martes, 30 de abril de 2019

UN CAFÉ

Un exquisito aroma a café llegó para instalarse, e invitó a una charla fraterna, sincera en la que pudieran aflorar todo lo que estaba allí guardado, oprimido, esperando a ser rescatado por alguien, quizás por ese cálido café.

Se había cerrado en su propia caparazón, lejos de todo. Tal vez, los desengaños, los fracasos, las partidas, o las equivocaciones fueran parte de aquel ser anestesiado que observaba con apatía todo lo que le rodeaba. No le quedaban excusas para los no, ni pretextos para los sí, en esa vereda fría e inhabitada se deslizaba en silencio, ni sus zapatos le hacían compañía. Su dolor era su gran aliado, así brillaban sus pupilas frías e indiferentes con el desasosiego del que no sabe hacia dónde se dirige.

Comenzaron a tomar el café y lo saborearon lentamente. El diálogo tardó en llegar, el silencio fue la antesala para que todo fluyera en forma natural y sencilla. El reloj se detuvo unos instantes, mientras el humeante café serpenteaba por las colinas de los recuerdos, de los vaivenes de sus días. Las palabras llegaron lentamente encandiladas por el aroma del café que finamente fue calando en la memoria. De allí surgieron gratos recuerdos, no todo era tan amargo, algunos sucesos olvidados congratulaban el alma. La tibieza de aquellos recuerdos le acarició con ternura, le besó sus mejillas doloridas y su corazón astillado y descreído. Así sin darse cuenta vino a su memoria un pasaje de la Biblia: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”, porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abre.

Este café, se lo debía hacía mucho tiempo, pero el tiempo era lo único que no tenía. Al hacerle un lugar, pudo seguir su camino, renovar la fe y la esperanza que habían sido resquebrajadas en una larga y difusa lejanía.

Andrea Calvete