sábado, 26 de enero de 2019

TRANSFORMARSE EN MARIPOSA

Cuando menos lo pensamos somos testigos de la metamorfosis de nuestra propia existencia, en la que día a día nos paramos ante un nuevo enigma, o un inesperado desafío en el que dejamos lo que fuimos, nos paramos ante lo somos de cara a lo que seremos. Nos hemos transformado en mariposa.

Convertirse en mariposa requiere de trabajo, esfuerzo, tesón y esmero, nada se logra de la noche a la mañana, y sobre todo de paciencia. Cuando la crisálida comienza su camino endeble busca sobrevivir para poder transformarse lentamente en ese gusano de seda. Pero no es garantía que nos hayamos transformado en mariposas que nuestras alas nos se quemen con el sol intenso. La fragilidad es parte de la esencia que nos construye como seres humanos, de la curiosidad sin descreimiento o del exceso de apasionamiento.

Las mariposas tienen un valor simbólico y esotérico que ha sido desarrollado a lo largo del tiempo, representan los cambios, la transformación y la evolución. A los seres humanos nos intrigan las transformaciones y buscamos como las mariposas volar libres sin ataduras, si es posible en paz, algunos días coloridos y empapados por la belleza de la misma vida. Cuando viajamos en esa búsqueda personal que hacemos transitamos a través de diferentes planos, en busca de conocimientos y respuestas. Por momentos, llegamos a puntos sutiles difíciles de describir o explicar que tienen que ver con ese mundo intangible y maravilloso que pasa más allá de cualquier explicación o lógica.

Entre mitos, leyendas y creencias las mariposas son fieles representantes de lo que la humanidad ha sabido distinguir en sus diminutos cuerpos, frágiles y bellos. Para los aztecas las mariposas representan a un guerrero caído en la batalla. Mientras que para los japoneses ver dos mariposas es promesa de felicidad conyugal, a su vez ven en ellas la posibilidad de reencarnar para cuidar a un ser cercano. En la mitología griega la diosa Psyque es representada por una mariposa como símbolo de la psiquis o el alma. Para muchos pintores y escritores las mariposas son parte del cuadro de la bella naturaleza.

En nuestra vida, el tiempo todo lo transforma, lo moldea, lo cincela con delicada paciencia, lo esculpe con esmero de modo que las aristas comienzan a limarse, el lente proyecta otra imagen muy distinta y el corazón late a otro ritmo. ¿Algo o todo ha cambiado?

Nada se detiene, quizás la quietud venga de la mano del dolor y de asimilar lo que tenemos que asumir y se nos hace muy costoso. Las partidas, los finales, los desengaños y las pérdidas son algunas de esas piedras que obstaculizan el paso, que nos retienen como prisioneros en sus garras desbastadoras.

Los mismos recuerdos suelen teñirse de diferentes colores y aromas. Con el correr de tiempo, el dolor se transforma, se atenúa a la sombra de pequeños pasos de aceptación amortiguados con paciencia, esmero y trabajo, nada se logra sin esfuerzo y perseverancia. Las alegrías persisten y también se diluyen en ese abanico de sensaciones y sentimientos que emergen cada día. El silencio suele ser un tibio regazo para que los pensamientos se aquieten con la tenue luz de la búsqueda permanente por equilibrar la balanza.

¿Qué ha cambiado?, probablemente todo, pues el devenir hace que nada permanezca estático. Para que el agua no se estanque y se pudra hay que dejarla fluir, del mismo modo cada experiencia enriquece nuestros conocimientos y fortalece nuestro paso. Quizás iluminados por el tiempo transitemos más erguidos y con menos peso en la espalda.

Cuando menos lo pensamos somos testigos de la metamorfosis de nuestra propia existencia, convirtiéndonos en mariposa. Así volamos y sorteamos nuevos enigmas dejando lentamente lo que fuimos, nos elevamos ante lo somos de cara a lo que seremos.

Andrea Calvete