sábado, 1 de septiembre de 2018

LOS HIJOS DEL VIENTO

Los hijos del viento brillan a través de sus mentes, se elevan con las alas de ilusiones iluminados por su creatividad e inteligencia. Están convencidos de que todo y nada son dos vocablos efímeros, mientras que siempre y nunca se escurren como arena entre las manos. La certeza los sorprende, la incertidumbre los acaricia, y un halo de misterio los acompaña dispuestos a dejarse maravillar por el nuevo día.

Surgen con ellos el aleteo de la libertad, los cielos de estrellas y los horizontes llenos de utopías. Los colores infinitos de las ideas, los sabores especiales de las noches de luna llena, los atardeceres de esperanzas naranjas, y los lilas de los sueños los cincelan. Así nacen los hijos del viento.

Con su halo enigmático el viento llega sin anunciar, “sopla de donde quiere lo escuchamos pasar, no sabemos de dónde viene ni a dónde va”. Del mismo modo, nos invita a ser libres más allá de nuestro origen o destino, nos permite unirnos a esos hijos que recolecta en su camino.

Hay quienes lo sienten pasar y se niegan a dejar que su aire los purifique, o que su brisa los acaricie, o simplemente no se dejan despeinar por su imprevista llegada. Sorprenderse gratamente por su arribo es como renacer en un día de primavera.

Los que no se amarran o se esclavizan son hijos del viento, de su tiempo volátil, de su aleteo extenso, de sus pupilas brillantes y de sus ojos bellos. Como sus descendientes saben honrar el vuelo, para elevarse lento y divisar que es posible un preciado universo.

Los hijos del viento no se prohíben los sucesos, pues es en ellos está la decisión, el camino a seguir por propio convencimiento. Cabalgan por las orillas de las olas que rompen fervorosas en las doradas arenas. El tiempo no los retiene, descalzos caminan sobre distintos suelos, nada los ata o aprisiona, si hacen una pausa la disfrutan porque conciben la vida como una celebración.

Quizás todos seamos hijos del viento, semilla de su vuelo y aroma de su esencia. Más está en cada uno permitirse volar con su suave soplido y llegar hasta donde las alas se desplieguen, para planear nuevos cielos y sentir que somos nosotros mismos la mayor barrera en el correr del tiempo.

Andrea Calvete