sábado, 8 de septiembre de 2018

NUBES DE CONTRADICCIONES 2

Toda contradicción encierra una dulce y amarga sensación, en donde se produce un tironeo absurdo, inexplicable, en el que pareciera que se agotan los recursos, escasean los minutos porque se dilucide o aclare la disyuntiva.

Querer lo imposible, aún sabiendo que es una necedad porque los nubarrones negros se avecinan. Sin embargo, el corazón no deja de albergar una pizca de esperanza. Posiblemente, fundada en un deseo profundo que dista con lo que en realidad está a nuestro alcance.

Quizás lo posible suceda y el imposible desaparezca, o por el contrario lo posible se desvanezca cuando el imposible se asome. Será cuestión de perspectiva, de instalarse en la línea en la que el equilibrio se produzca, pero alcanzará con pisar levemente fuera del lugar para sentir que el tironeo surge, y el desequilibrio tambalea.

Así andan las almas deambulando en sus nubes de contradicciones perplejas, algunas veces insondables, otras difusas y sin el más mínimo sostén que les dé cabida, excepto su propia y despiadada existencia, desbordada de deseos contrapuestos a deberes, de posibles enfrentados a irrefrenables imposibles.

Deseos, deberes, posibles, imposibles… parte de los minutos de este reloj que no para, aunque por momentos quisiéramos detenerlo unos instantes tan sólo, para poder sortear esa contradicción que nos rodea, que nos carcome la cabeza y nos abarrota los pensamientos.

Las contradicciones andan en pareja, e intentan besarse, acariciarse, abrazarse, para borrar esa perplejidad que las aleja, como en una perfecta fusión en que lo terrenal y espiritual logren tocarse con suavidad y esmerada delicadeza.

Flotan en el aire, se deslizan misteriosas por las noches en la que los desvelos se aproximan, o en los atardeceres donde los sueños se esfuman en el horizonte. Se esparcen en el corazón cuando late con arritmia, y el pulso intenta escapar de ese ritmo disonante que lo asfixia.

Con su halo de enigma juegan a esconderse, se burlan entre sí, largan carcajadas, mientras quedamos absortos en su juego perfecto y misterioso, como simples prisioneros de sus caprichos, o deseos, a la espera que una prevalezca sobre la otra.

Andrea Calvete