martes, 29 de mayo de 2018

INMINENTE PARTIDA


Pararse frente a una inminente partida es como asomarse a un atroz abismo en el que una sensación de vacío nos interpela. La muerte se viste de gala y con prepotencia se asoma ante la vereda de una posible víctima a la que sin demasiado reparo se lleva. 

De igual manera sorprende a todo a quien la rodea, pues la arriba de improviso y deja un sabor amargo y agrio, mientras se desliza audaz y despiadada. Desde luego, que por más que la evitemos sabemos en algún momento nos toparemos con su desagradable presencia.

Con sus ropas negras y ajustadas camina con su guadaña en busca de su próxima víctima, repta artera por los oscuros parajes de la soledad y el miedo, lentamente va tocando las puertas de todo el que de alguna manera se muestra vulnerable ante ella. Igualmente, no respeta tiempos, ni motivos, cuando se le antoja dice: “ Llegó la hora vamos”

Y así quedamos boca abiertos porque nos lleva a los seres más queridos, a los que necesitamos a nuestro lado, no le importa cuando se dispone a gatillar no hay quien la pare. ¿Por qué siempre nos agarra mal parados, por qué es tan difícil aceptar su arribo, por qué deja ese dolor fuerte en el pecho? Parecería, que gozara con nuestro sufrimiento, como si fuera parte de su perversa diversión.

Pero por más que se empeñe en destrozarnos la vida no lo logra, porque con mucho sacrificio vamos enfrentando nuestros duelos, y lentamente nos sobreponemos, nos aferramos a ese nexo que queda intacto con la persona que nos ha quitado, porque ella no es capaz de borrar los sentimientos puros y verdaderos que dejó el ser que ha partido.

La muerte se puede llevar los cuerpos de quien se le atoje, pero la esencia del ser no es capaz de rozarla, esa querida persona que ha capturado con sus devastadoras garras, flota en el universo y habita en cada poro de nuestra piel, y en el latido que vibra con cada rayo de sol al despertar el día.


Andrea Calvete

domingo, 27 de mayo de 2018

SÓLIDAMENTE LÍQUIDO

Lentamente, en la medida que avanzamos se desdibujan conceptos, pierden solidez los valores por los que creíamos era preciso luchar, sacrificarse o esforzarse. La modernidad líquida de Bauman nos envuelve, y nos paramos frente a un mundo en que los paradigmas parecen desmoronarse. Mientras la tecnología avanza nos escondemos detrás de los monitores esperanzados que algún momento se humanicen.

Y aunque nos paramos frente a un mundo deshumanizado, contaminado y escapista, en el fondo nuestro corazón late agónico esperando una mirada solidaria y fraterna, como si un milagro estuviera a punto de ocurrir.

Cada día que pasa recibimos un trato más despersonalizado en centros comerciales, que ágilmente nos atienden a través de máquinas puestas al servicio efectivo de sus ganancias, que desde luego redundarán en tiempo más rápido a la hora de hacer nuestras compras. También se han vuelto más superfluas y distantes las relaciones personales, con el fin de preservar cada uno su lugar en la jungla de cemento.

Algunas veces, al mirar la vorágine de los días uno se siente absorbido por esa inmensa maraña de problemas que no se detienen detrás de sus metas. Entonces desde nuestro humilde lugar intentamos hacer algo, pero es poco y nada lo que con nuestras manos podemos hacer, entonces la impotencia nos corre por nuestras venas.

Nada es para siempre, un concepto que a los que tenemos unos años nos resulta difícil de asimilar, pero con el correr del tiempo lo incorporamos en nuestro accionar, y así comprendemos que los objetos que compramos no durarán más de dos años, que los contratos que firmamos son a término y que todo es pasajero. Sí, tan efímero que por momentos al pulsar como castañuelas nuestras yemas de los dedos vemos que en ese pequeño sonido y movimiento ya pasaron veinte años , y “errante la sombra te busca y te nombra”, pero dejás de vivir con “el alma aferrada a un dulce recuerdo”, y decidís no llorar más porque la melancolía te deja atrapado en un tiempo que no es el presente.

En esta modernidad líquida donde todo va perdiendo solidez, aún quedan quienes luchan por sus utopías, o por sus anhelos mustios y oxidados, porque aún flamean mientras el latido agónico del amor pretende sobrevivir, ya que pese a todo es más fuerte e intentará hacer brillar una mirada o palpitar un pecho cuando su mano se extienda.

Si bien vivimos encerrados en pequeñas burbujas, apartados y casi recluidos, aún existen nexos que nos permiten sentirnos vivos, queridos y necesarios, porque por más que la tecnología avance, que el consumo nos confunda, en lo más profundo de nuestro ser habita un don divino que es capaz de despertar siempre que estemos abiertos a la vida y al devenir, al cambio y la posibilidad de seguir avanzando y vibrando en armonía y sintonía con lo mejor de nosotros.

Quizás la ambivalencia de vivir juntos y separados, hiperconectados y desvinculados, vivos y muertos, cerca y lejos, sea parte de la misma paradoja que la vida nos propone al enfrentar nuestra propia dualidad. Sin embargo, con cada paso que damos a través de esa conexión dual, estamos más cerca de solidificar esa liquidez para llegar al todo, y así dar un sentido verdadero en este devenir fluctuante que espera de nosotros la verdadera respuesta.

Andrea Calvete

sábado, 26 de mayo de 2018

EL PESO DE LAS PALABRAS

Cuantificar el gramaje de las palabras podría resultar engorroso, sin embargo si les preguntara: ¿Cuál ha sido la que más les ha dolido, o la que los ha hecho tocar el cielo?, seguramente rápidamente encontrarían una respuesta.

El peso de las palabras tiene correlación directa con el efecto que tienen en nosotros, algunas saben gustosas, armoniosas, otras escandalosas, descaradas se llevan por delante lo que se les interponga en el camino. Las sumisas se escudan pidiendo permiso a quien las profiere, y las combativas llevan una lanza para clavar su punta aguda a quien las recibe.

Las hay inofensivas, sin gracia, poco expresivas que arrastran un aire cansado y meditativo, a la espera de que el calor de un leño las avive, o la sal del mar las despierte.

Las cargadas de pasión se asoman desbordadas de rojo, encendidas por la llama de la vida, por el impulso creador dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias sus designios, no hay nada que las detenga, aún la razón más fría y calculadora no es suficiente para apaciguarlas.

¡Cómo pesan las cargadas de dolor, de angustia y de miedo!, se alojan en la sombra, donde la luz casi no llega y el frío intenso las paraliza a tiempo que su desgarradora presencia nos habita.

Las llenas de olvidos y de ausencia, se pasean indiferentes, con aire desinteresado, suelen esconderse en los anémicos y grises días, a la espera de pasar desapercibidas para entremezclarse en una nube mortecina que se desploma cuando llega la tormenta.

No han de faltar las maliciosas, llenas de odio y de rencor, plagadas de envidia se deslizan como reptiles venenosos al acecho de su presa, con el único fin de destruir a su adversario.

Con el albor florecen las cargadas de gratitud por el comienzo del nuevo día, agradecidas con la vida y con lo más simple que puede pasar ante nuestra mirada.

Con el primer viento se desvanecen las falsas, las que se escudan tras el engaño o la mentira, pues son de tan poco peso que a la larga cambian su cara al mejor postor.

Las bendecidas por el amor, llegan hacer de lo que tocan una maravilla, pues se escudan en el elemento más potente de los tiempos, el que vence barreras, fronteras, el que todo lo puede aún cuando nos quedamos sin fuerzas.

Algunas pesan más que otras, pero sin embargo todas en cierta forma son de vital importancia a la hora de comunicarnos y expresarnos, se valen de sonidos, de aromas, de colores, de texturas y sabores para expresarse siempre, no importa si en forma oral o escrita, lo que importa es que se hacen verbo a través de un canal en el que tienen vida para manifestarse.

Quizás haya muchas palabras que hemos preferido olvidar, borrar o hacer de cuenta que ya no existen, sin embargo, otras que las llevamos como luces en nuestro corazón, como motores de vida que nos impulsan para continuar y no bajar los brazos.

Y no es tarea fácil recibir cualquier tipo de palabra sin que nos afecten, sin que repercutan en nuestro accionar. Posiblemente muchas nos hayan marcado, lastimado, y señalado un camino equivocado. Otras podrán haber sido de gran estímulo en momentos que necesitábamos un aliciente, por eso todas en diferente grado han pesado en nuestros días.

En la medida que pasan los años comenzamos a hacer oídos sordos a ciertas palabras, porque comprendemos que de nada sirve gastar nuestro tiempo y energía en recibirlas o albergarlas en nuestro ser, por el contrario nos decidimos a llevar en nuestro equipaje las que congratulan el alma y la vida, las otras las dejamos pasar en el agua del olvido.

Andrea Calvete

domingo, 20 de mayo de 2018

MAQUILLAJE CURRICULAR

Ante la sorpresa del maquillaje de ciertos currículms decidí reflexionar sobre la importancia y el significado que este tipo de actividad conlleva, ya que detrás de la forma de presentarnos hay también mucho para analizar y entender, para cuestionarnos y pensar.

En el mundo del cine, del teatro y de la televisión, los maquilladores juegan un rol muy importante a la hora de preparar al protagonista para que salga a escena. Con su hábil labor logran moldear rostros, expresiones, ponen años encima, también los sacan, dibujan sensaciones y sentimientos a través de su profesión.

A lo largo de los años he leído curriculums de gente muy interesante, que más allá de estas líneas de presentación, el aval de lo que hacen queda plasmado en sus pensamientos, en sus palabras y en sus acciones. Y lo más maravilloso es escucharlos, en forma interrumpida, porque con cada palabra que emiten nos acercan a ese universo interior que los habita.

Pero volviendo al punto de partida, creo que el maquillar un curriculum es parte de dejarlo lo mejor posible como carta de presentación. ¿Pero dónde queda el límite entre maquillarlo y cargarlo de exceso de maquillaje? Sobrecargar cualquier aspecto de la vida roza en un límite en el cual algo hermoso se puede convertir como por arte de magia en grotesco o desmedido.

También, me parece que el modo de presentarnos y cómo lo hagamos se correlaciona con ese ego personal que a todos habita y algunas veces logra sobreponerse sobre la sensatez y la razón. Porque la autoestima personal lejos está de títulos, cursos o conocimientos adquiridos, se trata de una construcción personal. Desde luego el conocimiento que adquirimos es parte de lo que suma y nos permite crecer y avanzar.

Algo que siempre me ha llamado la atención, lo que además me sorprende gratamente, es que la gente realmente el que se destaca y brilla está muy por encima de estos detalles referidos al maquillaje curricular, brilla con luz propia y no por encandilar o deslumbrar a nadie, simplemente porque al sonreír, al hablar irradia calidez, sencillez y sabiduría.

Maquillarse es parte de mostrar nuestra mejor cara, nuestra mejor sonrisa, pero también podemos incurrir en hacernos trampa al solitario cuando por embellecer esas líneas que nos representan las cargamos de información que dista de la realidad, o que no es relevante para quien la escucha.

Finalmente, quisiera que no se mal entienda, me parece justo hacer un currículum con todo lo relevante a nuestra formación y experiencia, pero no maquillarlo en exceso, porque la naturalidad es un elemento esencial y muy atractivo en el camino de la vida.

Andrea Calvete

sábado, 19 de mayo de 2018

UNA MITAD POR DESCUBRIR

La dualidad nos habita, nos interpela, mientras caminamos entre la vereda de las luces y las sombras, entre los desencantos y fascinaciones, entre risas y llantos, entre lo conocido y desconocido. Permanentemente, buscamos esa otra mitad que se contrapone y en definitiva termina convirtiéndose en ese complemento perfecto para que todo funcione en armonía.

La teoría del caos es una teoría matemática que induce al pensamiento filosófico, se refiere a la incapacidad de predecir eventos, aceptando conceptos de azar, incertidumbre, aleatoriedad e indeterminación, de allí que esta teoría tenga tanta repercusión en el diario vivir, pues la vida misma es un inmenso misterio a develar.

Tanto, por develar por descubrir, diariamente nos paramos entre lo que nos sucede y lo que vendrá, quedándonos en esa línea media en la que optamos hacia dónde dirigirnos entre un sinfín de variables que nos ponen a prueba y algunas veces nos condicionan en las determinaciones, pero en definitiva somos los constructores de nuestro camino, con cada decisión, con cada acción, y también con cada pensamiento que de alguna manera nos conduce hacia determinados puntos. Sí los pensamientos son determinantes, porque se hacen carne en la medida que lentamente los vamos poniendo en práctica, y también nos condicionan en nuestros actuar y sentir. Por ejemplo si soy una persona altamente positiva eso incidirá en mí para ver lo que tengo por delante con ilusión y alegría, con el entusiasmo suficiente como para decir sí se puede.

Descubrir la otra mitad depende exclusivamente de nosotros, si estamos dispuestos a cruzar esa línea en la que parece haber un muro de contención difícil de traspasar. Sin embargo, es cuestión de enfrentarnos con esos temores que nos paralizan, con esas dudas que nos taladran la cabeza, con esos cuestionamientos que lo único que hacen es detenernos. Desde luego que traspasar un límite trae consigo pensar, analizar, mirar con perspectiva, con pensamiento crítico, es decir tomarse el tiempo necesario para consustanciar esa decisión que vamos a tomar, para así llevarla a cabo convencidos de que es la mejor opción, después si nos equivocamos es otra variable a analizar.

Generalmente, cuando las personas llegan a la mitad de su vida se produce un gran cuestionamiento existencial, y entonces se preguntan: “¿Cuánto he hecho, qué sentido tiene mi vida, cómo pienso vivir lo que me resta…?” Es un momento en el que se hace una pausa, y se analiza a modo de aprovechar lo que nos resta, cosa que deberíamos hacer habitualmente, pero generalmente cuando la vida te aproxima a la muerte, a ese punto ineludible las preguntas adquieren otra dimensión, y descubrimos un universo de posibilidades que hasta el momento habían estado vedado ante nuestros ojos ciegos o miopes.

Algunas veces nos atiborramos de cosas por no querer enfrentarnos a esas preguntas que quizás en el fondo ya sepamos la respuesta y en definitiva por eso no queremos responderlas. Sin embargo, dar largas a estas respuestas lo único que nos hace es quedar estancados en un pantano con arenas movedizas, en la que lentamente nos vamos sumergiendo día a día, en la que el aire escasea y los minutos nos agobian.

También esa mitad por descubrir, está relacionada con ver el medio vaso vacío, porque ya hemos llenado la mitad, el resto depende de nosotros, del esfuerzo que pongamos, de ilusión que depositemos, de la fuerza de voluntad , de la fe que tengamos, y del amor con que enfrentemos ese media copa que nos queda por beber, porque los tragos pueden ir cambiando su sabor y también su color, nuestra actitud es quien nos predispondrá a un sinfín de acontecimientos que se correlacionarán en una suerte de efecto dominó.

La naturaleza también está, al igual que el hombre, luchando por mantener ese equilibrio perfecto tan difícil de alcanzar. Paralelamente, las sociedades experimentan importantes períodos de transformación tras la búsqueda de ese equilibrio que en ocasiones raya con la utopía.

A lo largo de la vida entera intentamos buscar en forma permanente esa otra mitad dual y a su vez complementaria, que por momentos nos asusta porque al pararnos frente a ella nos cuestionamos y decimos: “ Yo no soy así, esta parte no habita en mí”, y ese es un gran error todo habita en nosotros, el bien y el mal, lo feo y lo lindo, lo maravilloso y lo horripilante, pero está en nosotros equilibrar esos opuestos para que lentamente surjan los complementarios y podamos vivir en armonía. Porque de nada sirve encontrar una mitad y dejar la otra a la deriva, somos parte de un todo el que debemos descubrir lentamente, y aceptarlo, para así dar un paso más en ese maravilloso universo lleno de misterio y encanto, que nos habita y también nos envuelve en su mágico enigma.

Desde luego esa mitad por descubrir es todo un desafío, que requiere estar dispuestos a aceptar, a enfrentarnos a la frustración, y también a ser capaces de llorar si es necesario, de gritar y exteriorizar todo eso que reprimimos, para así poder superar lo que nos tiene hechos un verdadero novillo enredado para que la madeja lentamente se vaya desanudando y entonces podamos continuar distendidos con ese tejido que aún tiene tanto por dibujar y trazar, está en nosotros qué colores, texturas y diseños aplicar, sin olvidar que el tiempo no se detiene y no nos espera.

Andrea Calvete

sábado, 12 de mayo de 2018

"THE GREAT PRETENDER"

El gran simulador, “The great pretender” de los Plateros llegó por el año 1955 para hacer furor entre el público, fue un hit en su momento, pero aún sigue vigente porque seguimos por diferentes razones , simulando, pretendiendo ser lo realmente no somos, para de alguna manera sentirnos mejor con nosotros mismos

En el mundo de las oportunidades viajamos anhelantes de tropezarnos con la más bella, con la que nos permita pisar ese peldaño para que podamos efectuar ese salto deseado, y así palpar esa realidad que soñamos y nos llena de ilusión y alegría.

Aunque la realidad suele ser bastante diferente a esa que idealizamos o al menos ponemos en esas expectativas a alcanzar, aquí entran a tallar tantas cosas, lo que no va saliendo bien por diferentes razones, lo que realmente no está a nuestro alcance, o lo que si lo está pero luego de varios tropiezos hemos desistido.

Sentirse a la deriva, solo, triste o desorientado, pretendiendo llevar una corona como símbolo de que todo va sobre ruedas, y nuestro corazón late fuerte y vigoroso, es parte de la letra de esta canción, que nos conduce por las calles del desencanto en este caso amoroso, porque los males del corazón son los que en definitiva siempre nos traen aparejado síntomas en nuestro cuerpo que se debilita y enferma.

¿Por qué enfermamos? Porque simulamos estar bien, porque no expresamos lo que nos pasa, porque escondemos el verdadero problema y no lo enfrentamos, no lo asumimos decididos a superarlo. También, no falta quien se queja todo el día y de esa letanía no sale, más que aburrir a todo el que lo rodea y generar una energía muy mala para él y los demás.

Y no está mal pretender lo mejor para cada uno de nosotros, pero siempre recordando dónde nos aprieta el zapato, no haciéndonos trampa al solitario, porque si nos ponemos una mano en el corazón, a cierta altura de la vida sabemos de sobra lo que nos sucede.

Quizás vestirse de buen humor y optimismo sea una de las mejores prendas que podamos incorporar a nuestra indumentaria, pero sin olvidar de llevar el paragua, el pilot y las botas porque el tiempo es cambiante y hay que estar preparados, y no engañarnos y pensar que caminaremos solamente por la verada soleada y agradable de la vida.

Aceptar la frustración es un gran debe que nos conduce por caminos bastantes escabrosos, algunas veces cuánto más rápido la enfrentemos más sencillo será el próximo paso a seguir. Pero los tiempos que vivimos traen aparejados eficacia, velocidad y aciertos, si queremos competir y continuar la carrera. Sin embargo, nos paramos ante una gran paradoja, cada vez tenemos menos tiempo porque estamos excedidos de trabajos y compromisos, y las horas en el día no nos dan, entonces también se genera en nosotros falta de seguridad y confianza que suelen se desestabilizadores a la hora de mirarnos al espejo.

Posiblemente, los más perfeccionistas se sientan aún más frustrados y agredidos pretendiendo alcanzar los desafíos. Pero no siempre es posible no dejar pasar las oportunidades, y si se dejan pasar un gran peso se instala en los hombros.

Simular, pretender ser lo que no se es para sentirse mejor, es alguna veces una mera necesidad para hacernos ese guiño que estamos necesitando para seguir, entonces, si es tan importante estimulemos nuestro ánimo y espíritu, pero no dejemos de apreciar lo que realmente debemos cambiar para superar lo que nos incomoda o perjudica.

Andrea Calvete

domingo, 6 de mayo de 2018

LA GRAN PARADOJA DEL TIEMPO

Un gran cuestionador nos interpela, nos cuestiona, desafía y enfrenta, para ver cómo lo vivimos, cómo la dejamos transcurrir en nuestra vida, cómo le damos cabida, si estamos decididos a aprovecharlo a dejarlo pasar de largo. Así el tiempo se planta como una gran paradoja en una tendencia a relativizarse, a escurrirse o permanecer como una daga que lastima y aprisiona ¿Cómo es posible que adquiera tantas dimensiones?

Hay quienes se quedan rezagados en el camino, sujetos a tiempos pasados, a personas olvidados a hechos ocurridos, que si bien son parte de lo que son, les impiden continuar avanzando de cara al futuro, parados en este aquí y ahora, en este día a día. Sus posibles dimensiones dependen en gran parte de nuestra mera disposición ante su pasaje.

El tiempo fluye, se escapa como arena entre nuestras manos, de desliza lentamente o rápidamente, dependiendo de la vereda en la que estemos parados, si nos alojamos contrariados, disgustados o afligidos posiblemente esos minutos transcurran como una tortura como una letanía, y lo veamos como algo inalcanzable e imposible, y nos invada el temor. Sin embargo, si nos paramos optimistas, abiertos al cambio y a los desafíos, con aire esperanzador, seguramente los segundos escaseen y se zambullan en el vertiginoso mar de las oportunidades.

La dimensión del tiempo es un concepto que proviene desde la antigüedad y tiene que ver con diferentes filosofías o modos de encarar la vida, para algunos estaba relacionado con el tiempo futuro, mientras para otros con el tiempo presente y con el devenir. Sin embargo, también en esta discusión están los que dicen que al no detenerse, no hay presente, ni pasado, simplemente entienden que no se puede establecer una dimensión real.

Sin embargo la “dimensión real” del tiempo depende de cada uno de nosotros, de esa cabida inteligible que le demos, de esa posibilidad de ser, quizás rescatando momentos vividos del pasado trayéndolos a este presente efímero y trasladándolos a ese futuro inmediato casi impalpable.

El tiempo no se detiene, alberga todos los sentimientos, estados de ánimo y personas, no sabe de pausas, más bien de prisas. Los hubo mejores, peores, pero este es el nuestro; vivámoslo al máximo. Si bien éste es el nuestro, cabe recordar de dónde venimos cuáles han sido nuestros orígenes, como hemos levantado nuestros cimientos, para sí entonces pararnos en este presente de cara al futuro analizando hacia dónde vamos.

¡Qué terrible pensar que todo tiempo pasado fue mejor! Me da escalofrío, porque mejor o peor ha de ser en función de nuestros sentimientos, de lo que vivimos, de lo que experimentamos, de lo que nos sucedió, de ¿“valores que se van perdiendo”, o no?. No creo que los valores se pierdan, me parece que nos paramos de manera diferente frente a distintos momentos y realidades, todo se transforma y nada se pierde, sólo que toma otra dimensión en la que le damos otra apariencia diferente, pero el fondo se trata de hacer lo que está a nuestro alcance de la mejor manera de acuerdo a nuestros valores éticos y morales, y a nuestras convicciones, anhelos y deseos.

Las personas en este presente, en este momento actual continuamos teniendo sentimientos, valores y virtudes rescatables. Y por más que los valores hayan sufrido cambios, ello no significa que no podamos recuperar lo que ha quedado perdido por el camino, del mismo modo que incorporar todo lo que suma y aporta al diario vivir.

Ahora es nuestro momento, el de ser nosotros mismos, el de soñar, el de crecer, de mirar al futuro, de velar por los que vendrán, y por los que están. Es aquí en este preciso instante que podemos cambiar lo que vendrá, de nosotros depende el porvenir.

Por todo esto, los invito a mirar nuestro tiempo con una mirada realista, autocrítica, sin dejar de sonreír y bregar por todos los cambios que sean necesarios, con entereza, fuerza y compromiso, y si es posible parándonos en la vereda del otro, en la que podamos ponerme en su lugar y comprenderlo.

Asimismo, nuestro tiempo es uno de los bienes más preciados en estos días. Los seres humanos vivimos corriendo, estresados, intentando estirar los minutos como un elástico, pero por más que lo hacemos, el día tiene 24 horas. Este es el gran dilema de nuestro tiempo actual.

Y ahondando sobre la escasez de los minutos, transitamos en un mundo que no sabe de tiempos, pero sí de prisas y de apuros, surgen trabajos para ayer y un sinfín de tareas para mañana. Donde cada vez son más las cosas por aprender, compartir y hacer.

Es un dilema al que nos enfrentamos la mayoría de las personas hoy en día, que trae aparejado estrés, dolencias físicas y psíquicas que repercuten en el rendimiento y en el estado anímico.

Por lo tanto, es necesario comprender que el tiempo es finito, y también que nuestro organismo tiene un límite. Este es el primer paso para tomar conciencia de que debemos administrar nuestro tiempo, la forma de hacerlo es priorizar nuestros fines o metas.

Una vez identificadas las prioridades, es más sencillo distinguir qué cosas nos urgen, y cuáles ocupan un “tiempo muerto”, en el que realmente desperdiciamos los preciados minutos del día.

En esta tarea de concientización de nuestro tiempo, es importante delegar tareas a personas que sean de nuestra confianza. Aunque, este punto es algo difícil de asimilar, pues nos sentimos indispensables, pero esto no es así.

Por otra parte, es imprescindible incluir en este tiempo escaso, un lugar para nuestros amigos, familiares y seres queridos, pues el cultivar las relaciones personales son los mejores minutos utilizados en nuestras vidas. Momentos que nos colman de energía, alegría y ánimo para enfrentar lo que nos depara el destino.

Aunque  administrarlo suele ser un gran desafío , es un requerimiento que debemos asumir para vivir en armonía con la vida moderna, en la que el reloj ha acelerado sin piedad y en la que vivimos sin tiempo.

Y cabe recordar cómo definió Shakespeare al tiempo, porque esa definición continúa vigente, “el tiempo es muy lento para los que esperan... muy rápido para los que tienen miedo... muy largo para los que se lamentan... muy corto para los que festejan. Pero... para los que aman... el tiempo es eternidad”.

La temporalidad de las vivencias tendrá que ver con las huellas o con los pequeños cambios que ellas han marcado en nosotros, cincelando nuestro camino, con ese nivel de trascendencia que hemos alcanzando en la medida que incorporamos nuevas herramientas, y trascendemos planos y vamos elevamos nuestro nivel de consciencia.

Andrea Calvete