximarse a ese olvido maquillado por los años, transfigurado por esperas, confundido por los desengaños y desencantado con la risa falsa de quienes lo buscan. Testigos de un milenio, las campanas han decidido callar lo que saben para dejarse llevar por el vuelo de aquellas águilas sin cuestionarse nada más. ¡Qué difícil aquietar la mente, y ponerse al servicio de lo que realmente nos importa, dejando lo superfluo de lado, lo que pesa en nuestros pensamientos!

Se han aquietado, han dejado de sonar, están a la espera de la próxima media hora en la que anunciarán que ha transcurrido otro leve lapso del día. En esa movediza quietud en la que se ven atrapadas miran a las águilas alejarse y perderse entre las montañas, quieren seguirlas pero no pueden dejar el campanario por más de media hora, esperarán a la próxima hora en punto para ver si pueden acompañarlas.

Han llegado allí y ahora saben por qué. Sí, han olvidado disculparse pero, ¿con quién, con qué, cuándo, dónde, para qué? No les importa contestarse estas preguntas, sienten la necesidad de hacerlo, de decir : “perdón me he equivocado”, para seguir sin el peso de las culpas en la espalda, de las equivocaciones, quieren repiquetear despreocupadas, en un viaje de ida, hacia lo que vendrá con la mirada serena y transparente.

Los vuelos de las águilas se pierden en el camino, mientras las campanas bailan con los sonidos del viento, repiquetean libres y sonoras. Resplandecen, mientras el tiempo se desliza tibio y la ciudad comienza a dormirse con un cielo naranja lleno de ilusiones y sepias herrumbrados, que contrastan para embellecer ese momento mágico en el que el presagio se ha cumplido.

Andrea Calvete

RECONCILIARSE CON LA VIDA

Mirar de reojo a la vida es algo común, pelearse con ella, seguir de largo sin decirle ni siquiera buen día, o no saludarla por días, son realidades frecuentes en las que no nos involucramos y nos distanciamos de alguna manera con ella. De este modo, no todo parece salir como quisiéramos. Se enciende alguna manera una luz de alerta que dice: “Peligro vas por mal camino”

Y como dice un viejo refrán “a mal camino vamos por agua”, porque si nos peleamos con quien tenemos para transitar en este aquí y ahora, pocas alternativas nos quedan de disfrutar, de sentirnos plenos y satisfechos. Sin darnos cuentas comenzamos a culparla de todas los oportunidades que nos ha quitado, de las puertas que nos ha cerrado, de las decepciones que hemos vivido, de las equivocaciones, de los olvidos, de la tristeza, del dolor, de las frustraciones,… y podría continuar una hoja entera con reproches.

La vida asombrada nos mira y con su idioma universal nos dice “hoy puede ser un gran día depende de ti”, y continúa como si nada hubiera pasado. Entonces la miramos y nos preguntamos de qué nos habla, si es ella la que se ha dispuesto a dificultarnos las cosas. Aunque siempre es más fácil culpar al que tenemos al lado, sin embargo al detenernos a pensar en sus palabras vemos que algo de razón tiene, y que la mayoría de las veces nos hemos cerrado a querer cambiar, o simplemente no nos hemos animado a tomar decisiones o hemos errado en ellas.

Y así andamos peleados con la vida, y ya no miramos al cielo para disfrutar de ese maravilloso espectáculo, y si lo miramos es para advertir que tendremos que llevar el paragua porque se aproxima una tormenta. Y de la misma forma tampoco apreciamos un atardecer, sus colores, sus tonalidades y perfumes, sólo vemos que se nos acaba el día y aún nos quedan muchas cosas por hacer, alguna de ellas muy a nuestro disgusto.

Quizás se hora de reconciliarnos con la vida, con sus aromas, sus tonalidades, texturas, sonidos, colores, con esa maravilla que es la naturaleza y que está al alcance de todos. Reconciliarse es volver a encontrarse con alguien, y para ello vistámonos con buen humor, con entusiasmo y con tonalidades enérgicas que nos permitan entonces hacer de este encuentro un momento único y maravilloso, para dar comienzo a una nueva etapa, en la queremos estar y sentirnos mejor, con nosotros mismos y con las personas que nos rodean.

Existen diferentes formas de reconciliarnos con la vida, algunas tienen que ver con sentirnos vivos, útiles y activos, haciendo algo que nos permita utilizar nuestras capacidades, nuestra creatividad y talento, que posiblemente hayan quedado en el cajón del olvido, postergados. Se preguntarán entonces cómo podemos hacer para reconciliarnos, bueno en principio diría que es una resolución bastante personal, pero evidentemente hay actividades en general que favorecen esta reconciliación.

Reconciliarse con la vida es una decisión personal, en la que debemos ser genuinos y poner lo que somos sobre la mesa, mirarnos al espejo, preguntarnos cómo deseamos continuar el camino y poner manos a la obra. Porque de eso se trata ya que hay situaciones que no son con las que mejor nos llevamos pero están y hay que asumirlas, existen actividades que pueden hacernos sentir que estamos vivos, activos, que somos útiles, que somos capaces de crear y crecer, de creer y confiar, de desarrollarnos y de aprovechar este universo de posibilidades que pasan por nuestro alrededor y no somos capaces de ver. Algunas de las actividades que nos pueden hacer vibrar o acercarnos a la plenitud pueden ser pintar, escribir, plantar, cultivar, decorar, bailar, cantar, pescar, realizar algún deporte,… existen infinidad de actividades las que nos permiten encontrar ese espacio vital para nosotros, solo es cuestión de darnos la oportunidad y descubrirlas para así reconciliarnos con la vida.

Finalizo parafraseando a Joan Manuel Serrat : “Hoy puede ser un gran día plantéatelo así, aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de ti”, así que está en cada uno de nosotros dar ese paso para reconciliarnos con la vida.

Andrea Calvete