sábado, 28 de julio de 2018

ME DESPEINA EL DESTIEMPO

El viento agita las hojas de los árboles, mientras un sonido envolvente me embarca en una pregunta frecuente y cotidiana que generalmente me hago cuando algo no sucede como lo esperaba : “¿Por qué llego a destiempo?” Me despeina el destiempo.

Los olvidos, las culpas, los errores, las omisiones, las pocas ganas, los deseos reprimidos, las pasiones encendidas, el cansancio, los miedos… podrían ser parte de la lista que da respuesta a esta pregunta.

Los destiempos huelen a tormenta, a mar embravecido, saben amargos y agrios, se muestran oscuros y opacos, ensordecedores y ásperos, llegan para cuestionar nuestros pasos, nos pisan los talones para que nos demos vuelta y miremos con detenimiento lo andado.

Acompañados con un dolor punzante se instalan en el pecho porque la angustia se aloja rápidamente cuando ellos aparecen, las lágrimas también lubrican su pasaje transitorio y poco trascendente, aunque un pararse con firmeza, decisión y valentía suele ser la forma de alejarlos para encaminarnos hacia el rumbo deseado.

A medida que camino se dibuja surge un tiempo preciso para cada situación, sin embargo, el sabor de lo injusto se presenta cuando da paso el destiempo y lo que se espera no sucede. Es en este preciso instante en que no podemos dar la espalda a lo que nos desborda supera o decepciona, es necesario sacar fuerzas desde lo más profundo para superar lo que no es y pudo ser. Debo admitir que en más de una oportunidad me ha pasado por la cabeza sentirme totalmente identificada Mafalda y repetir con ansias: “Paren el mundo que me quiero bajar” en una suerte de escape, de alejarme a un lugar donde lo que me preocupa y ocupa desaparezca y se desvanezca.

Los destiempos que más me inquietan son aquellas palabras no dichas en el momento adecuado, aunque desde hace muchos años intento ser frontal y hablar cuando es preciso porque he comprobado que el tiempo no se detiene y una palabra puede cambiar directamente el rumbo del camino, aún así siento que pueden ser los más peligrosos. ¿Por qué no decimos lo que tenemos que decir en el justo momento? Las respuestas pueden ser infinitas… pero me arriesgaría a creer que los miedos, las inseguridades, son grandes aliados a la hora de callar. Ante situaciones complejas algunas veces optamos por mantener silencio pues sentimos que hablar sólo podría complicar aún más la situación. Las palabras suelen ser como las balas, una vez que se disparan no tienen marcha atrás.

Así como al descuido, los destiempos se asemejan con las huellas en el mar de Miguel Hernández “al volver la vista atrás” muestran “la senda que nunca se ha de volver a pisar”, pero con la esperanza y anhelo de descubrir ¿por qué hemos cambiado el rumbo, con qué fin, hacia dónde nos dirigimos, es este el camino que deseamos continuar?

Al hablar de destiempos necesariamente debemos recurrir a nuestro reloj biológico que tantas veces no funciona como debiera por múltiples causas, a nuestras emociones más profundas, a nuestros deseos más secretos, a nuestros temores y sombras, es decir a navegar en ese yo profundo a veces olvidado o dejado de lado.

Llegan como el viento a despeinarnos, con su suerte de improvisación, se entrometen en el camino y nos dejan un sabor amargo porque frustran un encuentro que sí esperábamos o ansiábamos. Y no es fácil hacer frente a la frustración, más cuando por diferentes causas ya nos agarra mal parados en el camino.

Los destiempos suelen ser como los días grises de llovizna, nos abordan con su monotonía y nos conducen por la desazón de las horas sin salida, de las pupilas sin brillo y de las miradas quietas al borde del acantilado.

Algunos días sentimos que es tiempo de destiempos, de desencuentros, de desilusiones, de obstáculos, sin embargo, cuanto más claro logremos tener su causa posiblemente aparezcan con menos frecuencia y entonces nos peinarán los encuentros.

Andrea Calvete